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Historia 55483 — capítulo 14
Vaya que si en el otro capitulo me deciais que era perversa ya con este me parto XD hot!!!
Daphne observó como Jacob Black y Christopher Frost levantaban los aparatosos contenedores de cobre, que habían sido equipados con asas cuero, y los cargaban a través de la puerta principal. El Capitán Swansea permanecía unos pasos atrás, gritando instrucciones. Las ventanas se iluminaron cuando el fuego comenzó a consumir el interior de la casa. Daphne pensó tristemente que pronto no quedaría nada más que un esqueleto ennegrecido. Regresando junto a sus hermanas, se encontró al lado de Win, que tenía la cabeza de Leo apoyada en su regazo. —¿Cómo está? —Enfermo por el humo. —Win pasó una mano suavemente por la cabeza despeinada de su hermano—. Pero creo que se pondrá bien. Echando un vistazo a Leo, Daphne refunfuño: —La próxima vez que trates de matarte, apreciaría que no te llevaras al resto de nosotros contigo. Él no dio ninguna indicación de haberla oído, pero Win, Beatrix, y Poppy le lanzaron una mirada de sorpresa. —Ahora no, querida— dijo Win con un reproche gentil. Daphne sofocó las ardientes palabras que se elevaban hasta sus labios y miró pétrea hacia la fría casa. Estaba llegando más gente, colocándose en línea para pasar los cubos de agua del río a la bomba de agua y viceversa. No había ningún signo de actividad dentro de la casa. Se preguntaba qué hacían Black y Frost. Win pareció leerle la mente. —Parece que el Capitán Swansea finalmente tendrá oportunidad de probar su invento —dijo. —¿Qué invento? —preguntó Daphne—. ¿Y cómo lo sabes? —Me senté a su lado en la cena, en Stony Cross Manor— contestó Win—. Me dijo que durante sus experimentos en el diseño de cohetes, se le ocurrió la idea de un dispositivo que extinguiría el fuego rociando una solución de ceniza de perla. Cuando la lata de cobre se coloca verticalmente, mezclando el ácido con la solución, se crea suficiente presión como para expeler el líquido de la lata. —¿Funcionará? —preguntó Daphne dudosa. —Espero que si. Ambas se estremecieron con el sonido de ventanas rompiéndose. La bomba de agua creaba una corriente lo bastante grande como para dirigir el agua dentro del ardiente cuarto. Cada vez más preocupada a cada instante que pasaba, Daphne miró atentamente, tratando de ver cualquier signo de Black o Frost. Se sentía bastante escéptica en cuanto a las posibilidades de entrar corriendo en una casa en llamas con un dispositivo que no había sido probado y que podría explotarle a uno en la cara. Enfrentados a los productos químicos, el humo y el calor, los hombres podrían desorientarse o ahogarse. La idea de que cualquier de ellos resultara herido era insoportable. Sus músculos estaban tensos por la ansiedad y le dolía todo el cuerpo. Justo cuando comenzaba a considerar la idea de aventurarse hacia la puerta, Black y Frost salieron de la casa con las latas vacías e inmediatamente seguidos del Capitán Swansea. Daphne se apresuró hacia adelante con un grito de alegría, completamente dispuesta a detenerse una vez los hubiera alcanzado. Cual no sería su sorpresa cuando sus piernas insistieron en llevarla hacia adelante. Black dejó caer la lata y la abrazó vigorosamente. —Tranquila, colibrí. Había perdido su abrigo y su chal en algún momento de la impetuosa carrera. El aire frió de la noche traspasaba la delgada tela de su camisón, haciendo que se estremeciera con fuerza. Él la estrechó más fuerte, inundándola con una punzante fragancia a humo y sudor. Oía el latido de su corazón estable bajo el oído y su mano le trazaba cálidos círculo en la espalda. —Los extinguidores son aún mas eficaces de lo que esperaba —oyó que decía el Capitán Swansea a Christopher Frost—. Dos o tres latas más y creo que abríamos podido sofocarlo. Reuniendo valor, Daphne miró más allá del círculo de los brazos de Black. Frost la