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Volver a empezar — capítulo 15
Draco observaba con la mirada perdida el lento vaivén del pecho de Daphne. Su vida no corría ningún peligro y, aunque el joven no hubiese llegado a tiempo, ella, según los médicos, habría sobrevivido puesto que la cantidad de pastillas que había ingerido no habría sido suficiente para acabar con su vida. Un minucioso lavado de estómago hizo el resto. No quería pensar en cosas horribles, pero no dejaba de pasarle por la cabeza la idea de que si Daphne hubiese muerto, él ahora tendría un problema menos. Las cosas lejos de solucionarse se volvían más complicadas.
Únicamente recordar sus últimos minutos en casa de Pansy conseguían sacarle una sonrisa de vez en cuando. El arrebato de Hermione le había dejado tan descolocado que ahora lo único que deseaba era regresar junto a ella para comprobar si esa forma de proceder de la joven se mantenía o, por el contrario, fue solo producto del vino y de aquella mágica noche.
En su mente apareció de nuevo la imagen de Hermione y no pudo evitar sonreír, ni él mismo podía explicarse cómo había llegado a enamorarse de ella. Pero ya daba igual, el cómo, el cuándo y el por qué, era la primera vez en su vida que al respirar notaba como el pecho se le hinchaba tanto que los botones de la camisa sufrían para no salir disparados, la primera vez que el estómago y el corazón le daba un vuelco al unísono con solo recordar el suave tacto de los labios de Hermione, la primera, indiscutiblemente ella parecía ser la primera en todo aquello que le resultaba tan extraño, todo lo que siempre negó y aquello que creyó que nunca sentiría por nadie.
Tenía que hablar con Hermione, aclarar las cosas, él podía estar loco por ella pero ¿y ella? Ron no podía haber desaparecido de su vida así como así. Que Hermione comenzase a aislarse un poco de sus recuerdos suponía un gran hándicap para él, pero si ella estaba dispuesta a intentarlo, Draco lucharía entonces, contra todo y contra todos, incluso contra el fantasma de Ron. Jamás había estado tan seguro de algo como de que necesitaba estar junto a ella y aquella sensación le asustaba tanto como le hacía feliz.
La puerta de la habitación de Daphne se abrió lentamente y tras ella apareció la única persona que Draco jamás hubiese imaginado ver allí.
—¿Qué haces aquí? —inquirió desconcertado.
—Cállate.
Lucius Malfoy recorrió con su mirada, gélida como el hielo, la fría habitación del hospital de Barts donde, sobre la cama, se recuperaba el cuerpo de la joven Greengrass.
—Cualquier mujer, Draco, cualquiera y, de todas ellas, tienes que elegir como amante fija a la única que debería estar prohibida para ti por ser la hermana de quien es.
—¿Cómo lo has sabido? —inquirió Draco sin inmutarse y volviendo la mirada hacia los movimientos respiratorios de la joven suicida.
—Yo lo sé todo. Tengo ojos y oídos por toda la maldita ciudad. Te recuerdo que asesinos, ladrones y estafadores, entre otra sucia calaña, me deben favores porque muchos de ellos, culpables, fueron declarados inocentes y puestos en libertad gracias a mi astucia y a mi dinero, claro. Y este tipo de gente sabe ser muy leal y agradecida. —Caminó un poco por la habitación con parsimonia y el rostro tenso y abrupto. Draco siguió los pasos de su padre con la mirada pero sin levantar los ojos hacia él. Lucius suspiró y añadió—. Crees que puedes engañarme, Draco, pero no es así. Hace tiempo que sé lo de Daphne, estuve a punto de obligarte a dejarla pero tú lo hiciste por ti mismo. De pronto, sin entender muy bien el por qué, mis informadores me dieron la noticia de que ya no visitabas su cama. Pensé que por fin mi hijo había tenido en su cerebro las luces suficientes para quitarse el problema de encima. Así que imagínate mi desilusión cuando hoy, precisamente hoy que cenábamos con los padres de tu prometida, cena a la que no has asistido y, por supuesto, de esa falta de respeto hablaremos otro día, me envían un mensaje notificándome que Daphne Greengrass había intentado quitarse la vida y que tú tenías algo que ver en ello porque, después de semanas, por fin apareciste por su apartamento. Ahora vas a contarme qué ha sido.
