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Historia 64310 — capítulo 1

Disclaimer: Ningún personaje me pertenece, sólo Jamie. Esta obra es sin fines de lucro y los personajes aquí usados pertenecen a JK Rowling, la cual tan sólo me los está prestando un ratito.

Capítulo 1. Sorpresas

Andrómeda era feliz con su vida y las cosas maravillosas que le pasaban: desde que había tenido a su hija Nymphadora, siete años atrás, era muy dichosa. Sin embargo, desde entonces había estado más ocupada que nunca educando a su hija e intentando no descuidar las labores del hogar mientras mimaba a su marido, Ted Tonks.

Aquella noche se había entretenido leyendo, y escuchando la radio muggle sólo por curiosidad; mientras Nymphadora dormía y ella esperaba pacientemente a que Ted llegara del trabajo. Miró por la ventana la oscura noche mientras pensaba que habían pasado pocos meses desde el asesinato de los Potter… y desde que su único hijo, Harry, había sobrevivido milagrosamente. Andrómeda estaba muy angustiada, especialmente porque ellos pertenecían a la Orden al igual que su primo Sirius, que había resultado ser un traidor y estaba encerrado en Azkaban. Mientras que su novia, Charlotte, estaba en paradero desconocido, y eso hacía pensar a la castaña, lo peor.

Pero eso no era todo: tenían una niña, sólo unos meses mayor que Harry, aunque Andrómeda no sabía mucho sobre ella. Aún le parecía extraño que su primo jamás la mencionara sobre el nacimiento de su hija, a pesar de la gran confianza que existía en ambos, Sirius nunca le informó sobre el nacimiento de la criatura, y aunque se sintiera decepcionada, pensaba que Sirius contaba con suficientes explicaciones como para no decírselo a ella.

A pesar de todo, creía ciegamente en que su primo no había sido culpable por la muerte de los Potter. ¡Estos habían sido sus amigos! Era inconcebible, por no decir absurdo, semejante suceso, y más el que asesinara a Pettigrew y a esos muggles indefensos. Algo en su instinto femenino, le decía que dichas acusaciones eran falsas.

Se levantó de la silla y apagó la radio, lista para ver cómo se encontraba Nymphadora y ver si necesitaba algo más, además de que su marido estaba tardando demasiado. Quizás se había entretenido con algún compañero de trabajo… con este pensamiento, Andrómeda caminó por la sala, pero sus pasos se vieron interrumpidos por el sonido de alguien tocando la puerta. Se preguntó quién podría ser a esas horas, Ted traía llaves después de todo, a menos, claro, de que las olvidara en algún lugar.

—Por Dios Ted, ¿cómo se te ocurre olvidar las llaves? —murmuró, entre enojada y divertida, mientras se acercaba a la puerta. Una vez frente a esta, la abrió, soltando algunos reproches contra Ted, los cuales se vieron sofocados al ver quienes estaban frente a ella.

Albus Dumbledore y Minerva McGonagall le observaban con tranquilidad, una tranquilidad demasiado falsa para su antojo. Andrómeda se quedó muda de asombro, ¿qué hacían ambos ahí, en su puerta?

—Buenas noches, Andrómeda —habló Dumbledore, mirándola por arriba de sus gafas—, ¿nos permitirías pasar? —la mujer asintió, haciéndose a un lado, permitiéndoles la entrada a ambos.

De pronto, mientras McGonagall pasaba a su lado, pudo notar como cargaba un bulto entre sus brazos. Muchas cosas cruzaron su mente, y entre ellas jamás cruzó la verdadera identidad del bulto.

—Perdóneme profesor, pero ¿a qué se debe su visita? —preguntó Andrómeda intentando sonar lo más respetuosa y tranquila posible.

—Perdónanos a nosotros, Andrómeda —habló el anciano director, mientras observaba la impecable casa—, todo esto sucedió sin nuestro previo consentimiento, he ahí el porqué no pudimos avisarte con anterioridad. De haberlo sabido antes, te lo hubiéramos dicho, y quizás hasta una fiesta hubiéramos organizado.

—Andrómeda, ¿nos invitarías una taza de té? —Minerva McGonagall observó a Albus, como si lo que dijo hubiera sido algo ridículo, y por cierto, lo era. El bulto que sostenía, se movió.

—Sí, claro —los guió hasta la cocina y les pidió tomaran asiento. Los dos profesores se sentaron, haciendo a un lado sus túnicas y acomodándose en las sillas. Andrómeda no quitaba la mirada de aquel bulto. Era demasiado extraño y sospechoso para su agrado.

—Tu casa está muy bien decorada, Andrómeda —exclamó Dumbledore con el gesto que tendría una postal donde se muestre a un abuelo afable. La mujer se ruborizo y agradeció dicho gesto, mientras preparaba el té.