contemplaba con evidente desaprobación y algo que podrían ser celos. Sabía que estaba dando un espectáculo con Jacob. Otra vez. Pero aún no podía obligarse a abandonar el confortable refugio de sus brazos. El capitán Swansea sonreía, satisfecho con los resultados de sus esfuerzos. —El fuego esta ahora controlado —dijo a Daphne—. Creo que pronto lo apagarán completamente. —Capitán, nunca seré capaz de agradecerle lo suficiente —logró decirle. —He estado esperando una oportunidad como ésta —declaró él—. Aunque por supuesto nunca hubiera deseado que su casa sirviera como zona de pruebas. Se giró para observar el progreso de la bomba de agua, que funcionaba ahora a su máxima capacidad. —Me temo —dijo tristemente— que el daño producido por el agua será tan malo como el del humo. —Quizás algunas de las habitaciones de arriba todavía sean habitables —dijo Daphne—, En unos minutos me gustaría subir y ver... —No —Black la interrumpió tranquilamente—. Tú y el resto de los Hathaways iréis a Stony Cross Manor. Hay habitaciones suficientes para acomodaros. Antes de que Daphne pudiera decir una palabra, Christopher Frost respondió por ella. —Me hospedo con la familia Shelsher en la taberna de pueblo. La señorita Hathaway y sus hermanos irán conmigo. Daphne sintió el cambio en el abrazo de Black. Cómo posó la mano en el brazo, y su pulgar encontró la curva interior de su codo, donde su pulso palpitaba con fuerza bajo la frágil piel. La tocaba con la intimidad posesiva de un amante. —La residencia Masen esta más cerca —dijo Black—. La señorita Hathaway y sus hermanos han estado de pie en medio del frío, vestidos con poco más que sus camisones. A su hermano lo tiene que ver un médico, y si no me equivoco a Merripen también, irán a la mansión. Daphne frunció el ceño cuando asimiló sus palabras. —¿Por qué dices que Merripen necesita un médico? ¿Dónde está? Black la giró entre sus brazos para que mirara hacia el frente. —Ahí, junto a tus hermanas. Daphne jadeó ante la vista de Merripen tirado en la tierra. Win estaba con él, intentando separar la delgada tela de la camisa de su espalda. —Oh, no. —Se soltó de Black y se apresuró a alcanzarlo. Oyó que Christopher Frost pronunciaba su nombre, pero no le hizo caso. —¿Qué ha pasado? —preguntó, dejándose caer en la húmeda tierra al lado de Win— ¿Merripen se ha quemado? —Sí, en la espalda. —Win rasgó una venda del dobladillo de su propio vestido—. Beatrix, ¿tomarías esto, por favor, y lo empaparías en agua? Sin una palabra, Beatrix corrió hacia la bomba del agua. Win acariciaba el grueso cabello de Merripen mientras él descansaba la cabeza en los antebrazos. Su aliento siseaba inestablemente entre los dientes. —¿Duele o está entumecido? —preguntó Daphne. —Duele como el demonio —dijo él ahogadamente. —Eso es buena señal. Una quemadura es más seria si está adormecida. Él giró la cabeza para lanzarle una mirada que hablaba por sí misma. Win mantenía una mano en la nuca de Merripen mientras hablaba con Daphne. —Se acercó demasiado al alero de la casa. El calor del fuego derritió el metal y goteó. Un poco de plomo fundido cayó sobre su espalda. —Miró hacia Beatrix, que regresaba con la tela mojada—. Gracias, querida. —Levantando la camisa de Merripen, puso la tela mojada sobre la piel quemada, él soltó un gruñido de aflicción. Perdiendo todo el sentido de orgullo o decoro, dejó caer la cabeza en el regazo de Win mientras temblaba sin control. Echándole un vistazo a Leo, que parecía estar algo mejor, Daphne comprendió que Jacob tenía razón... tenía que llevar a su familia a la mansión inmediatamente y llamar a un médico. No protestó cuando Black y el Capitán Swansea llegaron para acomodar a los Hataway en el carruaje. Leo tuvo que ser subido al vehículo, y Merripen, que estaba inestable y desorientado, requirió ayuda también. El capitán Swansea manejó las riendas con habilidad mientras conducía a la familia a Stony