—No ha sabido encajar que ya no me interesa.
—Trató de quitarse la vida por ti ¿sabes lo que hubiese sucedido si esto sale a la luz?
—¿A qué te refieres? —preguntó Draco fijando la mirada en su padre.
—A que soy quien soy y puedo mover hilos sin que nadie se dé cuenta. Y lo he hecho, los Greengrass no saben nada de esto, ni lo sabrán. Salvo tú, yo y algunos profesionales de este hospital, mal pagados y por lo tanto fáciles de sobornar, nadie más sabe lo que esta estúpida ha tratado de hacer. —Se detuvo frente a su hijo y clavándole le mirada continuó—. Pon fin a esto o tendré que hacerlo yo mismo. Cuando esta niña despierte aclara las cosas con ella de una maldita vez, te repito que nada ni nadie impedirán tu boda con Astoria.
Draco abrió la boca para informar a su padre de la nueva decisión que había tomado con respecto a su inminente enlace pero de ella no salió ni una sola palabra. Estaba demasiado cansado, su mente aturdida por el vino, lo sucedido con Astoria y el beso de Hermione no le permitía pensar con claridad, deseaba tener la cabeza bien despejada en el momento en que comunicase su decisión, ya que estaba seguro que su padre no lo aceptaría y contratacaría con alguna sucia amenaza y él debía estar preparado para afrontarla y defenderse de ella.
—¿Tienes algo que decirme antes de que me marche? —inquirió Lucius con voz arrogante.
—Hoy no.
Lucius levantó una ceja con aire desconfiado, luego añadió.
—Ni se te ocurra moverte de aquí hasta que no hables con ella y sepamos cuales son sus intenciones. ¿Me has oído?
Draco cerró los ojos resignado, Lucius interpretó aquel gesto como una señal de asentimiento por parte de su hijo y sin despedirse de él, abandonó el hospital.
Nunca se mordía las uñas porque siempre lograba controlar de otra forma la ansiedad que le producían sus propios nervios ante situaciones difíciles, pero aquella noche era incapaz de evitar que sus dientes se ensañaran con ellas. La repentina marcha de Draco y el motivo por el cual la hubo dejado con la miel en los labios, la martirizaban. Hermione estaba sentada sobre la cama, en el reloj despertador de su mesa de noche parpadeaba con luz roja las cuatro de la madrugada y ella era incapaz de poder dormir. Suspiró profundamente mientras sus ojos se quedaban fijos en un retrato de Ron que estaba justo al lado del reloj, lo agarró y lo sostuvo entre sus manos. En la foto, su malogrado marido sonreía vestido con la camiseta de su equipo de fútbol favorito. Tenía el cabello revuelto, más largo de lo que solía llevarlo y la cara algo sucia por el barro. Aquel día, Ron y los Weasley habían vuelto a ganar el torneo estival de fútbol que las familias vecinas de Ottery celebraban cada año. Aquel fue su último año, su último triunfo. Apenas dos semanas después sufrieron el terrible accidente que apagó la sonrisa de Ron para siempre. Con él vivió los mejores y los peores momentos de su vida, a él lo amó más que a nada en el mundo y lloró su muerte hasta que no le quedaron lágrimas en los ojos. Un tiempo atrás pensó que nadie más que Ron la haría temblar de pies a cabeza con el simple sonido de su voz o el tacto de sus manos. Sin embargo aquella noche por primera vez había vuelto a percibir una sensación parecida muy parecida y la persona que había conseguido provocárselo no había sido Ron, sino alguien completamente distinto a él. Alguien que en otras circunstancias únicamente le hubiese producido rechazo. Y de hecho fue así, la primera vez que lo vio y la segunda y las otras restantes, hasta que se dio cuenta que en el fondo Draco Malfoy debía tener algo que merecía la pena, porque de otra manera en ella jamás habría aflorado ningún otro sentimiento más benevolente por él que la hostilidad.
