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Historia 55483 — capítulo 15

Holaaaa buenooo quiero aclarar una cosa por si quedan dudas,,,Ignatius no es el nombre q utilizaba Jacob en su clan xD es un nombre horroroso y lo puse en plan de broma!! jeje bueno pues dicho eso a leer!!

Jacob se dirigió hasta el campamento abandonado en el río, donde la tribu gitana se había quedado. Los restos del campamento todavía estaban allí; las huellas dejadas por las ruedas de los carromatos, los círculos de césped roídos donde los caballos de carga habían sido atados, el hoyo de la fogata lleno de ceniza. Y en todas partes se oía el sonido del chapoteo de la corriente del río que se desbordaba en la orilla, inundando la tierra fértil. Se apeó y ayudó a Daphne a desmontar. Como él le indicó, se sentó en un tronco de abedul caído mientras Jacob preparaba un campamento provisional. Esperó con las manos cruzadaspulcramente en el regazo, observando cada movimiento que él realizaba, mientras sacaba un bulto de mantas de las alforjas. En unos minutos Jacob ya tenía encendido el fuego en el círculo de piedra y había tendido con ellas un lecho junto a la hoguera. Daphne se apresuró hacia la pila de mantas y se internó bajo las capas de lana y algodón acolchado. —¿Es seguro que nos quedemos aquí? —preguntó, murmurando. —Puedes estar segura de todo menos de mí. —Sonriendo, Jacob se puso a su lado. Tras quitarse las botas, se le unió bajo las mantas y la acunó entre sus brazos. Y recordándose que los premios debían ser ganados con paciencia, la abrazó fuertemente y esperó. A medida que cada segundo se fundía en el siguiente, el cuerpo de Daphne se apretaba más firmemente contra el suyo. Se sentía tan extraordinario solo el abrazarla que no hizo nada más que eso durante un largo rato. Escuchaba el flujo de su respiración, el movimiento del aire frío de la noche sobre ellos, mientras el calor de sus cuerpos se fundía bajo las mantas. Juntos descendieron al corazón de una calma apacible, a un callado placer que Jacob nunca había sentido antes. Sus latidos comenzaron a acelerarse, el corazón le resonaba pesadamente con cada golpe. Notaba como las caderas de Daphne se anidaban tentativamente contra las suyas, acunando la rigidez de su excitación, acercándose cada vez más. Pero aún así, no hizo ningún movimiento, solo la abrazó y la apretó contra su cuerpo hasta que estuvo tenso y furiosamente excitado. El fuego chasqueó y las llamas se alargaron en cintas amarillas, lamiendo los leños de abedul y roble. Excitado… nunca se había sentido tan excitado en su vida. Cuando estaba considerando quitarse la camisa, sintió las manos de Daphne explorando bajo el dobladillo suelto. Los pequeños y fríos dedos vagaban sobre su piel ardiente. En cualquier parte donde lo tocaba, sus músculos se ondeaban y tensaban, se sentía tan bien que gimió débilmente contra su cabello. Ella tomó los bordes sueltos de la camisa y tiró hacia arriba. Sin ninguna vacilación el se sentó, se quitó la camisa y la echó a un lado. Ella se arrastró hasta su regazo y el cabello largo y sedoso se volcó sobre su pecho y sus hombros desnudos. Extasiado, Jacob se contuvo mientras ella presionaba la boca contra su pecho, en sus hombros y en la base de su garganta, en un jugueteo delicado de besos. —Daphne… —llevó las manos a su cabeza, inmovilizándola. Las ondas cálidas de su cabello se le deslizaron sobre los brazos, acrecentando su excitación. —Monisha —susurró—. No haré nada que no desees. Solo quiero darte placer. La cara de Daphne brillaba a la luz del fuego, sus labios del color rojo de las bayas. —¿Qué significa esa palabra? —¿Monisha? Es una expresión de afecto. —Apenas podía pensar—. Un Roma la dice cuando una mujer está intimando con él. Ella puso las manos sobre las de él y deslizó los dedos en los espacios entre sus dedos. Se abrazaron el uno al otro, y con sus labios formaron palabras silenciosas, rozaron sus bocas y saborearon juntos su calor húmedo. Jacob la puso sobre las mantas, en la charca de luz lanzada por el fuego. Le susurró palabras en un antiguo idioma, diciéndole que quería atraparla como hacía el sol con la luna en el cielo, que quería llenarla hasta que fueran uno solo y estuvieran unidos. Apenas era consciente de lo que le estaba diciendo ya que estaba embriagado por su olor y el calor que emanaba su cuerpo. Le abrió la bata y el camisón, apartando soñadoramente el tejido suave de las profundas curvas de sus pechos y su cintura. Estaba tan hermosamente formada, tan lujuriosa y firme, que su pálida piel brillaba con la luz del fuego. Las sombras voluptuosas ocultaban los lugares que él anhelaba tocar y saborear. Siguió el rubor que se extendía con la boca, persiguiendo la oleada de color. Ella se estremeció bajo su cuerpo y se aferró a los músculos arqueados de sus antebrazos. Le acunó los pechos y acarició los pezones con su respiración y su lengua hasta que estuvieron duros y sedosos. Suavemente atrapó uno entre sus dientes y lo sostuvo hasta que ella gimió y se arqueó. Jacob apartó el amasijo del camisón que estaba enredado entre ellos. La curva de su ombligo se alzaba y caía al ritmo de su respiración. Apretando la boca contra él, hundió la punta de la lengua en el apretado círculo, llenándolo por completo. —Jacob… oh, espera… —Ella estaba retorciéndose y trataba de apartarlo. Le agarró las manos y se las presionó contra su propio cuerpo, mientras respiraba con dificultad sobre su estómago. Luchando por dominarse, apoyó la mejilla contra su sedosa piel con toda la gentileza de la que era capaz. —No te haré daño —susurró—. Solo voy a besarte… a saborearte… Su voz sonaba suplicante. —Pero no allí. Jacob no pudo reprimir una sonrisa. Esto era nuevo, esta mezcla de diversión y excitación. —Especialmente allí. —Dejó que sus dedos se deslizaran por la cadera y muslos hasta posarse sobre los rizos suaves—. Quiero conocer cada parte de ti, monisha… Quédate quieta para mí… si, amor, sí… —Se movió hacia abajo, estremecido por el anhelo. Las fragancias íntimas a sal y a piel femenina hicieron que su deseo fuera insoportable. Su boca acarició los cerrados labios íntimos. Los lamió para abrirlos, extrayendo su calor, el sabor de su placer. Daphne permanecía en silencio salvo algunos gemidos que se le escapaban mientras mantenía las piernas abiertas a cada lado de él. Indefensa siguió el giro sinuoso de su lengua, arqueando todo su anhelante cuerpo. La calmó, la provocó con su lengua juguetona como una golondrina al vuelo. La respiración masculina cayó pesadamente sobre la carne húmeda de su esencia erótica. Le introdujo un dedo en su sedosa cueva. Ella soltó un sonido dolorido cuando perdió todo su control y él se maravilló de ello, mientras su boca la castigaba gentilmente. La drenó y atormentó hasta que los suaves gemidos femeninos se convirtieron en sollozos. Ella se apretó, se estremeció, cerrando los dedos sobre el cabello de él, arqueó las caderas con movimientos involuntarios mientras él le lamía cada estremecimiento y cada latido. Después de un rato se movió y la puso contra su cuerpo. Ella alcanzó el cierre de sus pantalones y se afanó en él hasta que le soltó el pantalón de las caderas. La rígida longitud de Jacob quedó liberada. Daphne cerró la mano alrededor de la carne firme, acariciándola hasta que él se estremeció y gimió. Tenía la cara de color carmesí y los ojos entornados. Lo tocó de nuevo, e intentó atraerlo, mientras lo acunaba hacia el interior de sus caderas y piernas instintivamente. Él se resistió, manteniendo su peso suspendido sobre ella, escudándola de la luz de la luna mientras extendía los dedos sobre su cuerpo. Ella se estremeció cuando la punta de su dedo más pequeño rozó la cima de uno de sus pechos. Se lo acarició circularmente mientras admiraba como el pico se endurecía. —Si me deseas, amor —susurró él—, debes decírmelo en Romaní. Por favor. Ciegamente Daphne giró la cabeza y le besó la curva de los antebrazos. —¿Qué debo decir? Él le murmuró suavemente las líricas palabras, esperando pacientemente mientras ella las repetía, ayudándola cuando se equivocaba. Todo ese tiempo estuvo suspendido sobre ella, bajando cada vez más y cuando la última sílaba salió de sus labios, empujó fuertemente en su interior. Daphne se sobresaltó y gritó de dolor, y Jacob quedó dividido entre el pesar por haberla herido y el placer devastador de estar dentro de ella. Sus carnes inocentes se ciñeron alrededor de la extraña invasión, sus caderas se levantaban para apartarlo, pero con cada movimiento que hacía solo lo enterraba más profundamente en su interior. Él intentó calmarla, con caricias, besándole la garganta y los pechos. Tomando una cima rosada dentro de su boca y chupándosela ligeramente, pasó la lengua en ese punto, hasta que se relajó y empezó a gemir. Jacob no pudo dejar de moverse, olvidándose de todo menos de la necesidad de empujar más profundamente en su carne suave y apretada, los calidos miembros femeninos envueltos a su alrededor y su boca jadeante y dulce bajo la suya. Susurró compulsivamente contra sus labios… una palabra, una y otra vez, mientras su éxtasis crecía más y más. —Mandis… mandis…

