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Historia 60487 — capítulo 13

-¿De verdad piensas ponerte esto? -preguntó Draco, sosteniendo el rígido corsé. Kali les había preparado la ropa que se iban a poner, y él no había podido evitar fijarse en la cantidad de prendas que Astoria debía llevar debajo de su vestido.

Ella cogió el corsé, y lo miró por ambos lados.

-No lo sé, jamás he llevado ninguno -dijo, dando vueltas a la estructura.

-Mi madre los usa todo el tiempo, pero creo que son muy incómodos -comentó Draco-. Además, te cortará la respiración -añadió preocupado.

-Es por la seguridad de la señorita Astoria -intervino Kali.

-¿Vas a asfixiarme por mi seguridad? -preguntó ella, incrédula.

-El corsé de la señorita está reforzado mágicamente. Si alguien trata de atacar a la señorita, el corsé lo parará.

-¿Quién va a querer atacarla? -preguntó Draco, con una sonrisa burlona.

-El señor Malfoy tiene motivos para desconfiar de ciertos invitados -le recordó la elfina.

-¿Te refieres a los Parkinson? ¡No creo que se atreviesen a hacerle algo a Astoria! -se rió, aunque la sonrisa se le borró al ver la cara que ponía Astoria-. ¿Crees que se atreverían?

-¿Cómo de furiosa decías que estaba Pansi la última vez que la viste?

-Bastante -recordó él-. ¡Pero no creo…! ¡Ella no…! -titubeó. La mirada asesina de Pansi aún no se le había borrado de la mente-. Está bien, llévalo por si acaso -cedió.

Como si alguien se lo hubiese ordenado, Kali acudió junto a su señora para ayudarla a desvestirse. Astoria y Draco cruzaron una mirada. Cuando la bata que la cubría cayó al suelo, ella se ruborizó y él se dio la vuelta automáticamente, para no mirar.

-El señor no debería avergonzarse de mirar a su esposa -dijo la elfina, como si tal cosa. Pero Astoria también se sentía incómoda, y cogiendo su ropa, se encerró en el baño para cambiarse.

-No se te ocurra volver a decir una cosa así -amenazó el rubio, mirando a la elfina con rabia.

-Pero el señor Malfoy ya ha visto a su esposa sin ropa antes.

-¡No es lo mismo! Estaba enferma -siseó, enfadado. Cogió su ropa con violencia y comenzó a cambiarse.

-Kali sólo le recordaba al señor Malfoy que puede tener total confianza con su esposa. Los recién casados deben tenerla -Draco se sobresaltó de tal manera que estuvo a punto de romperlos pantalones al ponérselos.

-¿Qué tonterías dices? Si ella y yo no… tú sabes que no… -Draco se detuvo, azorado ¿Por qué tenía que darle explicaciones a una vulgar elfina?-. Eso es asunto nuestro -dijo con brusquedad, cambiándose la camisa de dormir por la de gala.

Durante unos segundos, la elfina y él permanecieron en silencio, aunque los movimientos de Draco seguían siendo bruscos.

-Kali sabe que el señor Malfoy está buscando un regalo para el cumpleaños de la señorita Astoria -dijo la elfina, con suavidad. Draco la miró, desconfiado-. La solución es muy simple, señor Malfoy -dijo, mirándole fijamente. El significado de esa mirada era tan claro que a Draco se le pusieron las orejas rojas. Jamás habría imaginado que una elfina doméstica le hablase de esa manera ¡Y de esos asuntos! Iba a darle una mala contestación cuando Astoria salió del baño.

Se había puesto una fina camisa de lino sin mangas, unos pantalones del mismo tejido, y se estaba atando los cordones de las enaguas alrededor de la cintura.

Draco había visto a su madre vestida de esa anticuada forma cuando se preparaba para algún evento especial. Siempre le había parecido una vestimenta ridícula, hasta ese momento. El ver a Astoria vestida de esa manera hacía que se le secase la boca, y que de repente se le acelerase el pulso.

-Kali, esto es ridículo -se quejaba la joven, ajena a la forma en la que él la miraba-. ¿Sabes que existe el nylon?

-El nylon arrugaría la tela del vestido de la señorita -respondió la elfina, sosteniendo el corsé y subiéndose a una banqueta para ponérselo a Astoria. Draco observó con curiosidad. No sabía que aquellas estructuras se abrochaban por la parte delantera, gracias a decenas de corchetes hábilmente camuflados, y que luego todo el armazón se ajustaba al cuerpo con ayuda de las cintas que se cruzaban a la espalda.

