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Historia 63118 — capítulo 1
Siete en punto de la mañana. No podía dormir, había estado pensándolo con tanto ahínco, que ni siquiera había podido cerrar los ojos. Lo recordaba como una película en su memoria, que se transmitía sin detenerse. Sin pausas ni descansos. Era aquel momento al que más le temía. El momento del final. Pasaba soñando aquello, mucho tiempo y ya conocía su trayectoria. Al final, moría. Al final de toda aquella historia, moría y sin dejar rastros. A nadie le importaba dónde estaba su cuerpo. Si estaba sumido en el infortunio o si era presa de los ratones y de los insectos rastreros. Ese era uno de sus sueños más intimidantes. Morir como nada. Que lo fuera en vida, podía continuar viviendo con eso. Pero morir e irse al olvido, seguía siendo muy doloroso. Aún para él. En aquellos días, la situación se convertía en un momento de tensión increíble. ¡Cuántas charlas no había tenido ya con Albus Dumbledore y todas decían lo mismo; una y otra vez! "Es tu momento de decidir, Severus" "Sacrificarte por el bien común. Es el momento donde Harry necesita toda la ayuda que puedas brindarle" "La hora ha llegado". La hora había llegado; pero él no se sentía tan preparado como había tenido que asumir a la fuerza. Inspirando, se preguntaba por qué Harry Potter tenía que existir. ¿Por qué no simplemente, la oscuridad se tragaba al mundo en sus enormes fauces? La vida no era tan sencilla y sin embargo, sin poder disfrutar ese poco tiempo que seguramente le quedaba. Porque no era un secreto, que Lord Voldemort en algún momento, iba a prescindir de él. Iba a dejar de necesitarlo y en ese momento; tendría que morir. Por la causa luchada, la muerte jamás será irrespetada. Será un sacrificio hecho con honor y te recordarán como el héroe que eres. Quizá a él; no se le aplicaba un lema como ese. Pero no tenía mucho interés tampoco; de esperar ser un héroe para alguien. Solo quería ser recordado como aquel que había salvado el maldito trasero de aquel niño de oro, que había nacido con más problemas y con mucha mejor suerte que él. Apesar de que él siempre daba la cara por aquel niño. Pero antes de considerarse su "salvador", tenía que considerar qué había hecho para ganarse ese trabajo de santo rosario de aquel. Había cometido el crimen más grande contra su propia humanidad y la de aquel niño: había asesinado a su madre. Bueno, no precisamente él. Y sin embargo; había colaborado con su muerte. Dios, se sentía tan imbécil. Mareado, falto de aire. Cada vez que lo pensaba, no conciliaba el sueño ni podía respirar. Pero más allá de eso, no sentía mayor cosa. Quizá si lo atravesaba una espada, no lo sentiría. Solo le temía al olvido. Al no ser recordado. Olvidado... Como una vieja pintura. Un viejo pedazo de pergamino. O un amor que nunca sucedió. Temía quedarse para siempre, en el pasado. En el año pasado y lo demás; evolucionando y sin detenerse. Se levantó de la cama y caminó alrededor de su despacho. Podía irse a desayunar, pero era muy pronto para sentarse en un salón vacío. Podía tomar una ducha fría y calmar sus ansias, sus pensamientos. Podía morir de una neumonía y pretender que había sido accidental. Y sería una gran cobardía. Miró su reloj luego de unos minutos. Con una sonrisa cargada de ironía, se dio cuenta de que se había estado quejando más de lo que esperaba. Inspiró suavemente y se dijo que ya era un buen momento para ir por su desayuno. Para alimentar a su cuerpo y jna vez más, darle vida hasta el momento en donde tuviera que morir. Hasta el momento; en el que toda la espera valiese la pena y tuviera sentido.... y fuese el momento justo para morir. — Buenos días, Severus.— escuchó a un lado y ladeó la cabeza. Madame Pince lo saludaba con una sonrisa. No dijo nada y asintió con la cabeza. Era la primera vez que coincidía con ella en el desayuno. Quizá estaba muy abstraído, como para darse cuenta de ello. La profesora Sprout también coincidió con él y lo saludó. De hecho, la única que siquiera hablaba en las comidas, era Sybill Trelawney. Pero ese día, ella tenía algo que decir. Algo que decirle a él, precisamente. — Severus, te ves enfermo. ¿Estás seguro de que te sientes bien? Como sea, he previsto que una visita te tomará por sorpresa. Algo totalmente inesperado y que te dejará sin palabras. Concluyo que esta visita será determinante a lo largo de tu vida. No contestó, no tenía nada que decir al respecto. Miró el desayuno y se preguntó si tostadas con miel y mantequilla, hojuelas de manzana y miel...un poco de leche y jugo, era demasiado. Mucha comida por un día. Pero lo más gracioso, no eran los hábitos alimenticios. No. Lo más gracioso era que Albus Dumbledore no estaba allí para hablar de ellos y de lo poco que comía cuando se sentaba a la mesa. No estaba allí. Ni siquiera McGonagall. ¿Había algún problema que le habían olvidado mencionar? Ultimadamente, Dumbledore tenía muchos secretos que no compartía con él. Solo con Potter. Comenzaba a sentirse olvidado. Como había estado temiendo en su despacho. — Severus— Flitwick, le hablaba al otro lado. Ladeó la cabeza y lo miró con atención.— Dumbledore quiere verte. Dice que tiene algo importante que debe decirte y no puede esperar hasta que termine el desayuno. Asintió y sin más, se levantó de la silla. Al menos; no estaría bajo el escrutineo público y quizá tendría algo que hacer por ese día. Caminó lentamente a través de las mesas de cada casa, sin volverse y sin mirar a nadie. Al salir, sintió que muchos lo habían mirado con curiosidad. Sensación que solía tener de vez en cuando. Mientras subía hacia el despacho del director, su estómago comenzaba a añorar la comida que él siquiera había probado. Al abrir la puerta, imaginó por qué ni Minerva ni Albus, estaban en el desayuno. Había una extraña reunión en el despacho. No podía ver, McGonagall tapaba su visión. Se detuvo detrás de la mujer y esperó pacientemente. — Severus, qué bueno que has venido. Necesitaba decirte algo, urgentemente. Verás... Pero dejó de hablar. Una mujer se había adelantado, se había apartado de Minerva. Conocía ese cabello donde lo mirara. Ese rostro. A lo único que no encontraba similitud o razón; era que estuviera allí. Detenida frente a él. Luego de tantos años. — Severus... Y que aún recordara su nombre. Eso era aún más extraño.