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Historia 64310 — capítulo 2

Capítulo 2 - Jamie Ann Black

Diez años habían transcurrido desde entonces. Jamie vivió en casa de sus tíos, junto a su prima Nymphadora, siendo feliz y recibiendo mucho amor. Nymphadora la había recibido con mucho entusiasmo y la había tratado como una verdadera hermana. Sus tíos se había esforzado en darle lo que necesitaba, el cariño, la confianza y el amor que cualquier niño a su edad debía recibir.

Algunas veces en ella nacía la curiosidad por saber sobre sus padres, y para eso, Andrómeda le regaló un álbum fotográfico con fotografías de su madre y de su padre, y de los amigos de ambos en su temporada en Hogwarts.

Jamie sabía que su madre tenía ojos azules y su cabello era castaño claro, y que ambas eran muy parecidas, excepto por la tonalidad de su cabello. Jamie también sabía que compartía los mismos hoyuelos, que se formaban al sonreír.

Pero cuando miraba a su padre, sentía esa empatía con él, como si se conocieran de toda la vida y fuese la persona más amable y genial. De él había heredado sus ojos grises, como la Luna, el rostro afilado, la sonrisa torcida y la rebeldía.

Su tía solía decirle que era idéntica a él, ambos eran igual de juguetones y picaros, además de que tenía sus mismos ojos, pero con una tonalidad azul que sólo aparecía cuando usaba prendas de aquel color. Adoraba ese álbum, pues le hacía sentirse feliz.

No sabía qué había pasado con su padre, sólo sabía que su madre había fallecido en un ataque de un peligroso mortifago (un mago oscuro que servía Al Que No Debía Ser Nombrado).

Pero de su padre no sabía nada, y nadie le quería contar, tan sólo le platicaban cosas del pasado pero nunca le decían el porqué no estaba con ella en esos momentos, así que un día desistió y tan sólo se quedo con los bellos recuerdos de ambos, de los cuales, Andrómeda gustosa siempre le contaba. Aunque la duda siempre floreciera en Jamie, sabía que lo mejor era no presionar a sus tíos, los cuales rehuían bastante el tema.

Aquel día, cumplía sus once años de edad y estaba muy feliz por eso, ya que su prima le había dicho que a esa edad recibiría su carta de ingreso a Hogwarts. Eso ponía de nervios a la niña, que cada pocos segundos miraba por la ventana esperando ver una lechuza.

Lo que más le emocionaba era ir a Hogwarts y estar en la misma casa que su padre. Siempre, siempre le decía a Nymphadora que ella sería una excelente Gryffindor, muy valiente y leal a sus amigos, y que salvaría al mundo y aprendería mucha magia para poder hacer trucos maravillosos como los que Nym hacía cuando hacía tarea.

Eran las seis de la mañana, nadie se había despertado más que ella, Nymphadora todavía estaba en el colegio, pues era Mayo y no volvería hasta finalizar Junio. Miraba con sus atentos ojos grises por la ventana, esperando ver aquella lechuza, que la traería su más anhelado deseo.

Sus ojos seguían con cuidado cualquier movimiento del cielo, que se encontraba nublado, pues la temporada de lluvias no había demorado mucho en llegar.

Jamie asistía a un colegio muggle, pues su tío había insistido en que sería una brillante idea que conviviera con ellos, para aprender las costumbres tanto de magos como de muggles. No le simpatizaba a casi ninguno de sus compañeros, más que a una chica llamada Claire, pero por los demás, la consideraban rara. Su primera experiencia con la magia fue estando en clase de matemáticas, había olvidado hacer su tarea (como siempre), y tenía tanto miedo de que el profesor la regañara otra vez y la pasara a hacer planas y planas sobre multiplicaciones, que sin darse cuenta había hecho que los pantalones del maestro se bajaran a mitad de clase. El problema llegó cuando el profesor se dio cuenta de que había sido la primera en reírse y la puso a hacer más planas.

Jamie era muy floja, testaruda y bastante orgullosa. Lo que más le molestaba era hacer tareas de matemáticas, porque no las entendía y por más que se esforzaba por comprenderlas, sentía que le dolía la cabeza y que todo perdía sentido en esos momentos. A ella le gustaba cantar, pero evitaba hacerlo, pues sería exponerse a un ridículo. Se había dado cuenta (muy tarde), que su voz era muy desafinada y que no valía la pena desperdiciar su tiempo intentando cantar, simplemente no se le daba. Pero uno de sus grandes problemas en la escuela, era lo testaruda y respondona que podía llegar a ser. Nunca se callaba las cosas, y si alguien la molestaba contestaba de forma sarcástica, pero a la vez era tímida e introvertida. A veces se sorprendía a si misma muriéndose de pena cuando le tocaba recitar algo frente al grupo.

Cuando le contaba esto a su tía Andrómeda, esta le decía que su padre tampoco era bueno en las matemáticas y que era igual de testarudo. A pesar de que su papá también era así, ella se sentía tonta cuando le contaban las divertidas aventuras de su papá en el colegio y el gran contraste que esas aventuras tenían que ver con las de ella. Hasta cierto punto, deseaba ser como él.

