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Historia 55483 — capítulo 6

Holaaaa capitulo calentito recien salido ;p comentadme anda q sino no me deprimo y no escribo tan rapido ^^

La noticia de que iban a ir a cenar a casa de Lord y Lady Masen fue recibida con una gran variedad de reacciones por parte de los Hathaways. Poppy y Beatrix estaban encantadas y emocionadas, mientras que Win, que aún intentaba recobrar las fuerzas tras el viaje a Hampshire, se mostró simplemente resignada. Leo estaba impaciente por una larga comida acompañada de buen vino. Merripen, por el contrario, se negó rotundamente a ir. —Tú formas parte de la familia —le dijo Daphne, observándolo mientras él aseguraba algunos paneles en una de las habitaciones comunes. El apretón de Merripen sobre el martillo de carpintero era hábil y seguro mientras expertamente hundía un clavo hecho a mano en el borde de una de las tablas—. No importa cuánto intentes negar toda conexión con los Hathaways —y nadie podría culparte de ello—, el hecho es que eres uno de nosotros y deberías asistir. Merripen martilleó metódicamente unos pocos clavos más. —Mi presencia no será necesaria. —Bueno, claro que no será necesaria. Pero deberías disfrutar un poco. —No —replicó él con sombría certeza, y continuó martilleando. —¿Por qué tienes que ser tan cabezota? Si tienes miedo de que te traten mal, deberías recordar que Lord Masen ya está haciendo de anfitrión de un roma, y parece no tener prejuicios…. —No me gustan los gadjos. —Mi familia entera —nuestra familia—, son gadjos. ¿Eso significa que no te gustamos? Merripen no contestó, sólo continuó trabajando. Ruidosamente. Daphne dejó escapar un tenso suspiro. —Merripen, eres un snob terrible. Y si la noche se torna horrible, es tu obligación soportarla con nosotros. Merripen alargó la mano para buscar otro manojo de clavos. —Buen intento —dijo—. Pero no voy a ir.

Las primitivas tuberías de Ramsay House, su pobre iluminación, la falta de lustre de los pocos espejos disponibles hicieron difícil prepararse para la visita a Stony Cross Manor. Tras calentar agua laboriosamente en la cocina, los Hathaways subieron y bajaron cubos para sus propios baños. Todos excepto Win, por supuesto, quien descansaba en su habitación para guardar las fuerzas. Daphne se sentó con una sumisión poco normal mientras Poppy le arreglaba el cabello, recogiéndolo hacia atrás, haciéndole unas gruesas trenzas y sujetándolas en un espeso moño que le cubría la parte trasera de la cabeza. —Listo —dijo Poppy con placer—. Al menos estarás elegante de las orejas hacia arriba. Al igual que las demás hermanas Hathaways, Daphne iba vestida con un práctico vestido de alepín hecho de seda azul y estambre. El diseño era sencillo con una moderadamente amplia falda, de mangas largas y ajustado. El vestido de Poppy era similar, sólo que rojo. Era una chica extraordinariamente bonita, sus finas facciones estaban iluminadas de vivacidad e inteligencia. Si la popularidad social de una chica hubiese estado basada en el mérito y no en la fortuna, Poppy habría sido la niña bonita de Londres. En lugar de eso, vivía en el campo en una desvencijada casa, llevaba ropas viejas, cargaba agua y carbón como una sirvienta. Y nunca se había quejado, ni una sola vez. —Pronto tendremos nuevos vestidos —dijo Daphne con empeño, sintiendo que el corazón le daba un vuelco con remordimiento—. Las cosas mejorarán, Poppy. Lo prometo. —Eso espero —dijo su hermana con ligereza—. Necesito un vestido de baile si quiero pillar a un rico benefactor para la familia. —Sabes que sólo lo dije en broma. No tienes por qué buscar un pretendiente rico. Sólo uno que sea amable contigo. Poppy sonrió. —Bueno, puede que la riqueza y la amabilidad no se excluyan mutuamente… ¿no? Daphne le devolvió la sonrisa. —Y que lo digas. Cuando los hermanos se encontraron en el