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Historia 55483 — capítulo 4

España campeona del mundo,Grande Andres Iniesta (L)(L)(L)

Esta historia va mas lenta que la otra pero espero que os guste igualemente ;P comentad!


Una semana después, los cinco hermanos Hathaway se habían trasladado desde Londres a su nuevo hogar en Hampshire. A pesar de los desafíos que les aguardaran, Daphne tenía la fuerte esperanza de que su nueva condición les beneficiara. La casa en Primrose Place tenía muchos recuerdos. Las cosas nunca habían sido iguales desde que los padres de los Hathaway habían muerto: su padre de una dolencia del corazón, su madre de pena unos meses después. Parecía que las paredes habían absorbido la tristeza de la familia hasta que esta se había convertido en parte de la pintura, del papel y de la madera. Daphne no podía observar el centro del salón principal sin recordar a su madre sentada allí con su cesto de costura, o visitar el jardín sin pensar en su padre podando su premiadas Rosas Apothecary. Daphne sin ningún remordimiento había vendido recientemente la casa, no por falta de sentimentalismo sino más bien por exceso. Demasiadas emociones, demasiada nostalgia. Además era imposible mirar hacia adelante cuando se te hacía recordar constantemente esa dolorosa perdida. Sus hermanos no habían formulado una palabra de objeción a la venta de la casa. Nada importaba a Leo, uno podía decirle que la familia tenía intención de vivir en las calles, y habría dado la bienvenida a las noticias con un indiferente encogimiento de hombros. Win, la siguiente hermana en edad, estaba demasiado débil debido a una prolongada enfermedad como para protestar de alguna forma las decisiones de Daphne. Y Poppy y Beatrix, ambas aún adolescentes, estaba impacientes por el cambio. En lo que concernía a Daphne, la herencia no podía haber llegado en un mejor momento. Aunque debía admitir, había algunas dudas referente a por cuánto tiempo podrían los Hathaway retener el título. El hecho era que nadie quería ser Lord Ramsay. Para los tres anteriores Lords Ramsay, el título había venido acompañado por el infortunio de una extraña enfermedad coronada por una inoportuna muerte. Lo que explicaba, en parte, porque los parientes lejanos de los Hathaway habían estado tan felices de ver que el vizcondado iba a parar a Leo. —¿Obtendré dinero? —Había sido la primera pregunta de Leo cuando se le informó de su ascenso a la nobleza. La respuesta había sido un sí con limitaciones. Leo heredaría una finca en Hampshire con algunos acres y una modesta suma anual que no compensaría el costo de restaurarla. —Aún somos pobres. —Le había dicho Daphne a su hermano después de estudiar minuciosamente la carta del abogado describiendo la finca y sus asuntos—. La finca es muy pequeña, los sirvientes y la mayoría de los arrendatarios se han ido, la casa se encuentra en un estado lamentable, y el título aparentemente esta maldito. Lo que hace de la herencia un elefante blanco por decir poco. Sin embargo, tenemos un primo lejano que podría estar tal vez en la línea sucesoria antes que tú, podemos intentar endilgárselo todo a él. Existe una posibilidad de que nuestro tatara-tatara-tatara-abuelo no hubiera sido legítimamente reconocido, lo que podría permitirnos rechazar el título en base a… —Aceptaré el título. —Había dicho Leo decidido. —¿Porque no crees en la maldición más de lo que lo hago yo? —Porque estoy tan condenadamente maldito, que otra maldición más no importa mucho. Ya que nunca antes habían estado en el condado de Hampshire, todos los hermanos Hathaway —con excepción de Leo— estiraron