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Historia 55483 — capítulo 7

holaaaa ^^ graxe x los comentarios del capitulo anterior ;) espero leer mas en este ^^

Justo antes que los Hathaway llegaran, el Capitán Swansea, que había servido cuatro años en la India, había obsequiado a algunos de los huéspedes con una anécdota sobre la cacería de un tigre en Vishnupur. El tigre había acechado a las gacelas moteadas, las había derribado con su ataque repentino, y se había aferrado con su quijada al cuello de sus víctimas. Las mujeres, e incluso algunos hombres, habían hecho muecas y habían clamado horrorizados mientras que Swansea describía cómo el tigre había procedido a comerse al chital mientras este que aún pataleaba. —¡Qué bestia más cruel! —había jadeado una de las mujeres. Pero tan pronto como Daphne Hathaway entró en el cuarto, Jacob se encontró simpatizando totalmente con el tigre. No había nada que deseara más que mordisquearle el cuello y arrastrarla a algún lugar oculto donde pudiera darse un festín con ella durante horas. Entre la multitud de mujeres elegantemente vestidas, Daphne se destacaba con su sencillo vestido, y al no lucir joyas en la garganta y orejas. Parecía inocente, atractiva y apetitosa. Deseó estar a solas con ella fuera, en campo abierto, deslizando las manos libremente sobre su cuerpo. Pero sabía que era mejor desechar tales pensamientos con respecto a una joven respetable. Observó la tensa pequeña escena que se desarrolló entre Daphne, su hermano Lord Ramsay, y al arquitecto, el señor Christopher Frost. Aunque no podía oír su conversación, leía sus posturas, la forma sutil en que Daphne se inclinaba hacia su hermano en busca de apoyo. Estaba claro que Daphne y Frost compartían alguna clase de historia… no del tipo feliz. Un romance que había terminado mal, conjeturaba. Se los imaginó juntos, Daphne y Frost. Le disgustó mucho más de lo que hubiera deseado. Conteniendo la oleada de inapropiada curiosidad, se obligó a apartar su atención de ellos. Mientras anticipaba la prolongada y aburrida cena que estaba por venir, los interminables platos, la afectada conversación, Jacob suspiró profundamente. Había aprendido la coreografía social de estas situaciones, los rígidos límites de las buenas maneras. Al principio incluso lo había visto como un juego, aprendiendo las costumbres de estos privilegiados desconocidos. Pero había comenzado a cansarse de vivir al borde del mundo gadjo. La mayor parte de ellos no deseaban su presencia allí más de lo que él deseaba estar. Pero no parecía existir otro lugar para él excepto la periferia. Todo esto había comenzado aproximadamente dos años atrás, cuando St. Vincent le había lanzado una libreta de banco de la misma forma casual en que hubiera utilizado para tirarle una ficha de póker. —He abierto una cuenta para ti en el London Banking House and Investment —le había dicho St. Vincent—. Está en Fleet Street. El porcentaje de los beneficios que te corresponden del Turner´s serán depositados mensualmente. Adminístralos tú si así lo deseas o ellos se ocuparán por ti. —No deseo un porcentaje de los beneficios —había dicho Jacob, jugueteando indiferentemente con los dedos sobre la libreta del banco—. Mi sueldo está bien. —Tu sueldo no podría cubrir el coste anual de mi limpiabotas. —Es más que suficiente. Y no sabría qué hacer con esto. —Jacob se había quedado atónito ante las cifras indicadas en la hoja de balance. Frunciendo el ceño, había arrojado la libreta a una mesa cercana—. Te la devuelvo. St. Vincent había parecido divertido y ligeramente exasperado. —Maldición, hombre, ahora que soy el propietario el casino, puedo decir que el salario que recibes es paupérrimo. ¿Crees que toleraré que me llamen tacaño? —Te han llamado cosas peores —había precisado Jacob. —No me importa que me llamen cosas peores cuando me lo merezco. Lo cual, estoy seguro, es a menudo. —St. Vincent lo había mirado de una manera reflexiva. Y, con uno de esos condenados destellos de intuición que uno nunca hubiera esperado del propietario anterior, murmuró—. Esto no cambia nada, sabes. No te hace en menos Romaní que te pague en libras, colmillos de ballena, o conchas. —Ya he hecho demasiadas concesiones. Desde la primera vez que vine a Londres, vivo bajo un techo, visto ropas de gadjo, trabajo a cambio de un sueldo. Pero yo trazo la línea en esto. —Sólo te estoy dando una cuenta de ahorros, Black —había dicho agriamente St. Vincent—, no una pila de estiércol. —Hubiera preferido el estiércol. Por