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Historia 56813 — capítulo 2
Me encontraba en mi cuarto, ordenando aquel desastre que, comúnmente, había allí. Yo siempre he sido una chica muy ordenada, organizada y esquemática en todos los aspectos de mi vida, excepto uno: mi cuarto. Siempre había una que otra cosa de más en mi escritorio: monedas, papeles, libros… Comencé a recoger alguna prenda que estaba sobre mi cama y la guardaba pulcramente en mi armario. Me paré en una esquina de mi habitación, y la contemplé: sí, ahora estaba ordenada. La cama, con una cubierta verde pistacho (en combinación con las cortinas), estaba perfectamente hecha; mi escritorio tenía todo organizado (joyeros, cajitas, mis gafas y perfume); mi guitarra eléctrica, roja y blanca, yacía apoyada sobre una de las paredes; mi armario de arte estaba bien organizado (no habían pinceles y lápices esparcidos por el escritorio); mis cuadernos estaban todos apilados, junto a mis libros del colegio; ¡ah, sí! Y mis libros -que tanto amaba- se encontraban todos tal como siempre estaban: lo único que no estaba desordenado. Hablando de libros, tenía una colección en particular que era, en todo sentido de la palabra, intocable; siete libros se encontraban uno al lado de otro, en mi repisa de libros, donde ocupaban un único compartimiento. La sagrada colección de libros de Harry Potter, escritos por la asombrosa J.K. Rowling. ¡Cómo admiraba a esa mujer! Y ¡cómo me encantaban aquellas novelas mágicas! Las había leído por lo menos cien veces cada uno, o sea unas setecientas veces en total. Para mí, la lectura es primordial, dándole prioridad a aquellos libros. Mi vida la veía como a través de un filtro mágico, como si todo aquello fuese realidad. Lástima que con nadie podía compartir aquella fascinación (por ahora). Al comprobar que estuvieran en orden, seguí observando mi cuarto (¡debía de estar muy ordenado, sino, mi madre me castigaría!). Mi colección de CDs de Michael Jackson -que tenía desde pequeña- estaba perfecta, en aquella repisa. Tras convencerme que mi cuarto estaba bien ordenado, me atreví a bajar al primer piso, para pasar el rato con mis gatos: tengo cuatro. Mi nombre es Helena y, en ese entonces, tenía 14 años. No soy una típica chica de 14 años: por ejemplo, jamás me he enamorado y jamás he tenido novio. Soy muy solitaria y tengo muy pocos amigos; Annie y Susan son mis mejores amigas, y viven en la misma calle (Stone Street, en una tranquila villa clásica, en Londres), aunque no las veo mucho. Me fascina leer, dibujar, escribir y tocar la guitarra eléctrica, aunque estoy aprendiendo a tocar piano. Amo los gatos, ya dije que tengo cuatro, sus nombres: Draco (sí, por Draco Malfoy), Liz, Panqueque y Gwen. Hace poco sufrí la prematura muerte de mis gatos Kenzo (de un año) y de Kiara (de nueve años), pero ya lo superé. Aquella tarde, mis papás (Debbie y William) y mis hermanos menores (Violet y Michael) habían ido de compras al centro de Londres, así que me encontraba prácticamente sola en casa. Miré por una de las ventanas de la sala; había un peculiar sol de verano, muy poco común y había cerca de unos 30°C. Ya casi estaba llegando Septiembre; era 31 de Agosto, y el día anterior había sido mi cumpleaños, aunque no le di gran importancia. Casi toda mi educación escolar la pasé en el Colegio Staffordshire, aunque los primeros años de escolaridad los hice en el Colegio Royal Holloway, hasta segundo grado de primaria. Ahora cursaría tercer grado en secundaria y, para gran alegría mía, volvería a la Secundaria del Colegio Royal Holloway. Un gran alivio, ya que así no tendría que conocer nueva gente, no del todo. Soy muy tímida, y me aterra la idea de nuevas caras: este año estaría con el mismo curso que estuve en mis primeros días, y albergaba las esperanzas de que me recordaran, como yo a ellos: sería todo mucho más fácil, ¿no? Bien, volvería a aquel colegio, puesto que poseía notables calificaciones: ¡las mejores de mi grado! Me ofrecían una gran beca, y opté por aceptarla. Ese verano se me pasó rapidísimo y ahora ya faltaban sólo dos días para volver a aquel internado.