el cuello para disfrutar del paisaje. Daphne sonreía emocionada a sus hermanas. Poppy y Beatrix, ambas de cabellos oscuros y ojos azules; al igual que ella, estaban llenas de buen ánimo. Su mirada se dirigió hacia Win y se mantuvo en esta durante un momento, tomando cuidadosa nota de su condición. Win era diferente al resto de la prole Hathaway, la única que había heredado el vivo cabello pelirrojo de su padre y su naturaleza introspectiva. Era tímida y tranquila, soportaba cada privación sin queja. Cuando la escarlatina había asolado el pueblo un año antes, Leo y Win habían caído gravemente enfermos. Leo se había recuperado completamente, pero Win había estado frágil y demacrada desde entonces. El doctor le había diagnosticado debilidad pulmonar, causada por la fiebre, que afirmaba podía no mejorar jamás. Daphne se negaba a aceptar que Win sería una inválida para siempre. No importaba lo que hiciera falta, haría que Win volviera a estar bien de nuevo. Era difícil imaginar un lugar mejor para Win y el resto de los Hathaway que Hampshire; era uno de los más bellos condados de Inglaterra, con cruces de ríos, grandes bosques, prados, y tierras llenas de lozanos matorrales. El condado de Ramsay estaba situado cerca de Stony Cross, uno de los burgos más grandes en el condado. Stony Cross exportaba ganado, ovejas, madera, maíz, una gran variedad del queso local, y miel de flores silvestres…, en efecto, una tierra bendecida. —¿Me pregunto por qué la finca Ramsay es tan improductiva? —reflexionó Daphne mientras el carruaje atravesaba exuberantes pastizales—. La tierra en Hampshire es tan fértil, uno casi tiene que intentar que no crezca nada allí. —Pero nuestra tierra esta maldita, ¿no es así? —preguntó Poppy con algo de preocupación. —No. —Replicó Daphne—. No el terreno en sí mismo. Sólo el poseedor del título. Ese sería Leo. —Oh. —Poppy se relajó—. Entonces todo bien. Leo no se molestó en responder, sólo se acurrucó en la esquina del asiento, con aspecto malhumorado. Aunque una semana de sobriedad forzosa lo había dejado lúcido y perspicaz, no había hecho nada por mejorar su temperamento. Con Merripen y las Hathaway vigilándolo como halcones, no había tenido oportunidad de beber nada más que agua o té. Durante los primero días, Leo había sufrido de incontrolables temblores, agitación y de una abundante sudoración. Ahora que lo peor había pasado, se parecía más a su antiguo yo. Pero pocas personas creerían que Leo era un hombre de veintiocho años. El último año lo había envejecido prematuramente. Cuanto más se acercaban a Stony Cross, más hermoso era el paisaje, hasta que pareció que casi toda la vista era merecedora de ser pintada. El trayecto del carruaje pasaba por ordenadas, blancas y oscuras casitas de campo con techos cubiertos de paja, graneros y estanques rodeados con sauces llorones, antiguas iglesias de piedra datadas de la Edad Media. Los tordos robaban las maduras bayas de los setos, mientras los zorzales se posaban en espinos floreciendo. Los prados estaban llenos con azafrán otoñal, y los árboles revestidos con tonos dorados y rojizos. Rechonchas ovejas blancas pastaban en los campos. Poppy tomó un profundo y satisfecho aliento. —Que refrescante —dijo—. ¿Me pregunto qué hace que el aire de esta región huela tan diferente? —Podría ser la granja de cerdos que acabamos de pasar —murmuró Leo. Beatrix, que había estado leyendo un folleto descriptivo del sur de Inglaterra, exclamó alegremente: —Hampshire es conocido por sus excepcionales cerdos. Son alimentados con bellotas y ramas de hayas del bosque, eso hace que el tocino sea más delicioso. ¡Y