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Historia 55483 — capítulo 3

Holaaa ^^ aqui estoy otra vez ;P espero que os vaya gustanto esta historia va lenta pero va^^ bueno comentad si?


Aunque podían haber ido hasta el burdel a pie, Daphne, Merripen, y Black fueron a Bradshaw en el viejo carruaje. Se detuvieron frente a un edificio de estilo claramente georgiano. Para Daphne, cuyas fantasías sobre tales lugares rozaban la más espeluznante extravagancia, la fachada del burdel era decepcionantemente discreta. —Quédese dentro del carruaje —dijo Black—. Entraré y preguntaré por el paradero de Ramsay. —Dirigió a Merripen una dura mirada—. No dejes a la señorita Hathaway sola ni un segundo. Es peligroso a esta hora de la noche. —Estamos a principios de la noche — protestó Daphne—. Y estamos en el West End, en medio de un montón de caballeros bien vestidos. ¿Cómo puede ser tan peligroso? —He visto a esos caballeros bien vestidos hacer cosas que harían que se desmayara si se las contara. —Nunca me desmayo —dijo Daphne indignada. La sonrisa de Black fue un destello de blanco en el oscuro interior del carruaje. Abandonó el vehículo y se fundió en la noche como si fuera parte de ella, disolviéndose por completo, salvo por el tenue brillo negro de su cabello y el destello del diamante en su oreja. Daphne lo siguió con la mirada, admirada. ¿Dónde se podía clasificar a un hombre así? No era un caballero, ni un lord, ni un obrero común, ni siquiera era del todo un gitano. Sintió un temblor bajo su corsé cuando recordó el momento en que la ayudó a subir al carruaje. Llevaba guantes, pero la mano de él estaba desnuda, y ella había sentido el calor y la fuerza de sus dedos. Y percibió el brillo de una ancha banda de oro en su pulgar. Nunca había visto tal cosa antes. —¿Merripen, qué quiere decir cuando un hombre lleva un anillo en el pulgar? ¿Es una costumbre gitana? Pareciendo incómodo con la pregunta, Merripen miró por la ventana hacia la húmeda noche. Un grupo de jóvenes pasaron junto al vehículo, vistiendo elegantes abrigos y sombreros de copa, riéndose entre ellos. Un par de ellos se detuvieron para hablar con una mujer ostentosamente vestida. Con el ceño fruncido, Merripen contestó a la pregunta de Daphne. —Significa independencia y libertad de conciencia. También un cierto estado de separación. Al llevarlo puesto, se recuerda a sí mismo que no pertenece a dónde está. —¿Por qué querría el señor Black recordarse a sí mismo algo parecido? —Porque las costumbres de tu clase son seductoras —dijo Merripen misteriosamente—. Es difícil resistirse. —¿Por qué debes resistirte? No veo qué hay tan terrible en vivir en una casa adecuada y obtener un ingreso constante, y disfrutar de cosas como platos bonitos y sillas tapizadas. —Gadji —murmuró él con resignación, haciendo que Daphne sonriera brevemente. Era la palabra para designar a una mujer no gitana. Se recostó contra el ajado respaldo tapizado. —Nunca pensé que desearía tan desesperadamente encontrar a mi hermano dentro de una casa de mala reputación. Pero entre un burdel o flotando boca abajo en el Támesis… —Se interrumpió y presionó los nudillos de sus puños apretados contra los labios. —No está muerto —La voz de Merripen era suave y amable. Daphne intentaba con todas sus fuerzas creérselo. —Debemos llevarnos a Leo fuera de Londres. Estará más seguro en el campo... ¿verdad? Merripen se encogió de hombros sin comprometerse, sus ojos oscuros no revelaban ninguno de sus pensamientos. —Hay muchas menos cosas que hacer en el campo —señaló Daphne—. Y definitivamente menos problemas en los que Leo pueda meterse. —Un hombre que quiere problemas puede encontrarlos en cualquier sitio. Después de unos minutos de insoportable espera, Black regresó a la berlina y abrió