← Historia 60487 · de
Historia 60487 — capítulo 5
Kali apenas había tenido tiempo de colocar a Astoria cuando se abrió la puerta y el conde Greengrass entró por ella… seguido por Narcisa Malfoy.
Draco sintió cómo el corazón le daba un salto en el pecho ¡Su madre le había escuchado! Seguro que se fijaba en la droga y empezaba a hacer preguntas. Cuando quería, Narcisa era muy perspicaz, y Draco estaba seguro de que averiguaría la verdad.
-De verdad, Narcisa, nada de esto es necesario -protestaba el conde.
-Sebastien, sólo es una mera formalidad. ¿No pretenderás que me vaya sin hacer esta pequeña comprobación? -dijo ella. Draco sonrió, ¡Su madre lo iba a conseguir! Desde su escondite vio cómo ella se acercaba a la cama y cogía la mano de Astoria.
-Pero mi querida señora ¿Qué importancia tiene?
-Mucha, créeme -dijo ella-. Después de todo, el anillo es lo más importante de la ceremonia.
"¿El anillo?" se preguntó Draco, absolutamente descolocado.
-Pero aun así… -protestó el conde, pero ella ya se había puesto manos a la obra. Con un pequeño aro plateado rodeó el fino dedo de Astoria, y se fijó en los números que aparecían grabados.
-Te lo dije, Sebastien, la medida era grande ¡No pretenderás que a tu hija se le caiga su anillo de bodas! -se rió. Draco tenía la boca abierta por el asombro. ¡La medida del anillo! ¿Eso era lo único que le importaba a su madre?-. Lucius lo ha mandado fabricar expresamente para ella, y yo he diseñado la disposición de las piedras -dijo, con orgullo-. Quería que Draco me diese su aprobación, pero seguía dormido cuando salí de casa.
Draco se sobresaltó más aún ¿Creería de verdad su madre que estaba dormido? ¿O había visto su cama vacía y le estaba mintiendo al conde? ¿Imaginaría ella que él estaba allí?
-No es necesario un diseño muy complejo -protestó el conde-. No creo que mi pobre niña vaya a tener la oportunidad de lucirlo en público -suspiró, fingiendo tristeza por la situación de su hija. Draco apretó los puños, con furia. "Maldito hipócrita" pensó.
-Tonterías, Sebastien, ninguna novia de su posición podría esperar menos -Narcisa agitó su mano en el aire, para afirmar su opinión-. ¿Por qué no salimos y dejamos descansar a tu adorable hija? Debemos dejar que se reponga sin que la molestemos.
El conde se mostró de acuerdo, y la acompañó fuera de la habitación.
Draco salió de detrás del tapiz, muy enfadado.
-¡No me lo puedo creer! -siseó, indignado-. ¡No sospecha nada!
-Los padres del señor Malfoy creerán lo que ellos quieran creer -dijo la elfina, con voz triste-. Si los señores Malfoy están convencidos de que la señorita Astoria está enferma, no habrá nada que les convenza de lo contrario, y el señor conde se asegurará de ello. El señor conde no dejará escapar una fortuna como la suya, señor Malfoy.
Draco no respondió a eso, sino que miró a Astoria, quien respiraba con dificultad, sumida en su obligado sopor.
-Esa droga trabaja muy rápido -comentó, asombrado por el fulminante efecto que tenía.
-Por eso se la da el señor -dijo ella.
-¿Podrá despertar?
-La señorita no podrá hacerlo hasta dentro de doce horas. El señor le ha obligado a cambiar su rutina -dijo con tristeza-. Ella tomaba su droga después del mediodía, o incluso más tarde -explicó-. Ahora pasará todo el día dormida ¡Con lo que le había costado a Kali cambiar la hora!
-No lo entiendo ¿No puede tomar la droga cuando ella decida?
-No señor Malfoy. La fuerza de la droga es tal, que si la señorita Astoria adelanta la hora de la toma, se sentirá obligada a hacer estas más frecuentes, y pasará más tiempo dormida. La única forma de conseguir que la señorita esté despierta es retrasar cada día unos minutos la toma de la dosis. No se puede retrasar más, porque el dolor que sufre entonces la señorita es muy grande. La señorita es muy fuerte y valiente, y logra robar diez minutos cada día, pero ahora el señor conde le ha dado una dosis demasiado pronto… tendremos que volver a empezar.
