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Historia 55483 — capítulo 16

Despues de un capitulo hot! vuelbo con este, espero q os guste y q comenteis mas :/ me teneis contenta!! grrr

El alba. Una palabra perfecta para describir la forma en que la mañana había entrado a retazos en la alcoba, un fragmento de luz se esparcía sobre su cama, otro sobre el suelo entre la ventana y la pequeña chimenea. Daphne parpadeó y permaneció por un rato presa de un entumecimiento. El fuego de la chimenea estaba encendido... debía haber permanecido dormida mientras la doncella encendía la chimenea. Fuego… Ramsay House… los recuerdos cayeron sobre ella con un golpe desagradable, y cerró los ojos. Los abrió nuevamente, pero sin embargo, en ese momento solo pensó en la oscuridad, en la luz de la luna y en la carne ardiente de un hombre. Se le puso la piel de gallina. ¿Qué había hecho? Estaba en la cama, y solo recordaba vagamente que habían montado de regreso cuando todavía estaba oscuro, Jacob la había llevado en su regazo, envuelta entre ropas de cama como si fuera una niña. Cierra los ojos, le había murmurado él, su mano ejerció una reconfortante presión en su cabeza. Y ella había dormido y dormido. Ahora, al entrecerrar los ojos hacia el alegre tictac del reloj, comprendió que era casi mediodía. El pánico invadió su interior, hasta que descubrió que era muy poco práctico aterrarse. No obstante, su corazón bombeó algo que parecía ser demasiado caliente y ligero para ser sangre y la hacía respirar agitada. Le habría gustado creer que todo había sido un sueño, pero su cuerpo aún llevaba impreso el mapa invisible que él le había dibujado con los labios, la lengua, los dientes y las manos. Llevándose las yemas de los dedos a los labios, Daphne sintió que estos estaban más hinchados y más suaves que lo normal… habían sido lamidos y erosionados por la boca de él. Cada pulgada de su cuerpo estaba sensible, incluso esos lugares tiernos que todavía ocultaban un doloroso placer. Una mujer decente debería sentirse avergonzada por sus acciones. Pero Daphne no se arrepentía de nada. La noche había sido tan extraordinaria, tan rica, oscura y dulce, que la conservaría en su memoria para siempre. Había sido una experiencia inolvidable, con un hombre diferente a todos los que había conocido o podría conocer alguna vez. Pero oh, como deseaba que él ya se hubiera marchado. Con algo de suerte, Jacob habría tenido que irse para ocuparse de sus asuntos en Londres. Daphne estaba segura de que no podría volver a mirarlo a los ojos después de lo ocurrido la noche pasada. Ciertamente no necesitaba la distracción que él le ofrecía, cuando tenía tantas cosas que decidir. En cuanto a los recuerdos de su noche con Jacob, todos estaban tan gentilmente refractados como si él fuera un prisma a través del cual hubieran viajados sus sentimientos… ahora no era el momento para pensar en eso. Habría tiempo después. Días, meses, incluso años. No pienses en eso, se dijo severamente a sí misma, mientras salía de la cama. Tocó la campanilla para llamar a una doncella, mientras intentaba cerrar su bata. En menos de un minuto, una robusta doncella de cabellos claros y mejillas sonrosadas apareció. —¿Podría traerme un poco de agua caliente? —le preguntó Daphne. —Aye, Señorita. Puedo traerle un poco aquí arriba, o si quiere, puedo llevársela al cuarto de baño. —La sirvienta hablaba con un cerrado acento de Yorkshire, las erres se le deslizaban ligeramente y las consonantes se adherían a la parte de atrás de su garganta. Daphne asintió ante la segunda sugerencia, recordando el moderno baño de la noche anterior. Siguió a la sirvienta, que se identificó como Betty, fuera del cuarto y a lo largo del pasillo. —¿Cómo están mis hermanas y hermanos? ¿Y el Señor Merripen? —La señorita Winnifred, la señorita Poppy y la señorita Beatrix ya bajaron a desayunar —le informó la sirvienta—. Los dos caballeros aún están acostados. —¿Están enfermos? ¿El Señor Merripen tiene fiebre? —La Señora Briarly, el ama de casa, cree que ambos están bien, señorita. Solo están descansando. —Gracias a Dios. —Daphne decidió que iría a visitar a Merripen cuando estuviera presentable. Las heridas por quemaduras eran peligrosas e imprevisibles, aún le preocupaba que tuviera una recaída. Entraron a un cuarto con paredes de azulejo azul pálido. Había un sillón en una esquina y una gran tina de porcelana en la otra. Una cortina oriental ricamente decorada colgaba del techo y dividía el área para convertirse en un vestidor. El cuarto de baño estaba caliente gracias a la chimenea, había un gran armario abierto en donde se desplegaban pulcramente dobladas pilas de linos de baño, toallas turcas, jabones y artículos de tocador. El agua para el baño era calentada en el mismo cuarto por alguna clase de aparato de gas, que tenía llaves para el agua fría, la caliente o la tibia y cañerías que conducían hacia afuera. Betty abrió las llaves y ajustó la temperatura del agua. Puso ropa blanca para el baño en el sillón, perfectamente alineada. —¿Desea que la atienda durante el baño, señorita? —No, gracias —dijo Daphne enseguida—. Me ocuparé de eso yo misma. Si no le molesta podría traerme la ropa al vestidor que está al lado… —¿Qué ropa, señorita? Eso dejó fría a Daphne. Comprendió que había venido a Stony Cross Manor sin traer nada de ropa. —Oh, Dios. Me pregunto