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Historia 55483 — capítulo 17
Espero q os guste y espero mas de 4 comentarios :/
Cuando los dos hombres estuvieron fuera de su vista, lord Masen le dijo a St. Vincent: —Quizá debieramos vigilarlos para impedir que se maten. St. Vincent negó con la cabeza, mientras se relajaba en la silla. Alcanzó la mano de su Kathleen y comenzó a jugar con sus dedos. —Créeme, Black tiene la situación controlada. Su oponente puede que sea un poco más grande, pero Black tiene la considerable ventaja de haber crecido en Londres, donde interactuó con criminales y renombradas bestias violentas —sonriendo a su esposa, agregó—: Y esos eran solo nuestros empleados. Daphne no sentía miedo por Jacob. La lucha entre los dos hombres podría compararse a empuñar un garrote contra un estoque… el estoque, con su elegancia y destreza superior, ganaría. Pero semejante resultado entrañaría otros peligros. Con la posible excepción de Leo, los Hathaway estaban intensamente apegados a Merripen. Las chicas no perdonarían fácilmente a alguien que le hiciera daño. Sobre todo Win. Mirando fijamente a su hermana, Daphne empezó a decirle algo consolador, pero comprendió por la expresión de Win, que esta no tenía miedo ni sentía impotencia. Win estaba furiosa. —Merripen está herido —dijo Win—. Debería estar descansando, no corriendo detrás del señor Black. —¡No es culpa mía que se haya levantado de su lecho de enfermo! —protestó Daphne con un susurro de indignación. Los ojos azules de Win se entrecerraron. —Has hecho algo para calentar los ánimos de todos. Y es bastante obvio que sea lo que sea lo que hayas hecho, el señor Black estuvo involucrado en ello. Poppy, que estaba escuchando ansiosamente, no pudo evitar inmiscuirse: —Íntimamente involucrado. Las dos hermanas mayores la miraron fijamente y dijeron al unísono: —Cállate, Poppy. Poppy frunció el ceño. —He estado esperando toda mi vida a que Daphne se desvíe del camino recto y estrecho. Ahora que ha pasado voy a disfrutarlo. —Yo también lo disfrutaría —dijo Beatrix melancólicamente—, si tan solo supiera de qué estamos hablando.
Jacob lideró el camino a lo largo del seto, dirigiéndose hacia el exterior de la finca hasta que alcanzaron una senda que conducía hacia el bosque. Se detuvieron a un lado del macizo de hierbas de San Juan, sus flores doradas estaban completamente abiertas, y los juncos les pinchaban con las espinas entalladas de sus hojas. Engañosamente relajado, Jacob cruzó los brazos despreocupadamente sobre el pecho. Estaba perplejo por la actitud del enorme y colérico chal: un romaní con aires de solitario. El misterioso Merripen no tenía afiliación con ninguna tribu gitana, en su lugar, había escogido convertirse en el perro guardián de una familia gadje. ¿Por qué? ¿Qué les debía? Quizá Merripen era un mahrime: término usado por los romaníes para designar a una persona indigna de confianza. En ese caso, Jacob se preguntó lo que Merripen había hecho para merecer tal estatus. —Te has aprovechado de Daphne —dijo Merripen. —Eso no te incumbe —dijo Jacob en romaní—, pero ¿cómo lo has averiguado? Las enormes manos de Merripen se curvaron como si deseara hacerlo pedazos. El mismo demonio no podría tener los ojos más negros ni más ardientes. —Habla en inglés —dijo severamente—. No me gusta el antiguo idioma. Frunciendo el ceño con curiosidad, Jacob le obedeció rápidamente. —Las sirvientas hablan de ello —le contestó Merripen—. Las oí cuando estaban detrás de mi puerta. Has deshonrado a un miembro de mi familia. —Lo sé —dijo Jacob quedamente. —No eres lo suficientemente bueno para ella. —También eso lo sé —mirándolo con intensidad, Jacob preguntó —: ¿La quieres para ti, chal? Merripen pareció