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World in my eyes — capítulo 1

Hermione Granger era una jovencita muy admirada. A sus diecisiete años, ya se había ganado el respeto de muchos y había ganado también, el reconocimiento de muchos aquellos que creían que ella era apenas una niña con un par de talentos.

Solía ser muy organizada. Todo estaba puesto por colores, por orden y por tipo. Era una recién llegada en las oficinas ministeriales, había ascendido muy rápido. Aún así, los pocos que la conocían sabían que ella detestaba la suciedad. Lo desprolijo. Trabajaba con ta pulcritud, que los pocos que entraban en su laboratorio, podían creer que allí laboraba alguien. Todo estaba tal cuál se dejaba antes de entrar. Sin mover una sola herramienta. Sin mover un solo tubo de ensayo. Además de que la magia le permitía hacer todo eso sin mucho esfuerzo. Ella era muy eficiente, su jefe describía su trabajo de esa forma.

Desde hacía algún tiempo, había estado trabajando en un proyecto personal. Como funcionaria del ministerio, ella tenía ciertos privilegios. Las investigaciones privadas en pro del conocimiento, eran una de esas ventajas. De esos privilegios. Hacía tanto que no salía de ese proyecto, que no visitaba a algunos de sus amigos.

Pero ese día, había tenido éxito. Ese día había descubierto algo que sin duda alegraría a sus mejores amigos. Se levantó de un salto, de la silla en la que estaba reclinada y soltó el microscopio con mucho cuidado. Bueno, su jefe no entendía por qué ella solía acoplar objetos muggles con la magia misma, pero aunque muchos de ellos no lo comprendieran, eso le simplificaba mucho el trabajo.

Y lo terminaba más rápido, gracias a todos esos instrumentos. A la combinación de todos ellos. tantos meses de estudio y de pruebas, habían derivado en algo.

Había estado pensando en la muerte y cómo revertirla. Desde entonces, luego de todo lo ocurrido, había estado pensando en desarrollar una forma de "volver" a la vida. Quería lograr lo imposible.

Por todo lo que había visto en la guerra.

— Bueno, creo que ya es tiempo de que me vaya. Tengo cita en el salón para almorzar con ellos y no quiero perder la reservación. Creo que Harry morirá al saber lo que he descubierto.

Sonrió para sí misma y guardó documentos, papeles y ensayos en un largo bolso marrón con cierres metálicos a un lado y se lo echó al hombro. Miró su lugar de trabajo, antes de apagar las luces y se dijo que ese sería un invento que revolucionaría al mundo.

Esperaba no equivocarse.

Caminó sin detenerse hacia el ascensor. Trabajaba en el último piso, a su jefe le preocupaba que la perturbaran mientras trabajaba. Ella sin embargo, mantenía buena relación laboral y estaba encantada de ayudar a todo el que la necesitara.

El ascensor se abrió con mucha lentitud y ella aprovechó el tiempo, para mirarse en uno de los espejos que había a un lado. Luego del almuerzo, necesitaba un buen cambio de ropa. Aquellos zapatos de tacón marrón y esa bata de laboratorio, le hacían sentir que quizá no estaba a la altura del compromiso. Pero bien, no tenía tiempo de cambiarse. Estaba tan emocionada por comentarle los hallazgos a sus amigos, que había olvidado su aspecto.

Se acomodó el peinado rápidamente y abordó el ascensor. Dentro, el encargado, con una enorme sonrisa y una mirada ligeramente curiosa, le preguntó a dónde iba.

Al lobby por supuesto.

Bajó del ascensor, con la sensación de vértigo que solía acosarle cuando estaba en aquel piso tan alto. El ascensorista, recogió su bolso cuando se le había caído al suelo, por el mareo que había sentido. Ella le agradeció sonriendo y en cuanto las puertas se cerraron, ahogó un enorme suspiro.

Él siempre creía que podía llamar su atención. Comenzaba a creer que estaba enamorado de ella.

— ¿Ya vas de salida, Hermione?

— Sí, señora Constance. Tengo hoy, una cita muy importante y no puedo demorarme mucho. ¿Llegó hoy el paquete?

— Ah sí. El ministro ya lo recibió. ¡Si vieras como se quejó con el correo! Creí que moriría con tantos gritos. Y él, con tanta tensión. Ni sé qué tiene ese bendito paquete. Seguro es utilería barata.

— No. Es un complejo compendio de cosas que los mortífagos utilizaron hace ya mucho. Debe ser resguardado en la caja de seguridad. Tú sabes, por si algo llegara a ocurrir.

— Esas cosas ya no venden como antes. Aunque siempre se cuentan mitos y leyendas.

La señora Constance, era una mujer reservada y amante de las lechuzas. Solía ser muy conversadora y la adoraba. Siempre que la veía, la saludaba y trataba de llevarle el café hasta su laboratorio, aunque Hermione tenía estrictas políticas de no entrar mientras trabajaba. Alzó la cabeza y notó a una lechuza perlada, que la miraba con mucha fijeza. Sus ojos color ambar, reflejaban la luz de un día cálido. Se acomodó en una percha y se sacudió las alas traseras. Estaba llena de lodo. Caminó hasta un rincón y se ocultó allí.

— Tu abrigo, Hermione.

Le gustaba la majestuosidad de las lechuzas. Su gracia, su inteligencia y su vigilia incanzable. Nada se les escapaba.

— Muchas gracias, señora Constance. Que pase un buen día.

— Tú también, cariño. Disfruta. Que no te derrita la luz del sol.

Ella se echó a reír suavemente y caminó hacia una puerta lejana. Negra, con un enorme picaporte dorado. La abrió con mucho cuidado y miró a su alrededor. Luego de percatarse de que no había nadie, se acomodó la ropa y caminó como si nada hubiese sucedido.

Estaba en un vestuario para damas. Se retiró la bata y fingió que miraba la ropa, antes de irse. Tenía que encontrarse con Harry y Ron, aún estaba a unas cuantas calles.