vestíbulo de entrada, Daphne se sintió incluso más apenada cuando vio a Beatrix aparecer con un vestido verde cuya falda le llegaba hasta los tobillos y una almidonado mandil blanco, un conjunto mucho más apropiado para una niña de doce en lugar de para una de quince. Abriéndose paso hasta colocarse junto a Leo, Daphne le musitó: —Se acabaron las apuestas, Leo. El dinero que perdiste en Turner's hubiese estado mejor empleado en ropas apropiadas para tus hermanas pequeñas. —Hay dinero más que suficiente para que las hubieses llevado a la modista —dijo Leo fríamente—. No me pongas como el malo cuando es responsabilidad tuya vestirlas. Daphne apretó los dientes. Por mucho que adorara a Leo, nadie podía enfadarla tanto como él, y tan rápidamente. Estaba deseando administrarle un fuerte golpe en la cabeza que le devolviera el sentido común. —A la velocidad a la que te estás gastando los fondos familiares, no creí que fuese buena idea salir a gastar dinero. Los otros Hathaways vieron, con los ojos abiertos como platos, como la conversación explotaba en una pelea en toda regla. —Quizás tú quieras vivir como una avara —dijo Leo—, pero que me aspen si tengo que hacerlo yo también. Tú eres incapaz de disfrutar el momento porque siempre estás absorta en elfuturo. Pues bien, para algunas personas, el mañana nunca llega. El carácter de Daphne estalló. —Alguien tiene que pensar en el futuro, ¡derrochador egoísta! —Viniendo de una arpía despótica… Win se colocó entre ambos, descansando una gentil mano sobre el hombro de Daphne. —Callaos, los dos. No sirve de nada enfadarnos entre nosotros justo cuando vamos a salir. —Le dirigió a Daphne una dulce sonrisa a la que nadie en la tierra podría haberse resistido—. No frunzas el ceño así, querida. ¿Qué pasa si tu cara se queda de esa forma? —Con una prolongada exposición a Leo —replicó Daphne—, sin duda lo hará. Su hermano resopló. —Soy un cabeza de turco conveniente, ¿verdad? Si fueses honesta contigo misma, Daphne… —Merripen —gritó Win—. ¿Ya está listo el carruaje? Merripen entró por la puerta principal, con aspecto despeinado y malhumorado. Habían convenido en que él conduciría a los Hathaways hasta la residencia de los Masen y volvería a por ellos más tarde. —Está listo. Cuando echó un vistazo a la pálida y pelirroja belleza de Win, pareció que su expresión se volvía incluso más hosca, si algo así era posible. Como un enigma que se acabase de resolver por sí mismo en su mente, aquella mirada furtiva le aclaró un par de cosas a Daphne. Merripen no iba a la cena aquella noche porque estaba intentando evitar estar en una situación social con Win. Estaba intentado mantener la distancia entre ellos, y al mismo tiempo estaba desesperadamente preocupado por la salud de ella. A Daphne le preocupaba la idea de que Merripen, que nunca demostraba sentimientos fuertes por nada, pudiera albergar un deseo secreto y poderoso por su hermana. Win era demasiado delicada, demasiado refinada, demasiado su opuesta en todo. Y Merripen lo sabía. Sintiéndose comprensiva, sensiblera, y bastante preocupada, Daphne subió al carruaje tras sus hermanas. Los ocupantes del vehículo guardaron silencio mientras avanzaban por la avenida delineada de robles hasta Stony Cross Manor. Ninguna de ellos había visto alguna vez terrenos tan bien atendidos o tan imponentes. La hoja de cada árbol parecía haber sido fijada con cuidadosa previsión. Rodeada por jardines y huertos que fluían hasta los densos bosques, la casa se extendía por la tierra como un adormilado gigante. Cuatro altas torres en las esquinas indicaban las dimensiones originales de las fortalezas al estilo europeo, pero varias adiciones le habían dado una agradable asimetría. Con el tiempo y la erosión, las piedras de la casa color miel se habían suavizado elegantemente, sus perfiles revestidos con unos altos setos perfectamente