mortalmente ofendido. —Es como una hermana para mí. —Eso está bien. Porque quiero que sea mi esposa. Y por lo que puedo ver —hizo un gesto amplio con las manos—, no hay exactamente colas para ayudar a los Hathaway. Así que tal vez pueda ayudar a la familia. —No necesitan tu dinero. Ramsay tiene una asignación anual. —Ramsay morirá muy pronto. Ambos lo sabemos. Y después de que estire la pata, el titulo irá a parar al siguiente pobre bastardo en la línea de sucesión, y entonces habrá cuatro hermanas Hathaway solteras, con pocas habilidades prácticas. ¿Qué crees que será de ellas? ¿Y qué hay de la inválida? Necesitará cuidados médicos… —¡No es ninguna inválida! —Merripen adoptó una pose inexpresiva, pero no antes de que Jacob viera una llamarada de extraordinaria emoción, algo feroz y atormentado. Al parecer, pensó Jacob, no todas las Hathaway eran como hermanas para Merripen. Quizá esa fuera la clave para manipularlo. Tal vez Merripen albergaba una pasión secreta por una mujer que era demasiado inocente para comprenderlo y demasiado frágil como para casarse. —Merripen —dijo Jacob despacio—, vas a tener que encontrar la manera de tolerarme. Porque hay cosas que puedo hacer por Daphne y las demás, que tú no puedes —continuó con su tono sosegado a pesar de que la mirada en la cara de Merripen podría haber aterrado a un hombre normal—: No tengo paciencia para estar peleándome contigo continuamente. Si deseas lo mejor para ellas, entonces aléjate o acéptalo. Yo no me voy a marchar a ninguna parte. Mientras el enorme chal lo miraba fijamente, Jacob podía casi percibir la progresión de sus pensamientos, como sopesaba sus opciones, el deseo violento de desgarrar a su enemigo, todo eclipsado por el impulso y la necesidad de hacer lo correcto para su familia. —Además —dijo Jacob— si Daphne no se casa conmigo, el gadjo la perseguirá. Y sabes que conmigo estará mejor. Merripen estrechó los ojos. —Frost le rompió el corazón. Tú tomaste su inocencia. ¿Por qué te hace eso mucho mejor? —Porque no voy a abandonarla. A diferencia de los gadjos, los Rom somos fieles a nuestras mujeres. —Hizo una pausa y contó cinco segundos antes de agregar deliberadamente—. Probablemente sabes eso mejor que yo. Merripen fijó su furiosa mirada en un punto en la distancia. —Si le haces daño de algún modo… —dijo finalmente— Te mataré. —No será necesario. —Sin embargo te mataré. Jacob sonrió ligeramente. —Te sorprendería saber cuanta gente me han dicho eso antes. —No —dijo Merripen—. No me sorprendería.
Daphne se detuvo nerviosamente ante la puerta de Jacob. Se oían movimientos dentro, cajones que se abrían y se cerraban, objetos siendo movidos. Comprendió que seguramente se estaba preparando para partir hacia Londres. Los residentes e invitados de Stony Cross Manor se habían alejado a la terraza posterior cuando Jacob y Merripen habían vuelto. Daphne había visto a Merripen regresar a su cuarto, profundizando su ceño feroz mientras la miraba fijamente. Había abierto la boca para preguntarle algo, para disculparse, no estaba segura de qué, pero él la cortó: —Es tu elección —murmuró—. Y nos afecta a todos nosotros. No te olvides de eso. Le cerró la puerta en la cara antes de que pudiera decirle ni una palabra. Mirando arriba y abajo por el pasillo, Daphne se aseguró de no estar siendo observada antes de golpear suavemente la puerta y entrar en la habitación. Jacob empujaba una pila de ropa pulcramente plegada a un pequeño baúl para caballero colocado al pie de la cama. Levantó la mirada hacia ella, con una cortina de seda negra deslizándose sobre sus ojos. Era tan vibrante, tan oscuro y hermoso, su piel era de un color rosa palo brillante. La voz de Daphne salió temblorosa mientras su garganta se