Tituladas 16.2% · 32,381 de 199,415 descubiertas
Rescatado 63.6% · 59,982 de 94,296 páginas identificadas · 59,972/60,586 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 55483 · de

Historia 55483 — capítulo 5

Holaaa estoy por aqui otra vez mas y queria aclarar una cosilla que ayer con la emocion por españa creo q os lie XD.

Leo, Poppy y bea son morenos. Win es pelirroja y Daphne es rubia =D

a comentar!

Era un día agradablemente fresco, casi despejado, el clima sureño era más templado que el de Londres. Daphne atravesó vigorosamente el huerto frutal, más allá del jardín. Las ramas de los árboles estaban cargadas con grandes manzanas verdes. Había frutas caídas medio comidas por los ciervos y otros animales, estaban fermentadas y echadas a perder. Haciendo una pausa para arrancar una manzana de una rama baja, la limpió en una manga y le dio un mordisco. El sabor era intensamente ácido. Una abeja zumbó a corta distancia, y Daphne se echó bruscamente hacía atrás con alarma. Siempre le había tenido terror a las abejas. Aunque había tratado de razonar consigo misma, no podía controlar el pánico que la invadía cada vez que una de esas malditas bestias estaba por los alrededores. Apresurándose a salir del huerto, Daphne siguió una senda superficial que la llevó a un prado mojado. A pesar del retraso de la estación, había pesados lechos de berros que florecían por todas partes. Conocido como "el pan de los pobres," las delicadas hojas de picante sabor eran consumidas en manojos por los aldeanos locales, y se hacía de todo con ellas desde sopa hasta el relleno del ganso. Recogería algunas en su camino de regreso, decidió. La ruta más corta hasta el pueblo era cruzando a través de una esquina de la hacienda de Lord Masen. Cuándo Daphne traspasó el límite invisible pudo sentir un cambio en la atmósfera. Caminó por las inmediaciones del susurrante bosque, demasiado denso para que la luz del día penetrara en el follaje. La tierra era exuberante, sigilosa, los viejos árboles estaban anclados profundamente en la tierra oscura y fértil. Quitándose el sombrero, Daphne lo sujetó por el ala y disfrutó de la brisa contra su cara. Ésta había sido la tierra de los Masen durante generaciones. Se preguntó que clase de persona serían el conde y su familia. Terriblemente correctos y tradicionales, supuso. No sería bien recibida la noticia de que la Hacienda Ramsay había llegado a manos de un montón de maleducados y sangre roja como los Hathaways. Encontrando una senda gastada que atravesaba el bosque, molestó a un par de collalbas que aletearon con gorgojeos indignados. La vida abundaba por todas partes, incluyendo mariposas de unos colores casi antinaturales y escarabajos tan brillantes como chispas. Cuidando de seguir en la senda, Daphne se recogió la falda para evitar arrastrarla por el suelo del bosque. Emergió desde un bosquecillo de avellano y roble hasta un amplio campo seco. Estaba vacío. Y ominosamente quieto. Ninguna voz, ningún gorjeo de pinzones, ningún zumbido de abejas o el traqueteo de saltamontes. Algo en esto la llenó de la instintiva tensión que advertía de una amenaza desconocida. Cautelosamente, comenzó a subir la suave pendiente del prado. Alcanzando la cima de una pequeña colina, Daphne hizo una pausa ante la desconcertante vista del aparato de imponente altura hecho de metal. Parecía ser un tobogán apuntalado sobre unas patas, inclinado en un ángulo pronunciado. Su atención se vio atraída por una conmoción menor más allá del camino... dos hombres emergieron desde atrás de un refugio de madera pequeño... gritaban y agitaban los brazos hacia ella. Daphne se percató instantáneamente de