si podrían enviar a alguien a Ramsay House para sacar mis cosas… —Probablemente estén todas estropeadas y llenas de humo, señorita. Pero Lady St. Vincent tiene algunos vestidos en su cuarto, ella y usted tienen casi el mismo tamaño a diferencia de Lady Masen, que es más alta... —Oh, no puedo vestirme con la ropa de Lady St. Vincent —dijo Daphne incómoda. —Me temo que no hay más remedio, señorita. Hay una adorable prenda de lana roja... la sacaré para usted. Como no parecía haber posibilidad de que recuperara ninguno de sus vestidos, Daphne asintió y le murmuró un gracias. Se puso detrás del biombo del vestidor y se quitó la bata, mientras la criada cerraba las llaves y abandonaba el baño. Cuando Daphne se quitó el camisón y lo dejó caer al suelo, vislumbró un destello dorado en su dedo índice izquierdo. Sobresaltada, levantó la mano y la examinó. Era un pequeño anillo de oro estilo sello con una elaborada inicial grabada. Era el anillo que Jacob siempre llevaba puesto en el dedo meñique. Se lo debía haber puesto anoche, mientras dormía. ¿Habría pretendido ser un regalo de despedida? ¿O quizá el anillo tenía algún otro significado para él? Intentó quitárselo y descubrió que estaba firmemente atascado... —Demonios —murmuró, tirando de la cosa en vano. Tomó una barra de jabón del armario y la llevó al baño con ella. El agua caliente le alivió los pequeñísimos dolores y escozores, menguando la molestia entre sus piernas. Suspirando profundamente, Daphne se enjabonó la mano e intentó nuevamente aflojarse el anillo. Pero no importaba cuanto intentara quitárselo, el anillo no se movía. La superficie de la bañera se llenó muy pronto de espuma de jabón, y Daphne maldecía de frustración. No podía permitir que nadie la viera llevando uno de los anillos de Jacob. ¿Cómo en nombre de Dios, iba explicar cómo y por qué lo había conseguido? Después de tirar y retorcer hasta que sus nudillos se hincharon, se rindió y acabó con su baño. Se secó con una toalla turca, que sintió mullida y suave contra la piel. Al entrar en el vestidor que estaba al lado, se encontró con Betty, que la esperaba con un vestido de lana de color vino. —Aquí está el vestido, señorita. Le quedará bien, con todo ese cabello oscuro. —Lady St. Vincent es demasiado generosa. —La pila de delicadas prendas interiores parecía tan prístina como si nunca las hubieran usado. Había un corsé, con los cordones blancos tan aseados como si fueran gasa quirúrgica. —Oh, ella tiene muchos vestidos —le confió Betty, entregándole unos calzones doblados y una camisola—. Lord St. Vincent se preocupa mucho de que su esposa vista como una reina. Podría decirse: Que si ella le pidiera la luna para hacerse un espejo, él encontraría la manera de bajarla para ella. —¿Cómo sabe tanto de ellos? —le preguntó Daphne, mientras se abrochaba el frontal del corsé y Betty se ponía detrás de ella para tirar de los cordones. —Soy la doncella de Lady St. Vincent. Voy a donde quiera que ella va. Me pidió que la atendiera a usted y a las otras señoritas Hathaways, "necesitan tratamiento especial", me dijo, "después de todo lo que han soportado". Daphne contuvo la respiración mientras Betty le apretaba los cordones firmemente. Cuando por fin estuvieron atados, exhaló rápidamente el aire de sus pulmones. —Ha sido muy amable por su parte. Y por la de usted también. Espero que mi familia no sea mucha molestia. Por alguna razón eso provocó una risita. —Ese es el arte de hacer cerveza con limonada, si no le molesta a usted mi refrán, señorita. —Y antes de que Daphne pudiera preguntarle que había querido decir con eso, la sirvienta exclamó—: ¡Que cintura tan pequeña tiene! Espero que el vestido de Lady St. Vincent le ajuste como un guante. Pero antes de probarlo, debe ponerse bien los tubos. Daphne tomó un manojo de tejido negro translucido de sus manos. —¿Los tubos? —Las medias de seda, señorita. Daphne casi las deja caer. Las medias de seda costaban una fortuna. Estas estaban bordadas con flores diminutas que las encarecían aún más. Si las llevara puestas, tendría miedo de arruinarlas. Sin embargo, no parecía tener otra opción, salvo ir sin nada. —Póngaselas —la instó Betty. Con una mezcla de tentación y culpa, Daphne se vistió con la ropa más lujosa que había llevado nunca en la vida. El vestido rayado de seda era absolutamente elegante, la cubría y se amoldaba a su figura de una forma que nunca había logrado su propia ropa. Las mangas rectas se ajustaban a su codo, desde donde se derramaba un fino encaje negro. Ese mismo encaje negro decoraba el dobladillo de la falda sobre la capa que simulaba a una multitud de enaguas. Una faja de raso negro resaltaba la curva de su esbelta cintura y sus puntas cruzadas estaban fijadas a un lado con un broche brillante. Al sentarse ante el tocador, Daphne observó como Betty le trenzaba diestramente el cabello con unas cintas negras. Y como la sirvienta parecía amistosa y habladora, Daphne se aventuró a preguntarle: —Betty… ¿Hace cuanto tiempo conoce Lady St. Vincent al Señor Black? —Desde su niñez, señorita. —Betty sonrió abiertamente—. Ese señor Black, es un encanto de hombre ¿verdad? Si viera usted los disturbios que se producen cuando visita la casa del amo... cada una de nosotras lucha por un turno en el ojo de la cerradura, solo para mirarlo embobadas. —Me pregunto… —Daphne se esforzó por expresarse en un