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Historia 63118 — capítulo 2
Se quedó en silencio, mirándola. demacrada, algo baja y el rostro blanco. Pálido. Una mueca se posó sobre el mismo, una sonrisa fina. Parecían labios movidos por un titiritero. — ¿Cuántos años, Severus? ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos? Muchos, si intentaba contar. No respondió y la mujer continuó hablando. Movía las manos al mismo tiempo, gesticulizando sus comentarios. Una de ellas temblaba, parecía a punto de dejar de funcionar. — He leído toda noticia sobre ti. Las he recortado y las he guardado. Viejos diarios, viejos anuarios. Ahora, pude encontrarte. Sé que lo último que deseas, es encontrarte conmigo. Gruesas lágrimas resbalaron de una piel vieja y seca. Severus respiró y ladeó la cabeza hacia Albus, instintivamente. Pero el director seguía sin hablar al respecto. — No pude soportarlo más. Saber que podías morir, sin haber escuchado lo que tengo que decir. Sin haberte suplicado que me perdones. Pero no estaba consciente de lo que ella había hecho. En lo que había sido partícipe. Agradecía el no haber comidoo su estómago habría terminado revuelto con tan extraña aparición ante sus ojos. — Lo siento tanto, hijo. Nunca quise lastimarte. Eras el ser más importante que jamás tuve. Nunca quise que tu padre te tratara de la forma en que lo hacía. Incluso, podía recibir todos aquellos golpes sin sentir dolor, si eso significaba que tú mismo no tenías que recibirlos.
Pero la vida se había encargado de darle aquellos golpes que su padre no había podido darle. Eileen Prince Snape, estaba allí. Lo miraba rogándole, implorándole que no terminara echándola del castillo. De su vida. Por segunda vez. Severus no dijo nada en toda la conversación. Se dio la vuelta y su túnica ondeó tras él. Con una inspiración profunda, Eileen se echó a llorar ruidosamente y Albus colocó sus manos sobre sus brazos. — ¡Severus! Pero él ya había salido. Su madre. ¿Para qué la necesitaba en ese preciso momento? ¿Para qué traía a su vida, el dolor del recuerdo? Pisó fuertemente el suelo y giró sobre sí mismo. No podía dejarla allí. Si, sí podía. No, no. Regresó sobre sus pasos y abrió la misma puerta por la que había salido. Eileen estaba sentada en la silla que le correspondía a las visitas, con sus codos sobre sus muslos y la cara cubierta por sus manos. Lloraba estruendosamente. Al escuchar la puerta, alzó la cabeza y trató de sonreír. Apartó las manos de Albus Dumbledore y caminó a rastras, hincándose a los pies de su hijo y sosteniendo las faldas de su túnica. — Por favor, Severus. Permíteme recuperar tu confianza. Perdóname. Snape no dijo nada y se hincó lentamente, sosteniendo las muñecas de su madre. La levantó del suelo con mucho cuidado. Ante aquel gesto, Eileen tembló de emoción y hurgó en su mirar, una expresión de cariño. De aprecio hacia su persona. Pero eso nunca llegó. Respiró pesadamente, mientras Snape solo la miraba. Aún sin soltar sus brazos. — Madre.— dijo, en voz baja. Casi audible. Dumbledore ya había abandonado el despacho.— No tengo nada que perdonarte. Nunca hiciste nada de lo que pueda culparte. Mucho más he hecho bajo mi persona, que tú. Eileen negó varias veces con la cabeza, pareciendo una vieja muñeca de trapo sin relleno a la que le colgaba la misma, de forma horrorosa. — No. ¡No, Severus! Tú jamás harías algo malo. Yo sé toda la verdad, sé toda la historia. ¡Sé que eres un buen hombre! No...jamás serías capaz de...¡Oh, Severus!—gimoteó y Snape sonrió suavemente. Claro que había cometido pecados. Eileen perdió toda compostura, toda fuerza. Se dejó caer una vez más, mientras Severus trataba de levantarla. — Nunca me perdonarás. Nunca me amarás de nuevo. Eras un hermoso niño. Tan soñador. ¡Mira cómo te han destruido! Mira cómo te han lastimado. ¿Y todo fue mi culpa? ¡Por supuesto que lo fue! Por supuesto que sí— murmuró. Severus la había levantado de un solo movimiento y Eileen terminó entre sus brazos. Se aferró a él como si estuviese en un naufragio. — Tu corazón es tan bueno, ¡Severus! Tu corazón es bondadoso. ¡No lo merezco! Y Severus Snape le había devuelto el abrazo. Silenciosamente. Sin mucho que decir. ¿Qué podía decir que su madre ya no le hubiera demostrado con gestos y palabras? Lo que se callaba, otorgaba. Y a veces, era mejor que los gestos dijesen más que las mismas palabras. Y Eileen continuaba llorando, mojando las solapas de su camisa, su cuello. No podía seguir atacando a su pasado, porque golpeaba a su futuro.