Allí, en la cocina de Pansy, había sentido el impulso irrefrenable de besar a aquel joven y ahora estaba segura que nada ajeno a ella le había aturdido la mente para que lo hiciese. No fue el vino, ni la tristeza del rostro alicaído de Draco, fue la sinceridad de él, la forma torturada en que le dijo que la amaba, sus ojos ardiendo de rabia por aquel recuerdo del que no lograba deshacerse. Fue por él, porque de repente sintió que lo necesitaba y que aquel beso podría ser el principio de todo lo que pudiese venir después. Y él respondió con la desesperación del que busca consuelo, la besó como si su vida dependiese de aquel instante. ¿Cómo era posible, pasar de odiarse a desearse, a necesitarse?
—Tal vez nunca llegamos a odiarnos —susurró con la mirada fija en el retrato de su esposo—. ¡Oh! Mi querido Ron, lo hubiese dado todo por evitar que te alejaran de mí. Ya es hora, ha llegado el momento de que sea yo la que te aparte. Olvidarte no puedo, nunca podré siempre serás mío pero debo seguir y ahora tengo una ilusión, que tal vez no aprobarías, te conozco —rio amargamente mientras dos gruesas lágrimas resbalaban por su nariz y se estampaban contra el cristal del retrato—, pero sabes que siempre me gustó llevarte la contraria. Te he querido y te querré toda mi vida, sin embargo, voy a tratar salir adelante sin ti y, por increíble que parezca, quiero hacerlo junto a él.
Acercó el retrato a sus labios y depositó sobre el frío cristal un beso. Luego abrió el último cajón de la mesa de noche y lo dejó allí, entre algunas cosas revueltas. Cerró los párpados al mismo tiempo que el cajón y sus ojos dejaron escapar algunas lágrimas más. Resopló con una mezcla en su alma de melancolía y alivio mientras desviaba la mirada hacia el hueco vacío que había dejado el retrato sobre la mesa y sonrió. Con aquel simple gesto, Hermione se daba la oportunidad de empezar algo nuevo, algo muy distinto pero algo que deseaba con todos los sentidos.
—Estás aquí. —La voz agónica de Daphne logró despertarlo de la cabezada de sueño que había dado en el sillón de la habitación de Barts.
—Eres una inconsciente —le recriminó Draco con voz seca.
—No lo creas, sé lo que hago. ¿Pensabas que me quitaría la vida por ti? Oh no, no vales tanto, Malfoy. Pero quería arruinarte esta noche, porque sé que probablemente estarías con otra y, ya ves, ahora estás aquí, conmigo —pronunció aquellas palabras con mucho esfuerzo pero con una inquietante sonrisa en el rostro.
—Trataste de engañarme, los médicos dijeron que la cantidad de pastillas que tomaste no te hubiese matado. Eres repugnante.
—No más que tú, Draco. Tenía que hablar contigo y de otra forma no habrías venido. Doy por hecho que tus escasas visitas a mi cama supone que has decidido acabar con lo nuestro. No pienses que estoy muy de acuerdo con tu egoísta decisión, muy propia de ti por cierto, pero nunca suplico a un hombre, así que no te preocupes que no voy a insistirte, por las buenas, claro. Sólo quiero que sepas que tampoco pienso a dejar que te vayas de rositas. Pienso que a mi padre y a mi hermana no les hará mucha gracia eso de que pasaras las horas entre mis sábanas, Draco.
El joven Malfoy se puso en pie y se aproximó a Daphne con los ojos ebrios de ira.
—¿Estás amenazándome?
—¿Sigues pensando en dejarme? —inquirió ella sin amedrentarse.
—Por supuesto.
—Entonces es una amenaza en toda regla.
