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De Pasarelas, Modelos y Zapatos — capítulo 2

Capítulo 1: Sueños

Los flashes de las cámaras brillaban como relámpagos en la oscuridad. Adelina quedaba temporalmente cegada por las luces, pero no perdía la gracia: Caminaba con clase y estilo, a pesar de ser por dentro un manojo de nervios interminables, que se retorcían en su estomago como culebras.

Lo tenía todo bajo control: un paso, otro, cadera, sonríe, giro, pose…

Amaba las pasarelas. Cuando subía a ellas se sentía plena en confianza, como si fuera la mujer más hermosa del mundo. Y es que la altura de los tacones parecía transferirle seguridad. La exuberancia de su peinado le daba inteligencia. La desnudez de su ropa le daba sensualidad, y para terminar, en sus ojos brillaba esa chispa de dulzura. Era perfecta, era simplemente bella.

La única modelo que diseñaba su propia ropa.

-Adelina…Adelina…

Los aplausos la dejaron sorda, pero su sonrisa no se borró de su rostro. Se sentía tan orgullosa de haber cumplido su mayor sueño en la vida que…

-¡Adelina! ¡El profesor ya viene para acá!

Despertó súbitamente, aún con la sombra de su sueño vagando por su mente. Recordó el sueño, y una sonrisa se formó en su rostro, mientras enterrada en papeles que debería estar estudiando, se desperezaba con un bostezo indiscreto. Cristóbal la observó con una mirada traviesa, y terminó sonriéndole, antes de repetirle la misma frase de todos los días.

-¿Soñando de nuevo?- dijo Cristóbal, con un aire divertido. Adelina asintió con una sonrisa.

-Pronto dejarán de ser sueños, Cris, te lo aseguro.- le guiñó pícaramente un ojo, y miró de reojo al profesor, quién se había entretenido en otra mesa de la clase de Química.

-Pero, mientras te conviene dejar de dormirte en clase.- le recomendó Cristóbal, en un tono amistoso.- No podrás volverte modelo sí no estudias lo suficiente…

-Ay, Cristóbal…las modelos no estudian. No necesito saber que es un catión y un anión si me dedicaré a modelar. Al final, no usaré nada de las cosas que aprendemos en la escuela.- aseguró Adelina. Se desplomó perezosamente sobre el escritorio, dividido en dos partes: un completo desastre de maquillaje, plumas de colores y dibujos de su lado, y un ejemplar de perfección y cuidado del lado de Cristóbal. No sintió ni una pizca de vergüenza al comparar el drástico cambio entre ambas partes de la mesita de plástico.

-Pero, sí no lo lograrás…- dijo tentativamente Cristóbal, escogiendo cuidadosamente las palabras. Se calló ante la mirada asesina que Adelina le dirigió.

-¡Ah, por Dios! No empieces de nuevo, Cristóbal. Ser modelo es fácil. Estoy segura de que lograré mi sueño.

-Confío en eso, pero…Adelina, las modelos siempre tienen que mantenerse perfectas. En algún momento… ¿crees que te hartes de eso y llegues a renunciar? ¿Realmente vale la pena poner en riesgo tu seguridad y salud, esforzándote por estar delgada y perfecta?- repuso Cris, totalmente contrariado. El muchacho bajo la vista a su cuaderno, dónde una tabla periódica de elementos lo saludaba como un viejo amigo.- Además, para llegar a la fama hay que hacer muchas cosas.

-Cris…-susurro Adelina, poniéndole cariñosamente la mano sobre el brazo.- Confía en mi… no me sucederá nada malo. Ser modelo es lo que más deseo en el mundo.

Cristóbal le dirigió una simpática sonrisa, pero solo sonrió con los labios, no con los ojos. Aún parecía estar contrariado, pero al parecer decidió guardar silencio y volver al trabajo que les habían asignado.

Todos los días, los pensamientos de Adelina se dividían en dos partes, al igual que la mesita que compartía con Cristóbal en la mayoría de las clases. Adelina pensaba en lo increíble que era estar enamorada de Cristóbal, ese muchacho sincero y de cabello negro, con un rostro cubierto de pecas doradas, acompañado de su habitual sonrisa. Además de pensar en Cristóbal, Adelina no paraba de soñar en ser una famosa modelo.