cortados. Frente a la residencia había un enorme patio —un rasgo distintivo— y estaba rodeado por los establos y un ala residencial. En lugar del sencillo diseño habitual de los establos, estos tenían al frente unos amplios arcos de piedras. Stony Cross Manor era un lugar adecuado para la realeza y por lo que sabían de Lord Masen, su línea de sangre era incluso más distinguida que la de la Reina. Cuando el carruaje se detuvo delante del pórtico de la entrada, Daphne deseó que la noche ya hubiese terminado. En aquellos majestuosos alrededores, los defectos de los Hathaways se magnificarían. No parecerían mejores que un grupo de vagabundos. Echó un vistazo a sus hermanos. Win se había puesto su habitual máscara de irreprochable serenidad, y Leo parecía tranquilo y ligeramente aburrido, una expresión que debía haber aprendido de sus recientes relaciones en Turner's. Las niñas más jóvenes estaban llenas de una brillante exuberancia que arrancó una sonrisa a Daphne. Ellas, al menos, lo pasarían bien, y el cielo sabía que se lo merecían. Merripen ayudó a las hermanas a bajar del carruaje, y Leo emergió al último. Cuando piso el suelo, Merripen lo detuvo con un breve murmullo, una advertencia para que mantuviese un ojo sobre Win. Leo le lanzó una vehemente mirada. Soportar la crítica de Daphne ya había sido suficientemente malo, no lo tolerarían también de Merripen. —Si tan condenadamente preocupado estás por ella —musitó Leo—, entonces entra y haz tú de niñera. Merripen entrecerró los ojos, pero no contestó. La relación entre los dos hombres nunca se podría haber descrito como fraternal, pero siempre habían mantenido una fría cordialidad. Merripen nunca había intentando asumir el papel del segundo hijo, a pesar del obvio cariño que los padres de los Hathaways sentían por él. Y en cualquier situación que se prestaba a una competición entre los dos, Merripen siempre retrocedía. Leo, por su parte, había sido razonablemente agradable con Merripen, e incluso se había adherido a sus opiniones cuando las había juzgado mejor que las suyas. Cuando Leo habían caído enfermo con la fiebre escarlata, Merripen había ayudado a cuidarlo con una mezcla de paciencia y amabilidad que había sobrepasado la de Daphne. Más tarde, ella le había dicho a Leo que le debía la vida a Merripen. Sin embargo, en lugar de sentirse agradecido, Leo parecía pensar mal de Merripen por aquello. Por favor, por favor, no seas imbécil, Leo, quiso rogar Daphne, pero se contuvo de hablar y fue con sus hermanas hasta la entrada iluminada de Stony Cross Manor. Un par de macizas puertas dobles se abrían a un cavernoso vestíbulo adornado con tapices de valor incalculable. Y una gran escalera de piedra y mármol se curvaba hacia la alta galería del segundo piso. Incluso las esquinas más distantes del hall, y las entradas de varios pasillos que partían de la gran habitación, estaban iluminadas con grandes candelabros de cristal. Si los terrenos exteriores habían estado bien cuidados, el interior de la mansión no era menos que inmaculado, todo estaba barrido, reluciente y brillante. No había nada nuevo en lo que los rodeaban, nada de bruscos bordes o modernos toques que alteraran la atmósfera de natural esplendor. Este era, pensó Daphne desolada, exactamente el aspecto que Ramsay House debería tener. Unos sirvientes acudieron para coger los sombreros y los guantes, mientras una anciana ama de llaves daba la bienvenida a los recién llegados. La atención de Daphne se vio inmediatamente atraída por la aparición de Lord y Lady Masen, quienes cruzaban el vestíbulo hacia ellos. Vestido con ropas hechas a la exacta medida, Lord Masen se movía con la confianza física de un experimentado deportista. Su expresión era reservada, sus austeras facciones llamativas más que hermosas. Todo en su apariencia indicaba que era un hombre que exigía mucho