lo menos es bueno para algo. —Temo preguntar. Pero la curiosidad me obliga… ¿Para qué, en nombre de Dios, sirve el estiércol? —Fertilizante. —Ah. Bien, entonces, entiéndelo de esta manera: el dinero es sólo otra variedad de fertilizante. —St. Vincent había hecho un gesto hacia la desechada libreta de banco—. Haz algo con eso. Lo que desees. Aunque te aconsejaría que fuera algo diferente a abonar con él el césped. Jacob había resuelto librarse de cada centavo, malgastándolo en una serie de descabelladas inversiones. Fue entonces cuando la maldición de la buena suerte le había sobrevenido. Su creciente fortuna había empezado a abrirle puertas que jamás se hubieran abierto para él, especialmente ahora en que los hombres de la industria invadían la alta sociedad. Y, habiendo atravesado esas puertas, Jacob se comportaba acorde a las normas, pensando en formas que no eran propias de él. St. Vincent se había equivocado... el dinero lo había hecho menos Roma. Había olvidado cosas; palabras, historias, las canciones que le habían calmado permitiéndole dormir cuando era niño. Apenas podría recordar el gusto del budín de carne condimentadocon almendras y leche hervida, o el guisado de boranija sazonado con vinagre y hojas de diente de león. Los rostros de su familia eran un confuso recuerdo. No estaba seguro de poder recordarlos si se encontrara con ellos en ese instante. Y eso le hacía temer que ya no fuera un Roma. ¿Cuándo fue la última vez que había dormido bajo el cielo? La compañía procedió a dirigirse en conjunto al comedor. La naturaleza informal de la reunión significaba que no tendrían que colocarse en orden de precedencia. Una fila de lacayos vestidos en negro, azul, y mostaza se adelantaron para atender a los invitados, retirando las sillas, sirviendo vino y agua. La larga mesa estaba cubierta por un prístino mantel de lino blanco. Cada lugar ampliamente provisto de cubertería de plata, solo superada por una colección de cristalinas copas clasificadas por tamaños. Jacob eliminó toda expresión de su cara cuando descubrió que debía sentarse junto a la esposa del vicario, a quien había conocido en anteriores visitas a Stony Cross Park. La mujer le tenía pavor. Siempre que la miraba o intentaba hablar con ella, esta se aclaraba incesantemente la garganta. Sus bulliciosos exabruptos le hacían pensar en una tetera cuya tapa encajara mal. Sin duda la esposa del vicario había oído demasiadas historias de gitanos que robaban niños, echaban maldiciones a la gente, y atacaban a mujeres desamparadas, en un arranque frenético de incontrolable lujuria. Jacob estuvo tentado a informar a la mujer de que, normalmente, nunca secuestraba o saqueaba antes del segundo plato. Pero se mantuvo callado e intentó parecer tan amigable como fuera posible, mientras que ella se encogía en su silla y entablaba una desesperada conversación con el hombre a su izquierda. Girándose hacia su derecha, Jacob se encontró mirando a los ojos azules de Daphne Hathaway. Estaban sentados uno junto al otro. El placer se desplegó en su interior. Su cabello brillaba como el satén, los ojos eran brillantes, y su piel parecía como si estuviera hecha con algún postre de leche y azúcar. Su visión le recordó una palabra gadjo pasada de moda, le había divertido cuando la había escuchado por primera vez. Apetitosa. La palabra se utilizaba para definir algo delicioso, implicando el placer del paladar, pero también la atracción sexual. Encontraba la naturalidad de Daphne mil veces más atractiva que la empolvada sofisticación y las enjoyadas galas de otras mujeres allí presentes. —Si está intentando parecer humilde y civilizado —dijo Daphne—, no está funcionando. —Se lo aseguro, soy inofensivo. Daphne sonrió ante esa afirmación. —No dudo que le complacería que todo el mundo creyera eso. Disfrutaba de su suave y limpio olor, del hechicero tono de su voz. Deseaba tocar la delicada piel de sus mejillas y garganta. En lugar de eso se contuvo y observó como ella se colocaba una servilleta de lino sobre el regazo. Un lacayo se acercó para llenarles las copas de vino. Jacob notó que Daphne echaba furtivas miradas a sus hermanos como una mamá gallina con sus traviesos polluelos. Incluso su hermano, sentado dos lugares más allá en la cabecera de la mesa, estaba sujeto a la misma implacable preocupación. Se tensó cuando cruzó la mirada con Christopher Frost, que estaba ubicado cerca del otro extremo de la mesa. Se sostuvieron la mirada, mientras la garganta de Daphne ondulaba al tomar un sorbo. Parecía