tono casual—. ¿Cree que la relación entre el señor Black y Lady St. Vincent fue alguna vez…? —Oh, no, señorita. Se criaron como hermanos. Algunos afirman que el señor Black es su medio hermano. No sería el único bastardo engendrado por Ivo Turner con toda seguridad. Daphne pestañeó. —¿Cree que esos rumores puedan ser ciertos? Betty agitó la cabeza. —Lady St. Vincent lo niega, dice que no hay ningún parentesco de sangre. Ella y el señor Black no se parecen. Pero ella lo aprecia mucho. —Y con una sonrisa retorcida, Betty agregó—: Nos ha advertido a mí y a las demás sirvientas que mantengamos los ojos apartados de él. Dice que nada bueno podría resultar de eso, quizá muy pronto nos encontraríamos preñadas y abandonadas. Es un pícaro, ese señor Black. Tan encantador como para robarte el azúcar del ponche. —Terminando con el pelo de Daphne, Betty pareció satisfecha y se encaminó a recoger los linos usados que estaban apilados en una silla, incluso su camisón sucio. La sirvienta se detuvo, al menos unos dos o tres segundos, con el camisón en la mano. —¿Debo hacerle una almohadilla de trapos limpios, señorita? — preguntó cuidadosamente—. ¿Para su flujo mensual? Aún ponderando la desagradable frase "preñada y abandonada", Daphne agitó la cabeza. —No, gracias. Todavía no es tiempo de… —Se detuvo un poco asustada cuando vio que la sirvienta miraba las pequeñas manchas de sangre del camisón. Luego palideció. —Sí, señorita. —Doblando el camisón herméticamente entre el bulto de sábanas, Betty le sonrió sin ninguna expresión—. Solo tiene que llamarme y vendré enseguida. —Luego fue hacia la puerta y salió cuidadosamente. Daphne puso los codos sobre la mesa del tocador, y reclinó la frente sobre los puños. Que el cielo la ayudara, habría rumores. Hasta ese momento ella nunca había hecho nada sobre lo que valiera la pena rumorear. —Por favor, por favor que se haya ido —susurró. Bajando las escaleras, Daphne llegó a la conclusión de que después de todo creía en la suerte. Parecía una palabra tan buena como cualquier otra para describir un consistente patrón de eventos. Un resultado fidedigno y predecible para casi cualquier situación. Y la suya resultaba ser mala suerte. Cuando llegó al vestíbulo de entrada, vio a Lady St. Vincent entrando desde la terraza posterior, con las mejillas azotadas por el viento y el ruedo de su vestido arrastrando pedazos de hojas y césped. Parecía un ángel desaliñado, con su adorable y calmado rostro, el cabello rojo ondeando y el rocío juguetón de las pecas esparcidas sobre su nariz. —¿Cómo te sientes? —Lady St. Vincent se acercó inmediatamente a ella y tomó su brazo—. Estás encantadora. Tus hermanas están paseando afuera, excepto Winnifred que está tomando el té en la terraza. ¿No has comido aún? Daphne sacudió la cabeza. —Vamos a la terraza, haremos que te traigan una bandeja. —Si la estoy interrumpiendo… —En absoluto —dijo Lady St. Vincent suavemente—. Vamos. Daphne fue con ella, emocionada y todavía desconcertada por las maneras atentas de Lady St. Vincent. —Milady —dijo—, gracias por dejarme lucir uno de sus vestidos. Se lo devolveré lo antes posible… —Llámame Kathleen —esa fue su calurosa respuesta—. Debes conservar el vestido. Te queda mejor que a mí. Ese tono particular de rojo no combina con mi cabello. —Es usted muy amable —le dijo Daphne, deseando no sonar tan rígida, deseando poder aceptar el regalo sin sentir el peso de la obligación. Pero Kathleen no parecía haber notado su torpeza, solo le cogió la mano y se la puso sobre el brazo mientras caminaban, como si Daphne necesitara ser llevada como una jovencita. —Tus hermanas se sentirán aliviadas de verte levantada. Me dijeron que era la primera vez que ellas recordaban que hubieras permanecido en cama más de lo habitual. —Me temo que no dormí bien. Estaba… preocupada. —El color subió a las pálidas mejillas de Daphne cuando se recordó yaciendo junto al cuerpo de Jacob, las ropas de ambos sueltas, revelando lugares de desnudez y calidez, mientras sus labios y sus manos la exploraban delicadamente. —Si, estoy segura de que… —Después de una rápida vacilación, Kathleen continuó con un tono confuso—. Estoy segura de que tienes muchas cosas que considerar. Siguiendo su mirada, Daphne se dio cuenta de que Kathleen observaba fijamente la mano que descansaba sobre su manga. Había visto el anillo. Los dedos de Daphne se encresparon. Cuando miró a los curiosos ojos azules de la condesa, su mente se quedó en blanco. —Está bien —dijo Kathleen, atrayendo nuevamente la mano de Daphne después de que ella se hubiera retirado, y presionó otra vez de vuelta en su brazo. Sonrió—. Debemos hablar, Daphne. Ya me pareció que él parecía algo raro hoy. Ahora entiendo la razón. No había ninguna necesidad de clarificar quien era "él". —Milady... Kathleen... no hay nada entre el señor Black y yo. Nada. —Sus mejillas ardía con agitado color—. No sé que la hizo pensar en mí. Se detuvieron ante las puertas francesas que se abrían a la parte posterior de la terraza, y Daphne retiró la mano del brazo de Kathleen. Tirando del anillo, que permanecía tercamente sujeto a su dedo, miró a Kathleen con desesperación. Ante su asombro, esta no parecía en absoluto sorprendida o crítica, sino más bien comprensiva. Había algo en su cara, una especie de tierna gravedad, que hizo pensar a Daphne, no es extraño que Lord St. Vincent