de los demás e incluso más de sí mismo. No había duda de que alguien tan poderoso como Masen habría elegido a la perfecta novia inglesa, una mujer cuya glacial sofisticación le había sido inculcada desde el nacimiento. Entonces, con sorpresa, Daphne oyó a Lady Masen hablar con una voz claramente americana, las palabras salieron en tropel como si fuese una molestia pensar en todo antes de hablar. —No sabéis cuánto he deseado tener nuevos vecinos. Las cosas se pueden volver un poco aburridas en Hampshire. Vosotros, Hathaways, las haréis más agradables. Sorprendió a Leo alargando la mano y estrechándole la de él como lo hacían los hombres. —Lord Ramsay, es un placer. —A vuestro servicio, milady. —Leo no parecía saber muy bien qué hacer con aquella singular mujer. Daphne reaccionó automáticamente dándole un apretón similar. Al devolverle el firme apretón a Lady Masen, miró en sus ligeramente rasgados ojos del color del jengibre. Bella, Lady Masen, era una mujer alta y esbelta de reluciente cabello negro, elegantes rasgos y una sonrisa disoluta. A diferencia de su marido, irradiaba una casual cordialidad que instantáneamente calmaba a la gente. —Tú eres Daphne, ¿a la que dispararon ayer? —Sí, milady. —Estoy tan contenta de que el conde no te haya matado. Su puntería no suele fallar, ¿sabes? El conde recibió la insolencia de su esposa con una ligera sonrisa, como si estuviese acostumbrado a ella. —No estaba apuntando a la señorita Hathaway —dijo tranquilamente. —Deberías pensar en una afición menos peligrosa —sugirió Lady Masen—. Observar a los pájaros. Coleccionar mariposas. Algo un poco más decoroso que provocar explosiones. Daphne espero que el conde frunciese en ceño ante su irreverencia, pero él sólo pareció divertido. Y cuando la atención de su mujer se movió hacia al resto de los Hathaways, él la observó con cálida fascinación. Claramente, había una poderosa atracción entre ambos. Daphne presentó a sus hermanas a la poco convencional condesa. Afortunadamente todas recordaban cómo hacer una reverencia, y lograron educadas respuestas a las directas preguntas, tales como si les gustaba montar, si disfrutaban bailando, si habían probado ya alguno de los quesos locales, y si compartían su disgusto por las viscosas comidas inglesas como las anguilas y el pan de cerdo en gelatina. Riendo ante la divertida cara que había puesto la condesa, las hermanas Hathaway fueron con ella a la salita, donde aproximadamente una docena de invitados se habían reunido en espera de la cena. —Me gusta —oyó decirle Poppy a Beatrix mientras las dos caminaban tras ella—. ¿Crees que todas las mujeres americanas son tan hermosas? Hermosa, sí, aquella era una palabra apropiada para Lady Masen. —Señorita Hathaway —dijo la condesa a Daphne en un tono de amigable preocupación—, el conde me ha dicho que Ramsay House ha estado desocupada durante mucho tiempo, debe estar hecha un desastre. Algo sobresaltada por la franqueza de la mujer, Daphne negó con la cabeza firmemente. —Oh no, "desastre" es una palabra demasiado fuerte. Todo el lugar necesita una buena limpieza, y unas pequeñas reparaciones y… —hizo una pausa incómoda. La mirada de Lady Masen fue franca y comprensiva. —Está mal, ¿eh? Daphne movió los hombros de un tirón en un ligero encogimiento de hombros. —Hay mucho trabajo por hacer a Ramsay House —admitió—. Pero no me asusta el trabajo. —Si necesita ayuda o consejo, Masen tiene infinitos recursos a su disposición. Puede decirle dónde encontrar… —Es usted muy amable, milady —dijo Daphne apresurada—, pero no hay necesidad de que se involucre en nuestros asuntos domésticos. Lo último que quería era que los Hathaways parecieran ser una familia de pordioseros y mendigos. —Quizás no puedas evitar que nos involucremos —dijo Lady Masen con una sonrisa—. Ahora estás en la esfera Masen, lo cual significa que se te