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Historia 63667 — capítulo 1
La biblioteca resultaba un lugar silencioso, idóneo para pensar con la cabeza fría. Una vez más estaba fuera del equipo, por un castigo impuesto por Snape. Simplemente porque las pociones no terminaban de entrar en su mente. En los confines de su mente, como afirmaba el hombre y como resultaba ser todo un inepto, se quedaría castigado el sábado por la tarde. Sin nada más que hacer; que limpiar calderos. Esperaba que el caldero de Neville no estuviera tan pegado como imaginaba. Permaneció sentado, mirando el horizonte de libros que tenía frente a él. Hileras e hileras de libros. Ya comprendía por qué Hermione adoraba pasar su tiempo dentro y por qué Ronald tenía dolor de cabeza al entrar. Dos partes muy distintas de lo que pensaría alguien de una biblioteca. Y justamente él, tendría que pasar todo el santo día, para realizar un ensayo sobre la poción que acababa de arruinar. Había copiado más de dos párrafos. Comenzaba a quedarse sin sinónimos y se aburría dentro. Tenía que copiar dos pergaminos más y ya no tenía vista para continuar leyendo. De no ser por una enorme lechuza que se había estrellado con la ventana, no habría visto nada interesante en todo ese tiempo. Y mientras estaba allí sentado, se sintió lánguido. Cansado. Soltó la pluma y apartó el tintero para no derramarlo sobre la hoja de respuestas. Colocó sus brazos sobre la mesa y la cabeza sobre ellos. En posición de descanso. Iba a tener un sueño, en medio de su tarea. Cabeceaba y tan pronto se recostó, terminó en un sueño profundo. No era nada concreto. Escaleras, pisos de cabeza y el enorme gato de Hermione, que pronto tenía su cabeza y le advertía que debía terminar sus deberes. Hasta sus sueños eran aburridos. Para cuando creyó que el gato de Hermione, terminaría una enorme rodaja de jamón, su sueño cambió súbitamente. Un enorme pasillo con grandes ventanales y cortinas negras. Casi no podía ver, pero estaba seguro de que podía ser un sueño donde Voldemort estuviera incluido. Un sueño donde Snape lo torturaba o un sueño donde sus padres estaban a punto de morir. Fuera lo que fuera, no tenía otra opción que continuar el camino. Y no se detendría hasta llegar al final. Una luz brillante y una puerta entre abierta. Hasta allí llegó. No estaba precisamente en una cámara de tortura, pero sí en una recámara. Y no estaba tampoco vacía. No. Estaba habitada por una jovencita de tez pálida y de cabellos largos y negros. De nariz puntiaguda, facciones de su rostro de igual forma. Creyó reconocerla, pero en ese momento estaba tan diferente. Estaba acostada boca abajo en la cama de sábanas blancas. Podía mirar la delgada línea de su ropa interior, mientras movía los pies de un lado al otro. Sonreía, mientras leía la prensa. Se acercó para mirar y se percató de que era su fotografía. Era su fotografía mientras era el centro de atención. Aquella jovencita estaba enamorada de él. Parecía. Sonrió gustosamente, ante la figura que le sonreía y lanzaba besos al aire. Muy pronto, tuvo que retroceder cuando el pedazo de periódico comenzó a moverse.. Algo brotaba de la fotografía y parecía que se trataba de él mismo. La miró sonreír, mientras aquella figura se sentaba en su cama y la miraba con una sonrisa. Ella no dijo nada, aquella criatura había colocado un dedo en sus labios y había tomado sus lentes, para dejarlos en la cómoda junto a la cama. Curiosamente, la imagen se había quedado sin pantalones. Inmediatamente luego de salir. Besó delicadamente, a la chica que tenía frente a él. Cuidadosamente, estiró una de sus manos a través de sus hombros. Ya no tenía ropa interior y podía mirarla sin contemplaciones. Sus delgados labios, se deslizaron a través de su tersa y desnuda piel, mientras ella sonreía emocionada. Exaltada. No fue muy difícil descifrar la excitación que la chica llevaba de por medio. Aquel hombre, aquel "él", se había dejado caer en la cama, desnudo y continuaba sonriendo. Ella se arrastró hasta acercarse a él y acomodarse en su cadera. Se sentó allí y lo contempló. No tardaron en emanciparse. En sentir la adrenalina entre sus cuerpos. Minutos que parecieron infinitos, para llegar a un clímax sublime. Continuó temblando, pese a que ya la situación había cesado. Tenía un gran cuerpo, hermoso en sus formas. Y tampoco habían tardado en cambiar de postura. Inspiró, aireado al verlos. Él estaba una vez más allí, bajo ella. Mirándola, sonriéndole con mucha dulzura. Y entonces de pronto, tampoco tenía ropa interior. Siquiera ropa. ¿Por qué sus sueños eran tan extraños? Se sentía igual que ellos, sentía una terrible necesidad de probarla. Una locura. Si ya estaba haciéndolo con algo incorpóreo que se parecía a él, no podía intentarlo. ¿O sí? ¿Y por qué ella le resultaba tan parecida? ¿Tenía a una admiradora en la vida real, que esperaba tener relaciones con él? Fuera lo que fuera, él también formaba parte. Su sueño y él hacían lo mismo. Ella con su fotografía viviente y él, con ella. Incluso ni parecía enterarse de ello. Lo disfrutaba... Alcanzó un clímax tan extraño, que despertó jadeando y sobresaltado. Miró a su alrededor y descubrió que había estado babeándose sobre su tarea. Si no era la tinta, era él mismo. Deprimente. Ladeó la cabeza y miró a su alrededor. Nadie parecía haberse fijado en ello. Se levantó para recoger sus cosas y escuchó una risita suave. Miró hacia el frente y se encontró con Draco Malfoy y sus amigos. — ¡Mira, Draco! ¡Harry Potter tuvo un sueño húmedo!— era la chillona voz de Pansy Parkinson. Draco sonrió y Harry bajó la vista. Sí, una enorme mancha en su pantalón, lo delataba de una forma tan triste. — ¿Con quién estabas soñando, Potter? ¿Con Granger? Contempló a los presentes y recordó; por qué la chica se le hacía tan familiar. Negó con la cabeza y recordó también, que solo había una jovencita parecida a su sueño. Y era la que precisamente; se estaba riendo de él. — Pues quizá si tuvieras razón y fue un sueño "húmedo", no creerías con quién soñé. Nadie en su vida, soñaría con alguien como ella. Draco parpadeó y continuó riendo. — ¡Ya sé!— dijo Draco de repente— Myrtle la llorona. — No. Contigo, Pansy Parkinson. Sonrió maliciosamente y tomó su mochila, echando todo dentro de ella. Echó a andar por el pasillo, mientras Draco lo miraba con un gesto de enojo. Pansy suspiró en silencio y ladeó la cabeza cuando Draco ya no la miraba. Tenía entre sus manos, el profeta de aquella mañana. Lo arrugó en silencio y lo dejó caer sobre una de las mesas. En el, estaba su fotografía. El gran elegido...