Suspiró concentrada, mientras comenzaba a recordar los sueños que había tenido hace poco, donde veía a sus padres y también a ese chico tan enigmático, de cabello pelirrojo que últimamente soñaba muy seguido. Le parecía lindo, aunque en su colegio jamás había conocido a un niño con ese color de cabello, todos eran muy normales: de cabello rubio o negro o castaño. Nadie era como su increíble prima que a su antojo cambiaba su cabello y el tamaño de éste. Como una vez en que se dejó el cabello tan largo como ella y cambió sus ojos a gris. ¡Parecían hermanas! Y eso le gustaba a Jamie, porque aquellos detalles, la hacían sentirse parte de la familia Tonks, le ayudaba a pensar que tenía una hermana mayor que siempre la hacía reír y a veces enojar.

Las horas se escaparon con rapidez, y todos despertaron, pero ni rastro de la lechuza de Jamie, la cual se sintió algo defraudada. Sus tíos le cantaron Feliz Cumpleaños, feliz, y juntos comieron el desayuno.

—¿Desde hace cuanto que estas despierta, Jamie? —su tía le acarició el cabello.

—Desde las seis de la mañana, tía —su tía suspiró, con una sonrisa gentil en el rostro

Pero mientras el tío Ted contaba sus divertidas hazañas de cuando era joven, una gran lechuza se coló por la ventana abierta, posándose frente a Jamie, la cual chilló de emoción, tomando la carta que la lechuza negra le tendía. Todos sonrieron al ver la carta, que la joven abrió, ante la mirada tranquila de la lechuza.

­— ¡Qué emoción! —exclamó muy alegre la niña.

—Vamos Jamie, todos queremos ver qué dice —su tío le animó, con una sonrisa bonachona. Jamie sonrió, fijo su atención a la carta y leyó en voz alta:

Estimada señorita Black:

Tenemos el placer de informarle de que dispone un puesto en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de Julio.

Muy cordialmente,

Minerva McGonagall

Directora adjunta.

Jamie se puso pálida como el pergamino que sujetaba y Andrómeda se preocupó.

—¿Jamie? ¿Estás bien, no estás contenta? —preguntó su tía acariciándole la cabeza. Jamie asintió con la cabeza— ¿Entonces cual es el…?

No le dio tiempo a terminar porque la chica explotó de felicidad y comenzó a saltar, jalando a su tía de las manos y gritando alegremente: ¡Estoy en Hogwarts, estoy en Hogwarts!

Gritaba eufórica mientras su tía la seguía, dejándose contagiar por la alegría de su sobrina, que no para de saltar de un lado a otro. Ted tan sólo se empezó a reír y escribió la carta de respuesta, entregándosela a la lechuza, junto con un bocadillo.

Los preparativos se hicieron al momento, aunque con Jamie tan alegre danzando de un lado para otro, y Ted muy tranquilo mirando el show, Andrómeda tuvo que poner algo de orden, para planear la salida. Aún era muy pronto ir a comprar las cosas, además de que aún debían esperar el regreso de Nymphadora del colegio, para el asunto del dinero y los útiles.

Jamie no cabía en sí de emoción, y sólo pensaba en las grandiosas cosas que haría en Hogwarts. Su tía había pertenecido a Slytherin y su tío a Hufflepuff, al igual que su prima. Su madre había sido una Ravenclaw y su padre un Gryffindor.

Durante dos días, Jamie estuvo en una actitud un tanto insoportable, repitiendo una y otra vez lo que sabía de Hogwarts. No tenía a Nymphadora para charlar, y su tía a veces estaba muy ocupada para atenderla. Además, no podía contarle un niño muggle sobre Hogwarts, pues iba contra las reglas, así que a solas charlaba sobre Hogwarts, sobre las aventuras que tendría, sobre la gente famosa que había estado allí.

Los días pasaron volando, aunque para Jamie el tiempo fue lento, pues pronto llegó su prima de Hogwarts. La habían ido a recoger al expreso, y en cuanto Jamie la diferenció de entre todos los alumnos, se lanzó a sus brazos.

Nymphadora llevaba ese día el cabello de color rubio con mechas negras, y jamás se esperó ser tacleada por su prima de esa forma. La chica miró a Jamie, y le despeinó el cabello.

—¡Nym, estoy en…! —pero Nymphadora le cortó.

—Sí, ya sé que estás en Hogwarts —le despeinó más el cabello, riendo—, aunque es bueno aclarar las cosas con una buena tacleada.

Ambas se reunieron con los Tonks, que charlaban con alguien que Jamie no reconoció. El hombre se despidió rápidamente, sin voltearse a ver a Jamie, la cual quiso averiguar de la identidad del hombre.

—¿Quién era? —le preguntó a su tía al momento en que se acercó.

—Oh, un viejo amigo mío Jamie, no te preocupes —Andrómeda sonrió y se dirigió a su hija abrazándola.

—¿Qué tal las materias? —Ted Tonks se había aproximado a su hija y esposa.

—Me ha ido bien, sólo estoy esperando el momento para irme a la Academia de Aurores —se quejó su prima.

Jamie observaba todo de lejos, como Andrómeda arreglaba el cabello de su hija y como Ted jalaba el carrito, para que se pudieran ir pronto. A Jamie eso le daba un poco de nostalgia, y a veces deseaba tener una familia como la de sus tíos… una familia de verdad.