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Historia 60487 — capítulo 4
Draco regresó a la mansión y corrió a buscar a sus padres. Les encontró en el despacho de Lucius, poniendo en orden unos asuntos. Lucius era el que siempre planeaba dónde invertir y cómo hacerlo, pero era Narcisa la que controlaba el dinero y avisaba a los abogados. Hacían una buena pareja de trabajo.
Sin embargo, Draco no podía esperar a que terminasen.
-¡El conde nos ha engañado! -dijo de sopetón, sorprendiendo a sus padres-. ¡Está envenenando a su propia hija para que parezca que está enferma!
Los Malfoy le miraron sorprendidos.
-¿Quién te ha dicho eso? -preguntó Narcisa.
-La propia condesa. Ella lo sabe todo, pero no puede...
-¿Cuándo has hablado con la condesa? -le interrumpió Lucius.
-Hace unos minutos. Fui al castillo para ver si podía hablar con ella.
-¿Te has entrevistado con la condesa a solas? ¿Cómo se te ocurre hacer eso? -le preguntó su padre, muy enfadado-. No puedes romper el protocolo de esa manera ¡Y menos aún cuando hay tanto en juego! ¿Y si os hubiera visto alguien?
-¡No había nadie! El conde no estaba -se excusó él-. ¿Pero me habéis escuchado? ¡Ella no está enferma! ¡La están envenenando! ¡Todo es un truco para que pactéis el matrimonio!
-¡Ya basta! -gritó Lucius. Miró a su hijo muy serio-. No voy a permitir que me levantes la voz -aseguró-. No puedes entrar en la propiedad de otro hombre como si fuese tuya, y mucho menos sin ser invitado. ¡Y entrevistarte con su hija sin pedir permiso! ¡Podrías haber hecho que Greengrass rompiese el compromiso!
Draco le miró sin entender ¿Acaso no se había explicado con suficiente claridad?
-Pero padre…
-Nada de peros. No quiero que vuelvas a poner los pies en los terrenos de Greengrass hasta el día de la boda ¿Me has entendido?
Draco intentó desafiar a su padre con la mirada, pero finalmente, tragándose su orgullo y la rabia inmensa que sentía, se dio por vencido y salió de la habitación dando un portazo.
Los señores Malfoy se miraron, preocupados.
-¿Qué opinas, Cisa? -le preguntó a su mujer.
-El conde envenenando a su hija… es absurdo -dijo ella, agitando la cabeza-. Pero si ha sido ella la que se lo ha dicho…
-¿Crees que Greengrass envenena a su hija? -preguntó él, con la incredulidad plasmada en su rostro.
-No, no creo que sea posible… no puede ser posible -dijo ella, con énfasis-. La sola idea de que podría ocurrir es inconcebible -afirmó-. Puede que ella se niegue a casarse por cualquier motivo, y se haya inventado esa historia -sugirió.
-Tienes razón, es lo más probable -asintió él-. La cercanía de la muerte hace que la gente piense de forma extraña.
Y como la explicación les complacía, no se molestaron en pensar más en el asunto, y pronto se olvidaron de él.
Draco no sabía qué pensar. Astoria le había parecido muy sincera, y también Kali, pero si enfocaba el asunto desde la perspectiva de alguien ajeno al problema… bueno, parecía una historia muy inverosímil. ¿Qué haría él si estuviese a punto de morir? ¿Qué explicación encontraría para justificar su mal? ¿Estaría Astoria aferrándose a una idea que no era real?
Pero por otra parte, era cierto que la joven parecía más saludable a medida que hablaba con él. ¿Y si se debía simplemente a la oportunidad de conversar con alguien que no fuese su elfina?
Draco paseó por los corredores de su mansión, sin dejar de pensar en las distintas posibilidades.
Sus padres no habían querido escucharle. Aunque él les había repetido la idea del envenenamiento, ni siquiera le habían prestado un parpadeo de atención. ¿Se habría encontrado Astoria con los mismos problemas? ¡Ya volvía a dudar! ¿Quién tenía razón? ¿Estarían sus padres tan obcecados por conseguir el condado que ignoraban todo lo que les pudiese distraer de su objetivo? ¿Sería todo un truco por parte del conde, y tanto él como su hija eran excelentes actores? ¿Fingiría Astoria su enfermedad?
