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Volver a empezar — capítulo 16
Se incorporó muy lentamente, tratando de no despertar al hombre que dormitaba bajo las sábanas. Hermione lo contempló durante unos segundos, su cabello rubio se desperdigaba por la almohada, sintió un calor reconfortante en la piel mientras recordaba como los largos dedos de Draco la habían acariciado dejándola marcada. Se había entregado a él, sin más, sin reservas, sin pensar en el pasado ni en el futuro. Debía estar loca por tratarse de quién se trataba, había perdido el juicio por él, lo único que siempre había controlado, su propia cordura. De repente, la presencia de Draco alborotaba su existencia y ella había conseguido quitarle aquella armadura de hierro a su corazón. Porque el hombre que la había amado aquella noche, no tenía nada que ver con el que entraba cada día con aspecto sombrío en el despacho de SIREM. Draco era capaz de amar y amar de verdad, ella sabía lo que era eso, porque una vez se sintió amada y ahora volvía a sentir lo mismo.
Ya no cabían las apariencias, habían sucumbido a la tentación, tal vez ninguno de los dos tenía claro que pasaría con ellos después de aquel mágico momento, pero Hermione sí sabía que nada sería como antes. Draco respiró profundamente antes de abrir sus grises ojos poco a poco.
—Te has despertado —susurró en medio de un débil bostezo.
Hermione sonrió sin apartar la mirada de él pero sin saber qué decir. Era extraña la sensación que le producía comprender que unas horas antes, el cuerpo de Draco y el de ella, habían sido uno solo.
—¿Te encuentras bien? —inquirió el rubio frunciendo el ceño al comprobar que Hermione no decía nada.
—Creo que sí —contestó ella escuetamente apartando la vista del joven—. ¿Y ahora qué somos?
—No lo sé, dímelo tú.
—Creo que todo empieza de nuevo, todo lo que ya viví una vez, la ilusión, la alegría, el deseo y el miedo de amar a alguien. No lo sé, Draco, no sé qué somos, porque tú estás comprometido y yo no quiero equivocarme. Lo único que sé es que ya pasó mi tiempo en soledad y que tal vez no seas el hombre con quién creí que podría volver a rehacer mi vida, sin embargo, lo que he sentido junto a ti no es algo que pueda encubrir, es lo que es y no me importa reconocer que has conseguido volverme loca la cabeza. Creo que nunca te busqué y, con todo, te he encontrado. Estoy apostando todas mis cartas a ti y dicen que no se puede ganar siempre, pero yo perdí una vez y no quiero perder de nuevo.
Draco se incorporó hasta quedar sentado frente a ella, su semblante no parecía el mismo, la frialdad que siempre reflejaba en él había desaparecido completamente y en su lugar, Hermione pudo ver la calidez de una mirada que desconocía. Percibió entonces como la mano del joven acarició lentamente su rostro. Cerró los ojos para disfrutar aún más aquella caricia mientras escuchaba el único ruido que deseaba oír, su voz.
—Yo tampoco pienso perder, esta vez no dejaré que decidan por mí. Quiero esto que empieza y lo quiero junto a ti.
Acercó su rostro al de ella y la besó sin prisa, con una delicadeza que hizo que Hermione sintiese recorrer por su espina dorsal un escalofrío.
Comenzaba a tocar la felicidad con la punta de sus dedos y todo estaba siendo tan fácil que, el temor a que se disipara antes de alcanzarla, no se apartaba de su corazón.
Charlie regresó a Londres el veintisiete de Diciembre trayendo regalos para todos. Hermione se alegró mucho de volver a verlo, pese a que le embargó el temor de cual sería su reacción cuando supiese de su relación con Draco. Era algo que, tarde o temprano, él tendría que saber; pero se trataba de Malfoy y, en más de una ocasión, Charlie había dejado bien claro que aquel joven no era precisamente santo de su devoción. Cualquier otro habría sido motivo de alegría para el hermano de Ron, nada en el mundo deseaba más que la felicidad de Hermione, pero estaba segura que Draco Malfoy no era lo que Charlie habría deseado para ella.