Draco no comprendía del todo las implicaciones de todo eso, pero sí podía entender la gravedad del asunto. Si sus padres no le creían, no había nada más que él pudiese hacer para ayudar a Astoria, salvo seguir adelante con el plan general, esperando que en algún momento, se le ocurriese alguna forma de solucionar el problema.
Draco regresó a la mansión Malfoy, y fingió que acababa de despertarse. La verdad es que no había pegado ojo en toda la noche, pero mandó traer un café bien cargado para disimularlo.
Mientras se lo bebía, se dio cuenta de que había llegado una carta a su nombre de parte del profesor Slughorn. Sin perder el tiempo desplegó el pergamino y lo leyó a toda prisa.
El profesor había confirmado todas las sospechas de Draco con respecto a la droga. Se llamaba Sueño de Muerte, y hacía dos siglos que se había ilegalizado de por ley. No le explicaba cómo se fabricaba, por supuesto, pero coincidía punto por punto con lo que él había visto.
"La droga produce un sopor inmediato, y quien la bebe se sumerge en un estado letárgico muy parecido al coma. Un exceso de esta droga puede causar la muerte por parada cardiorespiratoria, pero este no es su mayor peligro. Como gran parte de los venenos, tiene efecto acumulativo, y sus sustancias nocivas permanecen en los órganos. Esto significa que los efectos de la poción pueden alargarse en el tiempo, aunque se haya dejado de tomar.
Por desgracia, es una droga terriblemente adictiva, de tal manera que quien la toma debe consumirla periódicamente y sin excepción, aun en pocas cantidades, ya que la abstinencia ocasiona fuertes dolores y una gran agonía, que en casos extremos puede llevar a la muerte."
Draco descubrió que le temblaban las manos, y tuvo que dejar a parte la carta. Sintió un nudo en el fondo del estómago. Había guardado la secreta esperanza de que Astoria y Kali estuviesen equivocadas, o exagerasen, pero esa carta le revelaba que el asunto era mucho más serio de lo que parecía.
Astoria jamás podría dejar de tomar el veneno, si lo hacía, sufriría intensamente… pero si lo tomaba, moriría poco a poco.
Draco siguió leyendo la carta. Slughorn le recomendaba algunos libros donde podría ampliar sus conocimientos sobre ese tipo de venenos y los antídotos necesarios, pero Draco apenas pudo recordar los títulos.
Estaba muy afectado, y le sorprendió darse cuenta de ello. Apenas conocía a Astoria, y sólo había hablado con ella en dos ocasiones, pero no podía evitar preocuparse, y no entendía el por qué. ¿Sería porque en el fondo no era el bastardo insensible que aparentaba ser? ¿O que la valentía de aquella chica le había conmovido más de lo que se atrevía a admitir?
Recordaba claramente el rostro de Astoria. Sus ojos casi transparentes, su sonrisa… y entonces lo comprendió.
-Ella sabe que va a morir -susurró-. Lo ha sabido desde el principio, pero no quiere que nadie lo sepa.
En ese momento llamaron a la puerta de su cuarto, y Draco se apresuró a guardar la carta.
Narcisa se asomó y le sonrió.
-Hola, cariño, por fin te despiertas -le saludó. Draco trató de recomponerse mentalmente. Se suponía que su madre pensaba que había dormido en casa, como siempre.
-Sí, madre, me apetecía dormir un poco más -se excusó.
-Esta mañana he ido a casa del conde Greengrass -dijo ella, entrando en la habitación-. Tenía que coger las medidas para el anillo de tu futura esposa -le sonrió como si quisiera hacerle partícipe de una broma. Draco le devolvió la sonrisa, para no contradecirla-. Me alegro de que hayas aceptado lo inevitable, cariño -dijo ella con suavidad-. No merece la pena preocuparse por algo que no tiene solución.
-Tienes razón, madre -asintió él.
-Por cierto, he recibido una carta de Pansi. Te invita a comer con ella hoy.
-¿Pansi?
-Vamos, Draco, no pongas esa cara. Pansi es aún tu prometida, aunque no sea oficial -dijo Narcisa-. Debes seguir manteniendo las buenas relaciones con los Parkinson.