Los tres se quedaron en silencio, mientras Andrómeda lanzaba miradas hacía el bulto y vertía el té sobre las tazas. Dumbledore jugaba con su túnica, en busca de algún dulce para darse el gusto. Finalmente su anciana mano dio con su trofeo, lo sacó y le ofreció a las mujeres presentes, las cuales simplemente negaron ante el ofrecimiento. McGonagall se sentía levemente incomoda y lanzaba miradas hacía el bulto, como si temiera que algún movimiento o ruido la delatara, como quién oculta un crimen.

Al fin, Andrómeda entregó los tés y se sentó frente a los magos. El silencio se vio estropeado por agradecimientos de parte de Minerva y Albus. Andrómeda se empezó a desesperar, pero antes de poder lanzar su primer pregunta, la voz de Dumbledore sonó.

—Bien Andrómeda, te preguntaras qué hacemos estos dos profesores a estas infames horas en tú casa, ¿cierto? —Andrómeda asintió con la cabeza, mientras apuraba el té caliente que le quemó la lengua—. Bueno, la verdad es que la explicación no es del todo sencilla, pero debes de escucharnos y creernos en todo lo que te diremos —Minerva, que hasta ese momento se había quedado callada, gimió a modo de regaño contra el anciano director.

—Albus, ahórrate estos discursos porque si bien, yo no estoy del todo segura de cual es tú plan, y creo que Andrómeda tiene cosas que hacer —Albus sonrió de forma tranquila.

—A eso voy Minerva, no te impacientes y permíteme proseguir —la subdirectora se ruborizó levemente y tomó con una mano el azúcar y lo vertió sobre su té—. Andrómeda, quiero apostar a que sabes, al igual que todo el mundo mágico, de que apresaron hace escasos meses a Sirius Black por el asesinato de Peter Pettigrew, los Potter y doce muggles, y también de un mago —Andrómeda hizo una mueca de disgusto. No le agradaba escuchar una y otra vez la misma notica. Finalmente, asintió—. Pues esto no es del todo cierto —Albus se permitió tomar un poco de té, mientras Minerva y Andrómeda lo miraban con cara de escepticismo. La primera en hablar fue McGonagall.

—¡Albus! Tú mismo viste las pruebas de que Black fue el asesino de los Potter y de Pettigrew —McGonagall le miraba con cierto reproche— ¿Cómo puedes decirle esto a Andrómeda, siendo su prima?

—Muy sencillo Minerva —Albus dejo reposar el té en la mesa y miró a ambas mujeres con sus ojos azules centellando, dándole un aura de misterio—. Hay muchas cosas que son ciertas y otras que no lo son. No puedo adelantar mucho, puesto que temó dar falsas esperanzas respecto a un tema tan delicado como es el de la muerte de los Potter, pero estoy muy convencido de que Sirius es inocente.

—Profesor Dumbledore —habló Andrómeda, mirándolo con decisión—. Yo también he podido apostar a que mi primo no es, ni será un asesino, pero… los últimos hechos no dejan lugar a dudas, ¿quién más pudo haber hecho eso? Sirius era el guardián de los Potter —Albus asintió dejando ver un brillo curioso en sus ojos.

—Cierto y falso, no quiero decir más Andrómeda, no deseo levantar aquí un juicio. Además de no ser el lugar adecuado, tampoco lo es la hora y el tiempo se nos agota —Albus miró el bulto y la mirada de las mujeres se posó sobre dicho lugar—. Verás Andrómeda, sé que eres el único pariente al cual Sirius apreciaba más que a nadie en este mundo, y que eres la única en el mundo mágico que cree que Sirius es un hombre inocente —Andrómeda miro el rostro del anciano—. ¿Recuerdas a Amber Ericson?

—Sí, claro, ¿cómo olvidarla? Es la novia de Sirius —habló Andrómeda, con el extraño sentimiento de que algo malo sucedería.

—Pues Amber Ericson, falleció —Albus suspiró como si un gran peso se hubiera apartado de sus hombros, y permitió que Andrómeda lo asimilara, mientras volvía a hablar—: El mago, o mejor dicho bruja, que murió junto con Pettigrew, era ni más ni menos que Amber —Andrómeda se cubrió la boca, evitando proferir un grito. ¡No podía creerlo! Aquello era imposible—. El Ministerio afirma que Black, en un momento de locura, le asesinó.

McGonagall extendió una mano hacía Andrómeda, que dejo que le tocara. No podía creerlo, aquello era inconcebible, recordaba a la joven y poco a poco sintió un nudo en la garganta. Dumbledore se había quedado callado, pues acababa de dar una noticia muy impactante. Esperó pacientemente a que la mujer se recuperara y prosiguió.

—Como bien sabrás, la hija de ambos quedó huérfana y no conocemos a nadie que pueda cuidarla y sea de la confianza de la familia; y entonces, pensamos en ti —Andrómeda se quedó en completo silencio, observando la taza de té que aún humeaba.

Amber Ericson, su cuñada por llamarla de alguna forma, estaba muerta y su primo preso en Azkaban, ¿qué sucedía en el mundo de hoy en día? Sintió una gran presión sobre su pecho, sobre su corazón. Ella quería mucho a su primo y a la novia de esté, la cual era dulce, tierna aunque demasiada habladora, la quería tanto como a su primo.