Por el momento decidió guardar silencio, todo había sido tan precipitado, todo era tan reciente, que incluso a ella misma le costaba aceptarlo. Sin embargo, no se arrepentía de lo sucedido, en ningún momento tuvo ni un atisbo de duda ante la posible decisión de volver atrás en el tiempo. Había unido su cuerpo al de Draco porque así lo había querido y, nada ni nadie, lograría que se retractase de ello.
Los únicos que sabían de lo sucedido entre ellos, hasta el momento, eran Pansy y Nott. La primera lo descubrió aquel mismo día en que Draco, agotado por la terrible noche que había pasado en el hospital y por su momento de pasión con Hermione, se había quedado dormido con la cabeza de ella sobre su pecho, en la misma cama que los había visto amarse por primera vez. Pansy, al regresar a casa y no ver a Draco, a pesar de que dejó el encargo de su cuidado a Hermione, se preocupó y tuvo la genial idea de entrar en el dormitorio de su amiga para pedirle las oportunas explicaciones. Fue entonces cuando se quedó de piedra al comprobar que Hermione había cuidado de Draco sobradamente. Lentamente, procurando no hacer ruido, salió de la habitación con una extraña sensación de desconcierto; las explicaciones llegaron más tarde, cuando ambos despertaron y cubrieron sus cuerpos desnudos con la ropa que Pansy había visto decorando el suelo de la habitación de Hermione. La joven se alegró por la nueva felicidad de ambos, aunque la reacción del señor Malfoy cuando supiese la decisión de su único hijo, ensombrecía aquella dicha.
Nott no supo de la noticia hasta unas horas después en que Draco, además, le relató el supuesto suicidio de Daphne y la visita de su padre. También su amigo se regocijó de la felicidad del joven Malfoy, sin embargo, le dio un consejo.
—Entiendo de tu necesidad, ahora que deseas empezar algo nuevo con Hermione, en hablar con tu padre lo antes posible pero te recomiendo que lo hagas una vez concluido del juicio de Goyle. Sois enemigos en las salas del juzgado y no sería bueno echar mas leña al fuego. Habla con Hermione, seguro que ella será de mi misma opinión.
Y así fue, Hermione, que ahora estaba absolutamente convencida que Draco terminaría su relación con Astoria, también vio oportuno esperar unas semanas a que el juicio contra Goyle concluyese. Draco no era de la misma opinión, puesto que sus ganas de desvincularse de los Greengrass pesaba demasiado en su corazón, no obstante, terminó aceptando la recomendación de Nott.
El juicio contra Goyle tuvo su primera vista unos días después de comenzar el año. Draco, Hermione y Ernie llegaron puntuales al juzgado. Aquel día declararían todos los testigos de Lucius Malfoy, así que los tres se habían preparado para escuchar testimonios falsos que uno a uno tendrían ir desmantelando. No iba a ser trabajo fácil pero juntos lo lograrían.
Fue largo y agotador aquel primer día de juicio y Draco y Hermione llegaron exhaustos al apartamento de Pansy. La encontraron en el sofá, tenía los ojos enrojecidos y brillantes y su aspecto entristecido estaba más desmejorado que nunca.
—¿Te encuentras bien, Pansy? —preguntó Draco mientras se quitaba su pesado abrigo y lo dejaba caer sobre una silla.
—Quiero hablar con Theo, pero tengo miedo.
Hermione se sentó a su lado y la tomó de la mano mientras decía con voz conciliadora.
—Nott te ama.
—Lo sé, pero le he hecho daño.
—Le has elegido a él —comento Draco con voz fría antes de sentarse junto a las muchachas.
—Eso no tiene ningún valor, tuve dudas, dudas de lo que sentía por él. No debí tenerlas, debí saber desde el primer momento que a quién quería en mi vida era a Theo. No puedo esperar más, llevo días tratando de encontrar las palabras perfectas para explicarle a Nott todo lo que sentido y cómo me he dado cuenta que él es el único en mi corazón. No sé si me creerá.
