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Historia 56813 — capítulo 4

  • Y bien, cuéntanos… -comenzó Charlie: siempre fue conocido como el chico más sociable, tierno, educado y divertido-. ¿Qué has hecho en todo estos años? Ellos cuatro me miraban, como esperando mi respuesta con la mayor ansia que existiese en el mundo: eso me inquietó un poco.
  • Pues… nada del otro mundo, ¿saben? Leyendo, dibujando, tocando…
  • ¿Qué tocas? -saltó un chico: jamás creí que era Gabriel quien me había preguntado con tanto interés.
  • ¡Ah! Bueno, flauta dulce… aunque ya hace años que no, y toco guitarra eléctrica.
  • ¿En serio? -parecía muy emocionado-. ¡Yo también! ¿Genial, no?
  • Estupendo, no seré la única… -comencé a relajarme cada vez más.
  • Hay una enorme sala de música -explicó Anton-. Yo toco el bajo y…
  • Yo la batería -concluyó Charlie.
  • Yo toco el piano y flauta -comentó Rose, sonriente.
  • Vaya, sí que somos musicales… -rió Charlie.
  • Pero yo llevo tan solo 5 meses con mi guitarra, y digamos que no soy una experta o…
  • Yo puedo ayudarte, si quieres -terció Gabriel, sin cambiar su expresión desde que lo había visto-. No digo que me considere un experto, pero…
  • ¡¿Qué?! -saltaron todos, excepto yo, al unísono.
  • Eres el as de los solos… -dijo Charlie, como dirigiéndose a un Rey.
  • ¡Eres genial! -replicó Rose. Después de aquella pequeña "discusión" de talentos, que duró unos dos minutos, terminé aceptando la ayuda de mi compañero. Me explicaron que en la sala de música hay cientos de instrumentos que están a nuestra disposición (no estaba permitido traer nuestros instrumentos) y que las clases de música son muy entretenidas. Allí había que elegir entre las clases de Arte y las clases de Música (totalmente obligatorio), y fue un gran dilema. Terminé escogiendo música, pues el arte ya lo tenía dominado, y quería perfeccionar mi técnica con mi guitarra. Pasamos casi cinco minutos más hablando -antes de que llegara el profesor- y me pude hacer una idea de cómo era cada uno de ellos cuatro. Ya los conocía de antes, pero seis años son lo suficientemente hartos para que alguien (sobre todo un adolescente) cambiara. Rose seguía casi igual: muy alegre, centrada, realista y preocupada; sabía que seguiríamos siendo grandes amigas… ambas éramos un poco "raras". Charlie, como ya lo dije, era muy sociable y, quizás, el chico más positivo de la escuela; jamás daba un "no" como respuesta y estaba dispuesto a ayudar. Anton era un poco más callado, pero muy alegre y amigable; le gustaba compartir sus experiencias con sus amigos. Al final estaba Gabriel… a pesar de su "poca sociabilidad", era muy amable y divertido, y muy culto además; sabía hacer un montón de cosas, y tampoco tenía muchos amigos, además de ser el mejor alumno de la clase, junto a Charlie. Mientras hablábamos sobre nuestras vacaciones, se abrió la puerta del salón, dejando entrar a un hombre alto, de cabello negro y ondulado (no muy largo) y no aparentaba tener más de 40 años. Vestía una común capa blanca (como de laboratorio) y estaba con un maletín en su mano derecha. Nos miró a todos, muy feliz y comenzó a hablar:
  • ¡Buenos días, chicos! -dijo con una grave voz.
  • ¡Buenos días, profesor Johnes! -dijeron todos al unísono. Yo tan solo dije "Buenos días, profesor…", ya que desconocía su nombre.
  • Bien, como deben de haberse dado cuenta, yo seré el profesor tutor de ustedes, el tercer grado.
  • ¡Genial! -dejaron escapar algunos. El profesor, en señal de haber escuchado, les devolvió el cumplido con un movimiento de la cabeza-. Así como su profesor de Química.
  • Es el mejor profesor que existe -me susurró Rose, quien estaba a mi lado. Yo sonreí.
  • Bueno, me pareció divisar nuevos rostros entre los ya conocidos… A ver -comenzó a buscar con la mirada a los nuevos, y la posó sobre un chico rubio, de ojos verdes y con cara de arrogante-. Me gustaría saber su nombre… -Me llamo Horace Milles -dijo el chico, poniéndose de pie-. Vengo de Liverpool -concluyó.
  • ¡Bienvenido, Sr. Milles! -siguió buscando y se detuvo sobre un chico moreno y semblante nervioso-. ¿Su nombre?
  • Joseph Parker, señor -dijo el chico, en un diferente acento, proveniente de…- Mi familia se mudó desde Indiana, Estados Unidos, hasta Londres.
