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El cuervo y la hija de La Luna — capítulo 2

El sol se ocultaba nuevamente reflejado en la superficie del lago, iluminando de magníficos colores el cielo de la misma manera que lo hacía todos los días. Pero a diferencia de otros días, la pequeña y extraña ave blanca se encontraba ya esperando, en la rama del árbol más cercano al lago, mucho antes de que el ocaso empezara. Y también a diferencia de otros días, la luna se podía observar débilmente en lo alto del cielo anaranjado.

        El sol, a punto de desaparecer en el horizonte, emitió un ultimo rayo de luz iluminando el cielo de un intenso color dorado, como tratando de alcanzar a tocar con ese rayo a su querida compañera la luna, y justo cuando parecía que lo lograría… desapareció dando lugar a la noche.

        Aquel muchacho de alborotado cabello plateado, nuevamente saltó de la rama del viejo árbol y se paró frente al lago sonriendo y buscando a su reflejo y amigo Mill. Tardó unos segundos en comprender lo que veían sus ojos, ahí estaba como siempre Mill, pero esta vez no tenía la típica cara de malhumor con que lo había recibido todos esos años, si no que, en su rostro se dibujaba una extraña expresión que se parecía algo así como al embobamiento o asombro. Y con esta expresión miraba a su lado, donde se encontraba otro reflejo, el reflejo de la más increíble cosa que jamás haya visto.

        Rápidamente Zen apartó la mirada de los reflejos del lago y miró a su costado derecho donde vio a una hermosa niña, pálida como la luna, de cabellos del color de rayos de sol, que lo miraba con unos ojos oscuros como la noche y le sonreía de tal manera que Zen sentía que iluminaba con esa hermosa sonrisa cada centímetro de su existencia.

—Hola, mi nombre es Dián —Le dijo la muchacha haciendo una reverencia y luego recogiéndose el cabello en una cola preguntó— ¿y cual es el tuyo avecilla del bosque?

        Totalmente asombrado ante la visión de belleza que tenía frente a él, Zen respondió:

—Mi… mi… nombre es Z… Ze… Zen.

—Encantada Z… Ze… Zen —Saludó la pequeña y empezó a caminar hacia él, pero tropezó y se cayó de cara en el lago.

— ¡Genial! es tan torpe como tu Zen —Protestó Mill, mientras se perdía entre las ondas que provocaron en el agua la caída de la niña— Es lo ultimo que me faltaba, la versión femenina de Zen.

— ¿Te… te encuentras bien? —Preguntó Zen mientras se metía en el agua y extendía la mano para ayudar a la niña que pataleaba, salpicando agua por todas partes, consiguiendo que Mill mostrara su peor cara de Malhumor— Déjame ayudarte.

—¡¡Espera… no la toques!!! —Advirtió la voz de la luna que se reflejaba en la superficie del lago.

        Zen, sorprendido, retiró la mano con la que estaba a punto de alcanzar a sujetar la mano de la muchacha.

— ¿Por qué… que sucede mamá? —Preguntó Dián que tenía también la mano extendida hacia Zen.

— ¿¡MAMÁ!? —Exclamaron Mill y Zen al mismo tiempo.

—Así es muchachos… les presento a mi adorable hija Dián —Respondió la luna y dirigiéndose luego a Dián continuó diciendo— Dián, estos son los niños de los que te hablé: Mill el sensato, que siempre te mantendrá con los pies en la tierra y Zen el… el... bueno Zen será un compañero grato.

—Grato como una piedra en el zapato —Se apresuró a decir Mill mirando de reojo a la luna y cruzando los brazos.

—Dián esta aquí por que ha llegado a la edad en la que necesita tener una experiencia terrenal —Continuó diciendo la luna— hay algo muy importante que debe aprender, y espero que ustedes dos la ayuden a descubrir lo que necesita saber.

—Yo puedo ayudarte a encontrar lo que buscas —Dijo Zen dirigiéndose a Dián— he recorrido a través del bosque y de los campos, conozco cada sendero y recodo como la palma de mi mano. He sentido la tierra bajo mis pies y el viento bajo mis alas… me he sentado junto al arroyo y junto al lago, me he posado en toda clase de árboles y he visto como las ramitas me miran y luego me despiden cada vez que alzo vuelo… he contado las estrellas y…

—Me consta —Interrumpió Mill— Especialmente la parte de contar estrellas, tuve que soportarlo por tres semanas contando y recontando esas molestas cositas en el cielo y…

—Solo hay una regla para ti Zen —Advirtió la luna, cortando lo que parecía ser un nuevo sarcasmo de Mill— No debes tocar a Dián en ninguna forma… si lo haces, ella tendrá que volver conmigo y su experiencia en la tierra terminará.

