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Historia 55483 — capítulo 18
Holaaaa :P espero q os guste y q comenteis ^^ y bueno deciros q esto se esta acabando quedan 4 capitulos :(
Tras la partida de Jacob, Daphne se encontró vagando desconsolada por la enorme mansión. La casa estaba callada, habiéndose retirado todo el mundo a sus habitaciones para la siesta de la tarde. Se habían hecho los preparativos para que el conde, la condesa, y Lord y Lady St. Vincent, salieran hacia Bristol a la mañana siguiente. Se quedarían en la casa de la hermana de Bella y su marido, Jessica y Matthew Swiff, durante la última quincena del embarazo de Jessica. Bella estaba ansiosa por ver a su hermana menor a quien estaba extremadamente unida. —Ha tenido una salud espléndida durante todo el embarazo —había dicho Bella a Daphne, con obvio orgullo manifiesto—. Jessica tiene la salud de un caballo. Pero es muy pequeña. Y su marido bastante grande —añadió sombríamente—, lo que significa que cualquier bebé que engendre probablemente será enorme también. —Nadie puede culparle por ser alto —había señalado lacónicamente Lord Masen, que estaba sentado junto a su esposa. —No he dicho que fuera culpa suya —protestó Bella. —Pero lo estabas pensando —murmuró el conde, y ella alzó un cojín como si fuera a arrojárselo. El resultado de la contienda marital, sin embargo, fue que se sonrieron el uno al otro afectuosamente. Bella volvió su atención a Daphne. —¿Estaréis bien tú y los demás en nuestra ausencia? Odio marcharme con las cosas tan revueltas, y el señor Merripen herido. —Espero que Merripen se recupere rápidamente —dijo Daphne con absoluta confianza. Aparte de la primera vez cuando se habían conocido, nunca le había visto enfermo—. Tiene una constitución robusta. —He pedido al doctor que le visite diariamente —dijo Masen—. Y si tienen alguna dificultad, mande un mensaje a Bristol. No está tan lejos, y vendré al instante. El cielo sabía de cuan afortunados habían sido de tener a Bella y Masen como vecinos. Ahora, mientras Daphne se abría paso a través de la galería de arte, pasando la mirada por pinturas y esculturas, fue consciente del terrible vacío de su interior. No se le ocurría como librarse de él. No era hambre, miedo, o furia, no era cansancio o temor. Era soledad. Tonterías, se regañó a sí misma, avanzando a zancadas hacia una larga fila de ventanas con vistas al jardín lateral. Había comenzado a llover, una fría llovizna que caía firmemente sobre los terrenos y corría en lodosas corrientes hacia las cañadas y el río. No puedes sentirte sola. Ni siquiera hace medio día que se ha marchado. Y no hay razón para ello cuando toda tu familia está aquí. Era la primera vez que sentía el tipo de soledad que no podía curarse sólo con disponer de cualquier compañía. Suspirando, presionó la nariz contra la fría superficie del cristal de la ventana, mientras los truenos enviaban vibraciones a través del cristal. La voz de su hermano llegó del otro lado de la galería. —Madre siempre decía que eso te aplanaría la nariz. Echándose hacia atrás, Daphne sonrió mientras Leo se le aproximaba. —Sólo lo decía porque no quería que dejara marcas en el cristal. Su hermano parecía agotado y con los ojos hundidos, la pastosidad de su tez suponía un notable contraste con el bronceado color miel de Jacob. Leo vestía ropa prestada, tan finas y precisamente confeccionadas que debían haber sido donadas por Lord St. Vincent. Pero en vez de pender graciosamente como hacían sobre la elegante figura de St. Vincent, las prendas colgaban de la cintura y el cuello hinchados de Leo. —Solo espero que te sientas mejor de lo que aparentas —dijo Daphne. —Me