-¿Pero no se supone que no…? -Draco se interrumpió. Recordó que si todo iba bien Astoria no moriría tras la boda, y por lo tanto, no tendría que casarse con Pansi. Pero eso su madre no lo sabía, y Pansi tampoco-. Bueno, está bien, iré -cedió.
-Lo siento, cariño, ya sé que te dije que no tendrías que casarte con Pansi, pero debemos mantener las formas hasta que lo hagamos público, y ahora tu padre está metido en un proyecto muy importante con los Parkinson -se excusó ella.
-No importa, madre, puedo seguir hablando con Pansi con tota normalidad -la tranquilizó él-. Después de todo, no tenemos por qué dejar de ser amigos.
Ella sonrió.
-Me siento muy orgullosa de ti -le dijo, dándole un suave beso en la mejilla. Draco la vio marchar, resignado. No le apetecía ni lo más mínimo encontrarse son Pansi, pero quería saber qué era lo que quería de él.
Draco se arregló con esmero para acudir a su cita. Por mucho que no deseara asistir, las buenas costumbres que le habían inculcado sus padres primaban sobre todo lo demás. Antes de partir, se pasó por el invernadero y reunió un hermoso ramo, para cumplir con la buena costumbre de regalar algo a la anfitriona que le invitaba.
Desde muy pequeño, su madre le había enseñado cómo debía comportarse con las damas, y había sido exhaustiva en detalles como qué clases de flores regalar en cada momento y para cada persona. Draco dudaba que Pansi tuviese el refinamiento necesario para entender el sutil lenguaje de las flores, y que le daría igual si el ramo era de flores blancas o amarillas, pero después de todo, las flores eran bonitas, y eso seguramente ayudaría.
Entonces, en un pensamiento traicionero, se preguntó qué pasaría si quisiera regalarle flores a Astoria. Seguramente ella se reiría y diría algo ingenioso, pero a Draco se le ocurría que ella sí sabría la diferencia entre un crisantemo y una margarita.
Pensando en esto, Draco llevó a cabo la tarea de aparecerse en los terrenos de los Parkinson, llamar a la puerta, anunciar que acudía a reunirse con la señorita Pansi y esperar en una colorida sala a que ella apareciese.
Pansi se hizo esperar, y tardó más de un cuarto de hora en hacer acto de presencia, pero él ignoró aquel gesto ofensivo y le sonrió con educación, ofreciéndole el ramo.
Ella se tomó la libertad de besarle en los labios, y cogió las flores sin apenas mirarlas.
Su comportamiento era tan estúpido como siempre, pero la forma que tenía de mirarle sugería que estaba planeando algo. Además, se había vestido de una forma muy curiosa, como si fuese a ir de fiesta, a pesar de ser mediodíay estar los dos solos. Draco se puso en guardia, sin poder evitarlo. Aunque Pansi le cogió del brazo como siempre y le condujo a través de los pasillos con normalidad, la veía como si fuese una serpiente a punto de morder.
Pasaron a una soleada terraza, donde les esperaba la comida, ya servida en una elegante mesa rodeada por un banco semicircular de piedra. Draco la ayudó a sentarse, y escuchó sin inmutarse cómo ella hablaba de sus vestidos, de sus zapatos y de los últimos cotilleos de sus inaguantables amigas. Estaba poniendo a prueba su paciencia.
Él la encontraba absolutamente insufrible ¿Cómo había podido salir con ella durante tres años? ¿En qué había estado pensando? ¿Cómo había podido fijarse en una chica tan vulgar, chismosa y retorcida?
Sin embargo, no dejó que su cara revelase lo que se sentía, y aguantó con estoicismo aquel ridículo monólogo, a pesar de que deseaba cogerla por el cuello y zarandearla para que se callara de una vez. ¿Para qué le había hecho ir? ¿Qué quería de él?
Por fin, Pansi se decidió a ir al grano, y clavando sus ojillos maliciosos sobre él comentó:
-¿Sabes? He oído que tu prometida, la condesa, no se va a morir.
Draco bebió tranquilamente de su copa, fingiendo estar sereno, mientras su cerebro trabajaba a toda prisa.
-¿Y por qué no iba a morirse? -preguntó, aparentando ingenuidad.