Cross Manor. A su llegada, los Hathaways fueron saludados con considerable entusiasmo y compasión, los criados corrían en todas direcciones, ofreciendo a los invitados ropa y artículos personales. Lady Masen y Lady St. Vicent tomaron bajo su protección a las muchachas más jóvenes, mientras Daphne era arrastrada por un par de decididas criadas. Estaba claro que no se rendirían hasta que estuviera bañada, vestida y alimentada. Pasó una eternidad hasta que al fin las criadas pusieron a Daphne un camisón limpio y una bata de terciopelo azul. Un cuarto de hora después le habían trenzado el cabello húmedo en una pulcra trenza detrás de cada oreja. Cuando por fin terminaron con ella, Daphne dio las gracias a las criadas y huyó del cuarto de invitados. Fue a comprobar a sus hermanos, empezando por su hermano. Un criado que había en el pasillo la condujo hasta la habitación de Leo. El médico, un anciano con una barba gris pulcramente recortada, estaba saliendo. Hizo una pausa, maletín en mano, cuando le ella le preguntó por la condición de su hermano. —En resumen, Lord Ramsay está bastante bien —contestó el doctor—. Tiene una pequeña hinchazón en la garganta, debido a la inhalación de humo, pero es simplemente una irritación del tejido, no hay ningún daño serio. Su color esta bien, el corazón es fuerte y todos sus signos vitales también, pronto estará como nuevo. —Gracias a Dios. ¿Y Merripen? —¿El gitano? Su condición es un poco más inquietante. Es una quemadura fea. Pero lo he tratado y le he aplicado miel antes de vestirlo, lo que impedirá que la venda se pegue mientras se cura. Volveré mañana para comprobar su progreso. —Gracias. Señor, no deseo retrasarlo más, siendo tan tarde, pero ¿podría robarle un minuto para que examinara a una de mis hermanas? Tiene los pulmones débiles y aunque no se expuso al humo, estuvo en el aire frío de la noche. —Se refiere usted a la señorita Winnifred. —Sí —Estaba en la habitación del gitano. Por lo visto él compartía su preocupación por la salud de su hermana. Ambos discutieron enérgicamente sobre a cual de ellos debería atender primero. —Ah —Una débil sonrisa asomo a sus labios. —¿Quién ganó? Merripen, supongo. Él le sonrió. —No, señorita Hathaway. Su hermana puede tener los pulmones débiles, pero tiene una firme resolución —inclinándose se despidió—. Le deseo buenas noches. Mis condolencias por su infortunio. Daphne asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y entró en la habitación de Leo, donde una lámpara había sido atenuada. Estaba tendido de lado, con los ojos abiertos, pero no le dirigió ni una mirada mientras se acercaba. Sentándose en el colchón con cuidado, Daphne extendió la mano y le alisó el enmarañado cabello. La voz Leo fue un suave graznido. —¿Has venido a acabar conmigo? Ella sonrió irónicamente. —Parece que estás haciendo un excelente trabajo tú solo. —Su mano le acarició tiernamente la cabeza—. ¿Cómo comenzó el fuego, querido? Él entonces la miró, sus ojos inyectados de sangre parecían dos diminutos mapas de carreras. —No lo recuerdo. Me quedé dormido. No provoqué el fuego a propósito. Espero que me creas. —Sí. —Se inclinó y le besó la cabeza como si fuera un niño—. Descansa, Leo. Todo irá mejor por la mañana. —Siempre dices eso —masculló él, mientras cerraba los ojos—. Quizá algún día será verdad. —Dicho esto se durmió con una rapidez sorprendente. Al oir un ruido en la puerta, Daphne levantó la mirada y vio al ama de llaves, que llevaba una bandeja llena de botellas de vidrio de color marrón y unos manojos de hierbas secas. La anciana venía acompañada de Jacob, que traía en las manos una pequeña olla destapada llena de agua humeante. Black aún no se había quitado el humo de la ropa, el cabello, y la piel. Aunque probablemente debía estar cansado por todo el trajín de la noche, no mostraba ninguna señal de agotamiento. Buscó a Daphne con una mirada penetrante, sus ojos brillaban