Draco se separó de ella lentamente, en su rostro Daphne pudo ver un atisbo de sonrisa que le pareció extraña.
—Muy bien, si es tu decisión hazlo, no voy a impedir que hables con Astoria y le cuentes lo nuestro. Es más te agradecería que lo hicieras, con un poco de suerte, será ella la que me deje a mí.
Las palabras de Draco terminaron por desconcertar completamente a la muchacha.
—¿Te da igual?
—Absolutamente, es más, te suplico que lo hagas —exhortó Draco con voz sibilante y fría.
—No lo entiendo, sabes que si lo hago tu boda y la fusión se irán al garete.
—Oh, no sabes cuanto deseo acabar con todo esto, Daphne. Así que si tu intención al revelar nuestro secreto es hacerme daño, déjame decirte que en realidad me estás haciendo un favor. Así que, vamos, recupérate y en cuanto salgas de este hospital ve y cuéntalo todo, que yo no voy a impedírtelo.
Daphne dejó clavada la mirada en Draco tratando de asimilar en qué momento su brillante plan había fallado tan estrepitosamente, cuando de repente, sus ojos se abrieron de par en par y comenzó a reír con fuerza.
—Es una mujer, se trata de otra mujer. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Hay alguien y debe ser alguien muy importante para mandar al diablo la fusión con mi familia y los deseos de la tuya. —Draco no contestó, en vez de eso, comenzó a caminar sin ton ni son por la habitación—. Oh, no puedo creerlo, te has enamorado ¿Tú? No creí que viviría para ver esto. ¿Quién es ella?
—Eso no importa.
—A mí sí, ¡mírame Draco! —El joven se detuvo en seco y giró la cabeza hacía ella desafiante—. ¿Es la chica del bar? Aquella con la que tomabas una copa el día que nos encontramos ¿Es ella verdad?
No hizo falta que Draco contestará, la expresión de sorpresa que se reflejó en su rostro habló por él.
—No la metas en esto.
—Así que es ella, siento decirte que tu gusto por las mujeres empieza a decaer Malfoy. Te creía más selecto con el genero femenino —se burló.
—Escúchame bien, Daphne, dile a Astoria la verdad, pero no se te ocurra meter a Hermione en este asunto. Ella no tiene nada que ver con nuestros problemas. —Caminó hasta su abrigo y se lo puso sobre los hombros a la vez que decía—. Desaparece de mi vida para siempre.
Con un golpe sordo, Draco cerró la puerta de la habitación. Daphne miró al techo, blanco como la nieve que inundaba las calles de Londres, sus labios se curvaron en una inquietante sonrisa y susurró.
—Esto no va a quedarse así, Draco Malfoy, ni lo sueñes.
Amanecía, las luces de los adornos navideños se opacaban con la claridad del día. El ascensor del apartamento de Pansy se había estropeado y Draco tuvo que subir peldaño a peldaño la escalera. Estaba agotado, pero no tenía sueño. La visita de su padre, la conversación con Daphne, todo lo sucedido habían hecho mella en su animo. Necesitaba una buena taza de té caliente y un hombro donde reposar su cabeza. Le dolía, era como si el cerebro fuese a reventarle en cualquier momento y quería ver a Hermione, su rostro, su expresión de "sé lo que estás pensando" y sus ojos cálidos y sinceros.
Hasta ahora no se había dado cuenta del tipo de personas de las que siempre había estado rodeado y por más que le doliese, era su familia los más desalmados de todos ellos. Ahora lo único que quería era paz, levantarse cada mañana sin la estúpida sensación de sentirse un hipócrita y un villano y, sólo ella, era capaz de lograr esa ansiada tranquilidad que tanto valoraba en aquel momento.