esté embobado con ella. —Creo que eres una joven capaz —dijo Kathleen—, que ama a sus hermanos y soporta una gran carga de responsabilidad con respecto a ellos. Creo que es una carga pesada para que una mujer la lleve sola. Y también creo que tienes el don de aceptar a la gente como son. Y Jacob sabe lo raro que es eso. Daphne se sentía ansiosa, como si hubiera perdido algo y necesitara recuperarlo rápidamente. —Yo... ¿todavía está aquí? Debería haber partido hacia Londres ya. —Todavía está aquí, hablando con mi marido y con Lord Masen. Cabalgaron hasta Ramsay House temprano esta mañana para ver lo que quedaba de ella, y hacer algunas primeras valoraciones. A Daphne no le gustó pensar en ellos visitando la propiedad sin consultarla a ella o a Leo. La situación estaba siendo manejada como si los Hathaways no fuera más que un grupo de niños indefensos. Cuadró los hombros. —Muy amable por su parte, pero yo puedo encargarme de la situación ahora. Espero que parte de Ramsay House esté todavía habitable, lo cual significará que no necesitaremos abusar de la hospitalidad de Lord y Lady Masen mucho más tiempo. —Oh, debes quedarte —dijo Kathleen rápidamente—. Bella ya ha dicho que seréis bienvenidos a quedaros hasta que Ramsay House esté completamente restaurada. Esta es una casa tan grande, que nunca os entrometeríais en la privacidad de nadie. Y Bella y Lord Masen estarán fuera al menos una quincena. Se marchan a Bristol mañana... junto con Lord St. Vincent y yo misma... a visitar a la hermana menor de Bella, Jessica, que está esperando un hijo. Así que tendréis la mansión para vosotros, más o menos. —Habremos reducido el lugar a un montón de escombros para cuando vuelvan. Kathleen sonrió. —Sospecho que tu familia no es peligrosa en absoluto. —No conoce a los Hathaways. —Sintiendo la necesidad de afirmar su control sobre la situación, Daphne dijo—. Montaré hasta Ramsay House después de tomar algo de desayuno. Si las habitaciones de arriba están en condiciones, mi familia estará de vuelta en casa para el anochecer. —¿Crees que eso es lo mejor para Winnifred? —preguntó gentilmente Kathleen—. ¿O para el señor Merripen, o Lord Ramsay? Daphne se ruborizó, consciente de que estaba siendo irrazonable. Pero la sensación de impotencia, de haber sido despojada de toda autoridad, se estaba alzando en una masa asfixiante. —Tal vez deberías hablar con Jacob —dijo Kathleen—, antes de tomar cualquier decisión. —Él no tiene nada que ver con mis decisiones. Kathleen le lanzó una mirada pensativa. —Perdóname. No debería hacer suposiciones. Es solo que el anillo en tu dedo... Jacob lo lleva desde que tenía doce años. Daphne tiró violentamente del anillo. —No sé por qué me lo dio a mí. Estoy segura de que no significa nada. —Yo creo que tiene un gran significado —dijo Kathleen suavemente—. Jacob ha sido un extraño toda su vida. Incluso cuando vivía con los Rom. Creo que siempre ha esperado secretamente poder encontrar algún día un lugar al que pertenecer. Pero hasta que te conoció, no se le ocurrió que podría no ser un lugar lo que estaba buscando, sino una persona. —Yo no soy esa persona —susurró Daphne—. De veras, no lo soy. Kathleen la evaluó con su amable simpatía. —Es tu decisión, por supuesto. Pero como alguien que conoce a Jacob desde hace mucho, debo decirte... es un buen hombre, de absoluta confianza. —Empujó las puertas francesas, abriéndolas para Daphne—. Tus hermanas están fuera —dijo—. Te enviaré una bandeja. Era un día húmedo y estimulante, el aire estaba saturado de una mezcla de fragancias a paja, rosas y hierbas otoñales. La terraza posterior tenía vistas a acres de jardines meticulosamente atendidos, todos conectados por sendas cubiertas de grava. Había mesas y sillas colocadas sobre el suelo de losas de piedra. Ya que la mayor parte de los invitados de Lord Masen habían partido tras la conclusión de la última partida de caza, la terraza estaba en su mayor parte desocupada. Viendo a Win, Poppy y Beatrix a la mesa, Daphne avanzó hacia ellas ansiosamente. —¿Cómo estás? —preguntó a Win—. ¿Has dormido bien? ¿Has tosido? —Estoy bastante bien. Estábamos preocupadas por ti... nunca te he visto dormir tanto a menos que estés enferma. —Oh, no, no estoy enferma, no podría estar mejor. —Daphne le dedicó una radiante sonrisa. Miró a sus otras hermanas, que llevaban ambas vestidos nuevos, Poppy en amarillo y Beatrix en verde—. Beatrix... estás encantadora. Como una joven dama. Sonriendo, Beatrix se levantó y ejecutó un lento giro para ella. El vestido verde pálido, con su corpiño intrincadamente plegado y adornado, ribeteado con un aderezo verde oscuro, le iba perfectamente, la falda caía hasta el suelo. —Lady Masen me lo dio —dijo—. Perteneció a su hermana menor, que ya no puede llevarlo porque está en estado. —Oh, Bea... —Viendo el placer de su hermana con su vestido de adulta, Daphne sintió una punzada de pesaroso orgullo. Beatrix debería asistir a una escuela superior, donde aprendería francés y arreglos florares, y todas las gracias sociales de las que el resto de los Hathaways carecían. Pero no había dinero para eso... y a este paso, nunca lo habría. Sintió la mano de Win deslizarse en la suya y le dio un pequeño apretón. Bajando la mirada a los comprensivos ojos azules de Win, suspiró. Se quedaron todavía un rato con las manos cogidas dándose apoyo mutuo. —Daphne —murmuró