cautivada por el gadjo. Obviamente aún existía atracción entre esos dos. Y por la expresión de Frost, este estaba más que deseoso de reanudar la relación. Jacob tuvo que hacer acopio de una gran fuerza de voluntad —y disponía de ella en considerable cantidad— para no ensartar a Christopher Frost con un utensilio de mesa. Deseaba disponer de la atención de Daphne. Toda ella. —En la primera cena formal a la que asistí en Londres —le dijo a Daphne—, esperaba irme hambriento. Para su inmediata satisfacción, Daphne se giró hacia él, su atención reenfocada. —¿Por qué? —Porque creí que los platillos eran lo que utilizaban los gadjos para su plato principal. Lo cual significaba que no iba a conseguir mucha comida. Daphne rió. —Debió sentirse aliviado cuando trajeron los platos grandes. Él sacudió la cabeza. —Estaba demasiado ocupado aprendiendo las reglas de la mesa. —¿Como por ejemplo? —Siéntese donde le indiquen, no hablar de política o de las funciones corporales, tomar la sopa delicadamente con la cuchara sopera, no pinchar los alimentos con el tenedor con entusiasmo y nunca ofrecer a alguien alimento de tu plato. —¿Los Rom comparten con los demás la comida de su plato? Él la miró prolongadamente. —Si comiéramos al estilo gitano, sentándonos ante el fuego, le ofrecería los bocados de carne más suculentos. El más tierno pan. Las más dulces clases de frutas. El color aumentó en sus mejillas, y ella buscó su copa de vino. Después de un cuidadoso sorbo, dijo sin mirarlo: —Merripen raramente habla de tales cosas. Creo que he aprendido más de usted que después de doce años de conocerlo a él. —Merripen… —el taciturno chal que la había acompañado a Londres. Resultaba inconfundible la fácil familiaridad entre los dos, dejando ver que Merripen era más que un mero criado para ella. Sin embargo, antes que Jacob pudiera profundizar en el asunto, el plato de sopa fue servido. Los lacayos y los mayordomos trabajaban en armonía para presentar enormes y humeantes soperas de salsa de salmón con limón y eneldo, sopa de ortiga con queso y trocitos de alcaravea, la sopa de berros estaba adornada con trozos de faisán, y la sopa de hongos con crema amarga y brandy. Después de que Jacob eligiera la sopa de ortiga y esta fuera servida ante él en un cuenco chino poco profundo, se giró para hablar con Daphne otra vez. Para su decepción, en ese momento se encontraba monopolizada por el hombre ubicado al otro lado de ella, que describía entusiasmado su colección de porcelana del Extremo Oriente. Jacob realizó un rápido inventario de las otras conversaciones a su alrededor, todos trataban asuntos mundanos. Esperó pacientemente hasta que la esposa del vicario dirigió su atención al plato de sopa frente a ella. Cuando levantó la cuchara hasta sus labios tan finos como el papel, notó que Jacob la observaba. Otro ruido al aclararse la garganta, mientras la cuchara temblaba en su mano. Intentó pensar en algo que la interesara. —Marrubio —le dijo de forma práctica. Los ojos de ella se dilataron con alarma, y el pulso le palpitó visiblemente en el cuello. —H-h-h… —susurró ella. —El marrubio, la raíz de regaliz, y la miel. Son buenos para librarse de la flema en la garganta. Mi abuela era curandera, me enseñó muchos de sus remedios. La palabra "flema" estuvo a punto de hacer que los ojos se le quedaran en blanco. —El marrubio también es bueno para la tos persistente y mordeduras de serpiente —continuó Jacob servicialmente. Su rostro perdió color, y posó su cuchara en el plato. En un esfuerzo desesperado por alejarse de él, prestó toda su atención a los comensales ubicados a su izquierda. Al ser rechazada su tentativa de cortés intercambio social, Jacob se sentó cómodamente mientras la sopa era retirada y el segundo plato era servido. Mollejas en salsa blanca, perdices en camas de hierbas aromáticas, empanadas de pichones, carne asada, y soufflé de verdura llenaron el aire con una cacofonía de ricos olores. Los huéspedes exclamaron elogiosamente, observando con expectación mientras sus platos eran colmados. Pero Daphne Hathaway parecía apenas consciente de los suculentos alimentos. Su atención estaba centrada en una conversación en el extremo de la mesa, entre Lord Masen y su hermano Leo. Su rostro permanecía tranquilo, pero sus dedos formaban un apretado puño. —… obviamente, usted posee una gran área de buena tierra cultivada que ha estado sin cultivar… —decía Masen, mientras Leo escuchaba evidentemente sin interés—. Pondré a mi propio administrador a vuestra