que se encontraba en peligro, aun antes de reparar en el humeante rastro de chispas en movimiento, serpenteantes, a lo largo del suelo hacia el tobogán de metal. ¿Una mecha? Aunque no sabía mucho de artefactos explosivos, era consciente de que una vez una mecha se encendía, nada podría hacerla parar. Tirándose sobre la hierba tibia por el sol, Daphne se cubrió la cabeza con los brazos, esperando ser volada en pedazos. Algunos latidos pasaron, y dejó escapar un grito alarmado cuando sintió que un cuerpo grande, y pesado caía sobre ella... no, no caída, se estampaba. La cubrió totalmente, hundiendo las rodillas en el suelo a cada lado de las suyas, formando un refugio con el cuerpo. Al mismo tiempo, una explosión ensordecedora perforó el aire, hubo un violento silbido sobre sus cabezas, y una sacudida atravesó la tierra bajo de ellos. Demasiado atontada para moverse,Daphne luchó por recuperar su agudeza. Sus oídos estaban saturados de un zumbido agudo. Su compañero se quedó inmóvil sobre ella, respirando pesadamente sobre su cabello. El aire estaba cargado de humo, pero aun así, Daphne notó una fragancia placenteramente masculina, a piel salada y jabón, y una esencia íntima que no podía identificar del todo. El ruido en sus oídos se desvaneció. Levantándose sobre los codos, se topó con la sólida pared de un pecho contra su espalda, vio unas mangas de camisa remangadas sobre unos antebrazos musculosos... y hay había algo más... Sus ojos se ampliaron ante la visión de un pequeño diseño, estilizadamente tatuado en un brazo. Un tatuaje de un caballo negro y alado con ojos de azufre. Era un diseño irlandés, de un caballo de pesadilla llamado pooka: Una malévola criatura mítica que hablaba con voz humana y se llevaba a la gente a la medianoche. Su corazón se detuvo cuando vio la pesada banda redondeada de un anillo en el pulgar. Retorciéndose bajo él, Daphne intentó darse la vuelta. Una mano fuerte se curvó alrededor de su hombro, ayudándola. La voz fue baja y familiar. —¿Está usted herida? Lo siento. Estaba usted en el camino de… Se detuvo cuando Daphne rodó sobre su espalda. Un mechó de su cabello se había soltado, dejando libre un estratégico rizo. Este caía ocultándole su cara, obscureciendo su visión. Antes de poder apartarlo, él lo hizo por ella, y las puntas de sus dedos provocaron ondas de fuego líquido incendiario que recorrió todo el cuerpo. —Usted —dijo él suavemente. Jacob Black. No puede ser, pensó ella confusamente. ¿Aquí? ¿en Hampshire? Pero allí estaban sus inconfundibles ojos, entre dorados y avellana, y las espesas pestañas, el pelo de medianoche, la sórdida boca. Y el brillo pagano de un diamante en su oreja. Mostraba una expresión perturbada, como si acabara de recordar algo que hubiera querido olvidar. Pero cuando posó la mirada en la cara desconcertada de Daphne, su boca se curvó un poco, y se reacomodó en la cuna que formaba su cuerpo con una insolente familiaridad que le robó el aliento. —Señor Black… ¿Cómo?… ¿Por qué?… ¿Qué está usted haciendo aquí? Él contestó sin moverse, como si planeara permanecer así y conversar todo el día. Su tono infinitamente educado era un inquietante contraste frente a la intimidad de su posición. —Señorita Hathaway. Qué encantadora sorpresa. Como verá, visito a unos amigos. ¿Y usted? —Vivo aquí. —No lo creo. Ésta es la hacienda de Lord Masen. El corazón se le aceleró en el pecho mientras su cuerpo absorbía los detalles del de él. —No quería decir precisamente aquí, quise decir por allí, al otro lado del bosque. La hacienda Ramsay. Acabamos de establecernos. —Al parecer no podía dejar de charlar a consecuencia de los nervios y el miedo—. ¿Qué