sentiré mejor en cuanto pueda encontrar algún refresco decente. He pedido tres veces vino o algo de alcohol, y los sirvientes parecen detestablemente distraídos. Daphne frunció el ceño. —Seguramente es demasiado temprano incluso para ti, Leo. Él sacó un reloj de bolsillo del chaleco y lo miró de reojo. —Son las ocho en punto en Bombay. Siendo un tipo con mentalidad internacional, tomaré un trago como gesto diplomático. Normalmente Daphne se habría resignado o molestado. Sin embargo, mientras miraba a su hermano, que parecía tan perdido y miserable bajo su quebradiza fachada, sintió una ráfaga de compasión. Adelantándose, lo rodeó con sus brazos y lo abrazó. Y se preguntó como salvarle. Sobresaltado por ese gesto impulsivo, Leo permaneció inmóvil, sin devolver el abrazo ni apartarse tampoco. Sus manos subieron hasta los hombros de ella y la separó un poco. —Debería haber sabido que estarías sensiblera hoy —dijo. —Si, bueno... enfrentarse a la idea de que el hermano de uno casi se asa hasta la muerte tiende a poner emotiva a una mujer. —Solo estoy un poco chamuscado. —La miró fijamente con esos ojos extraños, ojos ligeros, en absoluto los ojos del hermano al que había conocido toda su vida—. Y no tan alterado como tú, al parecer. Daphne supo inmediatamente a donde se dirigía. Cautelosamente se apartó de él y fingió inspeccionar un paisaje que había cerca, de colinas, nubes y un lago plateado. —¿Alterada? No tengo idea lo que lo quieres decir. —Me refiero al juego de esconder-la-zapatilla al que has estado jugando con Black. —¿Quién te ha dicho eso? ¿Los sirvientes? —Merripen. —No puedo creer que se haya atrevido... —Por una vez él y yo estamos de acuerdo en algo. Volveremos a Londres tan pronto como Merripen esté lo suficientemente bien. Nos hospedaremos en el Hotel Rutledge hasta que podamos encontrar una casa adecuada que alquilar... —El Rutledge cuesta una fortuna —exclamó ella—. No podemos permitirnos eso. —No discutas, Daphne. Yo soy el cabeza de la familia, y he tomado una decisión. Con el apoyo absoluto de Merripen, valga lo que valga eso. —¡Los dos podéis iros al infierno! No acepto órdenes de ti, Leo. —Lo harás en este caso. Tu aventura con Black está acabada. Sintiéndose amargada y ultrajada, Daphne se alejó de él. No confiaba en sí misma para hablar. Durante el pasado año, había habido tantas veces en las que había anhelado que Leo buscara ocupar su lugar como cabeza de la familia, que tuviera una opinión sobre algo, que mostrara preocupación por alguien aparte de sí mismo. ¿Y éste era el asunto que había provocado que entrara en acción? —No te librarás de mí tan fácilmente. Buen Dios, hermanita, ¿no podías encontrar a alguien de nuestra propia clase por el que mostrar interés? ¿Tus expectativas realmente han caído tan bajo como para aceptar a un gitano en tu cama? La boca de Daphne se abrió de par en par. Se dio la vuelta para enfrentarle. —No puedo creer que hayas dicho tal cosa. Nuestro hermano es un Roma, y él... —Merripen no es nuestro hermano. Y sucede que él está de acuerdo conmigo. Esto está por debajo de ti. —Por debajo de mí —repitió Daphne ofuscada, retrocediendo lejos de él hasta que sus hombros chocaron contra la pared—. ¿Cómo? —No hay necesidad de que me explique, ¿no? —Si —dijo ella—. Yo creo que si. —Black es un gitano, Daphne. Son perezosos, nómadas desarraigados... —¿Cómo puedes decir todo eso cuando tú nunca has levantado un dedo? —No se supone que yo tenga que trabajar. Ahora soy un miembro de la nobleza. Gano tres mil libras al año con las que subsistir. Estaba claro que no podían haber progresos en una discusión cuando uno de los oponentes estaba loco. —Hasta este momento, no