—Y ¿Porque querría Zen tocar algo tan desagradable? —Dijo Mill mirando a Dián con cara de pocos amigos— Yo no lo haría ni en un millón de años.

—Mi querido Mill… —Repuso la luna sonriendo amablemente— puedo ver que no has experimentado aún el maravilloso sentimiento que te produce el tomar las manos de la persona que amas o darle un fuerte abrazo y sentir su respiración en tu rostro o sentir su corazón latir cerca del tuyo.

        Parecía que la luna recordaba experiencias que solo ella conocía, cuando dijo esas palabras. Porque lanzó un gran suspiro y se quedó callada mirando el horizonte. Los tres niños por su parte la miraban sorprendidos, porque no entendían a cabalidad lo que la luna les había querido decir. Después de unos segundos de incomodo silencio Dián miro a Zen y le sonrío y este sintió como un pequeño sol calentaba sus entrañas y lo llenaba de un sentimiento nuevo y desconocido hasta ahora para el.

—No necesito tocarla para sentirla cerca de mí—Pensó Zen mientras miraba la hermosa sonrisa de Dián— con su sonrisa es más que suficiente, renunciaré para siempre a tocarla de alguna forma, si es que eso significa tenerla siempre a mi lado.

—Entonces pequeña avecilla, cuéntame del bosque y del arroyo y acerca del viento y de las estrellas —Dijo Dián dirigiéndose a Zen—, quiero saberlo todo.

— ¡Hoy vi la cosa mas increíble del mundo...! —Exclamó Zen emocionado mientras Dián le sonreía y escuchaba atentamente lo que Mill llamaba las locuras de Zen.

        Todas las noches a partir de ese día Zen, Mill y Dián se encontraban junto al lago. Zen siempre les contaba de las cosas que veía en sus recorridos durante el día y sus conversaciones abarcaban desde las pequeñas hormigas, hasta las magnificas montañas y resulto que Dián era una niña muy inteligente que aprendía rápidamente y también una excelente compañía porque era divertida, espontánea y siempre contagiaba su buen humor, incluso Mill se divertía y sonreía como nunca antes lo había hecho, y todo debido a la compañía de la muchacha. Los tres niños jugaban a las escondidas a las adivinanzas y a las imitaciones, bailaban bajo la lluvia, cantaban las más locas canciones inventadas por ellos; investigaban los misterios de la magia del bosque y tenían las más disparatadas y entretenidas conversaciones sobre todo lo que se les pudiera ocurrir. Y así los días pasaban y las noches llegaban y se iban; por vez primera Zen sintió que estaba realmente completo y que no podía pedir más en su emocionante vida y siempre tuvo mucho cuidado en no romper la única regla que les había puesto la luna. Hasta que llegó aquel terrible día en la vida de Zen, el día más terrible y maravilloso en el que durante su recorrido descubrió la primera cosa que, aunque quisiera compartirla con Dian, se suponía que no debía hacerlo.

        Esa noche como siempre esperó hasta que el sol se ponga y se dirigió hasta la orilla del lago.

— ¿Dónde esta Dián? —Preguntó a un sonriente y cambiado Mill.

—Está escondida, esperando a que la encuentres —Respondió Mill emocionado— No te quedes ahí parado, ve por ella.

        Pero Zen no se movió y se quedó mirando a Mill con una expresión de tristeza.

— ¿Qué sucede Zen?... ¿Te sientes bien?

—Hoy vi la cosa más increíble del mundo —Dijo Zen, pero en su voz faltaba la emoción que siempre acompañaba a esa frase.

        Mill lo miro preocupado, como presintiendo que alguna desgracia se aproximaba y temiendo que la respuesta a la pregunta que estaba por hacer, fuera lo que el pensaba, preguntó tímidamente.

— ¿Que fue lo que viste Zen?

        Zen se dio la vuelta y mientras caminaba en dirección contraria, alejándose del lago respondió:

—Un beso.