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El otro Potter — capítulo 2

*Se quedó sentado mientras su padre le limpiaba las manos y colocaba hielo sobre ellas, sobre su cara. Aunque se resistía a dejarse curar. Dolía mucho. James suspiró mirándolo a los ojos y tratando de comprender por qué su hijo era tan torpe. ¿No había sentido el calor abrazador de las llamas, en la hornilla? Si quemaba, no debía acercarse a ello.**Se lo achacó a que era un niño. En cuanto subieron las escaleras, Lily miró con estupefacción. Estaba rojo de la hinchazón y lloraba en silencio. James le había explicado que se había quemado con la leche y el fuego de la hornilla. Ella lo llamó con sus manos y él fue a su encuentro. Se sentó en la cama y allí, su madre lo abrazó en silencio.**Dejó de llorar en poco tiempo y ella continuó dedicándose a su nuevo hijo. Desconocía él qué estaba pasando, pero no le gustaba. Casi nunca le prestaban la atención que estaba demandando. Se quedó dormido en la cama, junto a su madre. Aún así, ella no acarició su cabello ni tampoco cantó una canción de cuna, como solía hacerlo cuando notaba que estaba por dormirse. Le había costado mucho dormirse, pero lo había logrado.**Solo.**Esa noche, tuvo muchos sueños diferentes. No entendía dónde estaba, pero solo sabía que sus padres se alejaban cada vez más de él y tenía que alcanzarlos. Corría y corría, pero sus pies no eran lo suficientemente rápidos y la fuerza era poca.**Se iban.... muy pronto iban a dejarlo. Su madre sonreía mientras le decía adiós con sus manos. Su papá estaba a su lado y se alejaban cada vez más y más. Algo debía hacer. Necesitaba de alguien que le ayudara con ello. Que le ayudara a alcanzar a sus papás.Necesitaba ayuda.—*Harry... ¡Harry! Maldita sea, levántate ya! Un muchacho escuálido y pálido, emergió de una pequeña alacena. Se golpeó la cabeza ante el apresurado grito y el golpeteo a la puerta, que alguien estaba haciendo allá afuera. Por supuesto, esa gruesa voz y esas enormes manos como jamones, solo le pertenecían a alguien. A su tío Vernon, por supuesto. — Dudley tiene hambre y será mejor que le hagas el desayuno de una buena vez. No quiere esperar por los huevos. ¡Haz lo que te he dicho y pronto! Caminó en silencio, ahogando un bostezo y rascándose la espalda. Con un suspiro, se detuvo en la cocina y colocó una enorme sartén sobre una de las hornillas y encendió su calor. Al mirarla, recordó ese penoso suceso con el fuego. Tenía una cicatriz en su rostro a causa de la quemadura. Pero más cicatrices tenía en el resto de su cuerpo a causa del abandono. Se sentía igual que en casa de sus padres. Sin alguno que prestara atención a sus peticiones. Y siempre fue así en la casa de sus padres. Por supuesto, hasta que la profecía se volvió realidad y todo terminó cambiando. Su vida cambió para siempre. Sus padres habían muerto. Asesinados y él... él solo era un Potter. Lo que más importaba era... El otro Potter. Nunca supo siquiera qué sexo era. Pero sí sabía que había otro Potter en la familia y sobre éste, recaía una milenaria profecía. Negó con la cabeza y recordó que debía cocinar el desayuno. Que debía acostumbrarse a la vida que llevaba. Porque era mejor eso, que simplemente estar en la calle. Aunque no era precisamente una buena vida, al menos tenía dónde caerse muerto. Lo demás sobraba. Básicamente sin enemigos que te persiguieran, la vida era mucho más sencilla. Quizá el otro Potter no tenía la misma suerte. ¿Cómo saberlo? — Date prisa, ¡inútil!— escuchó que su primo se sentaba en la mesa y golpeaba la misma con los cubiertos. Asintió en silencio y dejó caer los huevos en la sartén.  Pero claro, ya no se quemaba con ella. Había aprendido a hacer muchas cosas solo. Había aprendido a atarse los zapatos, a vestirse y a cocinarse a sí mismo. A grandes necesidades, grandes soluciones.