la puerta de un tirón. —¿Dónde está? — exigió Daphne cuando el gitano trepó al interior. —Aquí no. Después de que Lord Ramsay subió con una de las chicas y, er... llevó a cabo la transacción... dejó el burdel. —¿Dónde fue? ¿Preguntó…? —Les dijo que se iba a una taberna llamada el Infierno y el Cubo. —Encantador —dijo Daphne, concisa—. ¿Conoce el camino? Sentándose a su lado, Black miró a Merripen. —Siga por Saint James hacia el este, tuerza a la izquierda después del tercer cruce. Merripen sacudió las riendas, y el carruaje rodó más allá de un trío de prostitutas. Daphne observó a las mujeres con interés no disimulado. —Qué jóvenes son —dijo ella—. Si tan sólo alguna institución de caridad les ayudara a encontrar un empleo respetable. —La mayoría de los empleos llamados respetables son igual de malos —contestó Black. Ella lo miró indignada. —¿Cree que una mujer estaría mejor trabajando como prostituta que con un trabajo honesto que le permitiera vivir con dignidad? —No he dicho eso. Mi opinión es que algunos patrones son mucho más brutales que los proxenetas o las alcahuetas del burdel. Los sirvientes tienen que soportar toda clase de abusos de sus amos, en particular las mujeres. Y si cree que hay dignidad en trabajar en un molino o una fábrica, es que nunca ha visto a una chica que ha perdido algunos dedos por la paja cortante de la escoba. O alguien cuyos pulmones están tan congestionados por respirar la pelusa y el polvo en un molino de cardado, que no viviría para pasar los treinta años. Daphne abrió la boca para contestar, luego la cerró de golpe. Por más que quisiera continuar el debate, las mujeres respetables, aunque fueran solteras, no discutían sobre la prostitución. Adoptó una expresión de fría indiferencia y miró por la ventana. Aunque no dirigió la mirada hacia Black, sintió que él la observaba. Era insoportablemente consciente de él. Él no llevaba colonia o pomada, pero había algo tentador en su olor, algo brumoso y fresco, como el olor a clavo. —Su hermano heredó el título muy recientemente —dijo Black. —Sí. —Con todo respeto, Lord Ramsay no parece enteramente preparado para su nuevo papel. Daphne no pudo evitar una sonrisa pesarosa. —Ninguno de nosotros lo estamos. Fue un giro sorprendente de acontecimientos para los Hathaway. Había al menos tres hombres en la línea de sucesión para el título antes de Leo. Pero todos murieron en rápida progresión, por diversas causas. Parece ser que convertirse en Lord Ramsay provoca que se acorte la vida. Y a este paso, mi hermano probablemente no durará más que sus predecesores. —Uno nunca sabe lo que le tiene guardado el destino. Volviéndose hacia Black, Daphne descubrió que la miraba con un detenimiento que hizo que los latidos de su corazón se aceleraran. —No creo en el destino —dijo ella. —La gente dirige su propio destino. Black sonrió. —Todo el mundo, incluso los dioses, están indefensos en manos del destino. Daphne lo miró escéptica. —Seguramente usted, trabajando en un club de juego, lo sabe todo acerca de la probabilidad y las posibilidades. Es decir, que racionalmente no puede dar crédito a la suerte o al destino o a cualquier cosa de ese tipo. —Lo sé todo acerca de la probabilidad y las posibilidades, —coincidió Black—. No obstante, creo en la suerte—. Sonrió con una tranquila calidez en sus ojos que le hizo perder el aliento—. Creo en la magia y el misterio, y en los sueños que revelan el futuro. Y creo que algunas cosas están escritas en las estrellas... o incluso en la palma la mano. Daphne estaba fascinada, era incapaz de apartar la vista de él. Era un hombre extraordinariamente hermoso, su piel era oscura como la miel de trébol, el cabello negro le caía sobre la frente de un modo que hizo que sus dedos se agitaran a causa del impulso