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La hija de Hogwarts — capítulo 43

Severus estaba sentado en la sala común de Slytherin mirando al techo, sin pensar en nada. Sus ojos negros vagaban por la estancia decorada de verde y plata , como si quisiesen registrar cada detalle, retener cada mota de polvo, memorizar cada telaraña oculta en las esquinas. Aquel iba a ser su último día en Hogwarts. Esa noche, él y todos sus compañeros se graduarían. Severus siempre había pensado en ese día como un día feliz, y, sin embargo, si bien era cierto que había acabado el curso con unas notas excelentes, que había sido prefecto y Premio Anual, y que ese año Slytherin había ganado la Copa de las Casas, no se sentía feliz. Porque aquel día tan especial estaba marcado por un hecho funesto.

Un entierro.

Y no era cualquier entierro. De todas las personas que podían haber perdido el alma en manos de los dementores... pero no. Le había tocado a ella. Y todo por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Aleydis. Su amiga, su novia, su confidente. Y ahora, ella estaba muerta.

Una mano se agitó bruscamente en la cara del pobre Severus.

-¡Eh, Snape! ¿Piensas moverte o te vas a quedar aquí?- preguntó Malfoy.

 Él no contestó. Su compañero, al ver que no reaccionaba, se marchó, dejándolo solo.

Solo. Como siempre. Como había estado hasta que aparecieron ellas.

Lily  y Aleydis. Sus únicas amigas. Tras conocerlas, nada había vuelto a ser igual. Había conocido la amistad y el amor, y se había sentido querido por una vez en su vida. Pero eso no podía durar, y él lo había sabido desde el principio.

No se equivocaba.

Lily lo había abandonado. Se negaba a hablar con él, ni siquiera le permitía acercarse. Pero no la culpaba. Se había comportado como un imbécil, un idiota redomado que la había considerado de su propiedad tan solo por el hecho de amarla, que no había querido ver que ella era libre. Eso había estado mal, él lo sabía, lo supo en su momento, pero los celos y la ira fueron más fuertes y lo cegaron. Y, por culpa de eso, la había perdido a ella.

A Aleydis, la única persona que había sido capaz de ver más allá de su expresión insondable, que había desentrañado los más profundos secretos de su alma, secretos que incluso él desconocía, para luego romperla en pedazos. Porque ella se había marchado, había huido por su culpa, refugiándose en lo único que podía darle consuelo.

El olvido. 

Y, ahora, ella estaba muerta, y él se había quedado sólo. Como siempre.

Despacio, como si las fuerzas le hubiesen abandonado, se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y se dirigió hacia los jardines, donde se iba a celebrar el entierro. Por el camino se encontró a otros estudiantes que iban en la misma dirección que él, algunos por curiosidad, otros porque sentían la muerte de la chica y otros porque, simplemente, no tenían nada mejor que hacer.

Cuando llegó allí, se sentó en una de las múltiples sillas que se habían dispuesto para la ocasión. Miró a su alrededor. Lily y James estaban sentados unas sillas más allá. Se agarraban de la mano y ella apoyaba la cabeza en su hombro, mientras él le acariciaba el pelo suavemente tratando de consolarla.

Desvió la vista de esa escena, porque le hacía daño, y se dedicó a mirar a todos lados, excepto al féretro que descansaba sobre una tarima también invocada mágicamente para la ocasión.

Dumbledore había dispuesto que los restos de la chica descansaran allí, en Hogwarts, puesto que ése había sido su hogar durante un tiempo y, además, de algún modo, ella era su hija. Nadie se había opuesto a esa decisión; todos sabían que no podía ser de otra forma.

Lentamente, todas las sillas se fueron ocupando. Finalmente, el colegio en pleno se había reunido para presenciar el entierro. Eso extrañó a Severus. Su muerte había causado más revuelo del esperado. Tal vez, se dijo, si hubiera muerto de otra manera, si se hubiese matado porque se había caído de la escoba, o se hubiese tirado de la torre de Astronomía, no hubiese causado tanto jaleo. Pero morir porque no te queda otra alternativa, porque es lo mejor que te puede pasar, es algo muy diferente. Todos, grandes y pequeños, lo habían entendido, todos habían captado la sutil diferencia y, por eso, todos estaban allí ahora.

La ceremonia había comenzado, pero Severus apenas prestaba atención. Miraba, maravillado, como una chica de apenas diecisiete años había sido capaz de movilizar a todo un colegio de esa forma. Si bien era cierto que Aleydis nunca había sido una niña muy querida, dada su propensión a encerrarse en sí misma, había conseguido, con su muerte, lo que muchos habían intentado lograr en vida sin éxito: que todos los alumnos estuvieran unidos por una causa común, aunque esta causa fuera un entierro, sin pelearse. Había conseguido que Hogwarts volviera a ser uno, como lo había sido al principio, y como siempre debió ser. Porque ella siempre había representado eso: la unión entre las casas, la neutralidad. Lo había demostrado desde el primer día con sus palabras al Sombrero Seleccionador, y lo había reafirmado convirtiéndose en la hija de Hogwarts. Ella no pertenecía realmente a ninguna casa, porque pertenecía a todas. Ella era la unión entre las casas.