Kali tiró con fuerza de las cintas, y Astoria, que no se lo esperaba, pegó un respingo.

-Parece que te han pinchado -sonrió Draco.

-No te rías -jadeó ella, mientras Kali volvía a tirar-. No puedes ni imaginar lo incómodo que es.

-Recuerda que es por tu seguridad -respondió él. Ella trató de aflojar un poco el abrazo del corsé, pero la elfina proseguía implacable, a la vez que la aleccionaba con su voz aguda.

-La señorita debe recordar que debe moverse con ligereza y suavidad, como si flotase por el salón. La señorita debe ser amable y respetuosa con sus invitados. Cuando la señorita se siente…

-Kali, no puedo respirar ¿Cómo pretendes que haga todo eso? -Astoria comenzaba a enfadarse, pero la elfina tenía una habilidad innata para ignorar esas señales de peligro, y seguía con su discurso.

-Y la señorita no debe comer o beber más de la cuenta, y no debe arrimarse a las chimeneas ni a las paredes, para no estropear su vestido. La señorita debe recordar que…

-¡Draco, si no dejas de reírte, voy a enfadarme contigo! -amenazó Astoria, al ver que el rubio miraba divertido la escena. A él le encantaba verla así. La chica tenía un punto sexy cuando se irritaba.

Sin embargo, decidió que bastante tenía con soportar a Kali, y terminó de vestirse en silencio, ocultando su sonrisa ante los curiosos consejos de la elfina.

Astoria tardó mucho tiempo en estar lista, y no porque ella lo quisiera así. Sin embargo, el resultado era impresionante. Draco nunca la había visto tan bella.

-Tranquilízate, es tu cumpleaños -le dijo, mientras caminaban juntos por el pasillo, de camino a la fiesta.

-No puedo. Jamás perdonaré a Kali por todo esto -dijo ella, presionándose los costados. No terminaba de acostumbrarle al abrazo del corsé. Draco, en cambio, la miraba de reojo, recordando la conversación que había tenido con la elfina.

-Por cierto, aún no te he dado mi regalo -comentó. Astoria se relajó un poco, y le miró con una ligera sonrisa.

-No quiero que me regales nada. Me basta con que estés a mi lado -dijo con suavidad. Draco le cogió por el codo y la obligó a detenerse.

-Aun así me gustaría darte algo -insistió, acercándose a ella-. Un pequeño anticipo -añadió. La abrazó por la cintura y la besó. Ella se apoyó contra la pared, agarrándole por la parte delantera de la túnica.

Se besaron, sin importarles que el tiempo pasara. Mientras estuviesen juntos, todo lo demás podía esperar.

En el hermoso salón de baile, el sol se colaba a raudales por las amplias cristaleras, iluminando los lujosos muebles y las animadas vestiduras de los invitados. Las mejores familias del mundo mágico estaban allí, y en su mayor parte eran las mismas personas que habían estado en el cumpleaños de Pansi unos días antes.

Los señores Malfoy aguardaban algo apartados de los demás. Vestían de negro, ya que pensaban que aquel evento iba a reportar malas noticias. Sin embargo, el aire festivo del conde les desconcertaba, y como no habían recibido noticias de su hijo, no sabían muy bien qué pensar de esa reunión. Por el aspecto que había mostrado Astoria el día de la boda, creían que ya debía haber pasado a mejor vida, pero el conde no dejaba de repetir que pronto la verían. Ellos, por si acaso, no se pronunciaban.

También habían acudido los Parkinson, y ellos lucían los trajes más vistosos de todos. Se les veía muy contentos, y no dejaban de mirar a su alrededor y de comentar en voz alta lo que harían en cuanto todo lo que les rodeaba fuese suyo.

-Tendremos que hablar con ellos -murmuró Lucius, sin apenas mover los labios-. Debemos comunicarles que Draco desea romper el compromiso.

-Aquí no -dijo su mujer-. Si deben montar una escena, que sea en otro lugar.

-No sé por qué te preocupas, ellos mismos se están poniendo en ridículo -Lucius miraba con desprecio a los Parkinson-. Por Merlín, podrían disimular su codicia.

-¡Lucius, mira, es Draco!

Las puertas principales se habían abierto, dejando pasar a los recién casados. Un silencio sepulcral se adueñó del salón.

Draco vestía una elegante túnica gris, y se erguía, apuesto y orgulloso, llevando del brazo a su flamante esposa.