Vivía por dos motivos, justamente: uno era Cristóbal, y el otro, ser modelo.

Y tenía dos sueños: casarse con Cristóbal, el amor de su vida, y convertirse en una increíble modelo.

Todos los días pensaba en esas dos cosas, a tal punto que Adelina era un manojo de sueños y deseos. Durante clases dibujaba en su cuaderno bocetos de ropa que algún día le gustaría modelar. Diseñar y modelar sus propias creaciones. No perdía la esperanza de lograr sus sueños algún día. Pues vivía por ello, por Cristóbal, y por el modelaje.

Tan solo una vez Adelina se había subido a una pasarela, y había sido cuando era una pequeña niña de seis años. Peinada con bucles y vestida de rosa, la dulzura y el carisma de Adelina la habían hecho hacedora del primer lugar en ese concurso de modelaje infantil. La chica nunca olvidó la sensación de plenitud y poder que había experimentado al desfilar en la pasarela, con todas las miradas puestas en ella. Jamás olvidó lo orgullosa que se sintió de sí misma cuando ganó. Aún ahora, en las noches con la cabeza pegada a la almohada, sonreía al recordarlo.

Adelina tenía quince años.

Y era una adolescente normal, incluso demasiado normal. Tenía sueños, creía vivir en un mundo perfecto, y sus únicas penas eran del amor. Peleaba con su madre y hermana y tenía amigas con las cuáles divertirse. Adelina parecía andar por el mundo con una venda en los ojos: una venda que solo le permitía ver los momentos felices, y la cegaba de la tristeza y el dolor. No creía que su mundo podría tener cosas tan horribles. Nunca creyó que llegaría a vivir algunas de ellas.

-Adelina…- dijo el profesor Santillán, mirándola con desaprobación.- Cuando Cristóbal no éste aquí durante el examen de hoy, ¿a quién le copiará?

Adelina se sobresaltó al escuchar la palabra "examen" y miró impresionada al profesor, un hombre viejo con los ojos severos rodeados de arrugas inmensas.

-¿Examen?-cuestionó, en un tono acusador. Frunció el ceño con desdén, y con la mirada demandó una respuesta inmediata por parte del profesor.- Me dijeron que sería mañana, no hoy.

-¿Ha considerado la posibilidad de que le hayan mentido?- de reojo, Adelina miró a su amiga Zamora, una muchacha de ojos y cabellos color caoba, con una mirada suspicaz y traviesa. Zamora le guiñó un ojo divertida, antes de volverse para entablar una conversación con su compañera de equipo, Meg.

Adelina soltó un suspiro de decepción, que fue acompañado por la mirada de desaprobación del profesor Santillán.

-Zamora me dijo que sería mañana.

-¿Ha oído la fábula del Oso y los Dos Amigos, Adelina?- La muchacha negó con curiosidad. El profesor la miró atentamente mientras que con voz trémula, iniciaba la narración.- Dos amigos iban caminando por un bosque. Uno de ellos advirtió que había un enorme oso en el camino, y despavorido, huyó de la bestia escalando un árbol, olvidándose de su amigo, el cuál era viejo y no podía subir a las ramas del árbol. Viéndose solo en esa situación, el hombre viejo no tuvo otra opción que caer al suelo y fingir estar muerto. Ahí, el oso se le acercó y le murmuro algo en el oído. Cuando el oso se fue, el hombre que había estado en el árbol bajó y le preguntó a su amigo, que era lo que le había dicho el oso- El profesor se dio media vuelta, y se alejo de ella un par de pasos, antes de volver la cabeza y murmurarle con una sonrisa.-El hombre viejo, respondió, por su parte: Me dijo que tuviera cuidado de quién eran mis amigos. Pues uno de ellos me había dejado solo en un momento de peligro y no trato de ayudarme cuando lo necesite.