  • ¡Excelente! Bienvenido, Sr. Parker, y espero que se acostumbre a la vida inglesa. Y… -yo intenté refugiarme entre Rose y Gabriel, pero fue inevitable-. ¡Usted! Su nombre, señorita…
  • Helena Prince, señor. -extrañamente, mis nervios se desvanecieron-. Estuve en la primaria de esta escuela, y ahora provengo de Staffordshire…
  • Muy bien, ¡bienvenida! Bueno, ya conoce entonces a sus compañeros… -yo asentí-. Excelente… no me queda más que explicarles las siguientes reglas, dictadas por el director:

Deben usar su uniformes todos los días de la semana, excepto Sábados y Domingos, estando autorizados a usar la ropa que se les plazca. El grado será dividido en dos al momento de asistir a clases. Se asistirán en dos bloques por separado, los cuales deberán ser respetados. Las inscripciones a los diferentes Clubes y talleres, están en el tablero de anuncios del colegio. Una vez al mes hay una salida recreativa organizada por los profesores, donde podrán tomarse un día libre fuera del colegio. Podrán recibir y enviar cartas a la hora del desayuno, almuerzo y cena… En ese momento, imaginé cientos de lechuzas entrando al Gran Comedor, trayendo el correo a sus respectivos dueños… …y el uso de computadoras estará restringido; sólo usos académicos o excepcionales, autorizados por un profesor. La biblioteca está abierta para cualquier alumno, y a cualquier hora. Pueden optar por conseguir el carnet de biblioteca para ciertos beneficios. Hay un examen al mes por cada asignatura impartida, y cada mes, se nombrará a los cinco alumnos notables de cada grado, quienes son escogidos por las calificaciones obtenidas. El profesor siguió hablando sobre las reglas y ciertas indicaciones. La enfermería estaría siempre abierta y a disposición de quién la necesitara o sufriera algún accidente. Habló de los electivos de Arte y Música -para los nuevos, claro- debían ser escogidos antes del viernes, y recibir la notificación del profesor correspondiente. Luego, se dispuso a separar los bloques; desde tercer grado, se trabajaría con ese método, porque debíamos cursar más asignaturas que antes.

  • Disculpe, profesor -dijo una chica con voz muy altanera; ya la conocía: era Valerie Strawberry-. ¿Con qué criterio serán elegidos los bloques?
  • Bien, es meramente azar. Y no podrán cambiarse de bloque, al menos que presenten un buen argumento, aprobado por el director, el Sr. Rice.
  • Ojalá nos toque juntas -dijo Rose. Yo, como siempre, asentí.
  • El primer bloque está compuesto por… -y el profesor comenzó a nombrar a los integrantes, entre ellos Valerie, Joseph, Caroline y Anton, entre otros. Los nombrados se iban poniendo de un lado del Salón. El profesor miró a nosotros, los restantes-. Bien, ustedes son el segundo bloque, muchachos. Los bloques estaban divididos justo con la misma cantidad de alumnos: dieciséis. Nuestro bloque estaba compuesto más que nada por chicos. Éramos tan solo cinco mujeres, entre ellas Rose, Alice y yo (las otras chicas eran Sophia y Marcelle). Entre los once chicos, se encontraban Charlie, Gabriel, Andrew y Horace; otros eran Nicholas, Julian, James, Vincent, Alan, Daniel y Peter. El otro bloque estaba compuesto de la misma manera, a modo de viceversa.
  • Excelente. Ahora, con su permiso, les entregaré a cada uno su horario (diferente para cada bloque) y las clases comienzan mañana por la mañana: hoy tienen libre para ponerse al día, organizarse y platicar. Nos entregó nuestros horarios, y nos pidió que lo leyéramos luego, ya que ahora debía explicarnos algo más.
  • Ahora, creo yo, lo más importante: sus dormitorios -dijo el profesor, aclarándose la garganta-. Hay ocho dormitorios para su grado, y cada uno estará compuesto por cuatro personas, obviamente, no mixto. Ahora los llamaré, y los iré agrupando. Luego les daré el número de su cuarto y, a cada, les entregaré una llave. Aquello tomó cerca de una hora. Para nuestra felicidad, me tocó compartir cuarto con Rose, Alice y Marcelle (con quien, por cierto, jamás había hablado). El profesor nos entregó a cada una de nosotras una pequeña llave dorada con un azul número "7", el número de nuestro cuarto. El profesor se despidió con un alegre "¡Hasta mañana!" y se fue, dejándonos a todos muy entusiasmados, tomando nuestros baúles y dirigiéndonos a nuestros correspondientes cuartos.
  • Bien, ¿vamos? -les dije.
  • Está bien -dijo Rose, tomando su baúl.
  • Si no me equivoco… -comenzó a decir Alice- tenemos que subir por la escalera de al medio… ¡sí!
  • Es cierto -dijo Marcelle-. Ahí dice -apuntó un cartelito rojo con una flecha apuntando la escalera de al medio (eran tres escaleras) y con los siguientes números "6 y 7" en negro. Todas con baúl en mano, comenzamos a subir la escalera -recta- de diez escalinatas, para llegar a un no muy ancho pasillo iluminado, donde habían dos puertas color caoba, con sus respectivos números en dorado (una el "6" y la otra el "7"). Yo, que era la que estaba más cerca, tomé mi llave, la introduje en el orificio y abrí la puerta.