—Por supuesto que lo hará, solo míralo a los ojos y dile lo que sientes. Pocas miradas ocultan los verdaderos sentimientos, él sabrá que dices la verdad.
Draco miró a Hermione mientras ladeaba una sonrisa. Por mucho que a veces le molestase la elocuencia de la joven, ella siempre tenía las palabras precisas para cada momento.
—Tienes razón, Hermione, iré a hablar con él ahora mismo. Si espero más tiempo acabaré por volverme loca.
Sin perder ni un segundo más, Pansy salió como alma que lleva el diablo del apartamento.
—¿Crees que la perdonará? —preguntó Hermione acomodando la cabeza sobre el hombro de Draco.
El joven no contestó, su mente estaba en otro asunto mucho más peliagudo para él que la reconciliación amorosa de sus amigos. Hermione notó en el silenció de Draco que algo turbaba su tranquilidad y por eso trató de averiguarlo.
—Estás muy callado, ¿piensas en el juicio?
El joven siguió sumido en su mutismo, Hermione se dio cuenta que ni siquiera la escuchaba.
—Draco… —Se alejó del hombro de Malfoy y se puso de cuclillas frente a él agarrándole suavemente las manos—. Draco, ¿estás bien?
La miró como si acabase de salir de un trance y le sonrió.
—Estoy bien.
—No lo creo, te preocupa algo —insistió Hermione.
—No me gusta esto, no me gusta estar escondiéndote. Quiero que la verdad salga a la luz de una vez por todas. Mi padre se pondrá hecho una fiera de cualquier modo ¿por qué esperar?
—Para no perjudicarnos, Draco. Este juicio es importante, depende de nosotros y de nuestro buen hacer que un hombre culpable vaya a la cárcel y uno inocente quede libre de sospechas. Nos lo debemos, te lo debes a ti mismo. Tu padre no debe saber de tus intenciones de terminar con Astoria hasta que esto no acabe. —Draco resoplo impaciente, Hermione se apresuró a continuar diciendo—. Será un juicio rápido, con las pruebas que hemos recabado no habrá motivos para que el juez lo alargue mucho. Cuestión de semanas, tal vez un mes a lo sumo y, después esperaremos la decisión del jurado. Yo puedo esperar y sé que tú también.
—No, yo no puedo, pero si mi pides que lo haga lo haré —aseveró atravesándola con su mirada gris.
—Hazlo.
Draco, chasqueó la lengua acompañándolo con un fuerte resoplido. Hermione sonrió, en otro momento, el inconformismo del joven le habría exasperado, pero ahora le parecía una prueba inconfundible de que los sentimientos de Draco hacía ella no eran fingidos. Aquel hombre se veía verdaderamente afectado por la idea de no poder llevar con ella una relación normal; verla en el apartamento de Pansy, a escondidas de su padre y de los informadores de este, comenzaba a exasperarle demasiado. Aquel era el mejor lugar, nadie desconfiaría de que lo único que llevaba a Draco al apartamento fuera la necesidad de visitar a su amiga, como siempre había hecho. Aquello no era extraño y nadie tenía que saber que la persona a la que añoraba ver era en verdad la compañera de piso de Pansy. Era el sitio perfecto, pero a Draco ya comenzaba a quedársele algo pequeño y con Charlie allí, aún más. El joven Malfoy no comprendía por qué Hermione le ocultaba a su cuñado la relación que ahora les unía. Ese asunto también le mortificaba y aprovechó el momento para sacar el tema a relucir.
—¿Y Charlie?
Hermione frunció el ceño, Draco nunca preguntaba por el pelirrojo.
—Creo que no está, habrá salido.
Draco entornó los ojos impacientemente.
—Me da igual dónde esté, pregunto que cuándo sabrá lo nuestro.
Las manos de Hermione se retiraron de las de Draco como si hubiese recibido una descarga eléctrica, se puso en pie y caminó un poco por la habitación.
—Pienso decírselo pronto.
—¿Por qué tantos remilgos con él? Se supone que te quiere y que desea lo mejor para ti.