fue ese ruido? ¿Qué estaban ustedes haciendo? ¿Por qué tiene usted ese tatuaje en el brazo? Eso es un pooka, una criatura irlandesa, ¿no es cierto? Esa última pregunta le ganó una mirada atenta. Antes de que Black pudiera contestar, los otros dos hombres se acercaron. Desde su inclinada posición, Daphne tuvo una vista de pies a cabeza de ellos. Como Black, llevaban las mangas de las camisas remangadas, con los chalecos desabotonados. Uno de ellos tenía el porte de un caballero viejo y corpulento con unos mechones de cabello plateado. Sujetaba un pequeño sextante de madera y metal, el cual había sido ensartado alrededor de su cuello. El otro, de cabello negro, parecía estar a finales de la treintena. No era tan alto como Black, pero tenía un aire mezclado de autoridad y arrogancia aristocrática. Daphne hizo un movimiento indefenso, y Black se levantó y alejó de ella con una fluida agilidad. Él la ayudó a levantarse, estabilizándola con su brazo. —¿Cómo de lejos llegó? —preguntó Black a los hombres. —Que el demonio se lleve a ese cohete —llegó la respuesta seria—. ¿En qué condiciones está la mujer? —Ilesa. El caballero de cabello plateado comentó: —Impresionante Black. Cubriste una distancia de cincuenta metros en menos de cinco o seis segundos. —Difícilmente perdería la oportunidad de abalanzarme sobre el regazo de una hermosa mujer —dijo Black, haciendo que el hombre mayor riera ahogadamente. La mano de Black recorrió la pequeña espalda de Daphne, la ligera presión hizo que su sangre hirviera a fuego lento. Alejándose de su tacto que la distraía, Daphne levantó las manos para acomodarse el mechón vagabundo de cabello, colocándoselo detrás de la oreja. —¿Por qué están disparando cohetes? Y es más, ¿por qué están disparándolos en mi propiedad? El desconocido que había junto a ella le lanzó una mirada penetrante y evaluadora. —¿Su propiedad? Black intervino. —Lord Mansen, ésta es la señorita Daphne Hathaway. La hermana de Lord Ramsay. Frunciendo el ceño, Masen ejecutó una reverencia precisa. —Señorita Hathaway. No estaba informado de su llegada. Si hubiese sido consciente de su presencia, le habría notificado de nuestros experimentos con cohetes, como he hecho con todos los demás en la vecindad. Estaba claro que Masen era un hombre que esperaba ser informado acerca de todo. Parecía molesto porque los nuevos vecinos se hubieran atrevido a mudarse a su propia residencia sin avisarle a él primero. —Llegamos ayer mismo, su Señoría —contestó Daphne—. Teníamos intención de hacerle una visita tras habernos instalado. —En circunstancias normales, habría dejado las cosas así. Pero estaba todavía algo agitada, y no pudo detener el flujo de comentarios que acudió a su boca—. Bueno. Debo decir que en la guía no avisaban adecuadamente sobre la posibilidad de un cohete disparado en medio de los pacíficos paisajes de Hampshire. —Se inclinó y sacudió el polvo y los pedacitos de hoja aferrados a sus faldas—. Estoy segura que no conocen a los Hathaways lo suficiente como para dispararnos. Aún. Cuando entablemos una amistad, sin embargo, no dudo de que encontrarán buenas razones para sacar la artillería. Sobre su cabeza, oyó reír a Black. —Considerando nuestros logros en puntería y precisión, no tiene nada que temer, señorita Hathaway. El caballero del cabello plateado habló entonces. —Black, si no le importa averiguar donde ha aterrizado el cohete... —Por supuesto —Black partió con una simple zancada. —Un tipo ágil —dijo el anciano aprobadoramente—. Rápido como un leopardo. Sin mencionar firme de manos y nervios. Menudo zapador sería. Presentándose a sí mismo como Capitán Swansea, de los antiguos Ingenieros