Apenas el profesor se hubo alejado lo suficiente como para que no lograra oír la aterciopelada voz de Adelina, está se inclinó a murmurarle a Cristóbal al oído:

-Creí que los fábulas eran para niños- reprochó, con una sonrisa.- Aunque…Zamora está loca. Siempre me hace lo mismo.

-Pudiste haberme preguntado a mí.- respondió Cristóbal, con los ojos pegados a su trabajo. Tomó la goma de borrar, y la fregó contra la hoja de papel, desesperado.

Adelina bajó la mirada, abochornada ante la amabilidad del chico. Sonrió para sí, y sintió el corazón acelerar su ritmo…una esperanza surgió dentro de ella, con esas simples palabras mencionadas por el muchacho… ¿Podría ser…?

-No entiendo que haces siendo amiga de esas dos.- agregó Cristóbal, resentido.- Ellas solo hablan mal de ti. Se pelean, y se reconcilian dos días después. No te mereces eso.

Adelina no respondió a eso. Cristóbal le repetía hasta el cansancio lo que él creía que era correcto. Esto a veces causaba en Adelina una sensación de bochorno y adoración hacia el muchacho, pues sentía que él trataba de protegerla. Pero en otros momentos, terminaba pensando que él era un manipulador que quería mover su vida a su antojo. Fuera lo que fuera, eso solo lograba hacerla creer que se encontraba con el amor de su vida.

En ese momento, Adelina no puso atención a los consejos que recibía. Consideró que todos exageraban el hecho de que Zamora le hubiera hecho una simple broma. Después de todo, Zamora siempre había sido así de rebelde. Y Meg…Adelina consideraba a Meg una niña, que aún no maduraba como las demás. Era extremadamente delgada y estaba perdida en su propio mundo de hadas y princesas. Adelina consideraba que Meg podría ser más cercana a Cristina, la hermana de Adelina, de lo que podía llegar a ser con ella.

El tiempo se le pasó volando, copiando discretamente el trabajo de Cristóbal, y de un momento al otro, había llegado el momento de iniciar con el examen. El profesor Santillán comenzó a mover alumnos de un lado al otro, murmurando cosas para sí mismo.

Entre los nervios, Adelina, perdió la esperanza de obtener una calificación aprobatoria apenas leyó la primera pregunta. Miró de reojo a Cristóbal, quién ahora estaba varios metro alejados de ella. Maldijo internamente al profesor Santillán, por habérsele adelantado. Sin Cristóbal, no tenía oportunidad de aprobar limpiamente.

Con un gemido de terror, visualizó con tendencias detectivescas a los compañeros que la rodeaban. A su izquierda, un chico que aparentaba ser un enorme gorila, estaba concentrado en su examen, mientras respiraba ruidosamente. Se llamaba Sergio. Tenía el ceño fruncido, y se apretaba las sienes con fuerza. Adelina afiló la vista, y con ojos de halcón, alcanzó a ver que aquel muchacho, no tenía idea de cómo responder ese examen. Adelina dudó que supiera cómo utilizar un lápiz. El chico ni siquiera había recordado escribir su nombre sobre el papel.

A su derecha, una chica con un largo y voluminoso cabello rizado, llamada Vania. El cabello era tan melenudo, que Adelina ni siquiera pudo ver la hoja del examen. Suspiró decepcionada, y cruzó los brazos sobre el pecho. Releyó la primera pregunta varias veces, antes de darse por vencida, y escoger la respuesta al azar. Leyó la segunda, y su cerebro se preguntó si alguna vez había escuchado la palabra "Vanadio". El sonido de la palabra le dio gracia, y al momento, tenía una sonrisa extraña sobre el rostro.

Recapacitó cuando termino de leer la primera hoja de preguntas, y descubrir que no conocía la respuesta de ninguna. Miró hacia enfrente, dónde se encontró con una gran espalda, y un corto cabello negro. Era, la encorvada espalda de Gabriel. No había posibilidad de ver las respuestas desde ese punto.

