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Historia 55483 — capítulo 13
Hellooooo espero q os guste ^^ comentad please :P
Beatrix, cuya imaginación había quedado capturada por la linterna mágica, apenas pudo esperar a la noche para poder ver la selección de diapositivas de cristal otra vez. Muchas de las imágenes eran bastante divertidas, presentando a animales vistiendo ropa humana mientras tocaban el piano o sentados a escribir ante escritorios o revolviendo la sopa en una cazuela. Otras diapositivas eran más sentimentales; un tren pasando a través de la plaza de un pueblo, escenas invernales, niños jugando. Había unas pocas escenas de animales exóticos en la jungla. Uno de ellos, un tigre medio oculto entre las hojas, era particularmente espectacular. Beatrix había experimentado con la linterna, acercándola y alejándola de la pared, intentando hacer la imagen del tigre tan nítida como fuera posible. Ahora a Beatrix se le había ocurrido la idea de crear una historia, reclutando a Poppy para pintar algunas diapositivas complementarias. Se decidió que montarían un espectáculo algún día, con Beatrix narrando mientras Poppy manejaba la linterna mágica. Mientras sus hermanas menores remoloneaban junto a la chimenea y discutían sus ideas, Daphne se sentó con Win en el sofá. Observaba las esbeltas y gráciles manos de Win mientras bordaba un delicado patrón floral, la aguja centelleaba mientras se hundía a través de la tela. Por el momento, su hermano estaba derrumbado sobre la alfombra cerca de las chicas, ganduleando y medio borracho, sus largas piernas estaban cruzadas al estilo de los nativos. Una vez había sido un amable y cariñoso hermano mayor, vendando simpáticamente el dedo herido de una de las niñas o ayudando a buscar una muñeca perdida. Ahora trataba a sus hermanas menores con la cortés indiferencia de un desconocido. Daphne alzó la mano ausentemente para frotarse los músculos tensos de la nuca. Observó a Merripen cuando este se sentó en la esquina de la habitación, cada línea de su cuerpo laxa por el cansancio del trabajo pesado. Su mirada era distante, como si él también estuviera consumido por pensamientos privados. La molestaba mirarle. El rico matiz de su piel y el brillante tono oscuro de su cabello, le recordaban excesivamente a Jacob Black. Al parecer no podía dejar de pensar en él esta noche, y tampoco en Christopher Frost, sus imágenes formaban un contraste chocante en su mente. Jacob no ofrecía compromiso, ni futuro, solo el placer del momento. No era un caballero, pero poseía una cruel honradez que ella apreciaba mucho más que los modales refinados. Y después estaba el rubio, civilizado, razonable y apuesto Christopher. Él le había profesado el deseo de renovar su relación. No tenía ni idea de si era sincero, o cómo respondería ella si resultaba serlo. ¿Cuántas mujeres habrían agradecido una segunda oportunidad con su primer amor? Si decidía pasar por alto su pasado error y perdonarle, podría no ser demasiado tarde para ellos. Pero no estaba segura de desear retomar todos aquellos sueños abandonados. Y se preguntaba si era posible ser feliz con un hombre al que amara pero en quien no confiara. Beatrix sacó una diapositiva de la parte delantera de la linterna, la dejó cuidadosamente a un lado, y buscó otra. —Esta es mi favorita... —estaba diciendo a Poppy, mientras deslizaba la siguiente en su lugar. Habiendo perdido el interés en la sucesión de imágenes en la pared, Daphne no levantó la mirada. Su atención permaneció fija en el bordado de Win. Pero Win tuvo un desliz inusual, la aguja se clavó en la suave carne de la yema de su dedo. Brotó una gota escarlata de sangre. —Oh, Win... —murmuró Daphne. Win, sin embargo, no reaccionó ante el pinchazo. Ni siquiera pareció haberlo notado. Frunciendo el