Reales, el anciano caballero explicó a Daphne que era un entusiasta del desarrollo y la utilización de cohetes, cuyo estudio científico continuaba en la medida de su capacidad civil. Como amigo de Lord Masen, que compartía su interés por la ingeniería, Swansea había venido al campo para experimentar con un nuevo cohete, donde había suficiente terreno para hacerlo. Lord Masen había alistado a Jacob Black para ayudarle con las ecuaciones de vuelo y otros cálculos matemáticos necesarios para evaluar el desempeño de los cohetes. —Bastante extraordinaria, realmente, su facilidad con los números —dijo Swansea—. Nunca lo esperarías viendo su aspecto. Daphne no pudo evitar estar de acuerdo. En su experiencia los intelectuales como su padre eran hombres pálidos que pasaban gran parte de su tiempo dentro de casa, tenían barrigas prominentes, gafas y vestían arrugadas ropas de tweed. No eran jóvenes exóticos que parecían príncipes paganos y llevaban anillos de oro y tatuajes. —Señorita Hathaway —dijo Lord Masen—, que yo sepa, no ha habido residentes en Ramsay desde hace casi una década. Encuentro difícil creer que la casa esté habitable. —Oh, está en buenas condiciones —mintió Daphne alegremente, su orgullo pasó a primer plano—. Por supuesto, es preciso quitar algo de polvo y unas pocas reparaciones menores... pero estamos bastante cómodos. Creyó haber hablado convincentemente, pero Masen parecía escéptico. —Damos una gran cena esta noche en Stony Cross Manor —dijo—. Traiga a su familia. Será una excelente oportunidad para que conozcan a algunos residentes locales, incluyendo al vicario. Una cena con lord y lady Masen. Que Dios la ayudara. De haber estado la familia Hathaway bien descansada, si Leo hubiera avanzado algo más por la senda de la sobriedad, si todos dispusieran de un atuendo formal adecuado, si hubieran tenido suficiente tiempo para estudiar etiqueta... Daphne podría haber considerado aceptar la invitación. Pero tal y como estaban las cosas, resultaba imposible. —Es muy amable, milord, pero debo declinar. Acabamos de llegar a Hampshire, y la mayor parte de nuestra ropa está todavía empaquetada... —La ocasión es informal. Daphne dudaba que su definición de "informal" se pareciera a la de ella. —No es simplemente cuestión de atuendo, milord. Una de mis hermanas está algo débil y sería demasiado agobiante para ella. Necesita gran cantidad de descanso después del largo viaje desde Londres. —Mañana por la noche entonces. Será una reunión mucho más reducida y en absoluto agobiante. A la luz de su insistencia, no había forma de negarse. Maldiciéndose a sí misma por no quedarse en Ramsay House esa mañana, Daphne se obligó a sonreír. —Muy bien, milord. Su hospitalidad es muy apreciada. Black volvió, con la respiración acelerada por el esfuerzo. Una neblina de sudor se había acumulado sobre su piel haciendo que esta brillara como bronce. —Un curso directo —dijo a Masen y Swansea—. Las aletas estabilizadoras funcionaron. Aterrizó a una distancia de aproximadamente mil ochocientos metros. —¡Excelente! —exclamó Swansea—. ¿Pero dónde está el cohete? Los blancos dientes de Black centellearon en una sonrisa. —Enterrado en un profundo y humeante agujero. Volveré a desenterrarlo más tarde. —Si, queremos ver las condiciones de la envoltura y el núcleo interno. —Swansea tenía la cara roja de satisfacción. Utilizó un pañuelo para limpiar su sudoroso y arrugado semblante—. Ha sido una mañana excitante, ¿eh? —Tal vez sea hora de volver a la mansión, capitán —sugirió Masen. —Si, por supuesto. —Swansea se inclinó hacia Daphne—. Un placer, señorita Hathaway. Y debo decir que se lo ha tomado usted bastante bien, siendo