—Ese es el problema, que no creo que Charlie piense que eres el hombre indicado para mí —confesó Hermione con el semblante circunspecto.
—No me conoce.
—Conoce lo que muestras de ti y no es tu mejor parte.
—No lo entiendo, Hermione ¿por qué necesitas su aprobación? —inquirió Draco poniéndose en pie y caminando hacia ella.
—No lo sé, si Charlie te acepta yo me sentiría más tranquila, más feliz.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si no le gusto y punto? Yo no le gusto a la gente —instó Draco endureciendo el gesto.
—A mí me gustas —manifestó Hermione sonriéndole para apaciguar un poco la serpiente que comenzaba a retorcerse dentro del esbelto cuerpo del joven—. Si Charlie no te acepta, eso no cambiará lo nuestro. Yo di el paso y no suelo dar marcha atrás en mis decisiones, le pese a quién le pese.
La decisión con la que Hermione pronunció las últimas palabras le recordó a Draco uno de los motivos por los que irremediablemente se había enamorado de ella. Esa decisión en cada cosa que hacía o decía era lo que envidiaba de aquella joven. ¡Cuánto le habría gustado tener en su vida solo un poco de la valentía que siempre mostraba Hermione! Él siempre tuvo miedo, a su padre, a su tía, a no ser el mejor en todo, a no poder demostrar que podía ser el mejor. Sus ganas de luchar por Hermione le estaban dando las fuerzas necesarias para conseguir ese valor que nunca creyó poseer. Aprender a ser valiente para afrontar la vida era un camino difícil que él estaba dispuesto a recorrer siempre y cuando lo hiciese aferrado a la mano de Hermione.
La mansión Greengrass, a las afueras de Londres, era un hermoso lugar construida de firme piedra, con innumerables habitaciones y unos jardines dignos de la misma reina de Inglaterra. El señor Greengrass era un hombre poderoso que se codeaba con los altos mandos políticos del país y cuya fortuna era más que cuantiosa y apetitosa para otros tantos poderosos, ansiosos de agrandar sus patrimonios.
Los Greengrass eran un matrimonio cuya unión fue fundada en el amor, sin embargo, no tuvieron en cuenta aquel hermoso sentimiento para sus dos hijas. Daphne, la mayor y más rebelde, nunca hizo aquello que sus padres esperaban de ella y, en consecuencia, había sido repudiada por su padre. Astoria, la menor y más dócil, se había acomodado fácilmente a la idea de casarse con Draco por imposición de su progenitor. Se conocían desde niños, ya que entre los Malfoy y los Greengrass siempre había existido una buena y, en la mayoría de ocasiones, interesada amistad. Los inexistentes sentimientos románticos que pudiese tener hacía el joven Draco quedaban a un lado en su vida, ni siquiera había pensado en ello.
Estaba a punto de cumplir veintidós años y, antes de esa edad, ya sería una mujer casada. Nunca se planteó la posibilidad de enamorarse más allá de Draco, porque era consciente que por el joven Malfoy jamás sentiría nada parecido al amor y, aun así, se conformaba; ella era la hija de la que su padre se sentiría orgulloso, ella no le haría sufrir como lo hizo Daphne.
Aquella tarde de Enero, Astoria se había propuesto terminar la lectura de un libro que había comenzado hacía más de seis meses. Con todos los preparativos de la famosa boda apenas podía leer con tranquilidad y, en los pocos ratos que tenía para dedicarse a esa saludable afición, su concentración era prácticamente nula. Para colmo, ahora Draco le venía con esa estupidez de cancelar el enlace. Eso era completamente imposible, ni su padre ni el de él, darían el consentimiento para que eso se llevase a cabo. No obstante, aunque ella apoyaría sin ningún tipo de dudas la posición de los dos cabezas de familia, la remota posibilidad de que todo se paralizase por culpa del arrebato de Draco encendía en ella un atisbo de felicidad que no se atrevía a reconocer.