Astoria ya no parecía una enferma moribunda. Lucía un vestido plateado muy escotado, y el corsé y los trucos de Kali le hacían caminar tiesa, con porte elegante. Su pelo, peinado en ondas y adornado con un par de peinetas plateadas, brillaba bajo la luz del sol, y su rostro resplandecía. Estaba ruborizada, debido a los últimos minutos pasados junto a Draco, pero eso, junto con el brillo de sus ojos y su hermosa sonrisa, le daba el aspecto de una joven perfectamente sana.

El impacto de ver a Astoria perfectamente recuperada dejó a todos tan sorprendidos que por un momento nadie supo lo que hacer. Todos daban por hecho que iba a morirse, y ninguno había imaginado una mejoría semejante.

El conde se acercó a ellos, con una enorme sonrisa, y saludó a su hija con dos besos.

-Mi querida Astoria, estás radiante -saludó.

-Gracias, padre -respondió ella, sin dejar traslucir lo que sentía. Draco saludó al conde con una inclinación de cabeza, y suavemente guió a su esposa hacia donde estaban los señores Malfoy.

Ellos habían sido con mucho los más afectados por la aparición de Astoria. Narcisa se había quedado pálida como la cera, y por primera vez en su vida no acertaba a moverse. Lucius le empujó levemente la espalda para hacerla reaccionar.

-Astoria, te presento a mis padres -dijo Draco, perfectamente calmado. Como ella era la persona de mayor rango, Lucius la saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, y Narcisa realizó de forma automática una graciosa reverencia.

-Es un placer para mí conocerles al fin -dijo ella, con una sonrisa nerviosa. Le preocupaba mucho no caerles bien.

Lucius, demostrando tener una gran capacidad de adaptación, se adelantó y la cogió de las manos.

-El placer es nuestro, querida Astoria. Eres bienvenida a nuestra familia -aunque seguía estupefacto, logró ocultarlo a la perfección, y pudo mirar a la joven con una chispa de amabilidad en la mirada.

Narcisa también se adelantó y le dio dos besos.

-Espero que podamos conocernos bien -logró decir. La miraba de arriba abajo, buscando signos de enfermedad, y luego se giró hacia Draco. Una mirada le bastó para comprender que había estado equivocada, y que su hijo había tenido razón desde el primer momento-. Debemos hablar… tranquilamente -dijo. Draco asintió con la cabeza, y puso una mano tras la espalda de Astoria.

-Primero debemos saludar a los demás -comentó.

-Tened cuidado -susurró Lucius, refiriéndose sin duda a los Parkinson. Draco se puso serio, pero Astoria esbozó una sonrisa de seguridad, y elevó el mentón.

-Vamos allá -suspiró.

Los Malfoy les vieron alejarse, caminando hacia las viudas Nott y Goyle.

Narcisa se giró hacia su marido.

-Lucius ¿Qué hemos hecho? -susurró, con la voz llena de arrepentimiento y angustia-. Draco tenía razón.

-Tranquila -murmuró él, acariciando su brazo-. Mírales -comentó, señalando a la pareja. La joven Astoria se movía con decisión, recordando sus deberes como anfitriona. Draco la acompañaba sin separarse ni un segundo de ella. Estaba pendiente de cada movimiento, y era atento y educado con ella. A veces le ofrecía su brazo, y otras apoyaba su mano suavemente sobre la espalda de la joven. Se les veía muy compenetrados.

-¿Crees que…? -comenzó a preguntar Narcisa.

-No lo sé. Debemos esperar a hablar con ellos.

Al final, Draco y Astoria se enfrentaron a los Parkinson.

Estos se sentían ultrajados y engañados, y veían la mejoría de Astoria como una afrenta personal. El veneno de sus miradas era tan patente que más de uno lo notó. Sin darse cuenta, los cinco se convirtieron en el centro de atención.

Astoria se sintió intimidada al principio, cuando sintió sobre ella el desprecio de los Parkinson, pero algo en su interior la obligó a seguir y situarse frente a ellos.

Había vencido al dolor y a la enfermedad. Había mirado a la muerte a la cara, y había salido adelante. No iba a permitir que esos miserables la intimidaran.

Así que alzó la barbilla, cuadró los hombros, y por primera vez, fue ella la que guió a Draco por el salón.

-Señores Parkinson, me alegro de que hayan podido venir -dijo, con voz alegre, y sin dejar de sonreír. Draco la miraba de reojo, admirado por su arrojo, pero los Párkinson palidecieron de rabia. Para colmo, tuvieron que saludarla con una reverencia, y eso sólo sirvió para que su odio fuese en aumento-. Aunque según creo, fueron los primeros en confirmar su asistencia -comentó, como si tal cosa-. Lamento no haber podido escribir la invitación yo misma, pero me encontraba indispuesta.