el objetivo de un ataque sorpresa. —La próxima vez que le visite, capitán —dijo ella—, recordaré traer mi bandera blanca. Él rió ahogadamente y ondeó un adiós. Antes de girarse para unirse al capitán, Lord Masen miró fijamente a Jacob Black. —Llevaré a Swansea de vuelta a la mansión, si usted se ocupa de que la señorita Hathaway llegue a casa sana y salva. —Por supuesto —llegó la resuelta respuesta. —Gracias —dijo Daphne—, pero no hay necesidad. Conozco el camino y no está lejos. Su protesta fue ignorada. Se vio relegada a mirar ansiosamente a Jacob Black, mientras los otros dos hombres partían. —No soy ninguna fémina indefensa —dijo ella—. No necesito ser entregada en ninguna parte. Además, a la luz de su pasado comportamiento, estaría más a salvo sola. Un breve silencio. Black inclinó la cabeza a un lado y la evaluó curiosamente. —¿Pasado comportamiento? —Ya sabe lo que... —Se interrumpió, sonrojándose ante el recuerdo del beso en la oscuridad—. Me refiero a lo que ocurrió en Londres. Él le dirigió una mirada de cortés perplejidad. —Me temo que no la sigo. —No va a fingir que no lo recuerda —exclamó. Quizás había besado a tantas legiones de mujeres que no podía recordarlas a todas—. ¿También va a negar que robó una de las cintas de mi bonete? —Tiene una imaginación muy vívida, señorita Hathaway. —Su tono era indiferente. Pero había una llamarada de risa provocadora en sus ojos. —No tengo tal cosa. El resto de mi familia está bien versada en imaginación... yo soy la que se aferra desesperadamente a la realidad. —Se giró y comenzó a caminar a paso enérgico—. Me voy a casa. No hay necesidad de que me acompañe. Ignorando su declaración, Black igualó fácilmente su paso, su relajada zancada contaba por dos de las de ella. La dejó marcar el paso. En los espacios abiertos que los rodeaban, él parecía incluso más alto de lo que recordaba. —Cuando vio mi brazo —murmuró él—, el tatuaje... ¿cómo supo que era un pooka? Daphne se tomó su tiempo para contestar. Mientras caminaban, las sombras de las ramas cercanas les cruzaban las caras. Un halcón de cola roja se deslizó por el cielo y desapareció en la espesura del bosque. —He leído algo de folklore irlandés —dijo finalmente—. Una malvada y peligrosa criatura el pooka. Inventada para provocar pesadillas a la gente. ¿Por qué se adorna a sí mismo con semejante diseño? —Se me otorgó de niño. No recuerdo cuándo. —¿Con qué propósito? ¿Qué significado tiene? —Mi familia nunca lo explicó. —Black se encogió de hombros—. Tal vez ahora podrían. Pero hace años que no los veo. —¿Podría encontrarlos de nuevo, si quisiera? —Con algo de tiempo. —Casualmente se abrochó el chaleco y desenrolló las mangas, ocultando el símbolo pagano—. Recuerdo a mi abuela hablándome del pooka, Me animaba a creer que era real... creo que ella casi lo creía. Practicaba la vieja magia. —¿Qué es eso? ¿Quiere decir leer la fortuna? Black sacudió la cabeza y deslizó las manos en los bolsillos de sus pantalones. —No —dijo, con aspecto divertido—, aunque leía la fortuna a los gadjos a veces. La vieja magia es una creencia de que todo en la naturaleza está conectado y equilibrado. Todo está vivo. Incluso los árboles tienen alma. Daphne estaba fascinada. Siempre había sido imposible persuadir a Merripen a decir nada sobre su pasado o sus creencias Romaní, y he aquí un hombre que parecía dispuesto a discutir cualquier cosa. —¿Cree usted en la vieja magia? —No. Pero me gusta la idea. —Black extendió la mano buscando su codo para guiarla alrededor de un parche de terreno accidentado. Antes de que ella pudiera objetar el toque gentil, este desapareció—. El pooka no siempre es malvado —dijo—. Algunas