tenía ninguna intención de casarme con él —dijo Daphne—. Pero ahora estoy considerando seriamente los méritos de tener al menos un hombre racional en la familia. —¿Matrimonio? Daphne casi disfrutó del aspecto de su cara. —Supongo que Merripen olvidó mencionar ese pequeño detalle. Si, Jacob me lo ha propuesto. Y es rico, Leo. Rico rico, lo cual significa que incluso si decides saltar al lago y ahogarte tú mismo, las chicas y yo estaremos a salvo. ¿Agradable, verdad, que alguien se preocupe por nuestro futuro? —Lo prohíbo. Le lanzó una mirada ceñuda. —Perdóname si no me impresiona tu autoridad, Leo. Tal vez debieras practicar con algún otro. Y le dejó en la galería, mientras los truenos retumbaban y la lluvia caía en cascada sobre las ventanas.
Jacob se detuvo de camino a Londres, deseando echar otro vistazo a Ramsay House antes de abandonar Hampshire. Tenía una especie de dilema sobre lo que debía hacerse con el lugar. Indudablemente habría que restaurarlo. Como parte de un título aristocrático, la finca tenía que ser mantenida en condiciones decentes. Y a Jacob le gustaba el lugar. Tenía posibilidades. Si las elevaciones de los terrenos circundantes eran alteradas y ajardinadas, y el edificio mismo apropiadamente rediseñado y reconstruido, la finca Ramsay sería toda una joya. Pero era dudoso que el título Ramsay y sus vinculaciones, permanecieran en posesión de los Hathaways mucho más tiempo. No si todo dependía de Leo, cuya salud y futura existencia eran muy inciertas. Considerando el problema del que pronto sería su cuñado, Jacob obligó al conductor a esperar, y entró en la casa en ruinas, sin prestar atención a la lluvia que le empapaba el cabello y el abrigo. A él no le importaba especialmente si Leo vivía o moría, pero los sentimientos de Daphne al respecto ciertamente tenían mucha importancia. Jacob haría lo que fuera necesario para ahorrarle pena o preocupación. Si eso significaba ayudar a preservar la inútil vida de su hermano, que así fuera. El interior de la casa estaba cubierto de una película dejada por el humo, y combado como una criatura una vez garbosa que hubiera sido golpeada hasta la sumisión. Se preguntó lo que haría un constructor con el lugar, y cuanto de la estructura podría ser conservada. Jacob imaginó el aspecto que podría tener cuando estuviera completamente restaurada y pintada. Brillante, encantadora, con un toque excéntrico. Como sus Hathaways. Una sonrisa tiró de la comisura de sus labios al pensar en las hermanas de Daphne. Podría encariñarse fácilmente con ellas. Raro como la idea de establecerse en esta tierra, convertirse en parte de una familia, se había vuelto algo atractivo. Se estaba sintiendo bastante... gregario. Tal vez Masen tuviera razón... no podía ignorar su mitad irlandesa para siempre. Jacob se detuvo a un lado del vestíbulo de entrada cuando oyó un ruido arriba. Un ruido, un golpeteo, como si alguien estuviera aporreando madera. El pelo de su nuca se erizó. ¿Quién demonios podía estar allí? La superstición luchó con la razón mientras se preguntaba si el intruso sería mortal o espectral. Se abrió paso hasta las escaleras con extremo cuidado, sus pies veloces y silenciosos. Deteniéndose en lo alto de las escaleras, escuchó atentamente. El sonido llegó de nuevo, de uno de los dormitorios. Se acercó a una puerta entreabierta y miró dentro. La presencia en la habitación era definitivamente humana. Los ojos de Jacob se entrecerraron cuando reconoció a Christopher Frost. Al parecer Frost estaba intentando arrancar un trozo de panel de la pared, utilizando una barra de hierro como palanca. La madera desafiaba sus esfuerzos, y después de unos pocos segundos