Win—, siéntate a mi lado. Quiero preguntarte algo. Daphne se dejó caer en la silla, lo cual le proporcionó una perspectiva ventajosa de los jardines. Sintió una aguda punzada de reconocimiento en el pecho cuando vio a un trío de hombres caminando lentamente a lo largo un seto de tejo, la oscura y grácil figura de Jacob estaba entre ellos. Como sus acompañantes, Jacob vestía pantalón de montar y botas altas de cuero, pero en vez de la tradicional casaca de montar y chaleco, llevaba una camisa blanca con un chaleco, un chaleco abierto sin cuello de cuero fino. La brisa jugaba con los mechones negros de su cabello, alzando los brillantes rizos y dejándolos posarse otra vez. Mientras los tres hombres caminaban, Jacob interactuaba con lo que le rodeaba de una forma que los otros dos no, recogiendo una hoja vagabunda del seto, arrastrando la palma de la mano por encima de la hierba alta. Y aun así Daphne estaba segura de que no se perdía una palabra de la conversación. Aunque era imposible que nada le hubiera alertado de la presencia de Daphne, se detuvo y miró sobre el hombro en su dirección. Incluso a través de la distancia de veinte metros, el cruce de sus miradas le provocó un pequeño sobresalto. Cada pelo de su cuerpo se erizó. —Daphne —preguntó Win—, ¿has llegado a algún tipo de acuerdo con el señor Black? La boca de Daphne se quedó seca. Enterró la mano izquierda, la que tenía el anillo, entre los pliegues de su falda. —Por supuesto que no. ¿De dónde has sacado esa idea? —Él, Lord Masen y Lord St. Vincent han estado hablando desde que regresaron de Ramsay House esta mañana. No pude evitar oír retazos de su conversación cuando estaban en la terraza. Y las cosas que decían... la forma en que el señor Black se expresaba... sonaba como si estuviera hablando por nosotros. —¿Qué quieres decir con, hablando por nosotros? —preguntó Daphne indignada—. Nadie habla por los Hathaways excepto yo. O Leo. —Parece estar tomando decisiones sobre lo que debe hacerse, y cuando. —Win añadió con un susurro abochornado—. Como si fuera el cabeza de familia. Daphne estaba inundada de indignación. —Pero no tenía ningún derecho... no sé por qué pensaría... oh, Señor. Esto tenía que acabar ya mismo. —¿Estás bien, querida? —preguntó Win preocupada—. Estás pálida. Aquí tienes, toma algo de té. Consciente de que sus tres hermanas la miraban fijamente con los ojos como platos, Daphne tomó la taza de porcelana y la vació en unos pocos tragos. —¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí, Daphne? —preguntó Beatrix—. Esto me gusta mucho más que nuestra casa. Antes de que Daphne pudiera responder, Poppy interrumpió. —¿Dónde has conseguido ese precioso anillo? ¿Puedo verlo? Daphne se levantó bruscamente. —Perdonadme... tengo que hablar con alguien. —Cruzó a zancadas la terraza y se apresuró a bajar los curvados escalones hasta el paseo del jardín. Cuando se aproximaba a los tres hombres, que habían hecho una pausa junto a una urna de piedra llena de dalias, Daphne oyó unos pocos retazos de conversación, tales como "...extender los cimientos existentes..." y "...el remanente de piedra excavada de Turner's y lo transportaré hasta aquí..." Seguramente no estarán hablando de Ramsay House, pensó con creciente alarma. No debían ser conscientes de lo miserable que era la renta anual de los Hathaways. Su familia no podía afrontar los materiales y el trabajo de reconstrucción. Al ser conscientes de su presencia, los tres hombres se giraron. Lord Masen lucía una expresión amable y preocupada, donde Lord St. Vincent parecía simpático pero distante. La cara de Jacob era ilegible, su mirada la recorrió con una rápida y concienzuda pasada. Daphne asintió con la cabeza como saludo. —Buenos días, caballeros. —Se fortaleció a sí misma para no sobresaltarse mientras alzaba la mirada hasta la cara oscura de Jacob—. Señor Black, creía que se habría marchado ya. —Partiré hacia Londres pronto. Bien, pensó ella. Eso era lo mejor. Pero su corazón palpitó con un latido extra doloroso. —Y volveré en una semana —la sorprendió Jacob añadiendo tranquilamente—. Junto con un ingeniero y un maestro de obras para evaluar las condiciones de Ramsay House. Daphne estaba sacudiendo la cabeza antes incluso de que él hubiera terminado. —Señor Black, no deseo parecer desagradecida, pero eso no será necesario. Mi hermano y yo decidiremos el mejor proceder. —Su hermano no está en condiciones de decidir nada —interrumpió Lord Masen—. Señorita Hathaway, son ustedes bienvenidos a permanecer en Stony Cross Manor indefinidamente. —Es usted muy generoso, milord. Pero ya que Ramsay House está todavía en pie, viviremos allí. —Apenas era adecuada antes del incendio —dijo Jacob—. Tal y como están las cosas ahora, yo no dejaría que un perro entrara allí. La mayor parte del lugar tendrá que ser destruido hasta los cimientos. Daphne frunció el ceño. —Entonces nos mudaremos a la casa del guarda en la carretera de acceso. —Ese lugar es demasiado pequeño para todos vosotros. Y está en malas condiciones. —Eso no es de su incumbencia, señor Black. Jacob le lanzó una larga y atenta mirada. Había algo nuevo allí, comprendió ella. Algo que hizo que sus entrañas se tensaran de aprensión y confusión. —Tenemos que hablar en privado —dijo él. —No, no tenemos. —Todos sus nervios chillaron con alarma cuando vio las miradas que los tres hombres