hay un concurso anual de embutidos! Leo fijó en ella su agria mirada. —Esplendido. Ciertamente espero que no nos lo hayamos perdido. Win, que había estado leyendo un tomo grueso sobre Hampshire y sus alrededores, comentó: —La historia de la Casa Ramsay es impresionante. —¿Nuestra casa está en un libro de historia? —preguntó Beatrix encantada. —Es sólo un pequeño párrafo —dijo Win desde detrás del libro—, pero sí, se menciona la Casa Ramsay. Por supuesto, no es nada comparado con nuestro vecino, el Conde de Masen, cuya finca figura como una de de las casas de campo más elegantes de Inglaterra. Y la familia del conde ha residido allí desde hace casi quinientos años. —Entonces, debe ser terriblemente viejo —comentó Poppy con cara seria. Beatrix rió disimuladamente. —Continúa Win. —La Casa Ramsay —leyó Win en voz alta—, se ubica en un pequeño parque poblado con majestuosos robles y hayas, cubiertos de musgo, y rodeado de reservas de pastos para ciervos. Originalmente fue una casa señorial Isabelina terminada en 1594, el edificio ostenta muchas galerías representativas del período. Las alteraciones y adiciones a la casa han dado como resultado el añadido de una sala de baile Jacobina y un ala Georgiana. —¡Tenemos un salón de baile! —exclamó Poppy.  —¡Tenemos ciervos! —dijo Beatrix alegremente. Leo se acurrucó más profundamente en su esquina. —Dios, espero que tengamos un retrete. Era temprano en la tarde cuando el cochero de alquiler giró el carruaje por el sendero privado delineado con hayas que llevaba a Ramsay House. Cansados por el largo viaje, los Hathaway gritaron aliviados ante la vista de la casa, con las siluetas de sus techos y chimeneas de ladrillo. —Me pregunto cómo le habrá ido a Merripen —dijo Win, con sus dulces ojos azules llenos de preocupación. Merripen, el criado-cocinero, y el lacayo habían viajado a la casa dos días antes para prepararla para la llegada de los Hathaway. —Sin duda alguna ha estado trabajando incesantemente día y noche —replicó Daphne—, haciendo inventario, colocándolo todo en su sitio, y dándo órdenes a gente que no se atreve a desobedecerlo. Estoy segura que está bastante feliz. Win sonrió. Incluso pálida y demacrada como estaba, su belleza era incandescente, su cabello rubio-dorado brillaba a la luz menguante, su tez parecía de porcelana. La línea de su perfil habría enviado a poetas y pintores al éxtasis. Uno casi se sentía tentado a tocarla para asegurarse de que respiraba, un ser vivo en vez de una escultura. El carruaje se detuvo en una casa mucho más grande de lo que Daphne había esperado. Estaba rodeada de setos abandonados, y las malas hierbas poblaban los macizos de flores. Con un poco de trabajo de jardinería y una poda considerable, pensó, sería bonito. El edificio era encantadoramente asimétrico, el exterior de ladrillo y piedra, el tejado de pizarra, y abundantes ventanas con los cristales opacos. El conductor del coche de alquiler se acercó para colocar un escalón portátil y ayudar a bajar a los pasajeros del vehículo. Descendiendo del coche a la superficie de grava, Daphne vio como sus hermanos salían de carruaje. —La casa y las tierras están un poco descuidadas —advirtió—. Nadie ha vivido aquí desde hace mucho tiempo. —No puedo imaginar el por qué —dijo Leo. —Es muy pintoresco —comentó Win alegremente. El viaje desde Londres la había agotado. A juzgar por la caída de sus delgados hombros y la manera en que su piel parecía demasiado atirantada sobre sus pómulos, a Win le quedaban pocas fuerzas. Cuando su hermana iba a coger una pequeña maleta que estaba junto al escalón del carruaje, Daphne se