Mía. Sintiendo como se acercaba su violenta liberación, se retiró y se colocó sobre el terciopelo tembloroso de su estómago. Chorros calientes explotaron entre ellos. Jacob enterró la cabeza en la curva de su cuello y hombros gimiendo. Nada podría nunca igualarse a esto, pensó aturdido. Nada. Los estremecimientos de placer perduraron incluso después de que su corazón regresara a la normalidad y recuperara un poco su habilidad para pensar con claridad. Daphne estaba relajada debajo de él, adormecida y suspirante. Tuvo que obligarse a apartarse, cuando todo lo que quería era deleitarse en ella. Utilizó un pañuelo para limpiarle la sangre y la humedad del cuerpo, le puso el camisón y fue a reaprovisionar el fuego. Cuando regresó para colocarse bajo las mantas, Daphne se acurrucó en el hueco de su brazo. Mirando el chisporroteo del fuego y disfrutando del peso confiado de la cabeza de ella en el hombro, Jacob acarició el cabello que se vertida sobre su brazo. Dormía profundamente, mientras el fuego iluminaba las sombras de sus largas pestañas sobre sus mejillas. Jacob la examinó con la mirada de un amante, absorbiendo cada detalle, el borde rizado de la línea de su cabello, la fina curva de su nariz y sus pequeñas orejas. Deseó mordisqueárselas, jugar con ellas, pero no quería perturbar su sueño. Tiró una colcha sobre su hombro nevado y acomodó un rizo que se había soltado sobre su oreja. Todo había cambiado, pensó. Y no había forma de dar marcha atrás.