intercambiaban. —Con su permiso —murmuró Lord Masen—, nosotros nos retiramos. —No —dijo Daphne velozmente—, no tienen que marcharse, de veras, no hay ninguna necesidad... —Su voz decayó cuando quedó claro que no se requería su permiso. Siguiendo a Masen, Lord St. Vincent se detuvo justo lo necesario para murmurar a Amelia: —Aunque la mayoría de los consejos debieran ser cuestionados, particularmente cuando provienen de alguien como yo... mantenga la mente abierta, señorita Hathaway. Uno nunca debería morder la mano de un marido rico. —Le guiñó un ojo y partió, atravesando la terraza junto con Masen. Atónita, Daphne sólo pudo formular una palabra. —¿Marido? —Les dije que estábamos prometidos. —Jacob le cogió el brazo con un apretón tierno pero inflexible y la guió hasta el otro lado del tejo, donde no podían ser observados desde la casa. —¿Por qué? —Porque lo estamos. —¿Qué? Se detuvieron al abrigo del seto. Consternada, Daphne levantó la mirada a sus cálidos ojos avellana. —¿Estás loco? Tomando su mano, Jacob la alzó hasta que el anillo brilló a la luz del sol. —Llevas mi anillo. Te acostaste conmigo. Hiciste promesas. Muchos Rom dirían que eso constituye un matrimonio en toda la extensión de la palabra. Pero solo para asegurarnos de que sea legal, lo haremos también al modo de los gadjos. —¡No haremos tal cosa! —Daphne arrebató su mano de la de él y retrocedió—. Solo llevo este anillo porque no puedo quitarme la maldita cosa. ¿Y qué quieres decir con que hice promesas? ¿Esas palabras romany que me pediste que repitiera eran una especie de voto? ¡Me engañaste! No quería decir lo que dije. —Pero te acostaste conmigo. Se ruborizó de vergüenza y ultraje, y se pasó una manga por la frente sudorosa. Girándose y alejándose de él, avanzó a grandes pasos a lo largo de un camino de grava que conducía profundamente al interior del jardín. —Eso no significó nada tampoco —dijo sobre su hombro. Él le mantuvo el paso fácilmente. —Significó algo para mí. El acto sexual es sagrado para un Roma. Ella soltó un resoplido. —¿Y qué hay de todas las damas a las que sedujiste en Londres? ¿También fue sagrado cuando te acostaste con ella? —Durante un tiempo caí en las impuras costumbres de los gadjos —dijo él inocentemente—. Ahora me he reformado. Daphne le lanzó una mirada de reojo. —Tú no deseas esto. No me deseas a mí. Una noche no puede cambiar el curso entero de la vida de alguien. —Por supuesto que puede. —Extendió la mano hacia ella, y Daphne se alejó, pasando junto a la fuente de una sirena rodeada por bancos de piedra. Jacob la cogió por detrás y tiró de ella contra sí. —Deja de huir de mí y escucha. Te deseo. Te deseo incluso sabiendo que casándome contigo consigo una familia instantánea, con un cuñado suicida y todo, y un criado gitano con el temperamento de un oso rabioso. —Merripen no es un criado. —Llámale como quieras. Él viene con los Hathaways. Lo acepto. —Ellos no te aceptarán a ti —dijo ella desesperadamente—. No hay lugar para ti en nuestra familia. —Si lo hay. Justo a tu lado. Respirando con dificultad, Daphne sintió la mano de él vagar sobre la parte delantera de su cuerpo. Si bien sus pechos estaban constreñidos por un corsé acolchado, la presión de la mano sobre su corpiño le provocó un estremecimiento. —Sería desastroso. —El calor trepó por sus pechos, garganta y cara—. Te resentirías conmigo por quitarte tu libertad... y yo contigo por privarme de la mía. No puedo prometer que te obedeceré, o que aceptaré tus decisiones y nunca más expresaré mis propias opiniones. —No tiene porque ser así. —¿Oh? ¿Jurarás que nunca me ordenarás hacer nada contra mi voluntad? Jacob la giró para que le enfrentara, sus dedos gentiles sobre la ardiente superficie de la mejilla. Consideró la pregunta cuidadosamente. —No —dijo finalmente—. No podría jurar eso. No si creyera que es por tu propio bien. Por lo que Daphne concernía, eso terminaba con el debate. —Siempre he sido yo la que ha decidido qué es por mi propio bien. No te cederé ese derecho ni a ti, ni a nadie. Jacob le acarició ligeramente el lóbulo de la oreja, trazando el costado de su garganta. —Antes de que tomes una decisión definitiva, hay cosas que deberías considerar. Hay otras cosas aparte de nosotros dos en la picota. —Cuando Daphne intentó alejarse de él, la aferró por las caderas y la obligó a quedarse—. Tu familia tiene problemas, mi amor. —Eso no es nada nuevo para nosotros. Siempre tenemos problemas. Jacob le concedió el punto. —Aún así, las cosas se van a poner tan mal que estarás mejor incluso siendo la esposa de un roma... que intentando ocuparte de todo por ti misma. Daphne deseó hacerle entender que sus objeciones no tenían nada que ver con su herencia gitana. Pero él estaba hablando de nuevo, con la cara cerca de la suya. —Cásate conmigo, y yo restauraré Ramsay House. Lo convertiré en un palacio. Lo consideraremos parte de tu precio de novia. —¿Mi qué? —Una tradición romany. El novio paga una suma a la familia de la novia antes de la boda. Lo cual significa que también saldaré las cuentas de Leo en Londres... —¿Todavía te debe dinero? —A mí no. A otros acreedores... —Oh, no —dijo Daphne, su estómago dio un vuelco. —Yo me ocuparé de ti y de tu familia —continuó Jacob con implacable paciencia—. Ropa, joyas, caballos, libros... una escuela para Beatrix... una temporada en Londres para Poppy. Los mejores médicos para