Trató de volver a leer el último párrafo por tercera vez cuando, de pronto, oyó algo que golpeaba contra el cristal de su ventana. No le hizo demasiado caso hasta que el ruido se repitió una y otra vez. Fastidiada y pensando que tal vez sería algún pájaro picoteando el vidrio, se levantó de su escritorio y abrió impetuosamente la ventana. Su enfado se convirtió en desconcierto y sorpresa al comprobar que no se trataba de ningún ave sino de Charlie Weasley. Estaba de pie, con el puño alzado para tirar contra el cristal otra pequeña piedrecita más. El viento, más intenso que otros días alborotaba los rizos de su cabello pelirrojo, Astoria pensó que aquel hombre era realmente atractivo pero, rápidamente, se dio cuenta de la situación; si sus padres descubrían a Charlie en el jardín tratando de llamar su atención a base de pedradas contra los cristales, podría armarse un buen alboroto. Inquieta, la muchacha recorrió con la mirada los alrededores de la mansión Greengrass pero no había rastro de sus progenitores.
—No debes estar aquí —le advirtió en voz baja.
—Te he traído un regalo y, además, quería verte —contestó Charlie con una sonrisa y mostrándole un pequeño presente envuelto en un papel de ridículos colores.
—Vete —ordenó Astoria.
—No hasta que no te lo dé, ¿bajas tú, o tengo que llamar a la puerta para que me abran?
—¡No! No hagas eso. —Astoria resopló con fuerza mostrando lo mucho que le fastidiaba aquella situación—. Está bien, bajaré, pero tú espérame detrás de aquel arbusto, bajo el sauce hay un banco de piedra, estaré allí en unos minutos.
Charlie asintió y caminó hacia el lugar que Astoria le había indicado. Le ponía de los nervios la terquedad de aquel hombre y sí, decía bien, Charlie Weasley no era ningún muchacho inexperto, debía tener al menos diez años más que ella. Si su padre supiese del encaprichamiento de aquel pelirrojo hacia su hija pequeña lo haría cortar en pequeñas rodajas y se lo daría de almuerzo a los perros de la mansión. Astoria tenía que evitar una posible masacre, Charlie debía marcharse inmediatamente.
Presurosa se miró al espejo, llevaba ropa de andar por casa pero ya no tenía tiempo de ponerse nada más elegante. De todos modos, se trataba de Charlie, ella no quería gustarle más a aquel hombre. Su tez siempre había sido muy pálida, se pellizco las mejillas para darle un poco de color y salió disparada de su habitación, bajando los peldaños de la ensortijada escalera de mármol blanco, de dos en dos.
—¡Astoria!
Se detuvo en seco. Su madre la había visto desde el salón y su llamada impidió que pudiera proseguir su camino.
—¿Puedo saber adónde vas con tanta prisa? —inquirió mirándola por encima de unas distinguidas gafas de lectura.
—Quiero salir a caminar un rato.
—¿Ahora? Está a punto de anochecer querida y hace un viento muy frío, mejor lo dejas para mañana.
—No, quiero hacerlo ahora, me duele la cabeza y tengo que despejarme —mintió.
—Pues tómate un analgésico y asunto resuelto —le recomendó su madre con voz dulce.
—Ya lo hice pero no he mejorado —volvió a mentir.
La señora Greengrass escudriñó con sus claros ojos a su hija, por su aspecto supo que la joven decía la verdad y que su intención era caminar un poco por los jardines de la mansión, aun así le advirtió.
—No te demores mucho en tu paseo, a ver si mejoras de tu dolor de cabeza pero pillas un constipado.
Astoria le regaló una sonrisa a su madre antes de salir de la mansión.
Una vez fuera, corrió hasta que llegó al lugar donde Charlie supuestamente le estaría aguardando, con la esperanza de que tal vez un hilo de cordura le hubiese invadido y, él y su pelirroja cabeza, ya no estuvieran en los límites de la mansión.
—Ya tardabas.
La voz de Charlie dejó esparcidas las esperanzas de Astoria por el suelo.
—Bien, ya estoy aquí, dame tu regalo de una vez y márchate.
—Menuda bienvenida ¿A qué tienes miedo? —preguntó el hombre torciendo el gesto.