Cuando Pansy abrió la puerta, encontró tras ella a un hombre terriblemente desmejorado, con las ojeras muy pronunciadas y el rostro más apático y triste que había visto jamás. Hermione, al sonido del golpeteo de la llamada, salió en camisón al recibidor y pudo comprobar el lamentable estado de Draco. Se le encogió el corazón y guiada por un impulso y la propia necesidad, se aferró al cuerpo del joven en un abrazo que Draco recibió como si fuese de oro. Pansy, dio un paso atrás, sin saber muy bien como interpretar la escena que estaba presenciando con sus propios ojos.
—Me engañó, Hermione. Solo quería que estuviese con ella esta noche. Nunca tuvo intención de suicidarse.
—Oh, no sabes cuánto me alegro que todo halla acabado bien, lo que pretendió hacer es espantoso —expresó ella sin apartarse del cuerpo de Malfoy.
—Me amenazó con contarle la verdad a Astoria y a su padre.
Pansy se llevó la mano a la boca espantada pero su sorpresa aumentó cuando escuchó las siguientes palabras de su amigo.
—Le dije que lo hiciera, quiero que lo haga. Astoria me dejaría, todo sería más fácil.
Hermione se separó un poco de los brazos de Draco y con las manos agarró el rostro desmejorado del joven paseando sus ojos por él.
—No pienses ahora en eso, tienes que sentarte y descansar. Prepararé té, te vendrá bien una taza caliente.
—No, Hermione, yo lo haré —se adelantó Pansy guiñándole sutilmente un ojo.
Una vez que Pansy los hubo dejado a solas, Hermione acompañó a Draco al salón y lo hizo despojarse del pesado abrigo y sentarse en el sofá ocupando ella un lado junto a él. El joven se mantuvo en silencio unos segundos con la mirada perdida en el suelo hasta que por fin habló.
—Mi padre estuvo allí, en Barts y no fui capaz de decirle claramente mis intenciones de anular la boda con Astoria.
—Hiciste bien, ya habrá tiempo, aquel no era el momento ni el lugar para hacerlo —respondió Hermione con voz suave.
—¿Lo crees así? ¿Crees que actué de esa forma por prudencia? Porque yo pienso que no tuve valor para enfrentarme a él una vez más.
Draco se tapó la cara con ambas manos, Hermione suspiró apesadumbrada por el sufrimiento del joven, acercó sus manos a las de él y las retiró de la cara de Draco.
—Fue un acto prudente y me siento orgullosa de ti, no te castigues tanto.
Draco giró sus manos sobre las de Hermione y las aprisionó con fuerza, aferrándose a ellas, luego le regaló una leve sonrisa mientras acercaba su rostro al de ella. Hermione no retrocedió y entonces Draco susurró.
—Tenemos que hablar.
Ella asintió, mientras el rostro y la boca del joven estaban más y más cerca del de ella, más entonces los pasos de Pansy se escucharon y Hermione se apartó de la trayectoria que llevaban los labios de Draco.
—Aquí tienes tu té —anunció Pansy dejando la taza humeante sobre la mesa—. Me muero porque me cuentes todo lo sucedido en Barts pero hoy es Navidad ¿recordáis? Mis padres están fuera de Londres y por eso yo debo ocuparme de entregarle el regalo a la tía abuela Violet, tengo que marcharme, pero tú no te muevas de aquí —señaló a Draco con un dedo—, que a mi vuelta quiero saberlo todo. Ya sé que te pido mucho Hermione, pero cuida de él.
Hermione asintió levemente para no mostrar su entusiasmo por quedarse a solas con Draco. Era cierto, se debían una conversación y la marcha de Pansy favorecía a ello. Pansy se puso su abrigo y tras agarrar el regalo para su tía abuela, se marchó precipitadamente del apartamento.
Draco tomó un par de sorbos del té que, con tanto esmero, había preparado su amiga, pero no pudo tomar un tercero porque se le revolvió el estómago y entonces dejó la taza sobre la mesa.
—¿No tomas más? Te hará bien —recomendó Hermione.
—No me apetece, lo único que quiero es aclarar las cosas contigo porque no puedo dejar de pensar que hace solo unas horas eras tú la que me besabas a mí después de haberme hecho prometer que yo no lo haría jamás.