  • ¡Wow! -dejó salir Marcelle. Cuando entramos, nos encontramos con una amplia habitación con paredes blancas y base de madera, con suelo de piedra. En ella había dos literas a cada lado de la habitación. En otra pared había un gran armario con cuatro compartimientos junto a una estantería.
  • ¡Esto es genial! -gritó Rose, sentándose en la cama baja de la litera de la izquierda.
  • Sí, es asombroso -dije, arrastrando mi baúl, dejándolo en una esquina junto a los otros.
  • ¿Serán todos los cuartos iguales? -preguntó Alice.
  • Supongo -respondí, a pesar de no tener ni la más remota idea-. Aunque quizás la de los chicos no tiene aquellas decorativas estampas en las paredes… -apunté una turquesa luna estampada en una de las paredes.
  • Me encanta… -dijo Rose-. Quiero quedarme esta cama… ¿nadie más la quiere? -todas negamos.
  • ¡Yo también quiero dormir abajo! -Marcelle corrió a la cama baja de la otra litera, dejando un bolso.
  • Bueno, nos quedamos arriba, Helena -rió Alice.
  • Así veo -dije, mientras dejaba mi bolso en la cama sobre la de Rose. Hubo un momento de silencio, en que cada una de nosotras sacaba sus pertenencias y las organizaba en los compartimientos del armario. Saqué mis libros de texto y de otras cosas, y las puse en una de las cuatro mesitas disponibles para cada una. Entonces, de mi mochila, tomé "Harry Potter y la Piedra Filosofal" para dejarlo en aquella mesita (donde después iba a poner los siguientes seis libros de la saga).
  • ¡No me digas que te gusta Harry Potter! -me dijo Rose. Ya sospechaba esa pregunta, pero no me la imaginaba con ese tono: júbilo y sorpresa.
  • Eeeh… sí, ¡me encanta! Las otras dos no prestaban mucha atención ya que estaban enfrascadas en una interesante conversación de maquillaje moderno y juvenil.
  • Eso es aún más genial.
  • ¿También te gusta a ti?
  • Pues, sí. Me los he leído todos.
  • Vaya, yo también -mientras, seguía sacando los otros libros. Rose tomó "El Prisionero de Azkaban" y lo miraba con admiración.
  • Este es mi favorito.
  • ¡El mío también! Digo, uno de mis favoritos…
  • ¿Sabes? En nuestro grado también hay otro fanático…
  • ¡Quién! -no pude contenerme. ¿Recuerdan que no conocía a nadie que compartiera esta fascinación? Pues, hasta ahí llegó esa aseveración. ¡Y dos personas!
  • ¡Gabriel! -dijo, muy emocionada-. Le encanta, y siempre lee…
  • Asombroso…
  • ¡Ordenamos esto y le vamos a hablar! Podemos hablar horas y horas de Harry… -yo asentí-. Y dime… ¿cuál es tu personaje favorito?
  • Qué difícil… Son muchos, ¿sabes? -La miré, esperando que riera-. Mm… Ron, Lupin, Fred y George, Snape, Draco…
  • ¡Wow! McGonagall y Snape son mis favoritos… y los de la tercera generación… ¡Me llamo igual que la hija de Ron y Hermione! -me explicó, muy emocionada. Charlamos unos diez minutos, mientras ordenábamos nuestras cosas. Me di cuenta que aquel año iba a ser maravilloso, lleno de aventuras y de divertidas conversaciones. Alice y Marcelle ya bajaron para ir a buscar a sus otras amigas y salir a los terrenos a quizás qué cosas. Rose y yo bajamos al salón y nos sentamos en las mismas butacas que al principio. Nos pusimos a hablar del colegio y de miles de otras cosas.
  • Después, antes del almuerzo, podemos ir al tablero de anuncios para ver qué hay… -me dijo. Habíamos acordado que me haría un tour por el colegio durante la tarde.
  • Y ver qué clubes y talleres hay… -le dije. Justo en ese momento, Rose saludó con la mano a alguien a mis espaldas; me di la vuelta y vi a Charlie, Anton y Gabriel (quienes compartían cuarto con el altanero Horace).
  • ¡Hola, chicas! -dijo Charlie.
  • Hola -dijimos nosotras, al unísono.
  • ¿Ya ordenaron todo? -preguntó Anton.
  • Sí que sí -dijo Rose.
  • Podríamos empezar las clases hoy mismo -dijo Gabriel, mientras se sentaba junto a nosotras; sus amigos hicieron lo mismo-. Estamos perdiendo un día entero…
  • Es lo mismo que pienso -dije-. Podríamos empezar esta tarde…
  • Pero es mañana -dijo Anton-. Y no digan eso… este día es muy útil…