como azufre en su manchada y sudorosa cara. —El vapor ayudará a Lord Ramsay a respirar mejor durante la noche —le explicó el ama de llaves. Luego procedió a encender la llama en un quemador junto a la cama sobre el cual estaba colocada la olla. Cuando el vapor se dispersó a través del aire, una fuerte y desagradable fragancia penetró en los orificios nasales de Daphne. —¿Qué es eso? —preguntó con voz queda. —Es manzanilla, tomillo y regaliz —dijo Black— junto con olmo de montaña y cola de caballo para aliviar la hinchazón de su garganta. —También hemos traído morfina para ayudarle a dormir —dijo el ama de llaves—. La dejaré junto a la cama, por si se despierta después… —No —dijo Daphne rápidamente. Lo último que necesitaba Leo era tener acceso a una botella grande de morfina sin supervisión—. Eso no será necesario. —Si, señorita. —El ama de llaves partió con un discreto murmullo indicando que la llamaran cuando fuera necesario. Jacob permaneció en el cuarto, apoyando un hombro casualmente contra la enorme columna de la cama. Estudiaba a Daphne mientras esta inspeccionaba el contenido de la humeante olla. Evitaba mirar hacia su presencia oscura y vibrante, sus ojos escrutadores y la expresión inquisitiva de su boca. —Debes estar agotado —dijo, mientras tomaba un ramo de hojas secas. Atrajo las hierbas fragantes hasta su nariz y las olfateó tentativamente—. Ya es muy tarde. —He pasado la mayor parte de mi vida en un club de apuestas, para mí es sólo de noche. —Una breve pausa—. Debes acostarte. Daphne agitó la cabeza. En algún lugar bajo el clamor de su pulso y la cantidad de preocupaciones que había en su mente, sentía un gran dolor a causa del cansancio. Pero esforzarse por dormir sería inútil, porque simplemente se quedaría allí mirando fijamente al techo. —Mi cabeza gira como un carrusel. El pensar en dormir… —agitó la cabeza. —¿Te ayudaría —le preguntó él suavemente— tener un hombro sobre el que llorar? Daphne luchó por ocultar cuanto la había enfurecido su pregunta. —Gracias pero no. —Cuidadosamente, dejó caer las hierbas en la olla—. Llorar es una pérdida de tiempo. —Llorar disminuye la profundidad del dolor. —¿Acaso ese es un dicho Romaní? —Shakespeare. —La estudió, tratando de ver más allá, leyendo lo que se cocía a fuego lento bajo su aparente calma—. Tienes amigos que te ayudarán a solucionar esto, Daphne. Y soy uno de ellos. La aterraba pensar en que él pudiera verla como objeto de lástima. Evitaría eso a toda costa. No podía apoyarse en él, ni en nadie. Si lo hiciera, nunca podría levantarse de nuevo. Se apartó, rodeándole, sus manos aleteando como rechazando cualquier intento de alcanzarla. —No debes preocuparte por los Hathaways. Nos ocuparemos de todo. Siempre lo hacemos. —No esta vez. —Black la miró firmemente—. Tu hermano está más allá de la ayuda que pueda brindarle nadie, incluyéndose a sí mismo. Tus hermanas aún son demasiado jóvenes, excepto Winnifred. Y ahora Merripen está igualmente postrado. —Cuidaré de ellos. No necesito ayuda. —Extendió la mano y tomó una toalla grande que estaba al pie de la cama y la dobló pulcramente—. Te vas a Londres por la mañana, ¿no es así? Deberías aceptar tu propio consejo y acostarte. Los ojos de él se volvieron inflexibles. —Maldición, ¿Por qué tienes que ser tan terca? —No soy terca. Simplemente no quiero nada de ti. Mereces encontrar la libertad de la que se te ha privado durante tanto tiempo. —¿Estás preocupada por mi libertad, o te aterra el admitir que necesitas a alguien? Estaba en lo cierto, pero preferiría morir a admitir la verdad. —No necesito a nadie y menos a ti. Su voz no resultó menos áspera aunque su tono fue suave. —No sabes lo fácil que sería probarte que estás equivocada. —Empezó a acercarse a ella, controlando sus movimientos, la miraba como si quisiera estrangularla, besarla o quizá ambas cosas a la vez. —Tal vez en mi próxima vida —le susurró ella, intentando