Dumbledore también lo había comprendido mucho tiempo atrás, y lo que veía ahora sólo servía para confirmarlo. Desde su asiento de la primera fila, veía como todos sus alumnos, sus queridos pupilos, habían acudido al entierro y se habían sentado juntos, sin importar a qué casa perteneciera cada uno. Vio Slytherins con Gryffindors, Gryffindors con Ravenclaws, Hufflepuff con Slytherins y Ravenclaws con Hufflepuffs. Y también pudo ver, aunque nadie más se dio cuenta, cómo cuatro fantasmas pasaban rozando el féretro en un suave gesto de despedida. Pero no, no eran fantasmas; si prestabas un poco de atención, si los mirabas más de cerca, podías ver lo que eran realmente: recuerdos. Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. También ellos habían querido presentar sus respetos a Aleydis. Incluso el calamar gigante había emergido del lago, y contemplaba la multitud quieto, en lo que podía considerarse un respetuoso silencio. 

La ceremonia terminó. Poco a poco, todos se marcharon al castillo. Al día siguiente comenzaban las vacaciones, y aún había muchos baúles que preparar. Sólo unos pocos se quedaron en el jardín. Entre ellos estaba Severus. Sentado bajo la sombra de su haya favorita, miraba sin ver el lago, donde el sol de junio se reflejaba como burlándose de él, arrancando hermosos destellos de su superficie. Hacía una tarde muy bonita, una de esas tardes en las que las parejas salen para dar largos paseos en busca de intimidad y, si tienes suerte, puedes ver algunos animales asomados en el linde del Bosque Prohibido. Un estupendo día de verano. Y, sin embargo, todo estaba en silencio; los pájaros no cantaban, como si pudieran percibir la tristeza que sentía, y el calamar gigante había vuelto a hundirse en las limpias aguas del lago. Quizás los animales también sintieran el hedor de la muerte que flotaba en el aire, después de todo.

Severus pensaba en ello sentado bajo el árbol. Pero pronto, sus pensamientos tomaron otro rumbo. Aquél era el momento de tomar una decisión, y él lo sabía. Lucius había vuelto a ofrecerle la oferta que le había hecho un mes atrás; se iba a unir a las tropas de Voldemort, y quería que él le acompañara. Severus había dicho que no, como la última vez. Y, sin embargo, ya no estaba tan convencido. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder si ya no tenía nada? A él siempre le habían gustado las Artes Oscuras, y Lucius no sólo le ofrecía la oportunidad de profundizar en ellas, sino también la seguridad de estar en el bando ganador de una guerra a punto de estallar. Porque él sabía lo poderoso que era el Señor Tenebroso, lo veía cada día en los periódicos, y una vez, incluso lo había comprobado en carne propia. Sabía que, si la guerra comenzaba, él tenía todas las de ganar. Y la idea de poder vengarse de Potter y sus amigos, tras años de sufrimiento bajo su yugo, le parecía muy atrayente.

Con todos esos pensamientos en la cabeza y la tristeza en el corazón, tomó una decisión. Lentamente se levantó, se sacudió la parte de atrás de los pantalones y se dirigió al castillo.

Tenía que hablar con Lucius.

  •     *     *

Era una noche desagradable, una de esas noches en las que el frío se te pega al cuerpo, te cala hasta los huesos y no te deja respirar. El aire era denso, y parecía cargado de expectación. No era una noche propia del mes de marzo, parecía más adecuada para diciembre. Hacía apenas dos horas que la primavera había comenzado, y, sin embargo, la estación de las flores se resistía a llegar.

Una figura solitaria caminaba por una calle de Londres. Llevaba un pequeño bulto en los brazos, que apretaba contra el cuerpo para proporcionarle calor. Se dirigía hacia un orfanato al amparo de la noche para dejar a la criatura que llevaba en brazos, pues  no podía hacerse cargo de ella. No por falta de medios, o porque no la quisiera; simplemente, no podía permitirse el lujo de que la gente se hiciera preguntas que no podría contestar.

Subió las escaleras que llevaban a la puerta del orfanato y depositó a la criatura en el suelo. A su lado dejó una carta con su nombre y una breve explicación. Eso era lo único que podía ofrecerle. Le dolía dejarla allí, pero sabía que no había otro remedio.

Suavemente, para no despertarla, depositó un beso en la frente de la criatura. Entonces se irguió, llamó al timbre y bajó las escaleras con paso apresurado. 

Se ocultó tras una esquina y vigiló. Unos segundos después, una señora  de unos cincuenta años abrió la puerta, miró el bulto que estaba a sus pies, lo recogió del suelo y se lo llevó dentro del orfanato, mientras su cara componía una mueca de hastío. 

La solitaria figura miró por última vez el orfanato. Entonces, torció por una callejuela y, tan rápidamente como había llegado, desapareció.




Bueno, hemos llegado al final. Lamento decirlo, pero aquí se acaba todo. Espero que, tras todo este tiempo, ustedes también lo lamenten.

Muchísimas gracias por sus comentarios, que me animaron cuando más lo necesitaba. Puede que no respondiera a todos, y a los que respondiera lo hiciera de una forma un tanto torpe, pero nunca se me ha dado bien responder ese tipo de cosas. Quiero que sepan que, aunque no lo crean, se les agradece mucho.

Gracias a todas las personas que me tienen en favoritos. Gracias a singforme, por ser la primera en comentar. Que sepas que me aprendí tu comentario de memoria.

Lamento que el final de esta historia no sea satisfactorio para todos (¡lo siento yalilafakih!) pero me gusta el drama. Soy así, qué se le va a hacer…

Probablemente escribiré una segunda parte, en la que conoceremos al extraño personaje del epílogo. Trataré de comenzar a subirla en verano, o tal vez lo haga antes, no lo sé. Sólo puedo prometer que estará ahí pronto, para todo aquel que tenga la suficiente paciencia para leerla.

Muchas gracias de nuevo por haber acompañado a Aleydis hasta el final.

Os quiere

Irys