—A nada, vamos acabemos con esto —respondió ella sin apartar la vista de los jardines.
—Muy bien, ábrelo.
Charlie le entregó el paquetito, Astoria rompió el papel de colores chillones rápidamente dejando al descubierto una especie de amuleto plateado.
—¿Qué es esto?
—Se llama Triskel, según la cultura celta, es el símbolo del cambio y el movimiento; el principio y el fin.
Astoria observó el pequeño objeto con detenimiento, era geométrico y curvilíneo formado por una hélice de tres brazos en espiral unidos en un punto central, de una de las espirales sobresalía una pequeña arandela, así que supuso que se trataba de un colgante.
—Es bonito —dijo al fin. —No se trata de si es o no una joya hermosa, lo importante es su significado. Astoria, la vida está llena de cambios, no puedes imaginar lo maravilloso que es moverte de un lado a otro, sin ataduras a un lugar. Mi profesión me permite vivir de esa forma, tal y cómo a mí me gusta. Para empezar algo nuevo debes terminar con lo anterior y tú aún estás a tiempo.
—¿A qué te refieres? —inquirió Astoria mirándolo con recelo.
—A tu disparatada relación con ese idiota de Malfoy.
La joven abrió los ojos sorprendida por la desfachatez de Charlie inmiscuyéndose de aquella forma en su vida.
—Mi relación con Draco no es de tu incumbencia —le reprochó.
—Por supuesto que lo es, te dije que me gustabas ¿recuerdas?
—Eso no te da derecho a nada, será mejor que te vayas —instó alzando soberbia el mentón.
—No quieres eso, quieres que me quede y te saque de este lugar, que más que una casa parece una prisión. Y tú el preso condenado a muerte.
—Eso no es cierto.
—Claro que lo es, por eso estás aquí, por eso no me has delatado. Hubiese sido más fácil poner el grito en el cielo diciendo que un extraño lanzaba pedradas contra los cristales de tu habitación, sin embargo, no lo has hecho y estás a mi lado. —Mientras decía todo aquello, Charlie había caminado despacio hasta la joven y estaba a pocos centímetros de ella. Astoria comenzó a ponerse nerviosa, el atractivo rostro del pelirrojo estaba tan cerca que su respiración alborotaba levemente el cabello oscuro que le caía sobre la frente. Charlie susurró—. ¿Por qué te casas con él?
—Porque le amo —tartamudeó.
Charlie torció el gesto incrédulo y al hacerlo leves hoyuelos se marcaron en sus mejillas. Astoria notó un vuelco en el corazón que no supo comprender y su boca se secó de pronto.
—Mientes —volvió a susurrar, ahora mucho más cerca de ella.
La mente de Astoria comenzó a nublarse, todos sus sentidos se volvieron locos y ella sólo era capaz de quedarse perdida en la mirada azul de Charlie, en sus bucles pelirrojos cayendo sobre su frente, en su rostro salpicado de pequeñas pecas, en su boca definida, entreabierta e irresistible. Supo que era inútil mentirle, se notaba a leguas que no sentía nada por Draco y Charlie no era un niño estúpido al que pudiese engañar tan fácilmente.
—Es por mi padre, lo hago por él.
—¿Vas a unir tu vida a la de un hombre que no amas por no defraudar a tu padre? —inquirió Charlie frunciendo el ceño consiguiendo que las pecas de su frente se arrugasen y eso hipnotizó aún más a la joven que tenía frente a él.
—Mi hermana lo defraudó, yo no pienso hacerlo. Sé lo que sufrió ¡oh! Daphne siempre hizo las cosas mal, se marchó, se fugó con alguien que no era de su clase y a papá eso le dolió mucho.
—Tu hermana me cae bien, hizo lo que quiso, lo que deseaba. Tú no haces lo mismo. Estaba tan cerca, tan cerca de ella.
—Yo hago lo correcto —afirmó Astoria notando como le temblaban las rodillas.
—Lo correcto es aburrido.
