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El cuervo y la hija de La Luna — capítulo 6

¡Oh! bella criatura de mente inocente y pura ¡Con ojos de ensoñación y asombro por la vida! Aunque pase el tiempo o tal vez no fluya para nada

Y tú y yo separados por espacio y distancia, Tu radiante sonrisa saludará y me llegara sin duda Desde la tierra hasta un lugar especial junto a la luna.

Era la medianoche. Una hermosa muchachajunto al lago en medio de la bruma, alumbrada bajo un rayo de la mística luna, cual si estuviera en un hermoso escenario, entre lágrimas de pena y alegría, recitaba con su más dulce voz, esa triste elegía.

—Qué bonito —Dijo Mill emocionado— pero mucho me temo que a Zen no le quedan más sonrisas desde que te fuiste de nuestro lado.

—Déjame que intente, Mill —Pidió tristemente Dián— déjame intentar resarcir el mal que le he causado.

—Tú no has causado ningún mal, no seas tonta —Se apresuró a reprochar el reflejo— ¡Vaya! a lo que hemos llegado, Zen convertido en un melancólico cuervo y Dián culpándose por ser quien es…

—Al parecer el único que no ha cambiado eres tú —Se escuchó decir a la luna— sigues siendo el sensato y divertido Mill.

El cuervo al oír estas palabras, con un suave aleteo se alejó del lago a dormitar entre las sombras de las ramas de un árbol. En un estado de sopor consciente, despertarse no quiere, prefiere esconderse del mundo y sentir que lánguidamente muere.

Dián, al observar la actitud y el aspecto del esquivo y malvado cuervo, sufre y no puede evitar pensar que es la culpable. Se siente como un alma perdida, que por no saber lo que quiere, se liberó de las ataduras sentimentales de la vida y huyó, dejando otra alma sumida y encadenada al sufrimiento de llorar su partida.

—Dime Zen, ¿Ya no me quieres? —Preguntó tristemente Dián al cuervo, que con ojos vidriosos fingía estar en un vetusto reposo.

—El amor nace del deseo, vive día a día de pequeñas alegrías y solo muere con el olvido, Zen no te ha olvidado ni por un solo minuto, créeme, lo sé porque yo tampoco lo he conseguido.

—Pero entonces dime Mill, dime ¿Por qué ha cambiado tanto?

—Creo que la pregunta es ¿Por qué Mill no ha cambiado? —Interrumpió la luna— en esto encontrarás hija mía, la respuesta que buscas a la interrogante que te asusta.

Mill, entre divertido y preocupado, adoptó una cara de ensoñación, la cual revelaba su pensamientoenamorado, entonces le pareció que el aire se tornaba más denso, perfumado, y en un arranque de sabiduría ecléctica respondió:

—Yo dije lo que sentía, no me quedé callado.

—Así es Mill, tu expresaste tus sentimientos… —confirmó la luna—, Cuando callamos lo que sentimos es cuando nos lastimamos a nosotros mismos. Zen trajo sobre sí su propia desgracia al no ser capaz de ser honesto con el mismo y expresar libremente su amor por Dián. Y tu querida hija, adoptaste la culpa por no ser sincera con Zen desde el principio, por no enfrentar tus temores, por no contarle de tu inseguridad y tu falta de compromiso. Estoy segura que no hubiéramos llegado a este punto si, al igual que Mill, hubiéramos comunicado lo que sentimos en lugar de huir o callar.

Dián dirigió una triste mirada al cuervo que apenas sí erizó sus plumas ante las sabias palabras de la luna.

—Ya es demasiado tarde madre,Zen está muy cambiado y pretende no entenderme. Tal vez sea mejor así. El tiempo me dará la razón, Zen me olvidará y las heridas en su corazón sanaran.

—Nunca es demasiado tarde, Dián —se apresuró a decir Mill— Y es el amor… no el tiempo, el que cura las heridas.

