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El cuervo y la hija de La Luna — capítulo 3

— ¿Qué haces avecilla? —Preguntó la muchacha con cara divertida, sintiéndose inexplicablemente feliz de poder ver nuevamente a aquel muchacho con quien la pasaba tan bien.

Sudado, agitado y cubierto de tierra Zen aferraba un pedazo de corteza de árbol con la cual cavaba un agujero en la tierra junto al lago.

— ¿Ehm?... este... ¡Mira Dián, una estrella que cayo del cielo! —Le dijo Zen a la muchacha señalando un pequeño punto luminoso que flotaba en el aire cerca de ellos.

— ¿Dónde, donde?

Dián se dio la vuelta buscando la estrella y vio a la pequeña mota de luz que se alejaba.

—Ya la tengo, ya la tengo —Exclamó Dián mientras corría persiguiendo a la diminuta y brillante lucecita.

— ¿Qué te traes Zen? —Preguntó Mill desde el lago— Los dos sabemos que eso no es una estrella, es una sabrosa luciérnaga, tu mismo la probaste cuando finalmente después de tres noches conseguiste atraparla, ¿recuerdas?

—Ya lo sé Mill, solo estoy ganando un poco de tiempo —Repuso Zen mientras cavaba más de prisa— ¿Acaso no recuerdas la pequeña conversación que tuvimos anoche?

Mill puso una cara de esforzarse por recordar algo, que se parecía mas bien a la cara que ponía Zen cuando iba al baño, y unos segundos después levanto el dedo índice en alto, señal inconfundible de que lo había recordado.

— ¡El beso! —Respondió Mill— Zen, tienes que olvidarlo, no puedes hablarle de eso a Dián… tu conoces la regla… la perderíamos…

—Tú no entiendes Mill… no puedo sacármelo de la cabeza… no puedo explicar porque, pero un beso de Dián es lo que más deseo en el mundo.

Mill miro a Zen preocupado, el lo entendía perfectamente, porque aunque no quisiera admitirlo, sentía exactamente lo mismo. Sin embargo, Dián era lo mas cercano al cielo que el jamás estaría y no podía permitir que Zen la alejara de ellos.

—Pero no te preocupes Mill, eso no sucederá —Dijo Zen adivinando sus pensamientos y sonrío débilmente— no lo permitiré.

— ¿Y que piensas hacer? —Preguntó Mill, aunque le pareció que ya sabía la respuesta— ¿Puedo… ayudarte en algo?

—Si, necesitaré de toda tu ayuda para evitar que Dián sepa lo que sentimos por ella.

—No seas tonto Zen… yo no siento nada por Dián… —Se apresuró a decir Mill sonriendo y tratando de que en su rostro no se reflejara la mas que evidente verdad— pero no te preocupes que te ayudare para que no te descubran.

— ¿Para que no descubran… qué? —Zen y Mill Escucharon preguntar a la niña más genial del mundo, que se acercaba sosteniendo en la palma de su mano a la pequeña luciérnaga— ¿Qué se traen chicos?

—Primer gran error—Pensó Zen— pedirle ayuda al boca floja de Mill

— ¡Mira Dián, allí va otra estrella y parece muy sabrosa… quiero decir luminosa! —Exclamó Mill tratando de enmendar su zafada de lengua.

La pequeña dando brinquitos de emoción, salió corriendo nuevamente en busca de la más regordeta y sabrosa estrella que Mill jamás había visto.

— ¡Y tu que esperas, cava más rápido! —Dijo dirigiéndose a Zen— que Dián resultó mucho mejor que tú atrapando luciérnagas.

Cuando la hermosa niña volvió nuevamente con las dos lucecitas en sus manos, Zen se encontraba ya dentro del profundo hoyo que había cavado y Mill cantaba desde el lago:

Olvidado de todos, custodiado por nadie

Cumpliendo condena sin ser el culpable

De sus sentimientos para siempre prisionero

Para evitar una tragedia vivirá en el agujero.

— ¿Qué esta pasando aquí? —Preguntó Dián, extrañada por encontrar a su "pequeña avecilla" en el fondo de aquel agujero y por escuchar por primera vez cantar "al dulce" de Mill— ¿Zen, que haces allí abajo?... y… ¿A que te refieres con eso de vivir en el agujero Mill?

— ¡Ehm!... ¡Mira Dián otra…!

—No volveré a caer con eso Mill —Interrumpió Dián— ya descubrí que no son estrellas, son pequeñas criaturitas del bosque, y por cierto, una de ellas me contó que tú y Zen se comieron a algunas de sus compañeras… ya hablaremos de eso luego… —Dián adoptó una cara seria de desaprobación y reproche y continuó diciendo— Ahora quiero que me digas que es lo que haces allí, Zen.

