← El cuervo y la hija de La Luna · de
El cuervo y la hija de La Luna — capítulo 1
En un magnífico atardecer, el sol se ocultaba reflejado en la superficie de las calmas aguas de un pequeño lago, que se encontraba en el lugar mas olvidado de un lejano bosque, uno de esos bosques en los que todo puede suceder, porque conserva su magia intacta y en donde el llamado progreso y civilización no ha infectado las raíces de la imaginación.
Una pequeña y extraña ave blanca apareció volando en el horizonte anaranjado y se posó en la rama de un árbol que crecía junto al lago, esperando impaciente por un acontecimiento que estaba a punto de suceder.
El sol casi oculto por completo, emitió un último rayo que iluminó el cielo de un resplandeciente color dorado y luego desapareció dando paso a la noche y a su querida compañera la luna.
Un muchacho saltó de la rama del árbol más cercano al lago y se paro frente a el mirando su reflejo en las aguas. Sonreía radiante mientras se llevaba una de sus manos detrás de la nuca y con sus ojos que emitían un brillo de inocencia, buscaba en las profundidades del lago a su mejor amigo Mill.
— ¿Por qué tan feliz? —Preguntó su reflejo malhumorado desde las aguas del lago.
— ¡Oh vamos Mill!, no me digas que no te alegras de verme —Respondió el muchacho al tiempo que se echaba para atrás su alborotado cabello plateado— Ya quita esa cara de enojo y sonríe que muy bien sabes que nos vemos mejor así.
—Tú también estarías de mal humor si tuvieras que esperar todo el día para existir, Zen —Replico Mill desde la superficie del lago— Pero tienes razón, el verme como un tonto niño flacucho tan delgado que esta a punto de desaparecer me hará sentir mejor.
— ¿Otra vez con sarcasmos, Mill? —Pregunto Zen mientras caminaba de un lado a otro por la orilla del lago moviendo los brazos y flexionando las piernas— Empiezo a lamentar haberte enseñado lo que es ser sarcástico.
—Solo digo que, si continúas con tu dieta de bichos bajos en calorías y adelgazando de esa manera, muy pronto no existiré ni de día ni de noche… y podrías ya dejar de moverte tanto… me mareas.
— ¿Que sentido tiene el esperar todo el día para poder tener brazos y piernas y no darles uso? —Pregunto alegremente el muchacho mientras movía sus extremidades con mas energía— es como tener alas y no poder volar.
—O como en tu caso tener un cerebro y no saber pensar —Respondió Mill con una gran sonrisa— ya en serio, podrías dejar de moverte tanto no puedo pensar bien si me obligas a andar de un lado a otro moviendo los brazos y piernas como loco igual que tu.
—Finalmente sonreíste Mill, ¿lo ves? no fue tan difícil ¿o sí?.
Zen se aclaró la garganta y comenzó a cantar:
*Salir al aire libre, despeinarse el cabello,*Relajarse, mover el cuerpo frenéticamente, Meditación en movimiento
Lo externo es dinámicooo
Lo interno permanece en calmaaa…
Yin y Yang
—Lo difícil es pasar tanto tiempo contigo y aguantar las ganas de vomitar —Respondió Mill desde el lago, haciendo un ademán de taparse los oídos.
—Hoy vi la cosa más increíble del mundo —Dijo Zen emocionado, sin prestar demasiada atención al comentario vomitivo de Mill— ¿quieres saber que fue lo que vi?
—Oh no… aquí vamos otra vez —Protestó su reflejo desde el agua— Sé que me lo dirás quiera o no, así que terminemos con este tormento de una vez.
— ¿Te acuerdas de la pequeña come hojas, Mill?
— ¿Te refieres a la oruga perezosa que se encerró en ese capullo?
—La misma, hoy pasé por los rosales donde colgó su capullo y justo cuando llegue estaba de salida, pero ya no era la pequeña oruga que conocíamos si no una delicada mariposa de hermosos colores.
— ¡Oh! —Exclamó Mill sorprendido— con que de ahí es de donde vienen esas molestas criaturitas, yo pensé que eran pétalos de rosas que algún hada loca había hechizado para que revolotearan todo el día. Pero… ¿que tiene eso de increíble?
—Lo increíble fue que al salir completamente, extendió sus alas y fue recibida por la brisa que la tomó delicadamente en sus brazos, la ayudo a elevarse y danzaron alegremente por el cielo como si ambas hubieran estado esperando ese momento… como si se quisieran antes de siquiera conocerse.
Su reflejo en el agua puso los ojos en blanco y metiendo uno de sus dedos en la boca hacia como si quisiera vomitar.
— ¿Crees que es posible Mill, amar a alguien antes de conocerle?
—Yo creo que es solo intuición, y no me preocuparía tanto buscando una razón, o inventando locas teorías, porque hay muchas cosas que no tienen explicación.
—Se que te parecerá un poco loco Mill, pero yo creo que sí es posible.
—Yo también lo creo —Respondió una cálida voz que a pesar de que provenía de la superficie del lago no era la voz de Mill.
Zen buscó con la mirada en la dirección de donde provino aquella voz y vio en el reflejo del agua a la luna que le sonreía amablemente.
— ¿Usted también lo cree? —Pregunto Zen sorprendido.
—Así es muchacho —Respondió La luna.
—Discúlpeme pero… ¿que puede saber un círculo luminoso en forma de queso, acerca de amar a alguien? —Pregunto Mill visiblemente molesto al ver a La luna reflejada a su lado.
—Lo sé, porque lo he vivido —Respondió la luna sin mostrarse ofendida por las palabras del malhumorado Mill y dirigiéndose a Zen nuevamente, continúo diciendo— Los he venido observando todos estos años muchachos y sé que son un par de locos de buenos sentimientos tratando de descubrir el mundo a su alrededor…
—Zen es el loco, yo soy el sensato —Interrumpió Mill ofendido— El es el Ying yo soy el yang.
—Te equivocas —Le contradijo Zen mientras iba y venía dando vueltas sobre si mismo por la orilla del lago— Los dos somos el Ying y aun no encontramos nuestro yang.
La luna sonrío de lado ante estos comentarios y continúo diciendo:
—Mi amigo el destino, me sugirió que ustedes serian los compañeros perfectos para mi querida Dián, y me doy cuenta que tiene toda la razón.
— ¿Quién es Dián? —Preguntaron el muchacho y su reflejo al mismo tiempo.
—Vuelvan mañana por la noche y lo sabrán.
Inesperadamente, Zen dio un ágil salto y se clavó de cabeza en las aguas del lago.
— ¡Hey! —Protestó Mill— La próxima vez avísame primero antes de lanzarte al agua de esa forma, para que pueda hacerme a un lado… ¿no te das cuenta que por poco y me haces desaparecer?
Después de unos segundos en el interior del lago, Zen, salió nuevamente a la superficie y mirando hacia el cielo agitó una de sus manos y gritó con todas sus fuerzas:
— ¡Nos vemos mañana entonces!
Y ambos, Zen y Mill, se alejaron nadando y jugando, salpicándose agua el uno al otro.