veces actúa sin malicia. Juguetón. Daphne le lanzó una mirada escéptica. —¿Llamaría juguetona a una criatura que te lanza sobre su grupa, eleva el vuelo y te deja caer en una zanja o un pantano? —Esa es una de las historias —admitió Black con una sonrisa—. Pero en otras, el pooka solo quiere llevarte a la aventura... llevarte volando a lugares que solo puedes ver en sueños. Y después te devuelve a casa. —Pero las leyendas dicen que después de que el caballo te lleva en sus viajes nocturnos, nunca vuelves a ser el mismo. —No —dijo él suavemente—. ¿Cómo podrías serlo? Sin notarlo, Daphne había desacelerado su paso hasta convertirlo en una caminata ociosa y relajada. Parecía imposible caminar con enérgica eficiencia en un día como ese, con tanto sol y suave brisa. Y con este hombre tan inusual a su lado, oscuro, peligroso y encantador. —De todos los lugares donde podría haberle visto de nuevo —dijo—, nunca hubiera esperado que fuera en la finca de lord Masen. ¿Cómo llegaron a conocerse? Él es uno de los miembros del club de juego, supongo. —Si. Y amigo del propietario. —¿Los demás invitados de lord Masen aceptan su presencia en Stony Cross Manor? —¿Quiere decir porque soy un roma? —Una tímida sonrisa tocó sus labios—. Me temo que no tienen más alternativa que ser educados. Primero, por respeto al conde. Y después está el hecho de que la mayoría de ellos acuden a mí en busca de crédito en el club... lo cual significa que tengo acceso a su información financiera privada. —Sin mencionar los escándalos privados —dijo Daphne, recordando la pelea en el callejón. La sonrisa de él se demoró un instante. —Algo de eso también. —No obstante, debe sentirse como un extraño a veces. —Siempre —dijo él con un tono práctico—. Soy un extraño para mi gente también. Ya ve, soy un mestizo... poshram, lo llaman ellos... nacido de una madre gitana y un padre irlandés gadjo. Y ya que el linaje familiar se traspasa por línea paterna, ni siquiera se me considera un roma. Es la peor violación del código que una de nuestras mujeres se case con un gadjo. —¿Es por eso que no vive con su tribu? —Es una de las razones. Daphne se preguntó cómo debía ser para él, atrapado entre dos culturas, sin pertenecer a ninguna. Sin esperanza de ser nunca completamente aceptado. Y aún así no había rastro de autocompasión en su tono. —Los Hathaways somos extraños también —dijo ella—. Obviamente no encajamos en una posición de sociedad refinada. Ninguno de nosotros tiene la educación o crianza que se requiere. La cena en Stony Cross Manor será un espectáculo... seguro que terminará con todos nosotros siendo acompañados a la salida de las orejas. —Puede que se sorprenda. Lord y Lady Masen no suele insistir en formalidades. Y su mesa incluye a gran variedad de invitados. Daphne no se sintió reconfortada. Para ella, la alta sociedad se parecía a los tanques ornamentales utilizados para mantener a peces exóticos en los salones de moda, llenos de brillantes criaturas que corrían y giraban en patrones que ella no tenía esperanzas de entender. Los Hathaways tenían tantas posibilidades intentando una vida bajo el agua como estando en tan elevada compañía. Y aún así no tenían más elección que intentarlo. Atisbando un pesado crecimiento de berros en la ribera de un prado húmedo, Daphne fue a examinarlo. Aferrando un racimo, tiró hasta que los delicados tallos se rompieron. —El berro es abundante aquí, ¿no? He oído que puede hacerse una ensalada fina o una salsa con él. —También es una hierba medicinal. Los rom lo llaman panishok. Mi abuela la utilizaba en cataplasmas para los esguinces y heridas. Y es un poderoso afrodisíaco. Para las