Winnifred. Podrá ir a cualquier clínica del mundo. —Una pausa calculada—. ¿Te gustaría volver a verla bien? —Eso no es justo —susurró ella. —A cambio, todo lo que tendrás que hacer es darme lo que yo quiero. —Su mano subió desde la muñeca, deslizándose por la línea del brazo. Un placer delicado que corrió bajo las capas de seda y lana. Daphne luchó por normalizar su voz. —Me sentiría como si estuviera haciendo un pacto con el diablo. —No, Daphne. —Su voz era oscuro terciopelo—. Solo conmigo. —Ni siquiera estoy segura de qué es lo que quieres. La cabeza de Jacob bajó hacia la suya. —Después de la noche pasada, encuentro difícil creer eso. —Podrías conseguir a incontables mujeres. Mucho más baratas, debo añadir, y con muchos menos problemas. —Te deseo a ti. Solo a ti. —Una breve y en cierto modo incómoda pausa. La boca de él se retorció—. Las demás mujeres con las que he estado... fui una novedad para ellas. Alguien diferente a sus maridos. Deseaban mi compañía por la noche, pero no durante el día. Nunca fui su igual. Y nunca quedé satisfecho tras estar con ellas. Contigo, es diferente. Daphne cerró los ojos cuando sintió la ardiente caricia de la boca de él contra su frente. —Fue muy malvado por tu parte dormir con mujeres casadas —dijo con dificultad—. Tal vez si hubieras probado a cortejar a una respetable... —Vivo en un club de apuestas. —Una sutil diversión atemperaba su voz—. He conocido a muy pocas mujeres respetables. Y... excluyendo la presente compañía... nunca me he llevado bien con ellas. —¿Por qué no? La boca de él vagó gentilmente a lo largo del costado de su cara. —Al parecer las pongo nerviosas. Daphne saltó ante el toque de la lengua en su lóbulo. —No puedo imaginar por qué. Jugueteó con su oreja, capturando el contorno delicadamente entre los dientes. —Admito que no será fácil estar casada con un hombre romany. Somos posesivos. Celosos. Preferimos que nuestras esposas nunca toquen a otro hombre. No tendrás derecho a negarte a mí en nuestra cama. —Sus labios cubrieron los de ella en un beso abrasador, su lengua explorando profundamente—. Pero bueno, no desearás hacerlo. —Otro largo y perezoso beso, y después Jacob dijo contra su boca—. Tendrás el aspecto de una mujer bien amada, monisha. Daphne se vio obligada a abrazarse a él en busca de equilibrio. —Me dejarás, tarde o temprano. —Te juro que no lo haré. Finalmente he encontrado mi atchentan. —¿Tu qué? —Mi lugar definitivo. —No sabía que los romas tuvieran lugares definitivos. —No los tienen en absoluto, yo soy uno de los pocos que sí. —Sacudiendo la cabeza, Jacob añadió con tono descontento—. Mi espalda está magullada tras dormir en el suelo toda la noche. Mi mitad gadjo finalmente sale a relucir. Daphne agachó la cabeza y presionó una sonrisa temblorosa contra la fresca suavidad del chaleco de cuero. —Esto es una locura —masculló. Jacob la abrazó más firmemente. —Cásate conmigo, Daphne. Tú eres lo que deseo. Eres mi destino. —Deslizó una mano hasta la parte de atrás de su cabeza, aferrando las trenzas y cintas para mantenerle la boca inclinada hacia arriba—. Di sí. —Le mordisqueó los labios, lamiéndolos, abriéndolos. La besó hasta que ella se contorsionó entre sus brazos, con el pulso galopando—. Dilo, Daphne, y sálvame de tener que pasar una noche con otra mujer. Dormiré a cubierto. Me cortaré el cabello. Que Dios me ayude, creo que incluso llevaré un reloj de bolsillo si eso te complace. Daphne se sentía mareada, incapaz de pensar. Se apoyó indefensa contra el duro soporte del cuerpo de él. Él lo era todo, cada respiración, latido, parpadeo, temblor. Le oyó pronunciar su nombre, su voz parecía llegar desde una gran distancia. —Daphne... —Jacob la sacudió un poco, preguntando algo, repitiendo las palabras hasta que comprendió que quería saber cuando había comido por última vez. —Ayer —se las arregló para responder. Jacob no parecía tan comprensivo como molesto. —No me sorprende que estés a punto de desmayarte. No has comido nada y apenas has dormido. ¿Cómo vas a ser útil a nadie cuando no puedes arreglártelas para ocuparte de tus propias necesidades básicas? Ella habría protestado, pero él no le dio oportunidad de explicar nada. Colocándole un brazo duro alrededor de la espalda, la llevó de vuelta a la casa, ofreciendo cáusticos consejos durante todo el camino. Daphne pareció haber agotado toda su fuerza con la ascensión por la escalera de atrás. Para cuando alcanzaron lo alto de la escalera, Bella, Lady Masen, estaba allí, su mirada sombría recorriendo a Daphne con preocupación. —Tiene aspecto de estar a punto de vomitar sus buñuelos —dijo sin preámbulos—. ¿Qué ocurre? —Me he declarado —dijo Jacob concisamente. Las cejas de Bella se alzaron. —Estoy bien —le dijo Daphne—. Solo un poco hambrienta. Bella los acompañó cuando Jacob llevó a Daphne a la mesa de sus hermanas. —¿Ha aceptado? —le preguntó a Jacob. —Aún no. —Bueno, no me sorprende. Es imposible que una mujer considere una proposición matrimonial con el estómago vacío. —Bella estudió a Daphne con preocupación—. Estás muy pálida, querida. ¿Quieres que te lleve dentro a echarte en alguna parte? Daphne sacudió la cabeza. —Gracias, no. Lamento estar montando una escena. —Oh, no estás montando ninguna escena —dijo Bella—. Créeme, esto no es nada comparado con lo que normalmente ocurre por aquí. —Sonrió tranquilizadoramente—. Si hay algo