arrancarle una sonrisa ladeada—. Por favor vete. Por favor, Jacob. Esperó hasta que él abandonó la habitación, y luego sus hombros se hundieron con alivio. Necesitando escapar de los sofocantes confines de la casa, Jacob salió al exterior. La noche débilmente hilvanada con la pálida luz de luna a través de una trama de profunda oscuridad. Vagó alrededor del muro de piedra que bordeaba una loma con vistas al río. Izándose fácilmente sobre la pared, se sentó, dejando que sus pies se balancearan sobre el borde, y escuchó al agua y a los sonidos nocturnos. El olor a humo aún se mantenía en el aire, mezclándose a su vez con los olores de la tierra y del bosque. Jacob intentó poner orden al enredo de sus emociones. Nunca había sentido celos, pero cuando vio a Daphne y a Christopher Frost abrazándose antes, había experimentado el impulso violento de estrangular al bastardo. Cada instinto que poseía le rugía que Daphne era suya, sólo de él para protegerla y consolarla. Pero no tenía ningún derecho sobre ella. Si Frost continuaba persiguiéndola, lo mejor sería que Jacob no interfiriera. Daphne estaría mejor con alguien de su propia clase, en lugar de liarse con un mestizo roma. Para Jacob también podría ser mejor mantenerse alejado. Dios santo, ¿realmente estaba contemplando la idea de pasar el resto de su vida como un gadjo, limitado por la domesticidad? Debería abandonar Hampshire, pensó. Daphne tomaría su propia decisión con respecto a Frost, y Jacob perseguiría su destino. No habría ni compromisos, ni sacrificios por parte de nadie. Nunca sería para Daphne nada más que un breve y vago episodio que recordar en su vida. Bajando la cabeza, se pasó las manos a través de su despeinado cabello. El pecho le dolía como siempre hacía cuando anhelaba libertad. Pero por primera vez, se preguntó si era consciente de lo que realmente deseaba. Porque no parecía que su dolor se fuera a curar cuando se marchara. De hecho, amenazaba con convertirse en algo mucho peor. El futuro se extendía ante él como una larga vida vacía. Pasaría miles de noches sin Daphne. Abrazaría y les haría el amor a otras mujeres, pero ninguna de ellas sería la que realmente deseaba. Pensó en Daphne viviendo como una solterona. O peor aún, reconciliándose con Frost, quizá casándose con él, y viviendo siempre con el conocimiento de que Frost la había traicionado una vez y que podría hacerlo de nuevo. Ella merecía mucho más que eso. Merecía un amor apasionado, abrumador, ardiente, que lo consumiera todo. Merecía… ¡Oh, demonios! Estaba pensando demasiado. Ya parecía un gadjo. Se obligó a enfrentar la verdad. El hecho era que Daphne era suya, no importaba si se quedaba o se marchaba, si recorrían el mismo sendero o no. Ambos podrían estar en polos opuestos del mundo, y todavía sería suya. Su mitad Roma lo había sabido desde el principio. Y era a esa parte de él a la que iba a escuchar.
La cama de Daphne era suave y lujosa, pero bien podría estar hecha de rústicas planchas de madera. Rodó, se dio la vuelta, se estiró, pero no podía encontrar una posición cómoda para su cuerpo dolorido y tampoco algo de paz para su torturado cerebro. La habitación estaba silenciosa y cargada, el aire se volvía más espeso a cada minuto que pasaba. Anhelando respirar aire limpio y frío, se deslizó fuera de su cama, fue hasta la ventana y la abrió. Se le escapó un jadeo de alivio cuando una ligera brisa se derramó sobre ella. Cerró sus tristes ojos y usó los nudillos para frotarse las pestañas húmedas Era extraño, pero con todos los problemas a los que se enfrentaba, lo que realmente la mantenía despierta era la pregunta de si Christopher Frost la había amado realmente. Había querido pensar que sí, incluso después de que él la hubiera abandonado. Se había dicho a sí misma que el amor era un lujo para la mayoría de las personas, que la carrera de Christopher era muy difícil, y que él se había enfrentado con