Adelina no se atrevió a girar su cabeza hacia atrás, pues acababa de detectar los severos ojos del profesor Santillán sobre ella, analizando cada uno de sus movimientos. Le frunció el ceño, y fingió una sonrisa. Se volvió, renegando, a su examen. Releyó un par de veces cada pregunta, y volvió a suspirar. Se rascó la cabeza, escribió una respuesta a azar. Maldijo al profesor por hacer exámenes tan difíciles, y se dejo caer frente al escritorio, pegando la cara al papel del examen.

Las palabras del profesor Santillán, y de Cristóbal, especialmente las palabras del segundo, le resonaron en la cabeza una y otra vez…

"Ellas solo hablan mal de ti. Se pelean, y se reconcilian dos días después. No te mereces eso."

"Me dijo que tuviera cuidado de quién eran mis amigos. Pues uno de ellos me había dejado solo en un momento de peligro y no trato de ayudarme cuando lo necesite."

Le resonaban en la cabeza una y otra vez, pero no le producían algo más que incredulidad. No entendía que era lo que el señor Santillán y Cristóbal esperaban de alguna amistad. Adelina creyó, que se equivocaban. Zamora podía ser cruel y Meg una infantil controladora, pero, eran sus amigas. Le daban consejos sobre chicos, y la ayudaban a elegir que ponerse para ir al cine con Cristóbal. La hacía reír y no la dejaban sola ni un segundo. ¿Qué más podía esperar de una amistad?

El ruido de un lápiz caer le llamó la atención. Salió de su posición vegetativa, y abrió los castaños ojos con curiosidad. Sus ojos se fijaron en una chica de cabello encrespado que recogía su lápiz del suelo con cierta lentitud, a unos pocos asientos de ella. Adelina reconoció que era la misma chica que vivía a tres casas de ella. Llevaban todo el año estudiando en la misma escuela, vivían en la misma calle, aprendían en el mismo salón y nunca habían conversado. Adelina nunca le había puesto mucha atención, y mucho menos dirigido la palabra, a excepción de las veces en que sus miradas se encontraban en el camino a la escuela, y observaba con admiración lo ojos azules de esa chica de cabello horroroso y ropa extraña. Su nombre, era Azul.

Esos dulces ojos azules, que daban una preciosa sensación de encontrarse frente a un ángel triste. Esa mirada melancólica, tan increíblemente hermosa. ¿Qué nadie más veía en los ojos de Azul esa exótica belleza? Sus ojos eran de un azul tan claro que evocaban al hielo congelado de los polos. Tan transparentes, simplemente…tan perfectos. Daban una sensación de fuerza y fragilidad al mismo tiempo. Parecían un hielo ardiente y frío. Seducción y lujuria, contra inocencia. Una mezcla perfecta.

Adelina vio a Azul volver a su examen. Se asombró a alcanzar a notar que la chica casi lo terminaba, y respondía con rapidez. Sin embargo, Adelina ni siquiera intento ver sus respuestas. Sabía que sería imposible.

Dejo a Azul en el olvido de sus pensamientos, y trato de terminar el examen. Entre dolores de cabeza y respuestas al azar, termino un par de minutos antes de que el timbre sonara indicando que era hora de un descanso, para después tener una clase de deportes, y finalmente, volver a casa.

El timbre fue su alerta para ponerse de pie de un salto y correr hacia Zamora y Meg. Llegó junto a ellas, justo cuando se disponían a salir del salón. No dijo nada, solo espero, expectante, a que Zamora le pidiera una disculpa.

-¿Qué tal el examen, Adelina?- preguntó, después de un rato, Zamora, mientras caminaban por los pasillos en silencio. Zamora tenía la sombra de una sonrisa en los labios, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por no reírse a carcajadas.

-¿Cómo crees, Zamora? No me dijiste sobre el examen de hoy. Me mentiste.- demandó Adelina, enarcando las cejas con desdén. Su voz, sonó muy a su pesar, débil y tonta.

-En realidad, yo sí creía que sería mañana.- se defendió Zamora, con tranquilidad. En sus ojos brilló un destello travieso.- Además, es solo una broma, Ad. No vas a reprobar por eso.

-En realidad sí lo hará, Zamora.- interrumpió Meg, con un libro de cuentos de hadas bajo el brazo.- Este examen tiene mucho valor.- les recordó. Adelina miró con odio a Zamora.