de retirarlo hacia atrás. —¿Tú también crees en el destino? —preguntó ella a Merripen. Una larga vacilación. —Soy un Rom —dijo él. Eso quería decir que sí. —Dios mío, Merripen. Siempre he pensado que eras un hombre sensato. Black se rió. —Es sensato tener en cuenta la posibilidad, señorita Hathaway. Sólo porque no se pueda ver o sentir algo, no quiere decir no pueda existir. —No existe esa cosa llamada destino —insistió Daphne—. Sólo hay acción y consecuencia. El carruaje comenzó a detenerse, esta vez en un lugar mucho más deslucido que Saint James o King Street. Había una cervecería y una pensión de tres peniques a un lado, y una taberna grande en el otro. Los peatones en esta calle tenían una falsa apariencia de refinamiento, codeándose con vendedores ambulantes, carteristas, y más prostitutas. Una riña tenía lugar junto al umbral de la taberna, una mezcolanza de brazos, piernas, sombreros voladores, botellas y bastones. Cada vez que había una pelea, lo más probable era que su hermano la hubiera iniciado. —Merripen —dijo con ansiedad—, tú sabes cómo es Leo cuando está ofuscado. Probablemente esté en mitad de la reyerta. Si fueras tan amable… Antes incluso de que hubiera terminado, Merripen hizo ademán de dejar el carruaje. —Espera —dijo Black—. Será mejor que dejes yo que me encargue. Merripen le lanzó una fría mirada. —¿Dudas de mi habilidad para luchar? —Esto es un cuchitril de Londres. Estoy acostumbrado al tipo de trucos que utilizan. Si… —Black se interrumpió cuando Merripen le ignoró y salió del carruaje con un gruñido hosco—. Así sea —dijo Black, saliendo del carruaje y quedándose a un lado para observar—. Lo cortarán en rodajas como a una caballa en una pescadería de Covent Garden. Daphne salió también del vehículo. —Merripen puede defenderse bastante bien en una pelea, se lo aseguro. Black bajó la mirada hacia ella, sombrío y felino. —Estará más segura dentro del vehículo. —Le tengo a usted para protegerme, ¿no? —señaló ella. —Cariño —dijo él con una suavidad que disminuyó el barullo del gentío—, puede ser de mí de quien más deba protegerse. Sintió que su corazón se saltaba un latido. Él mantuvo la mirada de sus perplejos ojos con un constante interés que provocó que los dedos sus pies se encorvasen dentro de sus prácticos zapatos de cuero. Luchando por recobrar la compostura, Daphne apartó la vista. Pero permaneció agudamente consciente de él, de la relajada vigilancia de su postura, del desconocido impulso perceptible bajo las capas elegantes de su ropa. Observaron mientras Merripen atravesaba el caos de hombres que luchaban, sorteando a algunos. Antes de que hubiera pasado medio minuto, arrastraba a alguien sin ceremonias, repartiendo golpes hábilmente con su brazo libre. —Es bueno —dijo Black con suave sorpresa. Daphne se sintió inundada de alivio al reconocer la figura desarreglada de Leo. —Oh, gracias a Dios. Sus ojos se abrieron repentinamente, sin embargo, cuando sintió un toque cortés en el borde de su mandíbula. Los dedos de Black le alzaron el rostro, elevando su barbilla con el pulgar. La inesperada intimidad le produjo un pequeño estremecimiento. Su llameante mirada capturó la de ella de nuevo. —¿No cree que está siendo un poco sobreprotectora, persiguiendo a su hermano ya adulto por todo Londres? No está haciendo algo tan extraño. La mayoría de caballeros en su posición se comportarían igual. —Usted no lo conoce —dijo Daphne, sonando temblorosa incluso a sus oídos. Sabía que debía apartarse de sus cálidos dedos, pero su cuerpo permaneció perversamente inmóvil, absorbiendo el placer de su tacto—. Está muy lejos de ser un comportamiento normal en él. Él tiene problemas. Él… —Se interrumpió. Black dejó que la suave yema de su dedo siguiera el brillante camino de la cinta del sombrero