una opción imposible. Había hecho lo que creyó mejor para todos. Quizá había sido un error esperar que la eligiera a ella sin importar las consecuencias. Ser deseada por encima de todo, ser querida, necesitada, codiciada… eso nunca le ocurriría a ella. La puerta se abrió con un arco bien engrasado. Percibió el cambio en las sombras, sintió una presencia en la habitación. Girándose con un sobresalto, vio a Jacob Black de pie junto a la puerta. Su corazón comenzó a retumbar con una fuerza feroz. Parecía un sueño, un oscuro y enigmático fantasma. Él se le acercó despacio. Cuanto más se acercaba, más parecía que todo a su alrededor se desentrañara, cayendo, dejándola expuesta y vulnerable. La respiración de Jacob no era firme. Tampoco la de ella. Después de una pausa larga, finalmente él le dijo: —Los rom creen que debes tomar el camino que te llama, y nunca dar marcha atrás. Porque nunca sabes que aventuras te esperan. —Se acercó despacio, dándole oportunidad de objetar. A través de la gasa de algodón suave de su camisón, le tocó la curva de las caderas. Luego la aferró contra su duro cuerpo—. Así que tomaremos este camino —murmuró —, y veremos hasta donde nos lleva. Esperó alguna señal, alguna sílaba de objeción o ánimo pero ella sólo podía mirarlo fijamente, inmóvil y desvalida. Le acarició el cabello, mientras le susurraba que no le tuviera miedo, que cuidaría de ella, que la complacería. Sus dedos encontraron la curva sensible del cuero cabelludo, le acunó la cabeza y la besó. Arrastró su boca sobre la de ella, una y otra vez, y cuando sus labios estuvieron abiertos y humedecidos, los selló con los suyos. La excitación la inundó, y cedió ante este placer oscuro, se abrió ante las penetrantes estocadas de su lengua, esforzándose por capturar su sedosidad. Sus manos la empujaron suavemente hacia atrás, hasta que su equilibrio cedió. La hizo yacer sobre la cama como si esta fuera un altar pagano. Inclinándose sobre ella, Jacob le besó la garganta. Luego llevó a cabo una serie de tirones rápidos sobre su camisón hasta que este se abrió. Daphne sentía su urgencia, el calor que irradiaba su cuerpo, pero cada movimiento era cuidadoso y pausado, mientras metía las manos debajo del frágil algodón para acariciarle pecho. Ella levantó las rodillas, su cuerpo entero se arqueó para contener el placer de sentir sus caricias. Con un sonido Jacob la instó a relajarse, mientras le deslizaba la mano desde el pecho hasta las rodillas. Con los labios abiertos le rozó la punta desnuda de un pecho y jugó con el brote endurecido con la humedad de su lengua. Ella extendió las manos hacia su cabello, y enredó los dedos entre los mechones de ébano, intentando retenerlo cerca de sí. Su boca se cerró sobre el pezón, succionándolo ligeramente hasta que la hizo temblar, eso la instó a apartarse de él, intranquila por el presentimiento de que estaba conduciéndola hasta el borde de alguna nueva sensación. Jacob la puso de espaldas y se inclinó sobre ella una vez más. Le cubrió con la boca la suya, mientras sus dedos tiraban más arriba del dobladillo del camisón y encontraban la tierna carne de sus muslos. Daphne extendió la mano hacia la camisa de él con manos temblorosas. No tenía cuello, de esas que se ponían por encima de la cabeza en lugar de abotonarse. Jacob se movió para ayudarla, se quitó la prenda y la echó a un lado. La luz de la luna doró las suaves y musculosas líneas de su cuerpo junto a su tenso y liso pecho. Arrastrando las palmas contra su dura carne, las deslizó suavemente por los costados y alrededor de la espalda. Él se estremeció por sus caricias y se acomodó sobre ella deslizando una pierna entre sus muslos. El camisón se abrió exponiendo del todo sus pechos y el dobladillo se le subió hasta la parte alta de sus muslos. Los labios de él descendieron nuevamente hasta su pecho, mientras ahuecaba y amasaba su carne firme. Arqueándose contra él, se