apresuró hacia adelante y la recogió. —Yo llevaré esto —le dijo—. Tú no debes levantar un dedo. Entremos, y busquemos un lugar para que descanses. —Estoy perfectamente bien —protestó Win, mientras todos se dirigían a las escaleras delanteras de la casa. El vestíbulo de entrada estaba revestido con paneles que una vez habían estado pintados de blanco, pero ahora era marrones por el paso del tiempo. El suelo estaba rayado y mugriento. Una magnífica escalera curvada de piedra ocupaba la parte posterior del vestíbulo, su balaustrada de hierro forjado estaba llena de polvo y telarañas. Daphne notó que se había intentado limpiar un tramo de la balaustrada, pero evidentemente el proceso sería laborioso. Merripen emergió de un pasillo que salía del vestíbulo. Estaba en mangas de camisa, sin pañuelo ni corbata, el cuello de la prenda colgaba abierto para revelar la piel bronceada brillante por la transpiración. Con su pelo negro cayéndole sobre la frente, y sus oscuros ojos mirándoles sonrientes, Merripen ofrecía un crudo atractivo. —Habéis llegado con tres horas de retraso con respecto al horario —dijo. Riendo, Daphne se sacó un pañuelo de la manga y se lo ofreció. —En una familia con cuatro hermanas, no hay horario. Limpiándose el polvo y el sudor del rostro, Merripen echó un vistazo a todos los Hathaways. Su mirada se entretuvo sobre Win durante más tiempo. Volviendo su atención a Daphne, Merripen le ofreció un informe conciso. Había encontrado a dos mujeres y un niño en la aldea para ayudar a limpiar la casa. Tres dormitorios habían dejado habitables hasta la fecha. La limpieza de la cocina y de la estufa había llevado gran cantidad de tiempo, y la cocinera estaba preparando la comida. Merripen se interrumpió mientras miraba por encima del hombro de Daphne. Sin ceremonias la apartó para alcanzar a Win en tres zancadas. Daphne vio el menudo cuerpo de Win tambalearse, y sus pestañas medio cerradas cuando se derrumbó contra Merripen. Él la cogió fácilmente y la levantó en sus brazos, indicándole en un murmullo que pusiera la cabeza sobre su hombro. Aunque sus maneras eran tranquilas e impasibles como siempre, Daphne se sorprendió por la forma posesiva en que sostenía a su hermana. —El viaje ha sido demasiado para ella —dijo Daphne con preocupación—. Necesita descansar. La cara de Merripen era inexpresiva. —La llevaré arriba. Win se revolvió y parpadeó. —Qué molestia —dijo jadeando—. Estaba todavía de pie, me sentía bien, y entonces el suelo pareció precipitarse hacia mí. Lo siento. Aborrezco los desmayos. —Está bien. —Daphne le dirigió una sonrisa tranquilizadora—. Merripen te llevará a la cama. Esto es… —hizo una pausa sintiéndose incómoda—. Él te llevará a tu dormitorio. —Puedo ir por mí misma —dijo Win—. Me he mareado sólo un momento. Merripen, bájame. —No podrías dar ni el primer paso —dijo, haciendo caso omiso de sus protestas mientras la llevaba en brazos hacia la escalera de piedra. Y mientras caminaba con ella, la pálida mano de Win se alzó lentamente rodeándole el cuello. —Beatrix, ¿irás con ellos? —Le pidió rápidamente Daphne, entregándole la maleta—. El camisón de Win está aquí, puedes ayudarla a cambiarse de ropa. —Sí, por supuesto. —Beatrix se apresuró hacia las escaleras. Abandonada en el vestíbulo de entrada con Leo y Poppy, Daphne se dio la vuelta en un lento círculo para verlo todo. —El abogado mencionó que la finca se encontraba en mal estado —dijo—. Creo que la palabra más exacta sería "ruinosa". ¿Puede ser restaurada, Leo? No hacía mucho tiempo, a pesar de que parecía haber sido toda una vida, Leo había pasado dos años estudiando arte