ceño, Daphne observó la cara inmóvil de su hermana y siguió su mirada hasta la pared opuesta. La imagen lanzada por la linterna mágica era una escena de invierno, con un cielo nublado por la nieve y el oscuro amasijo del bosque abajo. Habría sido una escena ordinaria, si no fuera por la delicada silueta del rostro de una mujer que parecía emerger de entre las sombras. Una cara familiar. Mientras Daphne miraba, transfigurada, los rasgos espectrales parecieron ganar dimensión y sustancia hasta que pareció casi como si pudiera extender la mano y recorrer con los dedos los contornos menguantes. —Laura —oyó jadear a Win. Era la muchacha a la que Leo había amado. Su cara resultaba inconfundible. El primer pensamiento coherente de Daphne fue que Beatrix y Poppy debían estar llevando a cabo alguna horrible broma. Pero cuando miró a la pareja en el suelo, charlando inocentemente, percibió al instante que ellas ni siquiera habían visto la imagen de la muchacha muerta. Ni Merripen, que estaba observando a Win con un ceño inquisitivo. Para cuando la mirada de Daphne volvió una vez más a la proyección, la cara había desaparecido. Beatrix había sacado la diapositiva de la linterna mágica. Cayó hacia atrás con un gritito cuando Leo cargó hacia ella y agarró la diapositiva. —Dámela —dijo Leo, más con un gruñido animal que con una voz humana. Su cara estaba pálida y contorsionada, su cuerpo tenso de pánico. Se encorvó sobre el pequeño trozo de cristal pintado y miró a través de él como si este fuera una diminuta ventana al infierno. Trasteando con la linterna mágica, Leo casi la estrujó mientras intentaba meter a la fuerza la diapositiva otra vez en su lugar. —¡No, la vas a romper! —lloró Beatrix en medio del desconcierto—. Leo, ¿qué haces? —Leo —se las arregló para decir Daphne—, provocarás un incendio. Cuidado. —¿Qué es? —exigió Poppy, desconcertada—. ¿Que pasa? El cristal encajó en su lugar, y la escena invernal titiló sobre la pared una vez más. Nieve, cielo, bosque. Nada más. —Vuelve —mascullaba Leo fervorosamente, sacudiendo la linterna—. Vuelve. Vuelve. —Me estás asustando, Leo —acusó Beatrix, levantándose de un salto y corriendo hacia Daphne—. ¿Qué le pasa? —Leo está ofuscado, eso es todo —dijo Daphne distraídamente—. Ya sabes como se pone cuando ha bebido mucho. —Nunca antes se había puesto así. —Es hora de irse a la cama —comentó Win. La preocupación se trasparentó a través de su voz como una marca de agua sobre papel fino—. Subamos, Beatrix... Poppy... —Miró a Merripen, que se puso en pie al instante. —Pero Leo va a romper mi linterna —exclamó Beatrix—. ¡Leo, para, estás doblando los lados! Ya que su hermano aparentemente estaba más allá del oído y la comprensión, Win y Merripen persuadieron eficazmente a las chicas a abandonar la habitación. A un murmullo inquisitivo de Merripen, Win replicó suavemente que se lo explicaría en un momento. Cuando todo el mundo se hubo marchado y el ruido de voces desapareció por el pasillo, Daphne habló cuidadosamente. —Yo también la vi, Leo. Y Win. Su hermano no la miró, pero todavía mantenía las manos sobre la linterna. Después de un momento quitó la diapositiva y la volvió a poner de nuevo. Sus manos temblaban. La visión de tan cruda miseria era difícil de soportar. Daphne se levantó y se aproximó a él. —Leo, por favor, háblame. Por favor... —Déjame en paz. —Medio escudó su cara de ella, extendiendo la palma hacia afuera. —Alguien tiene que quedarse contigo. —La habitación se estaba enfriando. Un temblor comenzó en lo alto de la espina dorsal de Daphne y viajó hacia abajo. —Estoy bien —Unas cuantas inhalaciones cortas. Con un esfuerzo titánico, Leo bajó la mano y la miró con una luz extraña en los ojos—. Estoy bien, Daphne. Solo necesito... deseo... un momento a solas. —Pero yo quiero hablar de lo que