La única forma de poder aclarar algo era saber si el líquido verde que tomaba Astoria era venenoso o no.
Draco pasó el resto de la tarde en la biblioteca familiar, inmerso en viejos tratados y manuscritos, buscando cualquier referencia a ese veneno. Pero al poco tiempo se dio cuenta de que apenas tenía datos. No sabía los síntomas exactos de la supuesta enfermedad de Astoria, ni cuánto tiempo había estado tomando el brebaje, ni por supuesto, si lo tomaba de verdad.
Draco se pasó una mano por el pelo, alborotándolo, y miró por la ventana. Entonces dio un salto en la silla ¡Ya era de noche! No había sido consciente del paso del tiempo.
Gimió, cansado, y se frotó la cara. En otros tiempos le habría escrito una lechuza a su antiguo profesor de pociones para pedirle consejo, ya que él habría sabido lo que había que hacer. Pero Snape estaba muerto, así que esa salida también estaba cerrada para él.
Sin embargo, sí que había otro profesor de pociones que seguía trabajando para Hogwarts.
Draco cogió precipitadamente un pergamino y se dispuso a escribir, pero a las pocas líneas lo arrugó y lo tiró a un lado. No podía decir la verdad.
Así que escogió sus frases con cuidado, y dijo que había oído hablar de esa misteriosa poción y que deseaba saber qué había de cierto en los rumores. Quería saber también cómo podría curarse la persona afectada, y qué efectos secundarios tendría. Todo eso lo adornó con frases floridas y usó el tono más adulador posible. Bien era cierto que él nunca había sido uno de los favoritos de Slughorn, pero ni siquiera él podría resistirse a medio metro de pergamino escrito con halagos dirigidos a él.
Envió la lechuza de inmediato, para que fuese la primera carta que leyese el profesor por la mañana, y mientras miraba cómo se alejaba, los relojes de la casa dieron la hora: eran las tres de la mañana.
Draco fue a su habitación y trató de dormir, pero no fue capaz.
El tema de la boda le estaba sacando de quicio, y no podía apartarlo de su mente. Trató de llegar al fondo del problema, como una vez le había recomendado su madre, y para su sorpresa descubrió que lo que más le molestaba era la posibilidad de que Astoria le hubiese mentido. Todos los que le rodeaban trataban de manejarle a su antojo para poder conseguir algo de él, pero si ella también lo hacía ¿De quién podría fiarse?
Dio vueltas y más vueltas en la cama, aporreó la almohada, probó a dormir en el suelo, e incluso se replanteó lanzarse un hechizo, pero no fue capaz de conciliar el sueño. Jamás había tenido tanta energía.
Justo antes del amanecer tomó una decisión: debía hablar con Astoria una vez más.
Antes de darse cuenta ya se había vestido, y se dirigía al armario donde guardaba su Nimbus 2001. Abrió la ventana y se escapó volando. Sólo cuando estuvo a suficiente distancia de la mansión, aterrizó y se desapareció.
Su padre le había prohibido que volviese a pisar las tierras del conde, así que Draco montó en su escoba y voló a ras del suelo, para no ser visto, y se dirigió directamente hacia el viejo torreón. Los primeros rayos del sol iluminaron la falsa garita que Kali le había indicado, y Draco pudo ver una puerta disimulada en su interior, que coincidía con la pared de la torre.
En silencio, e iluminándose con su varita, Draco subió la escalera de caracol que ascendía por el interior de la torre. Sentía miedo por un millar de cosas diferentes; temía que sonase alguna alarma, o que alguien le viera. Se preguntaba qué excusa le daría al conde si le descubrían allí, y peor aún, trató de imaginar lo que les diría a sus padres.
Pero para su entero alivio, nada sucedió, y pudo llegar con relativa tranquilidad a otra puerta de madera, que abrió con cuidado.
Apagó su varita por precaución, y empujó con el hombro. Al instante, el fuerte olor a medicinas le indicó que no se había equivocado de habitación, y se sintió mucho más seguro de si mismo. No quería despertar a Astoria, para no asustarla, así que se movió a tientas por la habitación, guiándose por las paredes. Se tropezó con un arcón, golpeándose en la rodilla, y maldiciendo entre dientes cojeó los últimos metros que le separaban de las cortinas. Las descorrió con cuidado, dejando pasar la luz del amanecer, y trató de localizar la puerta por la que había entrado, por si tenía que salir corriendo, pero no la vio por ninguna parte.