aconsejará pidas o no consejo. Y lo peor es que casi siempre tiene razón. Lanzó una cariñosa mirada en dirección a su esposo. Masen estaba con un grupo a un lado de la habitación. Notando la mirada de su esposa, Masen se dio la vuelta. Algún mensaje mudo estaba pasando entre ellos… y él respondió con un rápido, casi imperceptible guiño. Una risita surgió de la garganta de Lady Masen. Se giró hacia Daphne. —Estando casados desde hace cuatro años en septiembre —dijo con algo de vergüenza—. Había supuesto que a estas alturas habría dejado de suspirar por él pero no lo he hecho. —La picardía bailó en sus oscuros ojos—. Ahora, te presentaré a algunos de los otros invitados. Dime a quien deseas conocer primero. La mirada de Daphne se trasladó del conde al grupo de hombres que se reunía alrededor de él. Una oleada de conciencia bajo por su espina cuando su atención se vio atraída por Jacob Black. Iba vestido de blanco y negro, con idéntico atuendo al de los demás caballeros, pero el esquema civilizado solo servía para hacerlo parecer más exótico. Con la oscura seda de su cabello curvándose sobre el almidonado cuello blanco, lo moreno de su complexión, los ojos atigrados, parecía completamente fuera de lugar en los decorosos alrededores. Siendo consciente de su mirada, Black se inclinó, lo que reconoció como una tiesa reverencia propia de él. —Ya has conocido al señor Black, por supuesto —comentó Lady Masen, observando el intercambio—. Un interesante compañero, ¿no crees? El señor Black es encantador, muy amable, y solo a medias civilizado, lo cual yo prefiero bastante. —Yo… —Daphne arrancó su mirada de Black con esfuerzo, su corazón tamborileando erráticamente—. ¿A medias civilizado? —Oh, ya sabes todas las reglas que la clase alta ha concebido para el llamado comportamiento educado. El señor Black no se molesta con la mayoría de ellas. —Lady Masen sonrió abiertamente—. En realidad tampoco yo. —¿Desde hace cuanto conoce al señor Black? —Solo desde que Lord St.Vincent tomó posesión del club de juego. Desde entonces, el señor Black se ha convertido en una especie de protegido, de ambos, Masen y St. Vincent —rió rápidamente—. Es como tener un ángel en un hombro y un demonio en el otro. Black parece manejarlos a los dos bastante bien. —¿Por qué se han tomado ambos tanto interés en él? —Es un hombre inusual. No estoy segura de que nadie sepa que hacer con él. De acuerdo con Masen, Black tiene una mente excepcional. Pero al mismo tiempo, es supersticioso e impredecible. ¿Ha oído hablar de su maldición de buena suerte? —¿Su que? —Parece ser que no importa lo que haga Black, no puede evitar hacer dinero. Mucho dinero. Incluso cuando trata de perderlo. Él alega que esta mal que una persona posea tanto. —Es la costumbre romani —murmuro Daphne—. No creen en poseer cosas. —Si, bueno, siendo de New York, no entiendo ese concepto del todo, pero ahí lo tienes. En contra de su voluntad, al señor Black se le ha dado un porcentaje de las ganancias del club, y no importa cuantas donaciones a la caridad o inversiones poco sólidas realice, sigue obteniendo ganancias inesperadas. Primero compró un viejo caballo de carreras con patas cortas, Little Dandy, que ganó el Grand Nacional el pasado abril. Después estuvo el asunto del hule, y… —¿El qué? —Fue una pequeña y fallida fábrica de hule en el lado este de Londres. Justo cuando la compañía estaba a punto de hundirse, el señor Black hizo una gran inversión en ella. Todos incluyendo Lord Masen, le aconsejaron no hacerlo, que era un tonto e iba a perder cada centavo. —Lo cual era su intención —dijo Daphne. —Exacto. Pero para consternación de Black, el asunto dio un vuelco. El director de la compañía usó la inversión para adquirir los derechos de la patente del proceso de vulcanización, e inventaron esos pequeños restos elásticos de tubería llamados bandas de goma. Y