acabamos de ver. —No fue nada. —Sonaba más y más calmado por segundos—. Fue una ilusión. —Era la cara de Laura. ¡Win, tú y yo, todos la vimos! —Todos vimos la misma sombra. —El más leve indicio de seca diversión afiló sus labios—. Vamos, hermanita, eres demasiado racional para creer en fantasmas. —Si, pero... —Quedó reconfortada por la familiar burla en su tono. Y aun así no le gustaba la forma en que él mantenía una mano sobre la lámpara. —Vamos —urgió él gentilmente—. Como has dicho, es tarde. Necesitas descansar. Yo estaré bien. Daphne dudó, sentía los brazos fríos y una picazón bajo las mangas del vestido. —Si realmente quieres... —Si. Ve. Lo hizo a regañadientes. Una corriente llegada de alguna parte pareció pasar rozándola mientras abandonaba la habitación. No tenía intención de cerrar la puerta completamente, pero esta se cerró de golpe como las mandíbulas de un animal hambriento. Fue difícil obligarse a alejarse. Quería proteger a su hermano de algo. Solo que no sabía de qué. Después de alcanzar su habitación, Daphne se puso su camisón favorito. La franela blanca era gruesa y estaba encogida por los muchos lavados, el cuello alto y los puños de las mangas largas eran de encaje blanco hecho a mano que había tejido Win. El escalofrío que la había asaltado escaleras abajo tardó en desvanecerse, incluso después de haberse acurrucado bajo las mantas y enroscado en una apretada bola. Debería haber pensado en encender un fuego en la chimenea. Debería hacerlo ahora, caldear la habitación, pero la idea de bajar de la cama no la atraía en lo más mínimo. En vez de eso ocupó su mente pensando en cosas calientitas; una taza de té, un chal de lana, un baño humeante, un ladrillo de la chimenea envuelto en franela. El calor se acumuló gradualmente a su alrededor, y se relajó lo suficiente como para dormir. Pero fue un descanso inquieto. Tenía la impresión de estar discutiendo con gente en sus sueños, una y otra vez conversaciones que no tenían sentido. Moviéndose, rodando sobre el estómago, de costado, intentó ignorar los molestos sueños. Ahora había voces... la voz de Poppy, en realidad... y no importaba cuanto intentara ignorarla, el sonido persistía. —Daphne. ¡Daphne! Se incorporó sobre los codos, ciega y confusa por el súbito despertar. Poppy estaba junto a su cama. —¿Qué pasa? —masculló Daphne, apartándose una cortina enmarañada de cabello de la cara. Al principio la cara de Poppy era incorpórea en la oscuridad, pero cuando los ojos de Daphne se ajustaron, el resto de ella se volvió ligeramente visible. —Huelo a humo —dijo Poppy. Tales palabras nunca se usaban a la ligera, ni podían ser descartadas sin investigación. El fuego era una preocupación siempre presente sin importar donde vivieras. Podía empezar en gran número de formas, desde velas volcadas, lámparas, chispas que saltaban de la chimenea o las ascuas de un horno de carbón. Y el fuego en una casa tan vieja como esta no sería nada menos que un desastre. Luchando por salir de la cama, Daphne buscó la caja de las zapatillas cerca de los pies de la cama. Se golpeó el dedo del pie, saltó y maldijo. —Está bien, ya las traigo yo. —Poppy alzó la tapa de hojalata de la caja y sacó las zapatillas, mientras Daphne buscaba un chal. Entrelazaron los brazos y se abrieron paso a través de la oscura habitación con la precaución de gatos entrados en años. Cuando alcanzaron lo alto de las escaleras, Daphne inhaló con fuerza pero no pudo detectar nada aparte de la familiar acumulación de jabón, cera, polvo y aceite de lámpara. —Yo no huelo a humo. —Tu nariz no se ha despertado. Inténtalo otra vez. Esta vez había un definido hedor a algo ardiendo. La alarma se disparó a través de ella. Pensó en Leo, solo con la linterna, la llama y el aceite... y supo instantáneamente lo que había