Sus labios casi rozaban los de él, sus respiraciones se entrelazaban, sus ojos se perdían en los azules de Charlie, en el rojo de su cabello, en él…
—Vete —dijo muy bajito como si no quisiese que él le oyese.
—¿Es lo que quieres? —preguntó el pelirrojo mientras rodeaba con sus manos la cintura de Astoria; la notó temblar entre ellas.
No estaba segura, su mente le susurraba que sí, que se librase de ese hombre; su corazón y su cuerpo le gritaban que no le dejase marchar, que permitiese que los labios de Charlie quedasen atrapados entre los suyos. Pero eso no podía ser, se dio cuenta de lo que estaba punto de suceder y, asustada ante la posibilidad de no poder controlar su propia reacción, Astoria dio un paso atrás liberando su cintura de las manos ardientes del pelirrojo.
—Absolutamente —contestó al fin.
Charlie resopló, parecía contrariado pero únicamente por unos segundos, porque inmediatamente ladeó una sonrisa mientras decía.
—Soy un Weasley, dicen que somos más tercos que las mulas y tienen razón. No voy a darme por vencido tan fácilmente, no después de haber sentido como temblabas entre mis manos.
Astoria notó como sus mejillas se encendían sin embargo no le apartó la mirada y elevó el rostro de forma altanera. Charlie sonrió más ampliamente, conquistar aquella mujer se estaba convirtiendo en un reto. Sin decir nada más, el pelirrojo giró sobre sus propios pies y comenzó a caminar en sentido contrario al lugar donde se había encontrado con Astoria. Por un momento, la joven tuvo el impulso de gritar su nombre para que se detuviera, mas no lo hizo. Suspiró y desvió la mirada hacia el suelo, entonces vio su puño cerrado y abrió la mano, sobre la palma aún seguía el Triskel que Charlie le había regalado. Apretó con fuerza el pequeño colgante hasta que sus ondas se clavaron en su mano provocándole dolor. Abrió la mano y, con toda la rabia y la frustración que guardaba en su corazón, lanzó el símbolo celta de plata al césped. Respiró con fuerza varias veces y luego comenzó a alejarse del lugar de encuentro con el pelirrojo.
Caminó todo lo deprisa que pudo intentando olvidar todo lo sucedido en el jardín y entró en la mansión con intención de encerrarse en su dormitorio y no ver a nadie más.
—¡Astoria!
La voz de su madre volvió a detenerla en sus propósitos.
—Dime, mamá.
—Tu paseo ha sido muy corto, querida, me alegra que seas siempre tan responsable y nos hagas caso en todo.
Astoria cerró los ojos con fuerza y en su mente escuchó la voz de Charlie susurrar "Lo correcto es aburrido". Ante la mirada atónita de su madre, Astoria se dio la vuelta y volvió a salir al jardín, corrió a través de él como si alguien le estuviese persiguiendo y llegó hasta el banco de piedra bajo el sauce. El sol se empezaba a apagar y había poca luz, entrecerró los ojos para ver si aún era capaz de localizar la figura de Charlie entre las sombras del jardín pero ya no había rastro de él. Entonces recordó el pequeño Triskel y comenzó a buscarlo desesperadamente. Caminaba de un lado a otro escudriñando cada brinza del húmedo césped, cada hoja, cada piedrecita hasta que, finalmente, vio brillar algo muy cerca de la base del banco de mármol blanco. Se acercó al lugar y su corazón saltó de alegría al comprobar que se trataba del regalo del pelirrojo. Lo agarró fuerte en una de sus manos y mientras lo contemplaba dijo con aire taciturno.
—Es mejor así, es mejor que te haya encontrado a ti y no a él. No está bien, sé que debo hacer lo correcto y lo haré. Tengo que sacarlo de mi cabeza, no debo dejarme influenciar por sus palabras, por su mirada... No, Charlie Weasley, seré la esposa de Draco Malfoy y ni tú ni nadie conseguirá hacerme dudar de nuevo.
Gracias por vuestros comentarios, sois maravillosas y me alegro mucho que la historia os esté gustando. Un besote y os dejo como anticipo el título del próximo capítulo: "XVI. La amenaza"