La hija de Hogwarts — capítulo 42
Dos figuras corrían por los jardines del castillo. La primera era un niño de ojos negros y nariz ganchuda. La segunda, un anciano de penetrantes ojos azules. Los dos corrían hacia una figura tendida en el suelo, rodeada de seres fantasmales con capas negras. Dementores. Ambos sabían que ya era tarde, que no se podía hacer nada por salvar a la pobre desgraciada, pero, aún así, sacaron sus varitas y gritaron al unísono:
-¡Expecto patronum!
De sus varitas salieron una serpiente y un fénix plateados,que arremetieron contra los dementores. Ellos huyeron, dejando el cuerpo inerte de la joven en el suelo.
Cuando los animales desaparecieron, las dos personas reanudaron su carrera hacia el bulto tendido en la hierba. El primero en llegar a él fue el joven Severus.
-¡Aly!-gritó. Se arrodilló junto a ella y la sacudió. La chica abrió los ojos lentamente y dirigió una mirada vidriosa a su amigo. -¡No! ¡Esto no puede estar pasando! ¡Aleydis!
Levantó su cabeza y besó sus labios con fuerza, casi con brutalidad, pero ella no reaccionó ni dio muestras de reconocimiento alguno. Sólo siguió mirando a la nada con los ojos vidriosos, mientras soltaba gemidos extraños y se retorcía suavemente, movida por unas imágenes horribles que sólo ella podía ver.
-¡Aleydis! ¡Despierta, por favor! ¡Soy yo! ¡Severus! ¡Por favor!-Severus se convulsionó, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas copiosamente.
-Es inútil, Severus. El dementor la ha besado. Le ha robado el alma.-Dumbledore lo había alcanzado desde hacía rato, pero se había quedado mirando los vanos intentos del chico de hacer reaccionar a Aleydis.
Él no le hizo caso. Volvió a besarla, en busca de algún signo de reconocimiento, signo que nunca llegó.
-Por favor…-susurró.
El director puso una mano en su hombro en señal de consuelo. Él lo miró con desesperación.
-Severus, comprendo y comparto tu dolor-le dijo el anciano- pero no podemos hacer nada.
-¿Nada? ¿De verdad espera que me creaque usted, el mago más poderoso del último siglo, no puede hacer nada? ¡No lo creo!
-Lo siento, Severus, pero eso está más allá de mis posibilidades. Llevémosla al castillo y…
-¿Y luego qué?- preguntó con furia, porque intuía la respuesta.
-Sabes que hay que hacerlo, Severus. Debemos matarla, por su propio bien.
-¡¡¡No!!! ¡No puede hacer eso!
-Severus…
-¡No! ¡No la matará!-gritó mientras cubría su cuerpo de forma protectora.
-En este tipo de casos, aunque duela, es lo mejor. Sabes que ella está sufriendo. Sólo consigue evocar recuerdos horribles, los más oscuros, y tú sabes perfectamente cuáles son. Matarla es lo mejor para ella.
-Pero… ¡yo creía que usted la quería! ¡Que ella era importante para usted!
De repente, el semblante de Dumbledore cambió. Una mezcla de rabia y dolor se reflejó en sus ojos azules y, de pronto, Severus se dio cuenta de que, si para él era difícil todo aquello, para el director lo era cien veces más.
-¿De verdad crees que para mi es fácil todo esto? ¿De verdad crees que no la quería? ¿Qué me hace feliz la idea de matarla?
-Yo…
-No tienes ni idea. La amaba. La quería como a una hija. ¿Y tú crees que no te comprendo? Te equivocas. Yo no quiero hacerlo, pero tampoco quiero condenarla a una existencia vacía y llena de dolor y pesadillas. No quiero que sufra. Sólo trato de pensar en lo mejor para ella. Y tú, por mucho que te duela, deberías hacer lo mismo.
Severus bajó la cabeza, avergonzado.
-Sí, señor.
-Así me gusta. Ahora, lo mejor será que corras al castillo, ya que eres más joven, y avises a los profesores. Yo la llevaré.
Severus asintió y, tras dirigirle una última mirada apenada a su amiga, salió corriendo.
Cuando se quedó solo, el director comenzó a llorar. Se arrodilló en la hierba, junto a Aleydis, y le acarició los cabellos con la ternura con la que un padre mece a su hija en la cuna. Ella lo miró. Podía sentir el roce de su mano, y podía ver sus lágrimas, pero todo eso ya no le decía nada. Porque era un cuerpo sin dueño, una persona limitada a una existencia básica, casi animal, cuyo único objetivo era sobrevivir. Porque ya no era nada. Tan solo una cáscara vacía.
Dumbledore miró el lago. La luz de la luna creciente se reflejaba en él e iluminaba a la niña, como ilumina el foco al actor al salir a escena. Era una visión preciosa para cualquiera, pero no para él. Para Dumbledore, significaba haber perdido algo muy valioso, una hermana, o una hija. Porque siempre la había sentido así, como a una hija, desde aquella mañana de navidad hacía seis años, en la que ella le había confiado su secreto.