ocurrido. —¡Merripen! —El tono a latigazo al que forzó su voz hizo que Poppy saltara. Daphne aferró el brazo de su hermana para estabilizarla—. Trae a Merripen. Despierta a todo el mundo. Haz tanto ruido como puedas. Poppy obedeció al instante, corriendo rauda hacia los dormitorios de sus hermanas mientras Daphne bajaba las escaleras. Una hosca incandescencia llegaba de la dirección de la sala, un amenazador ondeo de luz fluía bajo la puerta. —¡Leo! —Abrió la puerta de golpe y retrocedió ante la explosión de calor que golpeó su cuerpo. Una pared estaba cubierta de llamas, ondeando y ensortijándose hacia arriba con ardientes tentáculos. A través de la amarga neblina de humo, la forma voluminosa de su hermano era visible en el suelo. Corrió hacia él, aferrando los pliegues de su camisa, y tiró tan fuerte que la ropa comenzó a ceder y las costuras crujieron—. ¡Leo, arriba, arriba, vamos! —Pero Leo estaba inconsciente. Le chilló para despertarle y cogiendo sus muñecas, Daphne tiró y le arrastró sin éxito. Lágrimas de frustración brotaron de sus ojos enrojecidos por el humo. Pero entonces llegó Merripen, empujándola a un lado sin demasiada gentileza. Inclinándose, recogió a Leo y lo cargó sobre su amplio hombro con un gruñido. —Sígueme —dijo bruscamente a Daphne—. Las chicas ya están afuera. —Saldré en solo un momento. Tengo que correr arriba y traer algunas cosas... Él le lanzó una mirada peligrosa. —No. —Pero no tenemos ninguna ropa... todo está arriba... —¡Fuera! Ya que Merripen nunca le había alzado la voz en todos los años que hacía que se conocían, Daphne se sobresaltó hasta el punto de obedecer. Sus ojos continuaron picando y lagrimeando por el humo incluso después de que traspasaran la puerta principal y salieran a la ansiada oscuridad del paseo de grava. Win y Poppy estaban allí, ambas se amontonaron alrededor de Leo e intentaron persuadirlo con ruegos para que despertara y se sentara. Como Daphne, las chicas iban vestidas solo con sus camisones, chales y zapatillas. —¿Dónde está Beatrix? —preguntó Daphne. En ese mismo momento, la campana de la hacienda comenzó a repicar, su tono alto y claro viajando en todas direcciones. —Le dije que la tocara —dijo Win. El sonido atraería a los vecinos y aldeanos a prestar ayuda, aunque para cuando la gente los alcanzara, Ramsay House probablemente habría sido consumida por las llamas. Merripen acudió a sacar al caballo del establo, por si este prendía también. —¿Qué ha pasado? —oyó Daphne preguntar a Leo roncamente. Antes de que nadie pudiera replicarle, se vio atacado por un espasmo de tos. Win y Poppy permanecieron junto a su hermano, murmurándole amablemente. Daphne, sin embargo, se quedó de pie a unos pocos metros de distancia de ellos, apretándose el chal más firmemente alrededor de los hombros. Estaba llena de amargura, furia y miedo. No había duda en su mente de que Leo había comenzado el fuego, de que él les había costado la casa y casi había logrado matarlos a todos. Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera volver a confiar en sí misma para hablar con él, con ese hermano al que una vez había amado tan claramente y que ahora parecía haberse transformado en alguien completamente distinto. En este momento quedaba muy poco de Leo para amar. En el mejor de los casos era objeto de pena, y en el peor, un peligro para sí mismo y su familia. Todos estaríamos mejor sin él, pensó Daphne. Excepto que si él moría, el título pasaría a algún pariente distante o expiraría, y ellas se quedarían sin ningún ingreso en absoluto. Observando a Merripen, iluminado por la turbia luz de la luna mientras trabajaba tirando primero del caballo y luego de la calesa fuera de los establos, Daphne sintió una oleada de gratitud. ¿Qué habrían hecho sin él? Cuando su padre había aceptado a aquel niño sin