-¿Qué?- preguntó está, al sentirse observada.- Ay, por favor, Adelina. No te interesaron tus calificaciones nunca, y ahora resulta que sí.

-¡Sí no apruebo está materia no iré al baile de Navidad, Zamora! ¡Y sabes que ese baile es muy especial! ¡Por fin tenía la posibilidad de que Cristóbal me invitará! Y sí reprobaba está materia, mis padres no me dejarían ir.- la regañó Adelina. Zamora decidió quedarse callada, y fruncir el ceño.- Y tú lo sabías.- agregó, antes de guardar un sepulcral y amargoso silencio.

El ambiente se había vuelto tenso y frágil, como sí cualquier palabra pudiera romper la aparente paz que se había desarrollado mientras salían a los jardines escolares. Las hojas de los árboles se habían pintado de naranja y café, y cualquier ráfaga de viento las hacía caer al suelo con suavidad. El sol estaba oculto parcialmente por unas ligeras nubes blancas. Parecía haber una singular alegría entre los alumnos, quizás por la cercanía del baile de Navidad. Los llamativos carteles invitando a dicho evento estaban por todas partes: en paredes, ventanas, e incluso en los troncos de los árboles. No había alumno alguno que no estuviera enterado de dicho festejo, y la mayoría de los chicos se había producido una gran emoción.

Adelina, deseaba con todo su corazón asistir al baile de Navidad. Había esperado ese baile por mucho tiempo. Está vez tenía la esperanza de que Cristóbal la invitará, y estaba casi totalmente segura de que Cristóbal lo haría. Adelina llevaba enamorada de él desde el momento en que lo vio, tres años atrás. Llevaba tres años insistiendo y conociendo al chico. Lo había visto en su primer día de clases en la secundaria, jugando futbol con sus amigos. Desde ese momento, Adelina llevaba tres años esperando que él la invitara al Baile de Navidad.

Pero ahora sus ilusiones se veían gravemente desesperanzadas. Con la cabeza cabizbaja, y la mirada rota, Adelina lamentó su mala suerte. Con lo mal que le iría en el examen, no lograría obtener un grado aprobatorio. Casi podía escuchar los gritos de sus padres en el oído: "¿Qué hicimos mal contigo? ¡Tienes dinero, educación, familia…! ¡Lo tienes todo y estás tirándolo a la basura por un tonto sueño de ser modelo! Un sueño, que, escúchame bien Adelina, no va a ocurrir."

-Ve el lado bueno. Cristóbal podrá darte clases de Química.- dijo, Zamora, dejándose caer en el seco pasto amarillento. Muy a su pesar, una sonrisa se asomó por el rostro de Adelina. El orgullo la llamó por dentro, pero decidió ignorarlo, pues el dolor y depresión de hace unos segundos, había desaparecido.

-¡Ojalá!- deseo Adelina, emocionada. Buscó con la mirada a Cristóbal, entre la multitud de chicos y chicas que estaban disfrutando de su descanso.

-Cristóbal te está mirando.- susurro Zamora, divertida, mirando a alguien por detrás de Adelina. Hubo algo amargoso en su tono de voz. Ésta emitió un chillido de emoción, y contuvo de las ganas de mirar hacia atrás, dónde supuestamente estaba Cristóbal. Meg, quién había estado muy entretenida leyendo su libro de cuentos, levantó la vista y compuso una cara de asco, sacando la lengua.- ¿Cuándo madurarás, Meg?

-Soy madura.- se defendió Meg, acomodándose un bucle rubio detrás de la oreja. Por toda respuesta, Zamora le arrebató el libro de cuentos, y enarcó una ceja escéptica.

-Deberías interesarte en chicos, no en esto.- la reprimió. Adelina suspiró antes de decidirse a entrar a la conversación.

-Déjala, Zamora.- susurro.Esa pelea la escuchaba todos los días y Zamora y Meg la tenían hasta la coronilla con sus discusiones.

-Solo le digo la verdad. Dios, tiene quince años y sigue leyendo estás cosas.- señaló despectivamente a el libro de cuentos.