Con un extraño y sorprendente movimiento, Mill abandonó las aguas del lago, paso a paso, como un fantasma que camina sobre un alfombrado suelo, llegó hasta el árbol donde reposaba Zen. Tomó al pequeño cuervo en sus manos y lo llevo hasta su pecho en donde, ante la atónita y expectante mirada de Dián, ambos, reflejo y ave de malagüero se fundieron en uno solo, volviéndose corpóreo el reflejo y humano el cuervo. Con un dejo de voz, una voz que no se escuchó nunca pero que se reconoce en un sueño, el muchacho finalmente habló.

-Todo este tiempo estuve viviendo como si no estuviera vivo, pidiendo por un milagro queno podría salvarme, pidiendo porque regreses a mí, sabiendo que no era necesario pero era lo que más deseaba… Dián, lo siento… solo necesitaba una oportunidad de decirte cuanto te quiero.

La joven, aun con una mirada sorprendida, se acercó hasta Zen sin dudar, quería gritar ¡Bésame vida mía! Pero su mente encadenada a la realidad, se lo impedía.

—Calla, no digas nada —Le dijo Zen, al darse cuenta que la joven se debatía entre lo real y la fantasía— déjame consumar el deseo, déjame amarte toda la vida —con cada palabra, sus labios se acercaban más a los de la niña, los buscaban y estos se dejaban encontrar. A solo un suspiro de encontrarse, a solo un centímetro de, finalmente, besarse, Zen exclamó— Oh Dián, me encanta tu nombre, podría pronunciarlo una y mil veces… Dián… Dián…

La luna sonreía y de su blanco círculo, como un encantamiento, sobre los jóvenes vertía su luminar soñoliento.

—Dián… Dián…Di… Andy… Andy, ¡Andy despierta ya!, llegarás tarde al instituto, levántate y baja a desayunar…. ¡Andrea no me hagas subir a despegarte de las sábanas!

Una hermosa jovencita entre abrió los ojos, al escuchar aquella voz y automáticamente, como lo hacia todos los días, respondió:

— ¡Ya voy madre!… — ¿Madre?, pensó y abrió los ojos completamente. Lo primero que vio fue el techo salpicado de estrellas fosforescentes, pegatinas, y en el centro un dibujo de una luna que sonreía amablemente.

Al principio no entendía nada, estaba confundida, pero poco a poco fue tomando conciencia de que el lugar en el que se encontraba era su habitación. Trató de recordar que hacía ahí, y porque no estaba en la orilla del lago con…

— ¡Zen! —Dijo casi gritando y se levantó de un salto, se dirigió hasta un pequeño escritorio en donde se podía ver un montículo de hojas sueltas, cuadernos, lápices de colores y libros. Agarró algunas hojas, tratando de quitarlas para poder desenterrar su computador personal que sin duda estaba en algún lugar debajo del divertido desorden de colores, y se topó con el dibujo de un muchacho que sonreía mientras se llevaba una de sus manos detrás de la nuca; al pié del dibujo se podía leer: "El que no lo puedas ver, no significa que no existe".

Así como la verdad se impone ante la mentira, así también se impone la realidad a la fantasía. Lo comprendió todo, había despertado.

—Oh Zen… —Exclamó tristemente.

Continuó escarbando hasta que finalmente consiguió dar con el ordenador portátil, lo encendió y automáticamente, como movida por un loco deseo más que por la costumbre, abrió su correo electrónico.Lo primero que vio fue un mensaje personalque por título decía:

Hey Andy ¡Feliz cumpleaños!

Empezó a leer el mensaje y mientras lo hacía, no pudo evitar que una sonrisa iluminara su pálido rostro; cada palabra eclipsaba la tristeza que había sentido al despertar, cada palabra le confirmaba que Zen existía en algún lugar y que todo lo que había vivido y soñado junto a el, en ese mundo virtual que ambos habían creado, era real.

Aun cuando había llegado el momento de despertar y el mundo de los sueños dejar atrás, Zen, Mill y Dián, en unas cuantas palabras, a través de la magía tecnológica, se volvían a encontrar y ya nada nunca más los volvería a separar. No había nadie que tuviera el valor de negar, que los sentimientos en un mundo de sueños, no son los mismos que en la vida real, porque después de todo… ¿Qué es la vida, si no un sueño de amor?