de forcejeo, Frost dejó caer la barra y maldijo. —¿Necesita ayuda? —preguntó Jacob. Frost casi saltó fuera de sus zapatos. —¿Qué demonios...? —Se dio la vuelta, con los ojos enormes—. ¡Condenación! ¿Qué está usted haciendo aquí? —Yo iba a hacerle la misma pregunta. —Apoyándose contra la jamba de la puerta, Jacob cruzó los brazos y examinó al otro hombre especulativamente—. He decidido detenerme aquí de camino a Londres. ¿Qué hay detrás del panel? —Nada —espetó el arquitecto. —¿Entonces por qué está intentando quitarlo? Recuperándose, Frost se inclinó para recuperar la barra de hierro. La sostuvo casualmente, pero con el más ligero de los cambios en su forma de aferrarla la barra podía convertirse fácilmente en un arma. Jacob mantuvo su postura relajada, sin apartar los ojos de la cara de Frost. —¿Cuánto sabe de construcción y diseño? —preguntó Frost. —No mucho. He hecho algún trabajo de carpintería aquí y allá. —Si. Su gente trabaja algunas veces como hojalateros o carpinteros. Tal vez incluso como techadores. Pero nunca construyendo. Nunca se quedan lo suficiente como para completar el proyecto, ¿no? Jacob mantuvo el tono inmaculadamente cortés. —¿Pregunta sobre mí específicamente o sobre los Roma en general? Frost se aproximó a él, con la barra firmemente aferrada. —No importa. En respuesta a su anterior pregunta... estoy inspeccionando la casa a fin de hacer una estimación de los daños. Y desarrollando ideas para el nuevo diseño. En nombre de la señorita Hathaway. —¿Le pidió ella que inspeccionara la casa? —Como viejo amigo de la familia... y particularmente de la señorita Hathaway... he tomado la resolución de ayudarles. La frase "particularmente de la señorita Hathaway" pronunciada con sólo un indicio de propiedad, casi acabó con el autocontrol de Jacob. Él, que siempre se había congratulado de su ecuanimidad, se vio instantáneamente invadido por la hostilidad. —Tal vez —dijo—, debería haber preguntado primero. En realidad, sus servicios no son necesarios. La cara de Frost se oscureció. —¿Qué le da derecho a hablar por la señorita Hathaway y su familia? Jacob no vio razón para ser discreto. —Voy a casarme con ella. Frost casi deja caer la barra de hierro. —No sea absurdo. Daphne nunca se casaría con usted. —¿Por qué no? —Buen Dios —exclamó Frost incrédulo—, ¿cómo puede preguntar eso? No es usted un caballero de su clase, y... demonios y condenación, ni siquiera es un auténtico gitano. Es un mestizo. —Sea como sea, voy a casarme con ella. —¡Le veré primero en el infierno! —gritó Frost, dando un paso hacia él. —O deja caer esa barra —dijo Jacob tranquilamente—, o le dislocaré el brazo. —Esperaba sinceramente que se lanzara sobre él. Para su desilusión, Frost dejó la barra en el suelo. El arquitecto le fulminó con la mirada. —Después de que yo hable con ella, no querrá tener nada más que ver con usted. Me aseguraré de que entienda lo que la gente diría de una dama que se acuesta con un gitano. Estaría mejor con un campesino. Un perro. Un... —He captado la idea —dijo Jacob. Lanzó a Frost una sonrisa blanda diseñada para enfurecer—. Pero resulta interesante, ¿no?, que la experiencia previa de la señorita Hathaway con un caballero de su propia clase la haya predispuesto ahora a mirar favorablemente a un Roma. Eso difícilmente habla bien de usted. —Bastardo egoísta —masculló Frost—. La arruinará. No piensa nada más que en rebajarla a su nivel. Si ella le importara algo en absoluto, desaparecería por su bien. Pasó rozando junto a Jacob sin otra palabra. Pronto sus pisadas pudieron oírse mientras descendía las escaleras. Y Jacob permaneció en el umbral vacío durante mucho tiempo, hirviendo de cólera, preocupado por Daphne, e incluso peor, sintiéndose culpable. No podía cambiar el hecho de ser lo que era, ni podría proteger a Daphne de todas las flechas que se le lanzarían como esposa de un gitano. Pero que le condenaran si iba a dejarla seguir su camino, a través de un mundo despiadado, sin él.