hasta el lugar donde se anudaba bajo la barbilla. —¿Qué clase de problemas? Daphne se apartó de su toque y se dio la vuelta cuando Merripen y Leo se acercaban al carruaje. Una ráfaga de amor y angustiada preocupación la inundó al ver a su hermano. Estaba muy sucio, maltrecho, y sonreía sin ningún arrepentimiento. Alguien que no conociera a Leo supondría que no le importaba nada en el mundo. Pero sus ojos, una vez tan cálidos, eran opacos y brumosos. Su cuerpo anteriormente esbelto era ahora panzudo, y la porción visible de su cuello estaba hinchada. Faltaba todavía un largo trecho para decir que Leo estaba hecho una ruina total, pero parecía decidido a acelerar el proceso. —Qué extraordinario —dijo Daphne casualmente—. Todavía queda algo de ti. —Sacando un pañuelo de la manga, avanzó un paso y le enjugó tiernamente el sudor y una mancha de sangre de las mejillas. Notando su mirada descentrada, dijo—, estoy aquí, querido. —Ah. Eres tú. —La cabeza de Leo fluctuó como la de una marioneta. Miró a Merripen, que le proporcionaba mucho más apoyo que sus propias piernas—. Mi hermana, —dijo él—. La mujer aterradora. —Antes de que Merripen te meta en el carruaje —dijo Daphne, —¿vas a vomitar, Leo? —Claro que no —fue la decidida respuesta—. Los Hathaway siempre han soportado bien el licor. Daphne apartó a un lado los rizos castaños que caían como hebras de hilo sobre sus ojos. —Sería agradable que intentaras soportar un poco menos cantidad en el futuro, querido. —Ah, pero hermanita... —Cuando Leo bajó la mirada hasta ella, vio un destello de su antiguo yo, una chispa en sus ojos vacíos, y luego desapareció—. Tengo una sed tremenda. Daphne sintió la punzada de las lágrimas en el rabillo de los ojos, saboreó la sal en el fondo de su garganta. Tragando saliva, dijo con voz firme: —En los próximos días, Leo, tu sed será saciada exclusivamente con agua o té. Al carruaje con él, Merripen. Leo se giró para mirar al hombre que lo mantenía en pie. —Por el amor de Dios, no vas a dejarme bajo su custodia, ¿verdad? —¿Preferirías pasar la resaca al cuidado de un carcelero de Bow Street? —preguntó Merripen cortésmente. —Él sería mucho más compasivo. —Refunfuñando, Leo trepó al carruaje con ayuda de Merripen. Daphne miró a Jacob Black, cuyo rostro se mostraba inescrutable. —¿Podemos llevarle de regreso a Turner's, señor? Estaremos algo apretados en el carruaje, pero creo que podemos arreglarnos. —No, gracias. —Black caminó lentamente rodeando el carruaje junto a ella—. No está lejos. Iré a pie. —No puedo dejarle abandonado en un suburbio de Londres. Black se detuvo con ella detrás del carruaje, dónde estaban medio ocultos a la vista. —Estaré bien. Los peligros de la ciudad no me dan miedo. Esté tranquila. Black elevó su rostro de nuevo, acunando con una mano su mandíbula mientras la otra bajaba hasta su mejilla. Su pulgar la acarició tiernamente por debajo del ojo izquierdo, y ella notó con sorpresa un rastro de humedad allí. —El viento me hace llorar —se oyó decir a sí misma, insegura. —No hace viento esta noche. La mano permaneció en su mandíbula, la banda suave del anillo del pulgar presionaba contra su piel. Su corazón comenzó latir con fuerza hasta que apenas pudo oír a través del rugido de la sangre en sus oídos. El clamor de la taberna desapareció, la oscuridad se espesó a su alrededor. Los dedos de él se deslizaron sobre su garganta con adormecedora delicadeza, descubriendo nervios ocultos y acariciando con ternura. Sus ojos estaban sobre ella, y ella vio que las pupilas de color dorado-avellana estaban bordeadas de negro. —¿Señorita Hathaway... está realmente segura de que el destino no ha tenido nada que ver en nuestro encuentro de esta noche? Ella no parecía poder respirar correctamente. —Bas-bastante segura. Su