y arquitectura en la Gran Escuela de Bellas Artes de París. También había trabajado como pintor y dibujante para el renombrado arquitecto de Londres, Rowland Temple. Leo había sido considerado como un alumno excepcionalmente prometedor, e incluso había considerado la posibilidad de ejercer. Ahora toda esa ambición se había extinguido. Leo echó un vistazo alrededor del vestíbulo sin interés. —Dejando a un lado cualquier reparación estructural, necesitaríamos entre veinticinco y treinta mil libras, por lo menos. La cifra hizo que Daphne palideciera. Bajó la mirada al suelo arañado a sus pies y se frotó las sienes. —Bueno, una cosa es evidente. Necesitamos la ventaja de unos suegros ricos. Lo cual significa que debes empezar a buscar herederas disponibles, Leo. —Le lanzó una rápida mirada juguetona a su hermana—. Y tú, Poppy, tendrás que atrapar a un vizconde, o por lo menos a un barón. Su hermano entrecerró los ojos. —¿Y por qué no tú? No veo razón por la cual tengas que quedar exenta de tener que casarte por el beneficio de la familia. Poppy le dedicó a su hermana una mirada traviesa. —A la edad de Daphne, las mujeres han dejado atrás las ideas de Romance y pasión. —Nunca se sabe —le dijo Leo a Poppy—. Podría atrapar a un caballero de avanzada edad que necesite una enfermera. Daphne estuvo tentada de espetarles a ambos con la áspera observación de que ella ya se había enamorado una vez, y que se cuidaría de no repetir la experiencia. Había sido perseguida y cortejada por el mejor amigo de Leo, un encantador joven arquitecto llamado Christopher Frost, que, al igual que Leo, había sido dibujante de Rowland Temple. Pero el día que había llegado a creer que estaba próxima una propuesta, Frost había terminado la relación con brutal brusquedad. Había aducido tener profundos sentimientos hacia otra mujer, que convenientemente dio la casualidad de ser la hija de Rowland Temple. Era lo que cabía esperar de un arquitecto, le había dicho Leo con gran remordimiento, ultrajado en nombre de su hermana, triste por la pérdida de un amigo. Los arquitectos habitaban un mundo lleno de maestros y discípulos y la interminable búsqueda de patrocinadores. Todo, incluso el amor, era sacrificado en el altar de la ambición. Actuar de otra manera era perder las pocas preciosas oportunidades que uno podía tener para practicar el arte del diseño. Casarse con la hija de Temple proporcionaría a Christopher Frost un lugar en el negocio. Daphne jamás habría podido hacer eso por él. Todo lo que habría podido hacer era amarle. Tragándose la amargura, Daphne miró a su hermano y le dedicó una triste sonrisa. —Gracias, pero en esta avanzada etapa de la vida, no tengo ambiciones de casarme. Leo la sorprendido inclinándose para rozar su frente con un ligero beso. Su voz fue suave y amable. —Sea como fuere, creo que algún día encontrarás un hombre por el que valga la pena renunciar a tu independencia. —Sonrió ampliamente antes de añadir—: A pesar de que tu avanzada y decrépita edad. Por un momento la mente de Daphne le trajo nuevamente el recuerdo de un beso entre las sombras, una boca consumiendo lentamente la suya, gentiles manos masculinas, un susurro en su oído. Latcho Drom... Cuando su hermano se dio la vuelta para marcharse, preguntó con leve exasperación: —¿Adónde vas? Leo, no puedes irte cuando hay tanto por hacer. Él se detuvo y miró hacia atrás con una ceja arqueada. —Has estado vertiendo té sin azúcar en mi garganta durante varios días. Si no tienes objeción, me gustaría salir a echar una meada. Ella entrecerró los ojos. —Se me ocurren al menos una docena de corteses eufemismos