disposición, para que le informe de los términos de arrendamiento usuales aquí en Hampshire. Estos arreglos generalmente no están escritos, lo cual supone, para ambas partes, una obligación de honor a la hora de cumplir los acuerdos… —Se lo agradezco —dijo Leo después de beber la mitad de su vino con un oportuno trago—, pero negociaré con mis arrendatarios cuando estime oportuno, milord. —Me temo que con el tiempo muchos se han marchado —contestó Masen—. Muchas de las casas de los arrendatarios en sus tierras se han visto afectadas por las lluvias. La gente que ahora depende de usted ha estado abandonada a su suerte desde hace demasiado tiempo. —Entonces ya es hora de que aprendan que una de mis grandes cualidades es que siempre decepciono a los que dependen de mí. —Leo dirigió una brillante sonrisa a Daphne, sus ojos eran fríos—. ¿No es así, hermanita? Con visible esfuerzo, Daphne forzó sus dedos a relajarse. —Estoy segura que Lord Ramsay prestará toda su atención a las necesidades de sus arrendatarios —dijo cuidadosamente—. Le ruego que no se deje engañar por su intento de resultar divertido. De hecho, ya ha mencionado sus futuros planes para mejorar las casas de los arrendatarios y estudiar modernos métodos de agricultura… —Si estudio algo —dijo Leo con voz cansina—, será el fondo de una buena botella de oporto. Los arrendatarios de Ramsay han demostrado su capacidad para prosperar a pesar del descuido, está claro que no necesitan de mi intervención. Algunos huéspedes se tensaron aprensivamente ante el despreocupado discurso de Leo, mientras que otros emitían algunas risas forzadas. La tensión espesó el aire. Si Leo intentaba deliberadamente enemistarse con Masen, no podría haber elegido una mejor forma de hacerlo. Masen sentía una gran preocupación para los menos afortunados que él, y una dura aversión hacia los nobles autoindulgentes que no cumplían con sus responsabilidades. —Demonios. —oyó Jacob murmurar a Bella en un suspiro, mientras las cejas de su esposo bajaban de sopetón hasta sus fríos y oscuros ojos. Pero justo cuando Masen separaba los labios para soltar un desdeñoso sermón al joven e insolente vizconde, una de las invitadas emitió un chillido atronador. Otras dos señoras saltaron de sus sillas, junto con varios de los caballeros, todos ellos fijando en la mirada con horror en el centro de la mesa. Toda conversación se detuvo. Siguiendo las miradas de los invitados, Jacob vio algo… ¿un lagarto?, retorciéndose y arrastrándose por el camino a través de fuentes y saleros. Sin vacilar se inclinó hacia adelante y capturó a la pequeña criatura, ahuecando las manos para sostenerlo. El lagarto se retorció furiosamente en el espacio entre sus palmas cerradas. —Lo tengo —dijo suavemente. La esposa del vicario se desmayó, cayendo hacia atrás en su silla con un quejido bajo. —¡No lo lastime! —dijo en voz alta y ansiosa Beatrix Hathaway—. ¡Es la mascota de la familia!    Los invitados echaron un vistazo desde las manos cerradas de Jacob a la chica Hathaway de rostro contrito. —¿Una mascota?… Qué alivio —dijo tranquilamente Lady Masen, mirando a lo largo de la mesa hasta donde se encontraba su esposo con el rostro en blanco—. Pensé que era alguna nueva delicadeza inglesa que acabábamos de servir. Una ráfaga de color oscureció el rostro de Masen, y su mirada se apartó de su esposa con fiera concentración. Para cualquier persona que le conociera, resultaba obvio que luchaba por no reír. —¿Has traído a Spot a la cena? —preguntó Daphne a su hermana menor llena de incredulidad—. ¡Bea, ayer te dije que te librarás de él! —Lo intenté —replicó Beatrix tristemente—, pero después de dejarlo en un tronco, me siguió a casa. —Bea —dijo Daphne severamente—, los reptiles no siguen a la gente a casa. —Spot no es ningún lagarto ordinario. Él… —Lo discutiremos en privado. —Daphne se levantó de su silla, obligando a los caballeros a levantarse de sus asientos. Miró apenada a Masen—. Le pido perdón, milord. Si nos excusa… El conde dio un educado cabeceo. El otro hombre… Christopher Frost… miró a Daphne con una intensidad que hizo que a Jacob se le erizara la piel del cuello. —¿Puedo ayudar? —preguntó Frost. Su voz estaba cuidadosamente desprovista de toda urgencia, pero en la mente de Jacob no había duda sobre cuánto deseaba el hombre salir con ella. —No hay necesidad —dijo Jacob suavemente—. Como puede ver, todo está adecuadamente en mis manos. A su servicio, señorita Hathaway. Y, sosteniendo aún al inquieto reptil, acompañó a las hermanas fuera de la sala.