-Nos informaron de la gravedad de su estado -dijo el señor Parkinson, obligado a tratarla con respeto.

-No tengo la menor duda de ello -sonrió Astoria. Pansi la miraba de tal forma que parecía querer retorcerle el cuello. Draco tuvo que contener el impulso de sacar su varita y ponerse en guardia, pero Astoria tenía mucha sangre fría, y aguantó estoicamente.

-Pero ha sido una enfermedad larga y difícil -insistió la señora Parkinson-. Podría existir la posibilidad de una recaída.

-No lo creo -se rió Astoria-. Es cierto que estuve muy grave, pero me he recuperado por completo. De hecho, me siento mejor que nunca. Espero que no haya nada que me haga enfermar de nuevo, pero una nunca debe fiarse de lo que la rodea -rió-. A veces el daño está donde menos lo esperamos -comentó. La señora Parkinson retrocedió como si le hubiesen escupido en la cara-. Me alegro de haberles visto -dijo, dando por terminada la reunión, y se dejó guiar por Draco lejos de ellos.

-Astoria, te admiro -dijo Draco-. Nunca creí que alguien fuese capaz de hablarles así.

-Y yo jamás pensé que me alegraría tanto de llevar puesto un corsé reforzado que protegiese mi cuerpo -respondió ella, con una risa nerviosa. Draco se rió con ganas y la abrazó por la cintura.

No hubo más accidentes. Nadie más tenía motivos para odiar a Astoria, y muchos invitados, sobre todo aquellos que habían conocido a la condesa Ysabel, se alegraron por su recuperación y por su afortunado matrimonio.

Astoria aguantó el tipo de forma admirable. El corsé le impedía caminar encorvada, y ella disimulaba perfectamente el cansancio, y se mostraba feliz y animada. Sólo cuando hubo saludado a todo el mundo, se permitió sentarse, exhalando un leve suspiro de alivio.

Vio a su padre conversando con la viuda Nott, y a los Parkinson abandonando muy enfadados el salón. Draco había sido llamado por sus padres, y por un momento, Astoria se permitió disfrutar de unos minutos a solas.

Poco después, Draco se acercó a ella.

-Mis padres quieren hablar con nosotros -dijo.

Astoria le siguió hasta el balcón que se extendía tras las cristaleras, donde los señores Malfoy esperaban. Miraron a Astoria sorprendidos, como si no hubiesen esperado que ella estuviese allí.

-Lo que tengáis que decirme, ella lo puede escuchar -dijo Draco, muy serio.

Sus padres se miraron entre sí, y finalmente, Narcisa se dio por vencida y se adelantó.

-Draco, hijo, lo lamentamos muchísimo. Debimos haberte escuchado -se disculpó. Y su arrepentimiento era sincero. Le había prometido a su hijo que no se casaría a la fuerza con alguien a quien no quisiera, y no lo había cumplido-. No pensábamos… Creíamos que…

-Creíais que Astoria iba a morir, pero ahora las cosas cambian ¿no? -replicó él, desafiante.

-Aún se puede dar marcha atrás -intervino Lucius.

-¿Y romper el compromiso? ¡Ni hablar! -dijo Draco, de forma violenta. Sus padres le miraron sorprendidos, sin saber cómo reaccionar-. No pienso divorciarme porque no os agrade la situación -declaró, poniéndose a la defensiva. A su lado, Astoria se encogió, acongojada ante la idea del divorcio.

-Tú no deseabas casarte -le recordó Lucius-. Pensábamos que el matrimonio iba a durar poco, pero… -se detuvo y miró a Astoria de reojo. Acababa de decir en voz alta que habían deseado la muerte de la joven.

-Hijo, sólo queremos que seas feliz, no tienes que seguir con esto sólo por el condado -añadió Narcisa, de forma vacilante.

-¿El condado? ¿Eso es lo único que os importa? -preguntó Draco, cada vez más enfadado-. ¡Habríais hecho cualquier cosa con tal de conseguirlo! ¿Qué pasa, que sólo lo queréis si hay un funeral de por medio?

-Por favor, basta -le rogó Astoria. Draco les lanzó una mirada enfadada a sus padres, pero cerró la boca. Astoria se encaró a los señores Malfoy, pero habló con humildad-. Sé que planearon la boda pensando que yo iba a morir, pero no les culpo por eso -aseguró-. Cualquiera habría hecho lo mismo.