ahora la compañía es un éxito resplandeciente. Podría contarle más, pero son todas variaciones del mismo tema, el señor Black tira su dinero y el mismo vuelve multiplicado diez veces. —Yo no llamaría a eso una maldición —dijo Daphne. —Tampoco yo. —Lady Masen rió suavemente—. Pero el señor Black lo hace. Eso es lo que lo hace tan entretenido. Debería haberlo visto enfurruñarse hace un rato cuando recibió el informe más reciente de uno de sus corredores de bolsa en Londres. Todas buenas noticias. Estaba rechinando los dientes por ello. Tomando el brazo de Daphne, Lady Masen la guió por la habitación. —Aunque tenemos una triste falta de caballeros elegibles esta noche, prometo que tendremos una selección de visitantes una vez más adelantada la Temporada. Todos vienen a cazar y a pescar y normalmente hay una mayor proporción de hombres que de mujeres. —Esas son buenas noticias —replicó Daphne—. Tengo grandes esperanzas de que mis hermanas encuentren caballeros convenientes para casarse. Sin perderse la implicación, Lady Masen preguntó: —¿Pero no tiene tales esperanzas para sí misma? —No, no espero siquiera casarme. —¿Por qué? —Tengo una responsabilidad para con mi familia. Ellos me necesitan. —Después de una breve pausa, Daphne añadió francamente—. Y la verdad, tendría que someterme a los dictámenes de un esposo. —Yo solía sentirme así. Pero debo advertirle, señorita Hathaway… la vida tiene su forma de estropear nuestros planes. Hablo por experiencia. Daphne sonrió, poco convencida. Era una cuestión simple de prioridades. Ella dedicaría todo su tiempo y energías a crear un hogar para sus hermanos, y a verlos a todos saludables y felizmente casados. Habría sobrinos y sobrinas en abundancia, y Ramsay House se llenaría con las personas que amaba. Ningún esposo podría ofrecerle más. Observando a su hermano, Daphne notó que había una peculiar expresión en su rostro, o más bien la falta de la misma, que indicaba que estaba ocultando algún fuerte y privado sentimiento. Fue hacia ella inmediatamente, intercambió unas cuantas cortesías con Lady Masen, y asintió educadamente cuando ella se disculpó para atender a un invitado mayor que acababa de llegar. —¿Qué es lo que sucede? —susurró Daphne, alzando la vista mientras Leo le colocaba la mano en su codo—. Parece como si acabaras de conseguir un bocado de corcho putrefacto. —No intercambiemos insultos ahora mismo —le lanzó una mirada más preocupada que ninguna que recordara en su reciente memoria haber recibido. Su tono fue bajo y urgente—. Resiste, hermana, hay alguien aquí a quien no quieres ver. Y viene hacia acá. Ella giró los ojos. —Si te refieres al señor Black, te aseguro que soy perfectamente... —No. No Black. —Movió la mano hacia su cintura como si anticipara su necesidad de estabilidad. Y ella entendió. Antes de girarse siquiera para mirar al hombre que se acercaba a ellos, Daphne supo la razón de la extraña reacción de Leo, y se quedó fría, caliente e inestable. Pero en alguna parte en su interior, acechaba una cierta resignación. Siempre había sabido que volvería a ver a Christopher Frost algún día. Estaba solo cuando se acercó a ellos... una pequeña misericordia, si uno esperaba que llevara a su nueva esposa a remolque. Y Daphne estaba bastante segura de que no habría podido tolerar ser presentada a la mujer por la que había sido abandonada. Así que se quedó rígidamente junto a su hermano e intentó desesperadamente asemejarse a una mujer independiente que saludaba a su antiguo amor con educada indiferencia. Pero sabía que no podría disfrazar la blancura de su cara, podía sentir la sangre disparándose directamente a su sobre estimulado corazón. Si la vida fuese justa, Frost habría parecido más pequeño, menos apuesto, menos deseable de lo que recordaba. Pero la vida, como siempre, no era justa. Estaba igual de delgado, elegante y