La cena fue un asunto taciturno, con los Masen y los St. Vincent habiendo partido hacia Bristol, y Leo que se había marchado a la taberna del pueblo en busca de diversión. Era una noche miserable. Daphne había encontrado difícil imaginar que hubiera mucha algarabía con tanto frío y humedad, pero probablemente Leo estuviera desesperado por encontrar compañía más simpática de la que disponía en Stony Cross Manor. Merripen había permanecido en su habitación, durmiendo casi todo el día, lo cual era tan inusual en él que todas las Hathaways estaban preocupadas. —Supongo que le hará bien descansar —aventuró Poppy, cepillando ociosamente algunas migas del mantel. Un lacayo se apresuró a eliminar las migas por ella con una servilleta y una herramienta de plata—. Le ayudará a sanar más rápido, ¿no? —¿Alguien ha echado un vistazo al hombro de Merripen? —preguntó Daphne, mirando hacia Win—. Probablemente sea hora de cambiar el vendaje. —Yo lo haré —dijo Win al instante—. Y le llevaré una bandeja con la cena. —Beatrix te acompañará —aconsejó Daphne. —Puedo con la bandeja —protestó Win. —No es eso... quiero decir que no es apropiado que estés a solas con Merripen en su habitación. Win pareció sorprendida, e hizo una mueca. —No necesito que venga Beatrix. Después de todo, sólo es Merripen. Después de que Win abandonara el comedor, Poppy miró a Daphne. —¿Crees que de verdad Win no sabe que él...? —No tengo ni idea. Y nunca me atrevería a sacar a colación el tema, porque no quiero meterle ideas en la cabeza. —Yo espero que no lo sepa —aventuró Beatrix—. Sería horrorosamente triste que lo supiera. Daphne y Poppy miraron ambas enigmáticamente a su hermana menor. —¿Sabes de qué estamos hablando, Bea? —preguntó Daphne. —Si, por supuesto. Merripen está enamorado de ella. Lo sé desde hace mucho, por como limpiaba su ventana. —¿Limpiaba su ventana? —preguntaron ambas hermanas al mismo tiempo. —Si, cuando vivíamos en el cottage en Primrose Place. La habitación de Win tenía una ventana batiente que daba a un enorme arce... ¿recordáis? Después de la escarlatina, cuando Win no pudo salir de la cama durante largo tiempo y estaba demasiado débil para sostener un libro, simplemente se quedaba allí tendida y observaba un nido de pájaros en una de las ramas. Vio a los bebés romper el cascarón y aprender a volar. Un día se quejó de que la ventana estaba tan sucia que apenas podía ver a través de ella, y eso daba al cielo un tono grisáceo. Desde entonces Merripen siempre mantuvo el cristal impoluto. Algunas veces se subía a una escalera de mano a limpiar el exterior, y ya sabéis como teme a las alturas. ¿Nunca le visteis hacerlo? —No —dijo Daphne con dificultad, le escocían los ojos—. No sabía que hiciera eso. —Merripen dijo que el cielo siempre sería azul para ella —dijo Beatrix—. Y entonces fue cuando supe que él... ¿estás llorando, Poppy? Poppy utilizaba una servilleta para limpiarse el rabillo de los ojos. —No. Sólo he inhalado algo de pimienta. —Yo también —dijo Daphne, sonándose la nariz.