Hermione se puso en pie dándole la espalda al joven.
—Fue un impulso.
—Los impulsos no nacen así como así —instigó Draco mientras también se ponía en pie.
—De repente deseé hacerlo —contestó Hermione sin girarse hacia él.
—¿Por qué?
—Porque lo necesitaba y pensé que tú también.
Draco agarró a Hermione con suavidad por los brazos y la hizo girar hasta que sus ojos quedaron enfrentados a los de ella.
—Yo nunca he necesitado nada, hasta ahora y no puedes imaginar cómo me fastidia eso. De pronto, de la nada surges tú para volver mi mundo del revés. No empezamos con buen pie, eres una sabionda insoportable y en contra de mi voluntad muchas veces te conviertes en mi vocecita de la conciencia y eso no me gusta nada, pero cuando estoy a tu lado veo las cosas de otro modo. Mi vida siempre ha estado gobernada por el color gris, todo a mi alrededor destila frío e indiferencia y tú aportas calidez a mi existencia. De pronto no me imagino la vida sin ti, pese a quien le pese, incluido a mí mismo.
—Eras la persona más detestable que encontré al pisar Londres. Hacías que mis peores instintos saliesen a la luz y quise odiarte desde el primer día. Pero cuando se pretende odiar algo es porque no te es indiferente y tú nunca fuiste indiferente para mí. Tus actitudes ante ciertas cosas y ciertas personas me sacaban de quicio y, sin embargo, siempre pensé que tu forma de ser era más una fachada que una realidad. Te he visto sufrir en estos últimos meses, sufrir porque te diste cuenta que tu familia no te amaba como creías y alguien sin sentimientos no sufre porque no encuentre quien lo ame. Ahí me fui dando cuenta que no eras quién aparentabas, aunque muchas veces sigo teniendo ganas de borrarte la cínica sonrisa de una buena bofetada —se sinceró Hermione.
—Ya lo hiciste una vez.
—Volvería a hacerlo mil veces.
—¿Y Ron? ¿Dónde queda él ahora? —Draco formuló la pregunta que ambos temían.
—Donde estará siempre, en mi corazón, nunca se irá de allí. —El joven bajó la cabeza mientras emitía un suspiro de impotencia, Hermione agarró el mentón de Draco con dos dedos y lo levantó obligándolo a mirarla nuevamente mientras añadía—. No puedo sacarlo de mi corazón porque nunca hizo nada para que no mereciese estar ahí. Lo amé mucho pero también sé que ya ha pasado suficiente tiempo y tengo que aceptar vivir mi vida sin él. Draco, a partir de hoy, Ron no será un obstáculo entre tú y yo.
—¿Estás segura? —preguntó el joven con un inusual brillo en su mirada gris.
—Absolutamente. No sé siquiera qué estoy haciendo pero ahora quiero, necesito estar junto a ti.
La confesión de Hermione consiguió que Draco dejara de contenerse atrayendo el cuerpo de la joven hacia él.
—Voy a besarte y no quiero la huella de tus cinco dedos sobre mi cara.
—No la tendrás, al menos hoy —contestó Hermione con una sonrisa.
Aquella sonrisa fue eclipsada por los labios de Draco. Hermione supo, al sentir la cálida humedad de la boca de él que, pasase lo que pasase, ella se dejaría llevar hasta el final de todo.
Draco sentía aquel olor a lilas penetrar en su nariz y en su cerebro, nunca una mujer había conseguido volverlo tan loco simplemente con su aroma. Sintió que la deseaba, que necesitaba hacerla suya en aquel instante. Pero no como en otras ocasiones en las que las mujeres le habían servido únicamente de válvula de escape, con Hermione era distinto. Quería amarla —sin pedirle a ella que sintiese lo mismo— ni siquiera sabía como se hacia eso, nunca había hecho el amor con ninguna mujer, porque nunca antes había amado.