esforzó por acercarse más, por atraer su peso completamente sobre ella. Él se resistió. Sus manos viajaron sobre ella para calmarla, ella esquivó su gentileza, sus manos le aferraron la espalda. No podía pensar con claridad, no podía encontrar las palabras. Estremeciéndose contra él, sintió que el deseo la desgarraba con una insufrible intensidad. —Jacob… Jacob —presionó la cara contra su hombro. Sintiendo la humedad de sus pestañas, él le echó la cabeza hacia atrás y le acarició con la lengua una lágrima errante. —Paciencia, colibrí. Aún es demasiado pronto. Ella examinó sus rasgos sombreados. —¿Para ti? Hubo un momento de pausa, como si Jacob se esforzara por controlar una súbita sonrisa. —No, para ti. —Tengo veintiséis años —protestó—. ¿Cómo puede ser demasiado pronto para mí? Jacob no pudo suprimir la risa esta vez, y enterró esos deliciosos sonidos dentro de su boca. Los besos se tornaron más duros, más largos y en medio de todo, Jacob le hablaba con una mezcla de Romaní e inglés, y era bastante probable que ni siquiera él supiera que idioma usaba. Agarrándole una mano con la suya, la condujo hasta la parte baja de su cuerpo y la empujó urgentemente contra su erección. Asustada y fascinada, Daphne posó la mano a lo largo de su longitud, amoldando vacilantemente los dedos sobre su dureza. Jacob gimió como si sintiera dolor y ella retiró inmediatamente la mano. —Lo siento mucho —dijo, ruborizándose—. No quise hacerte daño. —No me has hecho daño—Se apreciaba un tono tierno de diversión en su voz. Le agarró la mano y la colocó de nuevo. Daphne lo exploró tímidamente, mientras su curiosidad se confundía con el calor y la sugerencia de algún moviendo debajo de sus apretados calzones. Él parecía disfrutar de sus caricias, casi ronroneaba mientras se movía sobre ella para husmear y lamer su garganta. Sus dos piernas estaban ahora en medio de las suyas, ampliando el espacio entre ellas, con el camisón apiñado alrededor de la cintura. Expuesta, mortificada y entusiasmada, sintió como una de las manos de él vagaba hacia abajo por su estómago. Pronto habría dolor y posesión, todos los misterios se resolverían. Pensó que quizá era el momento de decirle algo: —¿Jacob? Él levantó la cabeza. —¿Sí? —He oído que hay formas... es decir, que esto puede conducir... oh, no sé como decirlo... —No quieres darme un hijo. —Las yemas de sus dedos juguetearon gentilmente entre sus íntimos rizos oscuros. —Sí. Es decir… no. —Su respiración se convirtió en un gemido. —Yo tampoco. Aunque, siempre puede pasar. —Él encontró un lugar tan lleno de sensaciones que la hizo estremecer y arquear las rodillas. Sus dedos eran suaves y tiernos mientras le apartaba su sedosa hendidura—. La pregunta, amor, es si me deseas lo suficiente como para aceptar ese riesgo. Sus sentidos nadaban en la vergüenza y el placer por la forma en que la tocaba. Toda su existencia se había diluido ante la caricia furtiva de uno de esos dedos. Y Jacob lo sabía. Esperó su respuesta, acariciándola, expresando su ternura con la yema de los dedos, prestando atención a cada escalofrío y a cada temblor de su cuerpo. —Sí —dijo insegura—. Te deseo. Su dedo pulgar la acarició hacia abajo, deslizándose a través de una zona inexplicablemente húmeda. Antes de que pudiera decir una palabra, él le había apretado la humedad con su dedo pulgar, invadiéndola ligeramente. Las pestañas de él bajaron sobre el brillo diabólico de sus ojos. —¿Deseas esto? —le susurró. Ella asintió y trató de decirle que sí, pero todo lo que pudo hacer fue gimotear suavemente. Más profundo, una gentil y curiosa caricia, hasta que sintió el duro borde de su dedo pulgar contra la entrada de su cuerpo. Trazó pequeños círculos en su interior, la frotó y la acarició con el dedo hasta que la hizo sentir débil y caliente. ¡Oh, santo cielo!, sí, no, por favor… otro retortijón, otro, cada uno arremolinando su placer firmemente hasta que el