Win llevaba una ligera bandeja de bambú con caldo, pan y té a la habitación de Merripen. No había sido fácil persuadir a las criadas de la cocina de que podía llevar la bandeja ella misma. Tenían la firme convicción de que ningún invitado de Lord y Lady Masen debía cargar nada. Sin embargo, Win sabía que a Merripen le disgustaban los desconocidos, y en su vulnerable estado, se mostraría contrariado y obstinado. Finalmente se había alcanzado un compromiso: una doncella llevaría la bandeja a lo alto de las escaleras, y Win podría llevarla a partir de allí. Cuando se aproximaba a la habitación, Win oyó los sonidos de algo golpeando contra la pared con un golpe seco, y unos pocos gruñidos amenazadores que solo podían provenir de Merripen. Frunció el ceño, su paso se aceleró mientras procedía a recorrer el pasillo. Una doncella indignada salía de la habitación de Merripen. —Bueno, nunca más —exclamó la doncella, roja y encrespada— entré a remover el carbón y añadir leña al fuego... ¡y ese asqueroso gitano gritó y me tiró su taza! —Oh, querida. Lo lamento tanto. No estás herida, ¿verdad? Estoy segura de que él no tenía intención... —No, le falló la puntería —dijo la doncella con oscura satisfacción—. El tónico le ha dejado más drogado que a un alguacil de Cable Street. —La referencia aducía a una calle de una milla de largo en Londres, conocida por abrigar gran cantidad de guaridas de opio—. Yo no entraría ahí si fuera usted, señorita. La partirá en dos tan pronto como se ponga al alcance de sus brazos. El muy bestia. Win frunció el ceño preocupada. —Si. Gracias. Tendré cuidado. —Tónico... el médico debía haber dejado algo extremadamente potente para embotar la agonía de la quemadura. Probablemente aderezado con sirope de opio y alcohol. Ya que Merripen nunca tomaba medicinas y raramente bebía siquiera un vaso de vino, sería altamente susceptible a las intoxicaciones. Entrando en la habitación, Win utilizó la espalda para cerrar la puerta, y fue a dejar la bandeja en la mesita de noche. La sobresaltó un pequeño sonido que resultó ser la voz de Merripen. —¡Te dije que te largaras! —ladró—. Te dije... —Se interrumpió cuando ella se giró para enfrentarle. Win nunca le había visto así antes, ruborizado y desorientado, sus ojos oscuros ligeramente desenfocados. Yacía sobre su espalda, su camisa blanca abierta revelando el borde de un pesado vendaje, y los músculos brillando como bronce pulido. Estaba tenso e irradiaba aquello a lo que su madre se refería como "espíritu animal". —Kev —dijo gentilmente, utilizando su nombre. Habían hecho un trato una vez, después de que ella superara la escarlatina, cuando él quería que se tomara una medicina. Win se había negado hasta que él se ofreció a decirle su nombre. Ella prometió no revelárselo nunca a nadie, y no lo había hecho. Tal vez él incluso creía que lo había olvidado. —Quédate quieto —le urgió gentilmente—. No hay necesidad de sacar ese temperamento. Asustaste de muerte a la pobre doncella. Merripen la observaba sin vigor, teniendo problemas para mantener la mirada enfocada. —Me han envenenado —le dijo—. Vertiendo medicina por mi garganta. La cabeza se me enturbia. No quiero más. Win asumió el papel de enfermera implacable, cuando todo lo que quería era mimarle y cuidarle. —Estarías mucho peor sin ella. —Se sentó en el borde del colchón y buscó su muñeca. Su antebrazo era duro y pesado cuando se lo posó en el regazo. Presionando los dedos contra su muñeca, mantuvo la cara inexpresiva—. ¿Cuánto tónico te han dado? La cabeza de él colgaba laxamente. —Demasiado. Win estuvo de acuerdo silenciosamente, sintiendo lo débil que era su pulso. Soltando su muñeca, tanteó su frente. Estaba muy caliente. ¿Era esto el principio de una fiebre? Su preocupación se agudizó. —Déjame ver tu espalda. —Intentó separarse, pero él había subido la mano para presionar la fresca mano de ella más fuerte contra su frente. No la soltaba. —Caliente —dijo, y cerró los ojos. Win se sentó muy quieta, absorbiendo su esencia, el cuerpo pesadamente