-Han visto a tus padres visitar varias veces el castillo de Greengrass, y no parecían muy contentos -comentó-. Como si sus planes no estuviesen saliendo bien.
"¿Qué pasa, nos estáis espiando?" pensó él, enfadado, pero no lo expresó.
-El conde pide una dote exageradamente alta -dijo-, y pretendía obtenerla antes de la boda. Eso no lo podemos permitir, por su puesto. Si Ast… si la chica -se corrigió-, muriese antes de tiempo, Greengrass se quedaría con nuestras posesiones. Y yo no puedo ser conde si no logro casarme con ella ¿no te parece? -se felicitó por haber dado esa respuesta, puesto que Pansi también ambicionaba llegar a ser condesa algún día.
Pansi le miró pensativa durante un momento.
-¿Sabes? Tienes razón. No debería prestar atención a lo que dice la gente -aceptó al fin. Se levantó y abrió otra botella de vino-. Al fin y al cabo, hay gente que es muy malintencionada, y actúa en su propio beneficio -susurró en su oido, mientras le llenaba la copa. Draco se estremeció ¿Sabría Pansi que él había visitado a Astoria?-. Draco -dijo ella, sentándose en el banco de piedra que ocupaba él, a su lado-. ¿Tú me quieres? -preguntó melosa.
-Sabes que sí -mintió él, poniéndose nervioso ¿A qué venía eso?
-¿Y harías cualquier cosa por mí? -ronroneó ella. Él no respondió ¿Qué se proponía? Pansi le cogió por la barbilla, e hizo que la mirara-. Porque me gustaría que hicieses algo por mí.
-¿El qué? -intuyendo lo que iba a pasar, Draco se echó para atrás, pero recordó que se suponía que Pansi aún era su novia, y dejó que ella se acercara y le besara. La chica le besó muy apasionada, e incluso lanzó un pequeño gemido. Él trató de corresponderle, pero algo le decía que debía tener cuidado.
Aquello no era normal, ella no solía comportarse así.
Cuando se separaron, Draco se dio cuenta de que se le había resbalado un tirante del vestido ¿Casualidad? La chica le lanzó una sonrisa que pretendía ser pícara, y volvió a besarle. Antes de que se diese cuenta, se había sentado en su regazo y se apretaba contra él.
Draco se sentía muy incómodo ante aquel repentino arranque de pasión. Logró separarse un poco de ella, aunque Pansi no le soltó.
-Pansi, si tu padre nos pilla me arrancará la cabeza -dijo.
-No seas tonto, mis padres no están aquí.
-¿No?
-Estamos sólo tú y yo, y podemos hacer todo lo que queramos -susurró ella, de forma seductora. Volvió a besarle, y usó todo su peso para tumbarle sobre el banco. Actuaba como una experta cortesana, y no tardó en comenzar a desabrocharle la ropa y a guiar las manos de Draco sobre su cuerpo.
Pero Draco no quería seguir. Aunque muchas veces había fantaseado con esa situación, ahora no se sentía excitado por ella. Es más, se sentía utilizado, y por más que ella gimiese y se moviese de forma sensual, lo único que deseaba era quitársela de encima.
Y eso hizo. Sin poder aguantarlo más, la empujó hacia un lado y se puso rápidamente en pie. Se miraron jadeantes, ella desde el suelo, con el pintalabios corrido y el vestido fuera de su lugar, y él muy confuso, pero decidido a no dejar que se le acercase de nuevo.
Draco se colocó la ropa a toda prisa, mirándola de reojo. Pansi parecía contrariada, y hasta enfadada, pero no estaba en absoluto avergonzada. Eso le confundió aún más, y aumentó sus ganas de salir corriendo.
Ella le miró con rabia.
-Tarde o temprano volverás a mi -le aseguró. Draco se limpió las marcas de maquillaje de la cara y comenzó a alejarse, sin atreverse a darle la espalda. A cada paso que daba, ella se ponía más furiosa-. ¡Volverás y me suplicarás, Draco Malfoy! -le gritó ella.
Draco no se molestó en excusarse. Salió corriendo sin más, deseando poder dejarlo todo atrás. No comprendía por qué Pansi estaba más enfadada de lo que le había visto jamás, pero tampoco quería quedarse a averiguarlo.