urbano que siempre, con despiertos ojos azules y espeso cabello recortado, demasiado oscuro para ser rubio, demasiado claro para ser marrón. Ese brillante cabello contenía cada sombra del champagne. —Mi viejo conocido —dijo Leo. Aunque su tono no contenía rencor, tampoco evidenciaba ningún placer. Su amistad se había trastornado en el momento en que Frost había abandonado a Daphne. Leo tenía sus defectos, indudablemente, pero no era nada menos que leal. —Milord —dijo Frost quedamente, inclinándose ante ambos—. Y señorita Hathaway. —Parecía costarle algo sostener su mirada. El cielo sabía lo que le estaba costando a ella devolvérsela—. Ha pasado demasiado tiempo. —No para algunos de nosotros —devolvió Leo, sin sobresaltarse cuando Daphne subrepticiamente le pisó el pie—. ¿Se hospeda en la mansión? —No, estoy visitando a unos viejos amigos de la familia, son los propietarios de una taberna en el pueblo. —¿Cuánto tiempo se quedara? —No tengo planes firmes. Estoy meditando sobre algunas comisiones mientras disfruto de la calma y tranquilidad del campo. —Su mirada se trasladó brevemente hasta Daphne y volvió a Leo—. Envié una carta cuando supe de su ascendencia a la nobleza milord. —La recibí —dijo Leo ociosamente—. Aunque por mi vida, no puedo recordar su contenido. —Algo en el sentido de que me alegraba por su bien, quedé decepcionado al haber perdido un rival merecedor. Usted siempre me condujo a avanzar más allá de los límites de mis habilidades. —Si —dijo Leo sardónicamente—. Fui una gran perdida para el firmamento arquitectónico. —Lo fue —agregó Frost sin ironía. Su mirada se posó en Daphne—. ¿Puedo comentar lo encantadora que está señorita Hathaway? Que extraño, pensó confusa, que alguna vez hubiera estado enamorada de él, y ahora estuvieran hablando el uno con el otro tan formalmente. Ya no lo amaba, aunque los recuerdos de ser abrazada por él, besada, acariciada… matizaban cada pensamiento y emoción, como un cordón teñido de té. Uno no podía eliminar la mancha totalmente. Recordaba un ramo de rosas que una vez él le había obsequiado... había tomado una y acariciado con los pétalos sus mejillas y labios entreabiertos, y había sonreído ante su feroz rubor. Mi pequeño amor, había susurrado. —Gracias —dijo—. Por mi parte ¿puedo ofrecerle felicitaciones por su matrimonio? —Me temo que las felicitaciones están fuera de lugar —replicó Frost cuidadosamente—. La boda no tuvo lugar. Daphne sintió la mano de Leo tensarse en su cintura. Se apoyó en él imperceptiblemente y apartó la mirada de Christopher Frost, incapaz de hablar. No estaba casado. Sus pensamientos giraban en anarquía. —¿Ella recuperó la cordura? —oyó preguntar a Leo casualmente—. ¿O fue usted? —Se hizo patente que no congeniábamos tan bien como cabía esperar. Ella fue lo suficientemente cortés como para liberarme de mi obligación. —Así que lo echaron a patadas —dijo Leo—. ¿Aún trabaja para su padre? —Leo —protestó Daphne, en una especie de susurro. Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Frost mostrar sardónico una breve sonrisa, y su corazón se retorció con la dolorosa familiaridad del gesto. —Nunca te has andado con rodeos, ¿no? Si, aun estoy empleado con Temple. —La mirada de Frost volvió lentamente a Daphne, evaluando su fragilidad cautelosamente—. Un placer verla de nuevo señorita Hathaway. Flaqueó un poco cuando él los dejó, girándose ciegamente hacia su hermano. Su voz se rompía en los bordes. —Leo, apreciaría mucho que cultivaras un poco de delicadeza en tus modales. —No todos podemos ser tan finos como tu señor Frost. —Él no es mi señor Frost. —Hizo una pausa, mientras añadía, embotadamente—. Nunca lo fue. —Mereces algo endemoniadamente mejor. Solo recuerda eso, si vuelve otra vez a olisquear tus tacones. —No lo hará —dijo Daphne, odiando la forma en que su corazón saltaba tras sus bien erguidas defensas.