— ¿Qué hago aquí?... ahmm… jugando un juego que acabamos de inventar Mill y yo.

— ¿Un juego? —Preguntó la pequeña y su rostro poco a poco comenzó a iluminarse con una gran sonrisa— ¿Puedo jugar también, puedo… puedo?

—Claro que sí.

— ¡Genial! —Exclamó Dián y trato de meterse en el agujero junto con Zen.

— ¡No Dián, espera!... ¿Que haces?

—Dijiste que podía jugar también —Respondió la niña.

—Si, pero no cabemos los dos aquí adentro así que… ehm… ¡Tomaremos turnos!

—Que juego mas extraño y loco —Protestó Dián con cara seria y luego añadió con una gran sonrisa— ¡Me gusta!… ¿cuando será mi turno de entrar?

Zen, sorprendido por el radical cambio en los gestos de Dián no supo que responder y miro de reojo a Mill como pidiendo su ayuda. Mill también miraba sorprendido a Dián, pero reaccionó al sentir la mirada de Zen.

—Para poder entrar tienes que… tienes que… hacer algo igual a lo que hizo Zen para ganarse su lugar en el agujero —Se apresuró a decir Mill.

— ¿Y que es lo que hizo Zen que yo debo hacer?

—Estar triste.

—Segundo gran error —Pensó Zen— dejar a la imaginación de Mill responder preguntas difíciles bajo presión.

— ¿Y porque esta triste Zen?

—Porque vio la cosa más increíble del mundo y... se le olvidó —Respondió Mill— ya ves tú que tiene cerebro de pájaro.

— ¿Y que se supone que debo hacer yo para estar triste?

—En eso consiste el juego —Respondió Zen, visiblemente aliviado de haberle ganado a responder a Mill— debes averiguarlo por ti misma y nosotros haremos todo lo posible por hacer que nunca estés triste… es muy cómodo aquí adentro ¿sabes? y no renunciare tan fácilmente a salir.

Tal y como Zen lo había pensado, Dián era una niña muy alegre, demasiado alegre como para poder estar triste y junto con Mill se esforzaban por hacerla reír y ponían todo su empeño para que ella nunca conociera lo que es la tristeza. Y así pasaban los días, con Zen en aquel hoyo poniéndose cada vez más y más triste por no poder aproximarse a Dián y confesarle lo que sentía por ella, porque según lo que él pensaba, ¿De que le servía hacerlo, si jamás podría abrazarla o acariciarla o lo que más deseaba en el mundo: besarla?

La sola idea de perderla en cualquier momento y arruinar la hermosa amistad que tenían, le bastaba para ser el más triste y continuar protegiendo a Dián de él, desde el oscuro agujero.

Dián por su parte, encontró el juego divertido los primeros días, porque se la pasaba muy bien con los esfuerzos de sus mejores amigos por hacerla reír, pero después fue dándose cuenta que Zen no abandonaba el oscuro hoyo ni siquiera durante el día, porque con cada día que pasaba no habían nuevas y divertidas historias sobre las más increíbles cosas jamás vistas por Zen y aunque Mill tratara mucho no conseguía igualar las locuras del autor de su existencia.

Una noche cuando Dián llegó hasta el lago y se asomó al agujero, no pudo ver la forma de su querido amigo Zen y lo que vio en aquella profundidad la dejó muy preocupada.

— ¡Mill… Mill! —Llamó en busca de su otro mejor amigo— algo le pasa a Zen… ¿Mill donde estas?

Por más que la muchacha buscaba y buscaba desesperadamente en el lago no lograba encontrar al que siempre había estado ahí para ella y empezó a sentir un intenso dolor y un gran vacío en su corazón. Dián estaba a punto de soltar una lágrima por primera vez en su vida cuando de pronto escuchó la voz de Mill cantar desde algún lugar en las calidas aguas del lago:

Llora un alma enamorada**lágrimas, dolor, pena, llanto un corazón entona su triste canto un ave se consume, tras un oscuro manto.

Allí desde su morada, desde su Prisión**admira aquella pálida figura, poesía a la hermosura poesía hecha arte, arte mas allá de la pasión por ti, mi amiga, mi amada, mi alma hermana.

— ¿Mill donde estas?, no puedo verte —Preguntó la muchacha acongojada— Algo les sucede a Zen y a ti y no entiendo que es.

Desde la superficie del lago se escucho la voz de Mill responder:

—Estamos enamorados de ti Dián y queremos besarte.

Y desde el frío agujero, una pequeña ave de oscuro plumaje pensó:

—Tercer gran error, pensar que Mill es capaz de guardar un secreto.