-La tapan los tapices -murmuró una adormilada Astoria, desde su cama. Draco imaginó que la había despertado con todo el ruido que había hecho-. Precisamente la tapa el tapiz que representa una puerta.
-Buena idea -dijo él, poniéndose nervioso. No se le había ocurrido qué excusa darle a ella, pero Astoria no parecía sorprendida de verle.
-Me alegro de que hayas vuelto -dijo ella, sonriéndole débilmente.
-En realidad no sé por qué lo he hecho -confesó-. Bueno, en realidad sí, no podía dormir y… -trató de calmarse. Parecía un colegial pillado en una travesura-. Mis padres no han querido escucharme -dijo-. De hecho, ni siquiera se lo han tomado en serio. Sólo les ha importado que hablase contigo a solas.
-Lo siento mucho -dijo ella, con absoluta sinceridad.
-Tú no tienes la culpa -se apresuró a decir él, poniéndose de su parte y olvidándose de las dudas que había tenido sobre ella-. De todas formas, aunque me hubiesen hecho caso, les interesa demasiado el condado como para hacer algo por tu bien. Podría decirles que eres un hipogrifo transformado y ellos sólo me preguntarían si tienes un título nobiliario.
-No le des más vueltas -Astoria sonreía a su pesar-, Seguro que encontramos una solución. Todavía no hay nada perdido ¿No?
Draco la miró fijamente. Trató de recordarse a sí mismo que Astria podría estar fingiendo, pero un vistazo al aspecto de la joven bastaba para tirar por tierra semejante teoría. Ni la mejor actriz podría hacer ese ruido al respirar, ni tener esos ojos vidriosos. O bien estaba muy enferma, o de verdad estaba siendo envenenada.
-Me asombra que conserves la esperanza -le dijo, apartándose de la ventana y dejando pasar la luz que antes tapaba su cuerpo. Astoria hizo un gesto de dolor y giró la cabeza.
-Es lo último que se pierde -musitó.
-¿Qué te ocurre? ¿Te hace daño la luz? -preguntó él, al ver su gesto.
-Mi padre me prohíbe abrir las cortinas. Dice que los enfermos deben tener la piel pálida -respondió ella-. Hacía mucho que no veía la luz del sol. Además, muchos curanderos piensan que las enfermedades deben tratarse a oscuras y sin corrientes de aire -Astoria olfateó con disimulo-. ¿Podrías abrir la ventana? No estaría mal que la habitación se ventilase un poco.
Draco obedeció encantado, y disfrutó del aire limpio que entraba a raudales. Astoria cerró los ojos y sonrió al sentir la brisa sobre su piel.
Él se dio cuenta de que la chica, a pesar de la gravedad de la situación, se esforzaba por parecer animada. Eso le impresionó ¿Qué habría hecho él en su lugar?
La miró con atención, admirando por primera vez la armonía de sus rasgos, a pesar de la palidez de su piel. Sólo desvió la mirada cuando ella abrió los ojos, casi trasparentes, y se fijó en él.
-¿Tenías otros planes? -preguntó-. Quiero decir… si nuestros padres no se hubiesen empeñado en casarnos ¿Qué habrías hecho?
-Me habría casado igualmente -Draco se encogió de hombros y se sentó a los pies de la cama, para que Astoria pudiese mirarle sin que la cegase la luz del sol.
-¿Tienes novia?
-Si… bueno, estoy saliendo con alguien… o lo estaba -Draco titubeó, inexplicablemente nervioso por la pregunta-. Se llama Pansi.
-¿La quieres mucho? -preguntó.
-¿Eso importa? -respondió él, un poco a la defensiva.
-Me sentiré mejor si sé que no te estoy arruinando la vida -se excusó ella. Draco se dio cuenta de que había sido un poco brusco con ella.
-Ella es… ella me gustaba -dijo, poco convencido-. Es atractiva, y tiene mucha personalidad.