-Son los favoritos de mi familia.- insistió Meg, débilmente, tomando delicadamente el libro.

-A mí mis padres nunca me leyeron está basura.- repuso Zamora, amargamente.- Ya deberías dejarlo, Meg.

-¡No te importa!

-¡Ya!- las cortó Adelina.- ¿No pueden pasar ni un día sin pelear?- renegó, creyéndose en una casa de locos.

-No estamos peleando.- le espetó Zamora. Adelina, cerró los ojos fuertemente, y se tapo la cara con las manos antes de tratar de desconectarse de ese mundo por un momento.

Cuando menos pensaba, fue zarandeada agresivamente por Zamora, quién se había tomado la amabilidad de despertarla de su sueño para ir a deportes. Después de una clase dónde su cuerpo se mantuvo móvil e hiperactivo, tuvo una larga y solitaria estancia en el baño de chicas, dónde se arreglo el cabello, la ropa, y se puso ligero maquillaje, para continuar con su rutina diaria.

Sintió un nudo en el estomago al salir del baño, y saber que estaba más cerca de llegar a casa. Sacudió la cabeza, tratando de no pensar en ello. Con un poco de suerte, y aprobaría el examen. Solo tenía que confiar en su suerte.

Cada día, al finalizar las clases, Adelina espera a Cristóbal en su casillero. Ambos se hacían compañía mientras esperaban a que un auto viniera a llevarlos a su casa. Era una rutina que en ningún momento faltaba, al igual que era eterno el hecho de que Cristóbal se ofreciera a cargar la mochila de Adelina, y la abriera la puerta de salida. O que le prestará su chaqueta cuando hacía frío. Cristóbal nunca dejaba de realizar esos actos que terminaban dejando a Adelina aún más enamorada.

Ese día no fue diferente.

-¡Cristóbal!- saludó Adelina, alegremente. El chico la recibió con una sonrisa, y le tendió una mano, listo para cargar su mochila.

-¿Qué tal te fue en el examen?- preguntó, caminando a su lado hacia la puerta. Mientras él, con un gesto en la mano, le indicaba que entrara primero por la puerta recién abierta, Adelina abrió la boca para responder alegremente.

-¡Bien!- mintió, pero la mirada escéptica que Cristóbal le dirigió fue suficiente para hacerla soltar la verdad, con voz pastosa.- De acuerdo. De todo el examen me supe tres preguntas: Nombre, Grado y Grupo.

Cristóbal soltó un gemido temeroso.

-Lo sabía. Te miré durante el examen, y tu cara indicaba que no te sabías ni una sola respuesta.- lamentó, en un tono amargoso. Adelina, internamente, celebró el hecho de que Cristóbal se hubiera acordado de ella durante el examen y la hubiera mirado. Sonrió discretamente.- ¿Crees que tus padres…?

-Me matarán.- lo interrumpió Adelina, con un suspiro.- Dirán lo de siempre, que gastan demasiado dinero en mí para que repruebe, y bla, bla, bla.- agregó, frunciendo el ceño. Buscó, entre la fila de autos de último modelo, el suyo, pero no lo encontró, por lo que se giró hacia Cristóbal nuevamente, quién la miraba expectante, en silencio.- ¿Han llegado por ti ya?

-Sí- respondió, después de echar una rápida ojeada.- No puedo dejarte sola. ¿Quieres que te acompañe hasta que te vayas?

-Gracias, Cris, pero… ¡mira, ahí vienen ya!- señaló con un nervioso dedo al auto recién llegado. Con la cara sonrojada, besó fugazmente la mejilla de Cristóbal, antes de correr hacia su auto.- ¡Saluda a tu mamá de mi parte!- agregó, gritando por encima del hombro.

Subió a la parte trasera del elegante auto, dónde su chofer Arturo manejaba en la parte delantera. La saludo con una seco "Buenas tardes", a lo cual Adelina correspondió con una fingida sonrisa y una fría cabezada, antes de mirar por la ventana, la silueta de Cristóbal saludándola con la mano. Los ojos de la chica permanecieron en él hasta que desapareció, después de que el carro diera vuelta en una esquina.