cabeza se inclinó. —¿Y con toda probabilidad nunca nos reuniremos de nuevo? —Nunca. Él era demasiado grande, estaba demasiado cerca. Nerviosamente Daphne trató de ordenar sus ideas, pero se dispersaban como cerillas desparramadas... y luego les prendió fuego cuando su aliento tocó su mejilla. —Espero que esté en lo cierto. Que Dios me ayude si alguna vez debo hacer frente a las consecuencias. —¿De qué? —Su voz era apenas perceptible. —De esto —Su mano se deslizó hacia su nuca y su boca cubrió la de ella. Daphne había sido besada antes. No hacía mucho tiempo, en realidad, por un hombre de quien había estado enamorada. El dolor de su traición había producido una herida tan intensa, que había jurado que nunca más permitiría que ningún hombre se le acercara de nuevo. Pero Jacob Black no había pedido su consentimiento, ni le había dado ninguna oportunidad para protestar. Se tensó y le puso las manos en el pecho, presionando contra la dura superficie. Él pareció notar su objeción, su boca era sutil e insistente. Uno de los brazos de él se deslizó a su alrededor, tensándose ligeramente cuando la atrajo contra los sólidos contornos de su cuerpo. Con cada aliento ella aspiraba su intenso aroma, la dulzura del jabón de cera de abejas, el indicio a sal de su piel. El poder flexible de su cuerpo la rodeaba, y no pudo evitar relajarse contra él, permitirle sostenerla. Más besos, uno comenzaba antes de que el otro terminase, húmedas e íntimas caricias, latidos secretos de placer y promesa. Con suave murmullo de extrañas palabras derramadas en sus oídos, Black apartó su boca de la de ella. Sus labios vagaron a lo largo de la curva ruborizada de su cuello, demorándose en los lugares más vulnerables. Sentía su cuerpo inflamado bajo la ropa, el corsé le constreñía el desesperado ensanchamiento de sus pulmones. Se estremeció cuando él llegó a un lugar de exquisitas sensaciones y lo tocó con la punta de la lengua. Como si su sabor fuera alguna especia exótica. Un pulso se despertó en sus senos, su vientre y entre sus muslos. La inundó un deseo atroz por apretarse contra él, quería liberarse de las capas y capas de tela sofocante que componían su falda. Él era tan cuidadoso, tan suave… La caída de una botella al suelo la sacudió de la neblina. —No —ella se quedó sin aliento, ahora luchaba. Black la soltó, sus manos la estabilizaron mientras intentaba recobrar el equilibrio. Daphne se volvió ciegamente y se tambaleó hacia la puerta abierta del carruaje. En todas partes en que la había tocado, sus nervios clamaban deseando más. Mantuvo el rostro inclinado, agradecida de que su sombrero la ocultara. Desesperada por escapar, Daphne subió al peldaño del carruaje. Antes de que pudiera entrar, sin embargo, sintió las manos de Black en su cintura. Él la sujetaba desde atrás, atrapándola lo bastante cerca como para susurrarle al oído: —Latcho drom. La despedida gitana. Daphne la reconoció entre el puñado de palabras que Merripen había enseñado a los Hathaway. Un íntimo estremecimiento la atravesó cuando el calor de su aliento le alcanzó el oído. No quería, no podía responder, sólo subió al carruaje y apartó torpemente sus faldas de la puerta abierta. La puerta se cerró con firmeza y el vehículo arrancó cuando el caballo obedeció las indicaciones de Merripen. Los dos Hathaway ocupaban sus respectivas esquinas del asiento, uno de ellos borracho, la otra aturdida. Después de un momento Daphne subió sus temblorosas manos para desatarse el sombrero, y descubrió que los lazos colgaban sueltos. Un lazo, en realidad. El otro... Quitándose el sombrero, Daphne lo estudió con un ceño perplejo. Uno de los lazos de seda roja había desaparecido excepto un resto diminuto en el borde interior. Había sido cuidadosamente cortado. Él lo había cogido.