Con un suspiro resignado, se limpió las lágrimas y alzó en vilo a Aleydis. La llevó al castillo, donde profesores y alumnos, alertados por Severus, formaban una multitud en el vestíbulo. Ignoró todas las preguntas que le dirigieron y se encaminó a la enfermería, seguido de los profesores. Acostó a la niña sobre una cama, mientras la enfermera echaba a los alumnos curiosos que intentaban entrar.
Al ver los ojos de Aleydis, que miraban al techo sin verlo, McGonagall se llevó la mano a la boca, consternada.
-Así que lo que nos contó el señor Snape era cierto…
-Sí.-confirmó Dumbledore- Los dementores le han dado el Beso.
Se oyeron algunas exclamaciones de horror. Era un destino horrible para cualquiera, y ella era tan joven…
-¿Y qué piensas hacer, Albus?-le preguntó Flitwick.
-Matarla. ¿Qué si no?-dijo él con amargura.
McGonagall le puso una mano en el hombro. Ella también había empezado a llorar.
-Si quieres, podemos hacerlo nosotros.-dijo- No tienes por qué…
-No. Quiero hacerlo yo. Yo…
En ese momento, la puerta de la enfermería se abrió. Lily entró como un torbellino en la habitación, seguida de Severus, Sirius, James y Remus.
-¡Aleydis!-gritó la pelirroja. Se acercó a la cama donde estaba su amiga y la abrazó. Los chicos también se acercaron. Sin pelearse.
-Así que es cierto…-murmuró Lupin. No podía creerlo. Sus amigos no dijeron nada. Se sentían como intrusos allí dentro.
-¡Aleydis!-Lily llamaba a su amiga, como si eso pudiese devolverle el alma, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. La soltó e, inconscientemente, abrazó a Severus, pero lo soltó rápidamente. Severus la dejó ir con amargura. Él también lloraba.
-¿Qué van a hacer con ella?-preguntó Lupin.
-La sacrificaremos.-dijo Dumbledore. Cada vez que pronunciaba esas palabras, algo lo destrozaba por dentro, pero debía permanecer tranquilo. Al menos delante de los alumnos.
-¡No!-gritó Lily- ¡No pueden hacer eso!
-Lily- dijo McGonagall con calma, tuteándola por primera vez- Es lo mejor para ella. ¿O prefieres condenarla a una existencia vacía? ¿Te gustaría que pasase el resto de su vida sin hacer otra cosa que comer, dormir e ir al baño, recordando a cada minuto sus peores vivencias?
Lily negó suavemente con la cabeza.
-Está bien-dijo. Se acercó a su amiga y, cogiéndole la mano, le susurró- Adiós Aly. Encantada de haberte conocido.- le acarició la mejilla y salió de la enfermería, seguida de James y Sirius.
-Adiós.-le dijo Remus- Sé que no puedes oírme, pero de todos modos, gracias. Gracias por aceptarme como amigo sin preocuparte por mi condición. Nunca podré pagártelo. -le apretó la mano suavemente y se marchó. Poco a poco, los demás profesores lo siguieron. Finalmente, en la enfermería sólo quedaron Severus y Dumbledore.
-Voy a hablar con Poppy un momento. Será mejor que te despidas.-dijo el director con tacto. Se marchó de allí, dejándolos solos.
El chico se acercó a ella y le habló.
-Lo siento mucho, Aly. No debí decir lo que dije. Se me escapó. Lo dije sin pensar. Es cierto que amo a Lily, y que verla con Potter me vuelve loco. Eso no lo voy a negar. Pero sé que a ti te quiero más. Lo siento, debería habértelo dicho antes, debería haber ido a buscarte cuando aún tenía la oportunidad, pero… no me atreví. Siempre he sido un cobarde, y lo sabes. Al fin y al cabo, sólo soy un Slytherin. Un asqueroso Slytherin. -se enjugó las lágrimas, que le nublaban la vista, y continuó- Siento haberte hecho daño. Me cegaron los celos. Ver a mi amiga con mi enemigo… bueno, tú misma lo dijiste una vez. Pero me arrepiento, oh, sí, claro que me arrepiento, y no sabes bien como. De verdad que lo siento. Espero que, después de muerta, si vas a algún sitio, puedas perdonarme desde allí.- la besó por última vez, un beso tierno, suave, un beso de despedida. Se encaminó hacia la puerta mientras Dumbledore se acercaba a Aleydis. Miró al director y, por primera vez, se dio cuenta de lo viejo que era y de cuánto había sufrido a lo largo de su vida. Quiso decirle algo para consolarlo, pero no supo el qué, así que lo dejó estar y salió de la enfermería.
Hubo un destello de luz. Una lechuza posada en un árbol cercano echó a volar. Entonces Severus echó a correr, sin rumbo fijo, hasta llegar a los jardines. Allí, se tiró sobre la hierba y lloró como nunca lo había hecho ni volvería a hacerlo.
El reloj del colegio dio doce campanadas. A lo lejos, más allá del lago, incluso tras el Bosque Prohibido, se escuchó, triste, el canto de un fénix.