constreñía. —Temí que Merripen te hiciera pedazos. Apartándose de la cama, y yendo hacia ella, Jacob le sonrió: —Aún estoy entero. Cuando Daphne miró los delgados y fascinantes contornos de su cuerpo, sintió como su temperatura se elevaba. Se giró y habló rápidamente. —He considerado todo lo que me dijiste antes. He tomado una decisión. Pero primero me gustaría explicarte que no tiene nada que ver con tus cualidades personales que son bastante considerables. Simplemente es que… —¿Mis cualidades personales? —Sí. Tu inteligencia. Tu atractivo. —Oh. Preguntándose por qué razón su voz sonaba tan extraña, Daphne le lanzó una mirada inquisitiva. Sus ojos ambarinos brillaban de risa. ¿Había dicho algo divertido? —¿Estás prestándome atención? —Créeme, cuando se discuten mis cualidades personales, siempre presto atención. Continúa. Ella frunció el ceño. —Señor Black aunque he considerado su oferta como un gran honor, y debido a que las circunstancias presentes son… —Vayamos al grano Daphne —Posó las manos sobre sus hombros—. ¿Vas a casarte conmigo? —No puedo —dijo débilmente—. Simplemente no puedo. No somos compatibles. Resulta obvio que no tenemos nada en común. Eres impetuoso. Tú tomas decisiones que afectan a toda tu vida en un abrir y cerrar de ojos. Mientras que yo, escojo un camino y nunca me aparto de él. —Anoche te apartaste. Y mira lo bien que salió —sonrió abiertamente ante su expresión—. No soy impetuoso, amor. Simplemente sé cuando algo es demasiado importante como para decidirlo con lógica. —¿Y el matrimonio es una de esas cosas? —Por supuesto —le puso una mano en el pecho, sobre el latido salvaje de su corazón—. Tienes que decidirlo aquí. Daphne sentía como el pecho se le encogía bajo el calor de su mano. —Solo te conozco de unos pocos días. Todavía somos extraños. No puedo confiar el futuro de toda mi familia a un hombre al que ni siquiera conozco. —Una pareja puede estar casada cincuenta años sin llegar a conocerse nunca. Además, ya sabes las cosas más importantes de mí. Daphne oyó un fastidioso tamborileo, y al principio pensó que era el salvaje latido de su corazón. Pero cuando la pierna de Jacob se enterró suavemente contra los pliegues de su vestido prestado y tocó la suya, comprendió que estaba golpeando el suelo con el pie otra vez. Con algo de esfuerzo, se quedó inmóvil. Deslizando un brazo alrededor de ella, Jacob tomó su mano izquierda y se la llevó a la boca. Sus labios acariciaron la mancha roja y ardiente de su nudillo, donde se había hecho daño al intentar sacar el anillo. —Está atascado —refunfuñó ella—. Es demasiado pequeño. —No es demasiado pequeño. Solo relaja la mano y se caerá. —Mi mano está relajada —Gadjis —dijo—. Todas sois tan rígidas como la madera de amaranto. Deben ser vuestros corsés —inclinó la cabeza, su boca encontró la de ella. La exploró despacio, incitándola a abrirse a él, cazando la tímida punta de su lengua. Casi se desmaya cuando se percató de que le estaba desabrochando la parte trasera del vestido. El corpiño se soltó, resbalándose por sus recluidos pechos. —Jacob… no. —Shhh… —la ráfaga caliente y excitante de su respiración le llenó la boca—. Estoy ayudándote a quitarte el anillo. Es lo que quieres ¿no es así? —Quitarme este anillo no tiene nada que ver con tirar de mi corsé, oh no. —El tejido de su corsé se abrió exponiendo un lujurioso despliegue de carne—. Esto no está ayudando. Intentó colocarse nuevamente la ropa que él le había quitado, con la torpeza de alguien que estuviera cambiándose bajo el agua. —A mí me está ayudando mucho. La mano de Jacob se deslizó hacia la parte trasera de los calzones femeninos. Ella se retorció con vergonzosa modestia, pero sus ropas cayeron más rápidamente al suelo. —Tengo que verte