que podrías haber utilizado. Leo continuó su camino. —Yo no sé usar eufemismos. —O cortesías —dijo ella, esbozando una sonrisita. Cuando Leo abandonó la habitación, Daphne se cruzó de brazos y suspiró. —Es mucho más agradable cuando está sobrio. Una pena que no suceda más a menudo. Ven, Poppy, busquemos la cocina. Con la casa maloliente y llena de polvo, la atmósfera era imposible para los pobres pulmones de Win, y le provocó una incesante tos durante la noche. Después de haberse despertado innumerables veces para dar agua a su hermana, para abrir las ventanas, e incorporarla para mitigar los espasmos de la tos, Daphne tenía los ojos somnolientos a la mañana siguiente. —Es como si durmiera en una caja de polvo —dijo Merripen—. Hoy estará mejor sentada fuera, hasta que podamos limpiar su habitación adecuadamente. Las alfombras deben ser sacudidas. Y las ventanas están sucias. El resto de la familia todavía estaba en la cama, pero Merripen, al igual que Daphne, era un madrugador. Vestido con ropa basta y una camisa con el cuello abierto, frunció el ceño cuando Daphne le informó sobre el estado de Win. —Está agotada de toser toda la noche, y su garganta está dolorida, apenas puede hablar. He tratado de que tome algo té y tostadas, pero no quiere. —Yo haré que se lo tome. Daphne lo miró inexpresivamente. Suponía que no debería sorprenderse por su afirmación. Después de todo, Merripen había ayudado a cuidar a Win y Leo durante la escarlatina. Sin él, Daphne estaba segura, ninguno de los dos hubiera sobrevivido. —Mientras tanto —continuó Merripen—, haz una lista de los suministros que necesites del pueblo. Voy a ir esta mañana. Daphne asintió, agradecida por su sólida y confiable presencia. —¿Despierto a Leo? Tal vez él podría ayudar… —No. Ella sonrió irónicamente, muy consciente de que su hermano sería más un estorbo que una ayuda. Dirigiéndose al piso de abajo, Daphne buscó la ayuda de Freddie, el muchacho de la aldea, para trasladar un antiguo sofá a la parte trasera de la casa. Situaron los muebles en una terraza pavimentada de ladrillo que se abría sobre un jardín ahogado por la maleza y bordeado por setos de hayas. El jardín necesitaba nuevas semillas y replantación, y los muros bajos que se estaban desmoronando tendrían que ser reparados. —Hay trabajo por hacer, señora —comentó Freddie, inclinándose para arrancar una mala hierba de entre dos ladrillos del pavimento. —Freddie, creo que te has quedado corto. —Daphne contempló al muchacho, quién por su aspecto tendría alrededor de trece años. Era robusto y de cara rubicunda, con un pelo salvaje y de punta como las plumas de un petirrojo—. ¿Te gusta la jardinería? —preguntó ella—. ¿Sabes mucho del tema? —Cuido el huerto de la cocina de mi mamá. —¿Te gustaría ser el jardinero de Lord Ramsay? —¿Cuánto pagan, señorita? —¿Dos chelines a la semana son suficientes? Freddie la miró pensativamente y rascándose su nariz chata. —Suena bien. Pero tendrá que preguntárselo a mi mamá. —Dime donde vives e iré a visitarla esta misma mañana. —Está bien. No queda lejos, en la parte más cercana del pueblo. Se estrecharon las manos en señal de acuerdo, conversaron un momento más, y Freddie se fue a inspeccionar el cobertizo del jardinero. Daphne se volvió ante el sonido de voces, vio a Merripen sacando a su hermana. Win iba vestida con camisón y bata, y envuelta en un chal, con sus delgados brazos enlazados alrededor del cuello de Merripen. Con sus vestiduras blancas, el cabello rubio y la piel blanca, Win era casi incolora a excepción de las manchas de color rosa suave de sus pómulos y el vívido azul de sus ojos. —... esa