masculino junto al suyo, la piel suave y ardiente bajo su palma. —Quédate fuera de mis sueños —susurró Merripen en la húmeda quietud—. No puedo dormir cuando estás aquí. Win se permitió a sí misma acariciarle, el espeso cabello negro, la hermosa cara desprovista de su acostumbrada y tétrica severidad. Podía oler su piel, su sudor, la dulce respiración opiácea, el soplo pungente a miel. Merripen siempre iba bien afeitado, pero ahora la barba rascaba suavemente contra su palma. Deseó tomarle entre sus brazos, contra su pecho, como a un muchacho. —Kev... déjame ver tu espalda. Merripen se movió, rápido y poderoso incluso ahora, más agresivo en su estado drogado de lo que se permitiría normalmente ante ella. Siempre había manejado a Win con una especie de exagerada gentileza, como si ella pudiera romperse como un diente de león. Pero en este momento su apretón fue duro y seguro cuando la empujó hacia el colchón. Respirando dificultosamente, la miró con vidriosa beligerancia. —He dicho que permanezcas fuera de mis sueños. Su cara era como la máscara de algún antiguo dios de la guerra, hermosa y ruda, la boca contorsionada, los labios lo bastante separados como para revelar los bordes de unos dientes blancos como los de un animal. Win estaba asombrada, excitada, un poquitín asustada... pero éste era Merripen... y mientras le miraba, el filo del miedo se derritió, él bajó su cabeza hacia la de ella, y la besó. Siempre había imaginado que habría aspereza, urgencia, presión apasionada. Pero los labios de él eran suaves, rozando contra los suyos con el calor del amanecer, la más dulce de las lluvias de verano. Abrió la boca para él maravillada, el peso sólido de él entre sus brazos, su cuerpo presionando contra las capas arrugadas de su falda. Olvidándolo todo en el apasionado tumulto del descubrimiento, Win extendió los brazos rodeándole los hombros, hasta que él hizo una mueca y ella sintió el bulto del vendaje contra su palma. —Kev —dijo sin respiración—. Lo siento mucho, yo... no, no te muevas. Descansa. —Le envolvió los brazos laxamente alrededor de la cabeza, estremeciéndose cuando él le besó la garganta. Frotó la nariz contra el gentil montículo de sus pechos, presionando la mejilla contra su corpiño, y suspiró. Después de un largo e inmóvil minuto, mientras su pecho se alzaba y caía bajo la pesada cabeza de él, Win habló vacilante. —¿Kev? Un ligero resoplido fue su respuesta. La primera vez que he besado a un hombre, pensó pesarosa, y le he hecho dormir. Luchando por salir de debajo de él, Win apartó las mantas y aferró el borde de la camisa de él. El lino se pegaba a la poderosa curva de su espalda. Tirando de la camisa hasta arriba, la plegó a la altura del cuello. Alzó cuidadosamente el borde del vendaje, la venda de algodón estaba pegajosa y hedía a miel. Parpadeó ante la visión de la quemadura, que estaba roja e inflamada. El médico había dicho que se formaría una costra, pero la superficie rezumante de la herida no parecía ni remotamente estar sanando. Viendo una marca negra en el otro lado de la espalda, Win frunció el ceño curiosamente y tiró más alto de la camisa. Lo que descubrió hizo que contuviera el aliento y sus ojos se abrieran de par en par. A pesar de toda la robustez física de Merripen, siempre había sido un hombre excepcionalmente modesto. La familia se había burlado de él, de hecho, por su negativa a bañarse delante de nadie, o a quitarse la camisa incluso durante los esfuerzos más extenuantes. ¿Qué era esto? ¿Que significado tenía esta extraña marca, y qué podría revelar de su pasado? —Kev —murmuró maravillada, sus dedos trazaron el patrón sobre los hombros de él—. ¿Qué secretos ocultas?