a la luz del día. —La boca se deslizó con hambre sobre su garganta y su hombro—. Monisha, eres la mujer más hermosa, la más… —sus manos se movieron con creciente impaciencia, tirando duramente de su ropa hasta que hizo estallar las costuras de sus prendas. —No, este vestido no me pertenece —dijo Daphne ansiosamente, intentando desabrocharse el vestido que le habían prestado antes de que acabara desgarrado. Se quedó helada ante el sonido de pasos viniendo por el pasillo, pero pasaron de largo sin detenerse. Lo más probable era que fuera un sirviente. ¿Pero y si alguien la había visto entrar en la habitación de Jacob...?¿Qué pasaría si alguien la estuviera buscando en ese preciso momento? —Jacob, por favor, ahora no. —Seré suave —la alzó de entre el círculo de ropa descartada—. Sé que ha pasado muy poco tiempo desde tu primera vez. Ella sacudió la cabeza mientras la tendía sobre la cama. Y mientras aferraba el tejido de su camisola con ambas manos para mantenerla en su lugar, le susurró: —No, no es eso. Alguien lo averiguará. Alguien nos oirá. Alguien… —Tranquilízate, colibrí, para que pueda quitarte esto. Vislumbró una llama diabólica en sus ojos cuando le dijo suavemente: —Tranquilízate, o te lo desgarraré. —Jacob, no… Fue interrumpida por el sonido del lino al rasgarse. Le había desgarrado completamente el frontal permitiendo que el frágil tejido se deslizara a ambos lados de su cuerpo. —Lo has estropeado —dijo ella con incredulidad—. ¿Cómo voy a explicarle esto a la sirvienta? ¿Y cómo voy a volver a colocarme el corsé? Jacob no parecía querer disculparse en absoluto por lo que había hecho, mientras le quitaba lo que había quedado de su camisola. —Quítate los calzones. O tendré que desgarrártelos también. —¡Oh, Dios! Viendo que no había manera de detenerlo, Daphne se los quitó. —Echa el pestillo a la puerta —le susurró con el rostro sonrojado—. Por favor, por favor, ciérrala con llave. Una sonrisa rápida pasó sobre la boca de Jacob. Abandonó la cama y se dirigió a la puerta, mientras se despojaba del chaleco y la camisa. Después de atrancar la puerta, se tomó su tiempo antes de regresar a la cama, disfrutando al verla yacer bajo las sábanas. Estaba de pie ante ella medio desnudo, con los pantolenos aflojados sobre sus caderas. Daphne arrastró la mirada sobre la lisa y musculosa superficie de su torso, y se estremeció entre las sábanas frías. —Estás poniéndome en una situación terrible. Jacob terminó de desnudarse y se le unió bajo las sábanas. —Conozco otras posiciones que te gustarán mucho más. Ella se aplastó contra su cuerpo grande y sorprendentemente cálido. La recorrió con las manos, descubriendo que aún llevaba puestas las ligas y las medias de seda. Con una suavidad que la hizo jadear, Jacob desapareció bajo las sábanas, y con sus amplios hombros creó una tienda con las sábanas de lino, lana y terciopelo. Daphne intentó forcejear contra la súbita posición que había tomado él bajo las sábanas, pero se retiró con un gimoteo cuando sintió su boca contra la suave piel del interior de los muslos. Le desató la liga, dejándola caer a un lado, y empezó a bajar la media de seda por la pierna con una lentitud tortuosa, sus labios siguieron el camino trazado por esta. Su lengua se aventuró por el reverso de la rodilla… deslizándose sobre el músculo contraído de la pantorrilla… hasta el delicado costado del tobillo. La seda fue arrastrada suavemente hasta la punta de los pies. Tuvo que concentrarse intensamente para no gemir de tan caliente que se sentía, cuando sintió la boca ardiente y mojada de Jacob sobre sus dedos, este se concentró en chupárselos y acariciárselos de uno en uno, mientras ella sacudía instintivamente el delicado pie como respuesta a sus