que necesites, Daphne, solo tienes que preguntar. Jacob condujo a Daphne hasta sus hermanas. Ella se dejó caer agradecidamente en una silla, delante de un plato repleto de lonchas de jamón, pollo, ensaladas varias, y un plato de pan. Para su asombro, Jacob tomó la silla que estaba a su lado, cortó un trozo de algo sobre el plato, y lo atravesó con un tenedor. Sostuvo el bocado contra los labios de Daphne. —Empieza con esto. Ella frunció el ceño. —Soy perfectamente capaz de alimentarme por... — El tenedor fue empujado al interior de su boca. Daphne continuó fulminándole con la mirada mientras masticaba. Cuando tragó, solo pudo articular unas pocas palabras—. Dame eso... —antes de que él le metiera otro bocado dentro. —Si vas a cuidar tan penosamente de ti misma —la informó Jacob—, algún otro tendrá que ocuparse de la tarea. Daphne cogió un trozo de pan y lo mordió con ganas. Aunque anhelaba decirle que era culpa suya que hubiera dormido tan poco y haberse por tanto perdido el desayuno, no podía decir ni una palabra con sus hermanas presentes. Mientras comía notó que el color volvía a sus mejillas. Era consciente de la conversación que estaba teniendo lugar a su alrededor, las jóvenes hermanas Hathaway estaban preguntando a Jacob sobre el estado de Ramsay House, y lo que quedaba de ella. Un coro de gemidos saludó a la revelación de que la habitación de las abejas había quedado intacta, y el enjambre estaba todavía vivito y coleando. —Supongo que nunca nos libraremos de esas malditas abejas —exclamó Beatrix. —Lo haremos —dijo Jacob. Su mano bajó hasta el brazo de Daphne, que descansaba sobre la mesa. Su pulgar encontró las delicadas venas azules del interior de la muñeca y acarició el agitado latido del pulso—. Me ocuparé de que cada una de ellas sea erradicada. Daphne no le miró. Cogió una taza de té con la mano libre y tomó un cuidadoso sorbo. —Señor Black —oyó preguntar a Beatrix—, ¿va a casarse con mi hermana? Daphne se atragantó con su té y bajó la taza. Escupió y tosió en su servilleta. —Calla, Beatrix —murmuró Win. —Pero ella lleva su anillo... Poppy colocó su mano sobre la boca de Beatrix. —¡Calla! —Puede ser —replicó Jacob. Sus ojos chispeaban con malicia mientras continuaba—. Encuentro a vuestra hermana bastante falta de sentido del humor. Y no parece particularmente obediente. Por otro lado... Una de las puertas francesas se abrió de golpe, acompañada por el sonido de cristal roto. Todo el mundo en la terraza posterior levantó la mirada sobresaltado, los hombres levantándose de sus sillas. —No —llegó el suave grito de Win. Merripen estaba allí de pie, habiéndose arrastrado fuera de su lecho de enfermo. Estaba vendado y desarreglado, pero parecía lejos de sentirse indefenso. Tenía el aspecto de un toro embravecido, con la oscura cabeza baja, las manos apretadas en enormes puños. Y su mirada, que prometía muerte, estaba firmemente posada en Jacob. Resultaba inconfundible la sed de sangre de un roma cuya pariente había sido deshonrada. —Oh, Dios —masculló Daphne. Jacob, que estaba de pie junto a su silla, la miró interrogativamente. —¿Le has dicho algo? Daphne se puso roja al recordar su camisón manchado de sangre y la expresión de la doncella. —Deben haber sido rumores de sirvientes. Jacob miró al rabioso gigante con resignación. —Debes estar de suerte —dijo a Daphne—. Parece que nuestro compromiso va a terminar prematuramente. Ella hizo intento ponerse de pie a su lado, pero él la presionó de vuelta a la silla. —Quédate fuera de esto. No quiero que resultes herida en la refriega. —Él no me haría daño —dijo Daphne cortante—. Es a ti al que quiere matar. Sosteniendo la mirada de Merripen, Jacob se alejó lentamente de la mesa. —¿Hay algo que quieras discutir, chal? —preguntó con admirable ecuanimidad. Merripen replicó en Romany. Aunque nadie salvo Jacob entendió lo que decía, quedó claro que no era nada alentador. —Voy a casarme con ella —dijo Jacob, como si eso pudiera pacificarle. —¡Eso lo hace aún peor! —Merripen avanzó, con el asesinato reflejado en sus ojos. Lord St. Vincent intercedió velozmente, deteniéndose entre la pareja. Como Jacob, había tenido su propia ración de puños en el club de apuestas. Alzó las manos en ademán tranquilizador y habló suavemente. —Tranquilo, tipo duro. Estoy seguro de que podremos encontrar una forma de resolver nuestras diferencias de modo razonable. —Sal de mi camino —gruñó Merripen, poniendo fin a la opción del debate civilizado. La expresión simpática de St. Vincent no se vio alterada. —Tienes razón. No hay nada más fastidioso que ser razonable. Yo mismo lo evito siempre que es posible. Aun así, me temo que no podéis pelearos cuando hay señoras presentes. Podría darles ideas. El negro ceño de Merripen se trasladó hasta las hermanas Hathaway, demorándose un segundo extra en la cara pálida y delicada Win. Dio una ínfima sacudida de cabeza, silenciosamente dispuesto a ser aplacado. A reconsiderarlo. —Merripen... —comenzó Daphne ásperamente. La escena era mortificante. Pero al mismo tiempo la conmovía que Merripen se mostrara tan protector con su honor. Jacob la silenció con un toque en el hombro. Dirigió una fría mirada a Merripen y dijo: —No delante de los gadjos. —Señalando con la cabeza en dirección a los jardines de atrás y se dirigió a la escalera de piedra. Después de una amenazadora vacilación, Merripen le siguió.