-No tienes por qué ser benevolente con ellos -gruñó Draco-. Nunca les ha importado tu seguridad, y se habrían alegrado de tu muerte.

-Eso ya no importa -dijo ella, terriblemente incómoda-. No sirve de nada recordar eso ahora. Tus padres sólo buscaban lo mejor para ti -Astoria miró al suelo-. Prefiero perdonar y olvidar, Draco, y empezar de cero. Es la única forma de solucionarlo todo y de que las cosas salgan bien.

Los señores Malfoy la miraron sin palabras. Astoria les perdonaba de corazón, sin ningún tipo de maldad, y sin esperar nada a cambio. Aquel gesto les había sorprendido más que ninguna otra cosa. Habían quedado totalmente impresionados por ella.

Lucius se acercó a su nuera, tomó su mano, y la miró con respeto.

-Te hemos subestimado, Astoria Greengras, pero no lo volveremos a hacer. Pase lo que pase, desde ahora te consideraremos parte de nuestra familia, y velaremos por ti -declaró. Y cuando Lucius prometía algo, lo cumplía sin vacilar.

Narcisa fue menos formal. Abrazó a la joven con agradecimiento y alivio.

-Te estamos muy agradecidos, Astoria. No importa cual sea vuestra decisión, siempre serás una hija para nosotros.

-No sé qué decir -dijo la chica, sonrojándose. No había esperado recibir tales muestras de confianza y afecto.

-Entonces ¿Qué pensáis hacer? -preguntó Lucius, mirando a su hijo. Este se había calmado al ver cómo sus padres aceptaban a Astoria como una más de la familia.

Cogió a su esposa de la mano.

-Seguiremos juntos, por supuesto -declaró. Astoria asintió, mostrándose de acuerdo.

Lucius y Narcisa cruzaron una fugaz mirada, confirmando la su anterior opinión: era posible que entre ellos dos hubiese surgido algún tipo de afecto.

-En tal caso, sólo podemos desearos felicidad -dijo Lucius-. O al menos, que conservéis la que tenéis -añadió con una leve sonrisa, al ver las expresiones resplandecientes de los dos jóvenes.

-Eso no será difícil, padre -sonrió Draco.

La fiesta terminó tarde, y cuando Astoria pudo quitarse al fin los bonitos pero incómodos zapatos, ya eran más de las doce.

-Estoy agotada -suspiró, agitando los hombros-. Creo que no hay un solo lugar de mi cuerpo que no me duela.

Draco la abrazó por la espalda, y le besó en el cuello.

-¿Tan cansada estás?

-Ni te lo imaginas.

-¿Estás segura? -preguntó él, volviendo a besarla.

-Creo que podría dormirme de pie.

-Pues es una lástima -comentó Draco, situándose delante de ella-, porque pensaba darte tu regalo.

-¿Mi regalo? ¿Y qué es? -preguntó ella. En respuesta, Draco la besó apasionadamente.

-Creí que estabas demasiado cansada para querer averiguarlo -sonrió Draco, abrazándola por la cintura de forma sugerente.

-Me parece que puedo aguantar despierta unos minutos más.

Se besaron de forma intensa, y terminaron cayendo sobre la cama. Él la besó en el cuello, y le levantó la falda para poder acariciar sus piernas.

-Draco, tenemos un problema -jadeó ella. Draco hizo un sonido indeterminado, y prosiguió con sus besos-. Kali hechizó mi ropa para que cualquier cosa que tratara de pasar a través de ella desapareciera de inmediato.

La mano de Draco se detuvo en seco, y él se irguió para mirarla con los ojos como platos.

Astoria comenzó a reírse, indicando que era una broma.

-No vuelvas a decir eso jamás -protestó él, ofendido. Astoria se siguió riendo, y para hacerla callar, Draco la besó de nuevo, de forma más ardiente que antes. Ella le abrazó con las piernas, y esta vez no le impidió seguir con sus caricias.

-Creo que tendremos que llamar a Kali -jadeó al cabo de un momento.

-¿Para qué?

-¿Cómo voy a quitarme toda esta ropa? -preguntó ella, agobiada por el corsé, las enaguas y el vestido.

-¿Y para qué diablos estoy yo? -replicó Draco, medio riendo, medio indignado-. No te preocupes, que yo me encargo de todo.

Y así fue. Él se encargó de que todo saliese bien, paso por paso y detalladamente.

Desde luego, esa noche no necesitaron a Kali.