fue la medicina más horrible —decía alegremente. —Funcionó —señaló Merripen, flexionándose para colocarla cuidadosamente sobre el sofá. —Eso no significa que te perdone por haberme intimidado para que la tomara. —Fue por tu propio bien. —Eres un abusador —repitió Win, sonriendo hacia su moreno rostro. —Sí, lo sé —murmuró Merripen, colocando la manta alrededor del regazo de ella con sumo cuidado. Encantada por la mejoría de su hermana, Daphne sonrió. —Es realmente terrible. Pero si logra persuadir a más aldeanos para que ayuden a limpiar la casa, tendrás que perdonarle, Win. Los ojos azules de Win brillaron. Hablaba con Daphne, mientras su mirada se mantenía en Merripen. —Tengo plena confianza en sus poderes de persuasión. Viniendo de cualquier otra persona, las palabras podrían haber sido interpretadas como un pequeño flirteo. Pero Daphne estaba bastante segura de que Win no tenía conciencia de Merripen como hombre. Para ella era un hermano mayor amable, nada más. Los sentimientos por parte de Merripen, sin embargo, eran más ambiguos. Una curiosa grajilla gris aleteó hasta el suelo con unos pocos "chas, chas", y dio un salto tentativo hacia Win. —Lo siento —le dijo al pájaro—, no hay comida para compartir. Una nueva voz entró en la conversación. —Sí, ¡aquí está! —dijo Beatrix, llevando una bandeja de desayuno que contenía un plato de pan tostado y una taza de té. Su oscuro cabello rizado estaba recogido en un moño desordenado, y llevaba un delantal blanco sobre su vestido de color morado. Su vestimenta es demasiado juvenil para una muchacha de quince años, pensó Daphne. Beatrix estaba ya en una edad en la que debería usar faldas hasta el suelo. Y un corsé, que el cielo la ayudara. Pero con lo agitado que había sido el último año, Daphne no había prestado demasiada atención al vestuario de su hermana más joven. Tenía que llevar a Beatrix y a Poppy a una modista que tuviera algunos vestidos nuevos ya hechos. Agregando eso a la larga lista de gastos en su cabeza, Daphne frunció el ceño. —Aquí está tu desayuno, Win —dijo Beatrix, colocando la bandeja en su regazo—. ¿Te encuentras lo suficientemente bien como para untar la mantequilla en la tostada tú misma, o lo hago yo? —Yo puedo, gracias. —Win movió los pies y le hizo un gesto a Beatrix para que se sentase en el otro extremo del sofá. Beatrix obedeció con prontitud. —Voy a leer para ti mientras estés sentada aquí fuera —informó a Win alargando la mano hacia uno de los enormes bolsillos de su delantal. Sacó un pequeño libro y lo balanceó tentadoramente—. Este libro me lo dio Philomena Parsons, mi mejor amiga en todo el mundo. Ella dice que es una aterradora historia llena de crímenes, horrores y fantasmas vengativos. ¿No suena encantador? —Yo pensaba que tu mejor amiga en el mundo era Edwina Huddersneld —dijo Win con un tono inquisitivo. —Oh, no, eso fue hace semanas. Edwina y yo ni siquiera nos hablamos ahora. —Acurrucándose cómodamente en su esquina, Beatrix dirigió a su hermana mayor una mirada perpleja—. ¿Win? Tienes una expresión extraña en la cara. ¿Pasa algo? —Win se había quedadocongelada mientras se llevaba la taza de té a los labios, sus ojos azules redondeados con alarma. Siguiendo la mirada fija de su hermana, Daphne vio un pequeño reptil deslizándose hasta el hombro de Beatrix. Un fuerte grito escapó de sus labios, y avanzó con las manos levantadas. Beatrix se miró el hombro. —Oh, caray. Se supone que tenías que permanecer en mi bolsillo. —Cogió la cosa que se movía en su hombro y la acarició con cuidado—. Es un lagarto de arena moteado —dijo—. ¿No es adorable? Lo encontré en mi habitación