hogar en su casa hacía tantos años, esto había sido siempre considerado por los residentes de Primrose Place como un acto de caridad. Pero los Hathaways habían sido infinitamente recompensados con la callada y firme presencia de Merripen en sus vidas. Nunca había estado segura de por qué él había elegido quedarse con los Hathaways... la situación parecía tener todas las ventajas para ellos y ninguna para él. La gente ya había comenzado a llegar a caballo, algunos del pueblo, otros en la dirección de Stony Cross Manor. Los aldeanos habían traído una carreta con autobomba arrastrada por un caballo de tiro robusto. La carreta de ruedas tenía depósitos adosados a los costados, que eran laboriosamente llenados con agua del río, la gente llevaba cubos de acá para allá. Girando una palanca de madera se empujaba el agua a través de una manguera de cuero y se la expulsaba a través de una boquilla de metal. Para cuando el proceso estuviera en marcha, el fuego estaría fuera de control. Sin embargo, era posible que la bomba ayudara a salvar al menos una parte de la casa. Daphne corrió hacia los aldeanos que se aproximaban para describir la ruta más corta hasta el cercano río. Inmediatamente un grupo de hombres, acompañados por Merripen, partieron a la carrera hacia el agua, los cubos balanceándose en las yuntas sobre sus hombros. Cuando se giraba otra vez hacia sus hermanas, Daphne tropezó con una forma alta tras ella. Jadeando, sintió un par de manos familiares cerrarse sobre sus hombros. —Christopher —El alivio fluyó hasta ella ante su presencia, a pesar del hecho de que él no podía hacer nada para salvar su casa. Se retorció para mirarle, sus apuestos rasgos estaban bañados por una errática luz. Él la empujó más cerca, como si no pudiera contenerse, presionándole la cabeza contra su hombro. —Gracias a Dios que no estás herida. ¿Cómo comenzó el fuego? —No lo sé. —Daphne se quedó inmóvil contra él, pensando ofuscadamente que nunca habría esperado volver a ser abrazada por él. Recordaba eso, la forma en que encajaba contra él, la seguridad de su abrazo. Pero recordando que la había traicionado, se retorció para liberarse y se apartó el cabello de los ojos. Christopher la soltó a regañadientes. —Quédate lejos de la casa. Voy a ayudar con la bomba. Otra voz surgió de la oscuridad. —Será mucho más útil allí. Daphne y Christopher se giraron sobresaltados, pero la voz parecía llegar de ninguna parte. Con su ropa oscura y su cabello oscuro, Jacob pareció emerger como una sombra de la noche. —Dios bendito —masculló Christopher—. Uno apenas puede verle, oscuro como es. Aunque Black podría haberse ofendido por el comentario, no respondió. Su mirada recorrió a Daphne en una rápida valoración. —¿Está herida? —No, pero la casa... —Su garganta se cerró con un sollozo. Jacob se quitó el abrigo y la envolvió con él, uniendo los bordes al frente. La lana estaba permeada con la calidez y el confort de la fragancia masculina. —Veremos qué podemos hacer. —Gesticuló para que Christopher Frost fuera con él—. Dos latas están siendo descargadas junto a las escaleras. Puede ayudarme a llevarlas dentro. Los ojos de Daphne se agrandaron ante la visión de dos grandes vasijas metálicas. —¿Qué son? —Un invento del Capitán Swansea. Están llenas de una solución de ceniza de perla. Vamos a utilizarla para evitar que el fuego se extienda hasta que hayan preparado la bomba de agua. —Black deslizó una mirada hacia Christopher Frost—. Ya que Swansea es demasiado mayor para cargar los contenedores, yo cogeré uno y usted el otro. Daphne conocía a Christopher lo bastante bien como para conocer su aversión a acertar órdenes, especialmente de un hombre al que consideraba su inferior. Pero este la sorprendió accediendo sin protestar, y siguiendo a Jacob Black hacia la casa ardiente.