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Historia 61557 — capítulo 1

Reto:

Se encontraba esperándola (o); pero de pronto su teléfono comienza a sonar y le dan aquella terrible noticia...

Dos horas.

Sarah odiaba a las personas inestables, no soportaba que pudieran tirarlo todo por la borda en uno de sus ataques de euforia. Ella, sin duda, era alguien muy organizado, con un alto puesto en su empresa de financias y con una vida profesional perfectamente equilibrada.

Todo en su vida parecía encajar a la perfección, todo menos una cosa. O mejor dicho; menos alguien.

Julián era una de las muchas personas que podía sacarla de quicio, una de las pocas personas que lograba escandalizarla y hacer que la ira le recorriera de pies a cabeza.

Él era su sobrino, pero vivía con ella desde hacía dos años, a causa de un terrible accidente que había terminado con la vida de sus dos padres. Ahora, el joven tenía dieciséis años y era, por excelencia, todo un rebelde.

Sin duda alguna, Julián, era el chico con aspecto de estar drogado, el cual las madres llamaban "mal ejemplo" junto con muchos otros adjetivos menos positivos.

El chico sabía qué hacer para molestar a su tía y le encantaba verla molesta. Es más, muchas veces, le hacía bromas solo para verla estallar de enojo en cuánto se enteraba de que eran eso; sólo bromas.

Sarah no podía hacer nada para remediar la actitud de Julián, dado que ella nunca estaba en casa por su exigente trabajo y él… Bueno, él no aportaba nada.

Un Sábado en particular, Sarah llegó al departamento en el que vivían un poco más temprano de lo habitual, pero jamás creyó encontrarse con aquello.

Abrió la puerta de su hogar, entró y se topó con todos los muebles dados vuelta, con la ropa tirada por el suelo y los cuchillos y tenedores clavados en la pared.

Al principio, creyó-como era evidente- que se había tratado de un robo y que le habían desvalijado la casa.

Caminó un poco más, en silencio para asegurarse de que no había nadie más allí, y le vio allí; tendido en la cama.

El aspecto de Julián era terrible, a pesar se tener los ojos cerrados y estar dormido, se podían ver a cientos de kilómetros las ojeras debajo estos, sus labios amoratados y el sudor que le recorría la frente.

Algo no estaba bien, y Sarah lo sabía.

Tiró al piso su cartera y corrió hasta la cama, solo para poder observar mejor el rostro demacrado de su sobrino.

Apenas se acercó, el olor a alcohol le dejó aturdida y su vista dio en un frasco abierto de pastillas.

El problema, es que faltaban pastillas; muchas de ellas.

Sarah sabía que Julián se drogaba y también sabía que no tenía remedio decirle nada, pero eso era demasiado. Verle en ese estado, como un completo vago y un asqueroso vagabundo, hizo que la cólera se hiciera presente.

Colérica, se dirigió al baño y llenó un balde mediano con agua helada. Luego, volvió a la cama y vació el balde sobre la cabeza de Julián.

El aludido abrió los ojos al instante, exaltado y sorprendido por aquel chapuzón. Entonces, sus ojos se toparon con la cara roja y rabiosa de Sarah.

Él abrió la boca para hablar, pero ella fue más rápida y habló primero.

-Vete-masculló.

-¿Q-ué?-tartamudeó en respuesta Julián, aún aturdido.

-Que te largues de mi casa… No quiero verte nunca más.-repitió Sarah entre dientes, casi echando humo por las orejas.

-Pero…¿Adónde iré? Tú eres mi tutora y…-comenzó él.

-Escúchame bien, porque no voy a repetirlo-gritó Sarah a punto de estallar- Estoy harta de ti, de tus malditas estupideces, de todo lo que haces… ¡Eres un bueno para nada, Julián! Si no quieres hacer nada con tu vida, es tu problema. Pero no tienes ningún derecho a arruinar la mía. Hazme el jodido favor de irte de esta casa… ¡YA!-volvió a gritar casi sin aire en los pulmones.

Julián miró a su tía y sabía que ella no bromeaba; nunca lo hacía.

Con los ojos vidriosos se levantó de la cama, cogió una campera y salío dando un portazo.

Esa noche, Sarah no durmió. Y al otro día no tuvo las fuerzas suficientes como para levantarse de la cama.

La culpa la carcomía por dentro, llenándola de miedo y preocupación por su desaparecido sobrino.

Sin más, cogió el teléfono móvil y llamó a Julián a su celular, sintiendo como el repetido termitente de la espera la volvía loca.

Él no respondió esa vez, ni la segunda, ni la tercera…

El Martes por la tarde, llamó a Julián-de nuevo- y esperó una vez más.

Pero ésa vez, dejó un mensaje de voz, diciéndose a sí misma:

"Tal vez no ha contestado porque está enojado conmigo. Si le dejo un mensaje, lo oirá y volverá a casa".

Con esta idea aún zumbándole en los oídos, le habló a la contestadota como si se tratase de su sobrino.

Cuando colgó, sintió que una parte del peso de sus hombros se alivianaba; dándole al menos un poco de paz.

Se quitó los zapatos y se metió en la cama, esperando oír el rechinar de la puerta abrirse y ver a Julián sano y salvo.

Pero eso nunca pasó…

La mañana del Miércoles, Sarah se encontraba sentada en una silla. Casi plantada al suelo, mordiéndose las uñas ansiosamente, como un niño antes de abrir su regalo de Navidad.

Miraba el teléfono como si fuese a recibir un llamado del Presidente o más, pero no sonó en ningún momento.

Como se dice, lo último que se pierde es la esperanza. Así que Sarah siguió esperando, y esperó, y esperó… hasta que…

El estridente sonido del teléfono hacía eco en toda la sala y Sarah no le hizo esperar mucho. Lo cogió-con la palma de la mano sudorosa- y puso el auricular en su oído.

-¿H-ola?-preguntó con el corazón en la boca.

-*Hola. ¿Es Ud. es**Señorita Cabbot?-*preguntó una voz adulta del otro lado de la línea.

-Si. ¿Por qué? ¿Quién es usted?

-Soy del departamento de Policía y los registros dicen que usted es la tutora legal del joven Juián Senra.

-Si, si. ¿Sabe, acaso, dónde está mi sobrino?-preguntó Sarah con un dolor en la boca del estómago.

-Señora… su sobrino se suicidó hace dos horas.

El teléfono quedó descolgado, mientras la voz del policía aún sonaba en la silenciosa sala.

-¿Hola? Señorita, ¿está ahí? Hola…

Lo único que se oía, era el lúgubre y doloroso eco del llanto ahogado de Sarah, que contagiaba tristeza a las paredes y hasta la cama parecía querer llorar junto a ella.

El dolor de su pecho estaba grabado al rojo vivo, como una palabra escrita con tinta en una hoja de papel, como una flecha que atraviesa el blanco…

El dolor era un grabado con nombre y apellido… Uno que Sarah-trágicamente-conocía muy bien.

A la semana siguiente, el Departamento de Policía llamó a la madre de Sara Cabbot, Meredith; y le anunció la trágica noticia…

  • Señora… Su hija se ha suicidado hace dos horas…