Los labios de ella se movían con soltura sobre los de él, podría estar sintiéndolos de aquella forma cada segundo del resto de su vida. Pero necesitaba más, de pronto los labios de Hermione le parecieron poco y, por eso, buscó con avidez el cuello y el mentón de la joven. Ella dejó escapar un leve suspiro cuando la boca de Draco jugueteó con su piel. Hermione enredó las manos en el liso cabello del joven Malfoy atrayéndolo hacia ella. En otro momento no hubiese querido pensar en lo que estaba sucediendo, sin embargo, era absolutamente consciente que Draco besaba y lamía la piel de su cuello y ella no iba a impedir que continuase haciéndolo. Hermione comenzó a desabotonar la camisa de Draco, si él sentía su piel ella deseaba hacer lo mismo. No tuvo ningún problema en llegar a su torso, para ser un hombre, Draco tenía una piel suave, blanca y casi desprovista de vello. Sus músculos no eran demasiado llamativos por ser delgado, pero eran tensos y bien definidos. Volver a tocar la piel de un hombre que le gustaba era algo que ella prácticamente había olvidado y fue un enorme placer recordarlo.
Notó como Draco había dejado de lado su cuello y ahora permitía que su boca resbalase por la clavícula hasta la abertura del camisón de ella. Sintió de pronto su cuerpo arder ante la posibilidad de que Draco la hiciese suya. Colocó ambas manos sobre el pecho desnudo del joven y lo apartó de ella con suavidad. Draco la miró confuso y con la respiración jadeante, preguntó.
—¿Qué pasa?
Hermione no contestó, se limitó a agarrar la mano del joven haciéndolo caminar tras ella. Draco seguía sin entender qué estaba ocurriendo, pero apenas podía pensar mientras observaba el cuerpecillo de Hermione contonearse graciosamente delante de sus ojos. Ella lo llevó hasta su dormitorio y, una vez allí, Draco lo entendió todo. Se sonrieron, ella apartó de la piel de él la camisa y él dejó que los tirantes del camisón de Hermione resbalasen por la suavidad de sus hombros hasta que quedó esparcido por el suelo.
Eran adultos, ambos deseaban que sucediese, el único obstáculo para que pudiesen ser el uno del otro era la ropa y pronto ese asunto dejó de serlo. Hermione sintió el cuerpo de Draco sobre el suyo tenso, firme y confiado. Draco notó la piel de Hermione bajo la suya, suave, erizada y tímida. Era perfecta, si alguna vez soñó una mujer así ahora la tenía entre sus brazos.
El calor los invadió a pesar de que afuera estuviese nevando, el deseo los envolvió, las respiraciones se acentuaron y los gemidos, ahogados o no, se hicieron dueños del silencio de la habitación. Cuando Draco se introdujo en ella algo sucedió, de pronto sintieron como si ya no fuesen dos seres distintos sino uno solo, Hermione lo miró a los ojos y encontró en ellos algo que nunca había visto, halló luz y se sintió orgullosa de ser ella la única capaz de derretir el iceberg que se alojaba bajo aquellos parpados. Draco se movía sobre ella con delicadeza, pero el deseo fue creciendo y el vaivén de los cuerpos se tornó en un frenesí descontrolado. Hermione arañó la piel de la espalda de Draco arqueando la suya propia en un último arrebato de él sobre ella y el joven susurró.
—Te amo, Granger.
Y cayó desplomado a su lado respirando velozmente y con una sonrisa en los labios. Hermione también sonreía, por increíble que pareciese, se sentía feliz. Aún no estaba preparada para pronunciar las mismas palabras que Draco acababa de confesarle al oído, sin embargo, la felicidad que estaba experimentando no le era extraña.
—Feliz Navidad, Malfoy.
Draco alargó el brazo hacia ella y Hermione dejó reposar su cabeza sobre el pecho del joven, oyendo el desbocado latir de su corazón, corazón que hasta hace muy poco pensó que carecía de sangre caliente y de sentimientos.
Gracias y pienso seguir publicando así de seguido por lo tanto ¡Hasta Pronto!