Adelina, suspiró profundamente, y cualquier rastro de sonrisa se borró por el resto del camino. Volvía a casa, dónde solamente escucharía a su madre gritarle y a su padre reprocharle cualquier cosa, mientras su hermana le sonreía con suficiencia y hostilidad sentada sobre los escalones más altos de la escalera.

Odiaba volver a casa, dónde nadie la comprendía. Peor aún, dónde nadie entendía su sueño. Y menos, la fuerza de este.

-¡Ya llegue!- grito, azotando la puerta de madera oscura con fuerza.

-¡No azotes la puerta!- grito a su vez, su madre, a modo de saludo, desde el piso de arriba. Su hermana Cristina apareció de la nada, con los audífonos rosados en las orejas adornadas con largos pendientes de brillantina morada.

-Estás en problemas.- canturreó, regodeándose.

-Silencio, enana. ¿Qué hay de comer?- demandó Adelina, lanzando la mochila a los aires. La mochila cayó en medio del pasillo, con un ruido sordo.

-¡No me llames enana! ¡Mamá!

-¡Adelina, deja a tu hermana!- dijo la madre, aún desde algún rincón del segundo piso.-

-¡No le hice nada!- gritó, antes de murmurarle a su hermana con odio.- Ojalá algún día madures…hermana rara.

-¡Mamá!- acusó, nuevamente Cristina. Sonrió con desdén a su hermana, agudizando el oído para oír el regaño de su madre.

-¡Cállense ya! ¡Estoy hablando por teléfono!

Adelina fulmino con la mirada a su hermana pequeña, indicándole con una simple mirada que pagaría por sus chismes después. Cristina, por su parte, permaneció indiferente.

-Enana.- le espetó.

-Gorda.

-Te mataré, enana infernal.

Adelina contuvo sus ganas de aniquilar a su propia hermana ahí mismo. Estuvo a punto, muy a su pesar, de ponerle las manos alrededor del cuello y estrangularla. Maldiciendo entre dientes, subió como rayo hasta su habitación. Una habitación de paredes azules, que estaba tapizadas casi por completo de fotos. Fotos de ropa y modelos, de zapatos y peinados. Fotos de grandes pasarelas llenas de enormes multitudes, dónde una modelo delgada y perfecta caminada como sí fuera la dueña del mundo, vestida con extravagancia.

Se echó a la cama, con la vista el techo, dónde una foto de Zamora, Meg, Cristóbal y ella le devolvió la mirada. Se habían tomado esa foto en la última feria estatal. Sus ojos se perdieron en los de Cristóbal por un rato, que se le hizo corto. Se sobresaltó al escuchar un ruido desde la puerta.

-¿Señorita? La comida está lista.- dijo la voz de Betty, una de las mujeres que realizaban la limpieza de su casa.

-Tráemela aquí.- ordenó, sin moverse.

La puerta se abrió con un chirrido, por dónde se asomo el rechoncho y menudo rostro de Betty, con una expresión de preocupación.

-¿Señorita? Sus padres quieren que vaya a comer abajo. Quieren hablar con usted.

Adelina se levantó de un salto, teniendo un mal presentimiento. Maldijo entre dientes, soltando palabrotas que sus padres desconocían. El mal augurio se le hizo más obvio, al ver la expresión seria en los ojos de Betty.

Bajo corriendo a gran velocidad las escaleras, con el corazón acelerándosele a cada segundo que se encontraba más cerca de sus padres.

*"Estás en problemas…"*Cuando llegó al comedor, sus padres, ambos con expresiones de seriedad, permanecían juntos, atentos. Su padre nunca estaba en casa, y su madre nunca le ponía tanta atención como ahora.

El corazón lo sentía latir en las sienes, y los nervios la estaba hacer a punto de estallar, mirando a los profundos ojos de sus padres, en un silencio tenso y frío.

-¿Y bien Adelina?- dijo su padre, con voz extremadamente tranquila. Adelina hubiera preferido que gritara, esa tranquilidad en la voz de su padre la asustaba.- ¿No tienes algo que decirnos?