Se levantó de la mesa, acercándose a McGonagall, la cual entendió la mirada silenciosa de la mujer de cabellos castaños, apartó la cobija del rostro de la niña, mostrándosela a Andrómeda, la cual dejó escapar silenciosas lagrimas, las cuales cayeron hasta la frente de la pequeña, que tan sólo se removió en sueños. La abrazó con fuerza, mientras su llanto se apaciguaba lentamente, ante las miradas tranquilizadoras de Albus y Minerva.

—Amber, antes de morir —comenzó McGonagall, tomando a Andrómeda de los brazos—, nombró a ti y a Ted los tutores legales de Jamie. Ella puso toda su confianza en ti Andrómeda, como previendo el futuro.

—Muchas gracias, profesora —Andrómeda tenia la voz cortada, mientras abrazaba a la bebé.

—°—

Ted volvió a casa más tarde que de costumbre, ya que se había entretenido en comprar un portarretratos muy bonito en el que podrían enmarcar esa fotografía de Nymphadora a la que todavía no habían encontrado un lugar.

—¡Amor, ya he llegado! —gritó, colgando su túnica en el perchero de la entrada—. Siento haber tardado, pero he encontrado un marco perfecto para la foto de Nym…

Se asustó al no recibir respuesta de su mujer, y se dispuso a buscarla por toda la casa. Sacó la varita y entró en la cocina, empuñándola como si fuera una espada.

Al entrar en la cocina vio algo que lo desarmó por completo. Su mujer estaba sentada en la cocina, con la mirada perdida sobre una taza de té. Parecía como si hubiera llorado hace poco. Ted se aproximó lentamente hasta ella.

—¿Drómeda? Cielo, ¿qué te ha pasado? —se acercó a Andrómeda guardando la varita, y vio que tenía la mirada perdida como cuando pensaba en algo intensamente.

Andrómeda reaccionó lentamente y cerró los ojos, como pensando en la forma más adecuada de contarle a su marido lo que estaba a punto de decirle.

Comenzó explicándole que Dumbledore había llegado a su casa, con la profesora McGonagall, informándole de la muerte de Amber Ericson, la novia de Sirius, el cual, como bien sabia, estaba en Azkaban desde hacía dos meses. Le explicó que muchas cosas parecían falsas y otras cuantas parecían ciertas, mas nadie estaba del todo seguro. También le informó que la hija pequeña de ambos había quedado huérfana y que, necesitaban que ambos la cuidaran al ser su única familia cercana.

Mientras Andrómeda le contaba todo, Ted iba sintiendo una especie de vació en el estomago. Conocía a los Black, en especial a Sirius y Aline, pero jamás se había podido imaginar que estos sufrieran semejante desenlace. Las palabras de Andrómeda confundían su cerebro y revolvían sus ideas, ¿nada era lo que parecía? Durante toda la narración de su esposa, una serie de ideas y preguntas se arremolinaron en torno a su cabeza, pero ninguna se atrevió a salir, por miedo a cometer algún error. ¿Quién diría que aquel día tan tranquilo tendría un cambio tan drástico? Había momentos en los que simplemente se perdía y no podía darle seguimiento a su mujer, la cual, pacientemente le explicaba la situación, hasta que finalmente se quedó callada, esperando expectante las palabras de Ted.

—¿Y bien? —Ted sacudió su cabeza y se tomó el té frio de su esposa, esperando que la cafeína le ayudara a pensar tranquilamente.

—No sé… no sé qué decir, realmente, no tengo idea de que decirte, Dromeda— musitó, jalándose la camisa en signo de angustia. Andrómeda le sonrió cálidamente—. Yo coincido contigo, sobre Sirius y que él es inocente pero… tú y yo hemos visto como todas las pruebas apuntan a él.

—No te pido que cambies tú opinión Ted —Andrómeda le tocó la mano—. Tan sólo quiero saber si estás de acuerdo con que cuidemos de la niña —Ted se quedó cayado otro minuto, y finalmente asintió, al principio vacilante y finalmente completamente seguro de su decisión.

Andrómeda sonrió y lo condujo hasta la alcoba de Nymphadora, donde en la vieja cuna de la niña, descansaba un bebé. Ted se acercó para poder verla bien. La niña era muy pequeña y menudita, con mucho cabello de color castaño oscuro. Una piel blanca y tersa, como la de cualquier bebé, pero con un color melocotón, similar al de su padre. Quizás tendría los ojos azules de su madre, o grises, como los de su padre. No podía estar seguro. Ted se quedó mudo, sin saber cómo reaccionar.

—Tenemos que cuidar de la niña… es de mi primo, al cual siempre quise sobre todas las cosas y que siempre me apoyó en todo­—dijo Andrómeda con decisión en sus ojos. Ted no pudo decir nada, sabía lo que simbolizaba esa mirada en su esposa, y no había otra más que seguirla en su decisión. Tomó su mano y le sonrió, mostrándole su apoyo.

—Tendremos que decirle a Nym que tiene una hermanita —ambos sonrieron y salieron de la alcoba.