atenciones. Cuando le quitó la otra media, Daphne estaba cociéndose al vapor, luchó por quitarse las sábanas de encima, para alejarlas de su piel acalorada. Las puntas de sus pechos se endurecieron cuando quedaron expuestas a la frialdad del aire. Jacob le separó los muslos, mientras le colocaba las piernas sobre sus fuertes hombros. Internó los dedos entre los rizos, y la besó tiernamente, lamiéndola en el interior del calor y la tensión, trazando círculos ligeramente. Era demasiado… pero no lo suficiente… Daphne se tensó debajo de su delicada tortura. Le puso una mano sobre el estómago y la acarició con círculos consoladores. —Relájate, cariño. —No p... puedo. ¡Oh, date prisa! Jacob sonrió suavemente, arrastrando de nuevo sus labios abiertos sobre la carne sensible. La dibujó con su lengua, la hizo humedecerse, y sopló contra sus rizos mojados. —Es mejor para ti que no me dé prisa. —No, no lo es. —No sabes mucho de esto. Esta es solo tu segunda vez. Daphne sollozó un poco cuando utilizó su lengua de nuevo. —No puedo seguir soportándolo. Le lamió su interior, de una manera diabólicamente dulce, lujuriosa y profunda, hasta que la hizo jadear, mientras su respiración ardiente se derramaba sobre ella. Se incorporó, estableciendo su cuerpo en el apretado sendero de sus muslos y la penetró con una dura estocada. Daphne jadeó ante la sorpresa de sentirlo plenamente en su interior, bombeándola, haciéndola gemir de placer, mientras ella le hincaba las yemas de sus dedos en los hombros. Jacob se detuvo, y la miró fijamente con los ojos dilatados, sus iris dorados brillaron alrededor de unos círculos de medianoche insondables. —Daphne, amor… —la besó y saboreó la sal de su intimidad—. ¿Puedes tomar un poco más de mí? Se esforzó por pensar a través del confuso placer que la invadía y agitó la cabeza bruscamente. Las esquinas de los labios de Cam se curvaron con una sonrisa. Y le susurró: —Yo creo que si puedes. Sus manos jugaron sobre ella, y las solícitas yemas de sus dedos se deslizaron hasta el lugar en el cual estaban unidos. Presionó dentro de ella, con movimientos rítmicos y pausados, sus dedos eran increíblemente suaves, casi delicados, mientras la acariciaban al mismo tiempo que sus pacientes estocadas. Jadeando, se arqueó aún más para llevarlo hasta lo más profundo de su interior, y un poco más allá. Cada vez que empujaba, su cuerpo la acariciaba exactamente de la misma forma. Empezó a arquearse ávidamente, tratando de anticiparse a su invasión, jadeando por él, construyendo una sensación tras otra hasta que culminó en una deslumbrante explosión de deleite… y otra… y otra más… sintió el momento en el cual empezó a retirarse, por ello gimió y envolvió las piernas alrededor de sus caderas. —Daphne —jadeó— no, déjame… tengo que… Estremeciéndose, se derramó desvalidamente dentro de ella, mientras su cuerpo apretaba y acariciaba su dura longitud. Todavía unidos, Jacob hizo rodar a Daphne hasta colocarla a su costado. Murmuró algo en romaní. Y aunque ella no entendió ni una palabra, estas parecían ser muy halagadoras. Relajada por el placer y el agotamiento, Daphne posó la cabeza sobre la sólida curva de sus bíceps, y contuvo la respiración cuando sintió el estremecimiento ocasional y el latido de él en las profundidades de su cuerpo. Jacob alcanzó la mano izquierda de Daphne. Tomó el anillo de sello que estaba entre sus dedos, se lo quitó fácilmente y se lo entregó. —Aquí está. Aunque preferiría que te lo dejaras puesto. La boca de se abrió con asombro. Se examinó la mano, luego el anillo y vacilantemente lo empujó de regreso al mismo dedo. Luego lo deslizó sobre su nudillo nuevamente con facilidad. —¿Cómo lo has hecho? —Te ayudé a relajarte —le pasó una mano suavemente