-Es decir, que es rica, malcriada y caprichosa -resumió ella, con increíble exactitud. Draco la miró, sorprendido-. Como todas las chicas de su clase y su edad -Astoria sonrió-. No siempre he estado enferma, Draco. Hasta hace poco estudiaba en el colegio, y conocí a muchas chicas como tu novia.
-¿Tú tenías novio? -preguntó él, borrándole la sonrisa de la cara. Astoria fijó la mirada en la colcha de la cama.
-Me gustaba el hermano de mi mejor amiga, pero mi padre jamás me habría permitido estar con él -dijo, repentinamente triste.
-¿Porque no tenía dinero?
-Sus padres eran muggles -confesó Astoria.
-¡No puedes hablar en serio! -exclamó él, dejando que siglos de educación Malfoy hablasen por él.
-¿Tú también eres de esos que defienden la pureza de sangre y el honor? -preguntó ella, mirándole con las cejas alzadas.
-Soy de esos que procuran comportarme de acuerdo a la educación que han recibido -respondió molesto.
-¿Y eso de qué te sirve? ¡Mira de lo que me ha servido a mi! -exclamó ella-. Durante toda mi vida no he hecho más que comportarme como se esperaba de mí. He sido una buena hija, y una señorita de clase alta ¿Y para qué? ¡Debería haber hecho como mi hermana, y hacer lo que me diese la gana!
-¿Y terminar casándote con un hijo de muggles? ¿Esa es la vida que habrías preferido? -la cara de Draco se estaba volviendo roja de furia.
-¡Al menos podría haber sido feliz! ¡Habría valido la pena vivir por algo! -le gritó ella, incorporándose sobre los codos-. ¡Y seguramente no estaría aquí, muriéndome lentamente, ejecutada por la mano de mi propio padre, y obligada a casarme con alguien a quien ni conozco ni amo para poder salvar mi vida!
Draco se puso en pie de un salto, temblando de furia e indignación. Deseaba salir corriendo y no volver jamás, deseaba zarandearla hasta que dejase de decir tonterías, deseaba gritar y golpear todo lo que había a su alrededor, deseaba… quería hacer tantas cosas que no se decidió por ninguna, y se quedó allí de pie, con los puños apretados, la cara roja y la respiración alterada.
Astoria, sin embargo, se había dejado caer sobre la almohada, y sollozaba con la cara entre las manos. Su dolor y su angustia eran tan evidentes que él se obligó a tranquilizarse un poco y comportarse de una forma más racional. Después de todo, la situación de Astoria era infinitamente peor que la suya, y mucho más difícil de solucionar.
Muy despacio, se acercó a la cama y se sentó a su lado.
-Lo siento -murmuró-. No he debido decir nada de eso.
-Es mi culpa -sollozó ella, secándose la cara con las manos-. Tengo tanto miedo, Draco -confesó, mirándole-. No he salido de esta habitación desde que dejé el colegio y… ¡No sé qué me va a pasar!
-Tranquila -Draco le puso una mano sobre el hombro-. Te diré lo que haremos. Podríamos…
Unos ligeros golpes en la puerta le hicieron callar, y ambos miraron hacia ella cuando se abrió y Kali entró en la habitación.
La elfina permaneció unos segundos mirándoles sin saber qué hacer, sorprendida por la presencia de Draco, pero reaccionó de golpe.
-Señor Malfoy, escóndase -susurró, muy nerviosa-. El conde viene hacia aquí -advirtió. Draco se puso en pie, como un autómata, sin saber qué hacer-. ¡Escóndase detrás del tapiz señor! ¡Rápido!
Draco se apresuró a levantar el tapiz que simulaba ser una puerta, y abrió la puerta de verdad, pero no bajó por los escalones, sino que se quedó allí, espiando. Empujó levemente el borde del tapiz, y vio cómo Kali le daba de beber a Astoria un pequeño vaso rebosante de líquido verde, y mientras la droga hacía efecto, la elfina cerró la ventana, corrió las cortinas y encendió las dos pequeñas velas.
Desde su escondite, Draco vio cómo Astoria se estremecía, ponía los ojos en blanco y caía sin sentido sobre la almohada, como una muñeca. Kali le colocó la ropa de cama sin que ella se enterara.
Parecía estar sin vida…