mujeres, especialmente. —¿Un qué? —La delicada verdura cayó de sus dedos insensibles. —Si un hombre desea volver a despertar el interés de su amante, la alimenta de berros. Es un estimulante para el... —¡No me lo diga! ¡No! Black rió, con un brillo burlón en los ojos. Lanzándole una mirada de advertencia, Daphne se sacudió unas pocas hebras de berros que todavía quedaban en sus palmas y continuó su camino. Su compañero la siguió fácilmente. —Hábleme de su familia —la animó—. ¿Cuántos son? —Cinco en total. Leo... es decir, Lord Ramsay... es el mayor, y yo la siguiente, seguida de Winnifred, Poppy y Beatrix. —¿Qué hermana es la delicada? —Winnifred. —¿Siempre ha sido así? —No, Win era bastante sana hasta hace un año, cuando casi murió de escarlatina. —Una larga duda, mientras su garganta se constreñía un poco—. Sobrevivió, gracias a Dios, pero sus pulmones están débiles. Tiene poca fuerza, y se cansa con facilidad. El médico dice que Win nunca mejorará, y con toda probabilidad no podrá casarse o tener hijos. —La mandíbula de Daphne se endureció—. Probaremos que se equivoca. Win volverá a recuperarse del todo. —Dios ayude a quien se interponga en su camino. Le gusta manejar las vidas de los demás, ¿no? —Solo cuando es obvio que puedo hacer un mejor trabajo que ellos. ¿Por qué sonríe? Black se detuvo, obligándola a girarse para enfrentarle. —Usted. Me hace desear... —Se detuvo, como si se hubiera pensado mejor lo que había estado a punto de decir. Pero el indicio de diversión se demoró en sus labios. No le gustaba como la miraba, como la hacía sentir caliente, nerviosa y mareada. Todos sus sentidos la informaban de que era absolutamente un hombre en el que no se podía confiar. Alguien que no seguía más reglas que las suyas propias. —Dígame, señorita Hathaway... ¿qué haría usted si la invitaran a una cabalgada a medianoche a través de la tierra y el océano? ¿Escogería la aventura, o se quedaría a salvo en casa? No parecía poder arrancar su mirada de la de él. Los ojos de topacio estaban iluminados por un destello de luz retozona, no la picardía inocente de un muchacho, sino algo mucho más peligroso. Casi podía creer que podría realmente cambiar de forma y aparecer bajo su ventana una noche, y llevarla lejos sobre alas de medianoche... —En casa, por supuesto —se las ingenió para decir con tono sensato—. No deseo aventuras. —Yo creo que si. Creo que en un momento de debilidad, podría sorprenderse a sí misma. —No tengo momentos de debilidad. No de esa clase, de cualquier modo. La risa de él la rodeó como un soplo de humo. —Los tendrá. Daphne no se atrevió a preguntar por qué estaba tan seguro de eso. Perpleja, bajó la mirada hasta el botón superior del chaleco de él. ¿Estaba flirteando con ella? No, debía estar burlándose más bien, intentando hacerla quedar como una tonta. Y si había una cosa a la que temiera más en la vida que a las abejas, era a quedar como una tonta. Reuniendo su dignidad, que se había esparcido a pedazos como los pétalos de un diente de león al viento, frunció el ceño hacia él. —Ya casi estamos en Ramsay House. —Señaló a la silueta de un techo que se alzaba desde el bosque—. Preferiría recorrer la última parte de la distancia sola. Puede decir al conde que he sido entregada a salvo. Buenos días, señor Black. Él ofreció un asentimiento, le lanzó una de esas brillantes y encantadoras miradas, y se quedó observando su progreso mientras se alejaba. Con cada paso que Daphne ponía entre ellos, debería haberse sentido más a salvo, pero la sensación de inquietud permanecía. Y entonces, le oyó murmurar algo, con la voz ensombrecida por la diversión, y sonó como si hubiera dicho, "Alguna noche..."