a lo largo de la espalda—. Póntelo de nuevo Daphne. —No puedo. Eso significaría que he aceptado tu propuesta y no lo he hecho. Estirándose como un gato, Jacob se puso sobre ella nuevamente, y apoyó su peso parcialmente sobre los codos. Daphne respiró rápidamente cuando lo percibió aún firme dentro de ella. —No puedes yacer dos veces conmigo y luego negarte a ser mí esposa. —Bajó la cabeza para besarle la oreja—. Estaré arruinado —luego continuó con sus caricias hasta el suave lugar detrás del lóbulo de su oreja—. Y me sentiré muy despreciado. A pesar de la seriedad del asunto, Daphne tuvo que reprimir una sonrisa. —Estoy haciéndote un gran favor al rechazarte. Me lo agradecerás algún día. —Te lo agradeceré ahora mismo si te pones el condenado anillo de nuevo. Ella agitó la cabeza. Jacob empujó un poco más en su interior, haciéndola jadear. —¿Y qué hay sobre mis cualidades personales? ¿Quién va a cuidar de ellas? —Puedes cuidar de ellas —se estiró a un lado para colocar el anillo en la mesa que había junto a la cama—, tú mismo. Jacob se movió sobre ella servicialmente. —Es mucho más placentero cuando tú estás involucrada. Cuando extendió la mano para recuperar el anillo, su cuerpo se introdujo un poco más en ella. Esa percepción la hizo tensarse por la sorpresa. Lo sentía más duro en su interior, más grueso, su deseo estaba adquiriendo un nuevo ímpetu. —Jacob —protestó, mirando fijamente hacia la puerta cerrada. Lo agarró por la muñeca, intentando mantenerle la mano alejada del anillo. Forcejeó con ella juguetonamente, girando hasta que dieron una vuelta completa sobre el colchón y la tuvo nuevamente debajo de él. Ahora, estaba completamente excitado, provocándola con sus lentas estocadas. Estremeciéndose debajo de él, Daphne empujó hacia su oscura cabeza cuando empezó a besarle los pechos de nuevo. —Pero… si habíamos acabado… Jacob levantó la cabeza. —Soy Roma —dijo como si esa fuera una explicación completamente aceptable, y se puso nuevamente sobre ella. Si había una disculpa indirecta en su tono, no hubo ninguna en el ritmo insistente de sus empujones, sus caricias profundas la invadieron, la aliviaron, y sus protestas se convirtieron en ronroneantes gemidos. Daphne envolvió sus brazos y piernas alrededor de él, intentando contener toda su dura carne masculina, mientras el ritmo firme de sus estocadas la llevaba hasta el borde de su liberación. Pero se retiró antes de que ella pudiera alcanzarlo, y le dio la vuelta; por un agónico momento pensó que había decidido detenerse. Cubriéndola con su cuerpo, Jacob utilizó sus rodillas para abrir las suyas extensamente. Le murmuró algo en una mezcla de inglés y romaní, lo suficiente como para hacerle comprender que no le haría daño, y que así sería más fácil para ella, Daphne le susurró: —Sí, sí,… Y entonces increíblemente se deslizó más profundamente, sosteniéndole las caderas con sus manos mientras ella se arqueaba instintivamente. Daphne dejó caer la cabeza, sus gemidos se estrellaron contra el colchón cubierto de sábanas de lino. Él deslizó la mano hacia su sexo, extendiendo los dedos alrededor de su suavidad. El placer reverberó a través de ella en olas, cada una más fuerte que la anterior, hasta que se estremeció, ahogándose, suspirando. La súbita retirada de Jacob fue un indeseable golpe, mientras empujaba una última vez contra las sábanas y gemía. Aturdida y desorientada, Daphne permaneció con las caderas alzadas, su carne latiendo, dolorida ante la necesidad de tenerlo dentro de ella nuevamente. Le puso las manos sobre las nalgas, y se las acarició circularmente antes de empujarla para que se acostara de nuevo. —Me tendrás —susurró Jacob—. Me tendrás, colibrí. Soy tu destino, aunque aún no lo hayas aceptado.