anoche. Daphne bajó las manos y se quedó muda mirando a su hermana menor. —¿Has hecho una mascota de él? —preguntó débilmente Win—. Beatrix, querida, ¿no te parece que sería más feliz en el bosque al que pertenece? Beatrix la miró indignada. —¿Con todos esos depredadores? Spot no duraría un minuto. Daphne recobró la voz. —No durará un minuto conmigo tampoco. Deshazte de él, Bea, o voy a aplastarlo con el objeto contundente más cercano que pueda encontrar. —¿Asesinarías a mi mascota? —Uno no asesina lagartos, Bea. Los extermina. —Exasperada, Daphne se volvió hacia Merripen—. Encuentra a algunas mujeres para limpiar en el pueblo, Merripen. Dios sabe cuántas criaturas indeseables se estarán ocultando en la casa. Sin contar a Leo. Merripen desapareció inmediatamente. —Spot es la mascota perfecta —argumentó Beatrix—. No muerde, y ya está acostumbrado a vivir dentro de casa. —No estoy dispuesta a tener mascotas con escamas. Beatrix la miró fijamente con rebeldía. —El lagarto de arena es una especie nativa de Hampshire, lo cual significa que Spot tiene más derecho a estar aquí que nosotros. —Sin embargo, no compartiremos techo. —Alejándose antes de decir algo que lamentaría más tarde, Daphne se preguntó por qué, cuando había tanto por hacer, Beatrix se mostraba tan problemática. Pero una sonrisa elevó sus labios cuando reflexionó que a los quince años, las chicas no eligen ser problemáticas. Simplemente lo son. Levantándose las faldas para separárselas de las piernas, Daphne se dirigió hacia la magnífica escalera central. Puesto que no recibirían invitados ni atenderían llamadas, había decidido no llevar puesto el corsé ese día. Era una maravillosa sensación respirar tan profundamente como deseara y moverse libremente por la casa. Llena de determinación, golpeó la puerta de Leo. —¡Despierta, dormilón! Una retahíla de palabras groseras se filtró a través de los pesados paneles de roble. Sonriendo ampliamente, Daphne entró en la habitación de Poppy. Descorrió las cortinas, liberando nubes de polvo que la hicieron estornudar. —Poppy, es... ¡achoo!... hora de levantarse de la cama. La colcha cubría completamente a Poppy hasta la cabeza. —Todavía no —le llegó su amortiguada protesta. Sentada en el borde del colchón, Daphne retiró la colcha de encima de su hermana de diecinueve años. Poppy estaba adormilada y ruborizada por el sueño, su mejilla tenía impresa una línea dejada por un pliegue de la ropa de cama. Su cabello castaño, con un tono más cálido que el rojizo de Daphne, era una masa salvaje de enredos. —Odio las mañanas —farfulló Poppy—. Y estoy segura de que no me gusta ser despertada por alguien que parece tan cruelmente complacida por ello. —Lo siento. —Continuando con la sonrisa, Daphne acarició el cabello de su hermana retirándoselo de la cara repetidamente. —Mmmn. —Poppy mantuvo los ojos cerrados—. Mamá hacía eso. Es agradable. —¿De verdad? —Daphne puso su mano suavemente sobre la cabeza de Poppy—Querida, voy a ir al pueblo para preguntar a la madre de Freddie si podemos contratarle como jardinero. —¿No es un poco joven? —No, en comparación con los otros candidatos para el puesto. —No tenemos otros candidatos. —Precisamente. —Fue hacia la maleta de Poppy que estaba en el rincón, y cogió el sombrero que estaba encima—. ¿Puedo pedírtelo prestado? El mío aún no está arreglado. —Por supuesto, pero... ¿vas ahora? —No tardaré mucho. Caminaré deprisa. —¿Te gustaría que fuera contigo? —Gracias, querida, pero no. Vístete y desayuna algo, y vigila atentamente a Win. En este momento está al cuidado de Beatrix. —Oh. —Poppy agrandó los ojos—. Me apresuraré.