corazón retumbó y sus caderas se impulsaron rítmicamente contra la palma de la mano. Pero entonces, la exquisita invasión fue retirada, y su cuerpo se cerró desesperadamente alrededor del vacío. Trató de alcanzarlo, arañándolo en medio de esa frenética necesidad y Jacob tuvo el descaro de reír suavemente. —Tranquila, cariño. Apenas estamos empezando. No hay ninguna necesidad de apresurarse. —¿Sólo es el principio? —Aturdida y palpitante, apenas podía hablar. Si había una cosa de la cual estaba segura, era que no podía soportar mucho más tiempo su refinada tortura—. Creí que habíamos terminado. Sintió su sonrisa cuando la besó en el interior del codo, deslizando los labios hasta la muñeca. —La cuestión en hacer que dure el mayor tiempo posible. —¿Por qué? —Así es mejor. Para ambos. —Abrió sus apretados dedos y le besó la palma de la mano. Después de colocarle nuevamente el camisón en su lugar, le abrochó la parte delantera meticulosamente. —¿Qué haces? —Te llevo a dar un paseo. —Cuando intentó preguntarle algo, él le puso el dedo índice suavemente sobre los labios—. Confía en mí. —Le susurró. Daphne lo hizo, aturdida, mientras la levantaba de la cama, le envolvía una aterciopelada bata alrededor y le ponía en los pies un par de zapatillas suaves. Apretando firmemente la mano de ella en la suya, Jacob la sacó de la habitación. La casa estaba callada y silenciosa, de las paredes colgaban retratos de aristócratas con miradas de desaprobación. Salieron a la parte trasera de la casa, hacia la gran terraza de piedra, con pasos apresurados que los llevaron hasta los jardines. La luz de la luna se entretejió con las siluetas de las nubes que brillaban contra un cielo del color de las ciruelas negras. Confundida pero deseosa, Daphne fue con Jacob hasta el final de los escalones. Él se detuvo y silbó suavemente. —Que… Daphne jadeó cuando oyó el sonido de cascos pesados y observó como una enorme silueta negra se apresuraba hacia ellos, como si fuera una pesadilla. La alarma la invadió, se apretó contra Jacob y ocultó la cara contra su pecho. Él le puso un brazo alrededor y la envolvió firmemente. Cuando el tronar de los cascos se detuvo, Daphne se arriesgó a echar un vistazo a la aparición. Era un enorme caballo negro, que respiraba con resoplidos que se alzaban como fantasmas contra la crudeza del aire. —¿Esto realmente está sucediendo? —preguntó. Jacob buscó en su bolsillo, alimentó con un trozo de azúcar al caballo y le pasó la mano por el liso cuello del color de la medianoche. —¿Alguna vez has tenido un sueño como este? —Nunca. —Entonces quizá si está pasando. —¿Realmente tienes un caballo que viene a ti cuando silbas? —Sí, lo entrené. —¿Cómo se llama? Su blanca sonrisa resplandeció en la oscuridad. —¿No te lo imaginas? Daphne pensó un momento. —¿Pooka? El caballo giró la cabeza para mirarla como si pudiera entenderla. —Pooka —repitió ella, con una débil sonrisa—. ¿Será posible que también tengas alas? Ante un gesto sutil de Jacob, el caballo agitó la cabeza en un enfático: no, y Daphne sonrió temblorosamente. Caminando hasta el costado de Pooka, Jacob subió a la silla de montar con un movimiento elegante. Se acercó al escalón donde estaba de pie Daphne y extendió el brazo hacia ella. Ella le tomó la mano, intentando impulsarse con el pie sobre el estribo. Fue fácilmente izada hasta la silla delante de él. El impulso casi fue demasiado, pero el brazo de Jacob se envolvió a su alrededor, manteniéndola en su lugar. Daphne se apoyó contra la dura cuna de su pecho y su brazo. Sus orificios nasales se vieron invadidos con los olores del otoño: tierra húmeda, caballo, hombre y medianoche. —Sabías que vendría contigo, ¿no? —le preguntó. Jacob se inclinó sobre ella y le besó la sien. —Sólo lo esperaba. —Sus muslos se apretaron, poniendo el caballo a galope, y después a un paso firme. Y cuando Daphne cerró los ojos, podía haber jurado que estaban volando.