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Historia 64310 — capítulo 3
Capítulo 3 - De varitas y encantos
—Nym —Jamie miraba a su prima expectante, balanceando su mano con la de Nymphadora. Esta la miró.
— ¿Qué pasa Jamie? —le preguntó mientras ambas caminaban por las calles, detrás de Ted y Andrómeda, directo al Caldero Chorreante, para comprar el material de la chica. Ya había llegado Julio, y al fin había llegado el momento de ir a comprar las cosas al callejón Diagon.
—¿Por qué quieres ser Auror? —preguntó, sólo por comenzar una conversación.
—Porque siempre he querido hacer eso Jamie, me parece tan interesante y divertido —Jamie sonrió—. ¿Por qué preguntas?
—Nada más —miró al frente—. Nym, ¿tú sabes qué significa mi nombre?
—Ah… —se quedó pensativa, ante la astuta mirada de su prima—. La verdad es que no lo sé, Jamie. Pero le puedes preguntar a mi madre.
Jamie asintió, un tanto decepcionada con la respuesta. Nunca había averiguado qué significaba su nombre, o porqué se lo habían puesto.
Por lo que sabía, la gente de la familia de su padre tenía nombres relacionados con constelaciones, y con su madre, con piedras preciosas. Sin embargo ella se llama Jaime Ann, ¿qué tenía de especial esos nombres? Aunque eso sí, nadie se llamaba como ella.
Todas sus compañeras tenían nombres muy comunes y repetitivos, excepto ella que se sentía única, aunque un poco excluida. Su tía Andrómeda solía contarle que su abuela, Walpurga Black y generaciones pasadas consideraban a los Black como la única y verdadera familia de sangre pura que perduraba. Una idea que había provocado muchos roces entre su padre y su abuela.
—¿A mis padres les gustaban las musas griegas? —preguntó curiosa y su prima tan sólo pudo encogerse de hombros, después de todo, Nymphadora jamás había conocido a ninguno de los dos. A Jamie aquella respuesta le decepcionó, pero no le dio demasiada importancia, a veces esas cosas no podía preguntar, porque en ocasiones (como aquella), no había respuesta.
Llegaron al Caldero Chorreante, donde parecía haber un poco de conmoción, la mirada curiosa de Jamie se centró en un grupo de magos que hablaban muy agitadamente. Soltaban palabras al aire como: "¡Y me dio la mano!"; "¡Me reconoció, me reconoció! ¡Me siento tan alagado!", y semejantes. Los ojos chispeantes de Jamie se fijaron en un hombre que usaba un turbante purpura más grande que su propia cabeza, que temblaba y hablaba con una bruja de una forma bastante animada, aunque nerviosa.
Miró a su tía y le quiso preguntar el motivo de tanta confusión pero sus tíos parecían más enfocados en ir hasta una puerta, que en prestar atención a lo que decía aquel grupo de magos. Jamie se apresuró en alcanzar a su tía, trastabillando por un momento, por culpa del suelo mojado; cuando llegó con sus tíos estos tenían rostros preocupados pero cambiaron inmediatamente cuando la vieron.
—¡Jamie! No te alejes de esa forma, es peligroso —la chica asintió con la cabeza, algo incomoda.
—No te preocupes tía, tan sólo quería saber de que hablaban los adultos —señaló con su pulgar hacía la puerta—. Se veían bastante animados —Andrómeda abrió la boca, lista para preguntar pero Ted le ganó, sonriéndole con naturalidad.
—Presta atención Jamie, que cuando tengas quince años tendrás que hacer estos movimientos con tu varita —y Jamie observo con atención como su tío tocaba la pared: tres arriba y dos horizontales, al finalizar dio tres golpes a la pared y todos se hicieron hacía atrás, mientras los ladrillos de la pared se abrían hacía los lados.
Jamie se quedó con la boca abierta al ver aquello y vio que su tía sonreía. Ella no conocía muy bien el Callejón Diagon, ¿el motivo? Muy sencillo, solía quedarse en casa para dibujar o hacer cualquier otra cosa, pero en cuanto cumplió los ocho años sus tíos se volvieron un poco paranoicos y comenzaron a llevarla a todos lados (o mejor dicho, a todos los lugares donde ella pudiera ir), era por eso que ver el callejón, le sorprendió levemente, había muchísima gente y se veía un gran alboroto. Comenzaron a caminar por la calle y su tío habló por sobre el ruido del callejón:
—Bien, nos dividiremos. Primero iremos por dinero a la cámara de Jamie y después Nymphadora, iras con tu prima a que se compre su varita y las túnicas, junto con los libros; mientras tu madre y yo compramos el resto de las cosas.
—Sí jefe —se burló Nymphadora y Jamie se empezó a reír. Los cuatro se dirigieron hacía Gringotts.
Jamie sabía algunas cosas sobre el mundo mágico, lo suficiente como para sobrevivir en el Callejón Diagon ella sola, aunque sabia nunca se vería en la necesidad. Así que conocía que en Gringotts se encontraba todo el oro del mundo mágico y que era custodiado por enanos, que eran los mejores protectores del mundo mágico. También sabía de los knutts, sicklesygaleones…
Para su desgracia, ella no podía acompañar a sus tíos, así que Nymphadora y ella debían esperar afuera. Jamie no entendía porque no podía ir, pero su tía le prometió que pronto podría visitar su cámara de Gringotts.
—Y cuáles son las materias que debes tomar para ser Auror —Nymphadora se tocó le mentón y adquirió un gesto de pensadora.
—Pociones, Transformaciones, Encantamientos, Defensa Contra Las Artes Oscuras—Jamie se mordió el labio, escuchándola—. Son varias, pero esas son las básicas que debes tomar para poder ir a la Academia.
—¿En serio? ¿Y no es muy pesado?—Jamie se recargó sobre Nymphadora, expectante. Su prima ton sólo sonrió, haciéndola sentarse.
—Un poco, lo más difícil es Pociones, porque el maestro siempre está enojado —Nymphadora hizo una mueca y Jamie sonrió—. Además, prefiere a sus alumnos, los de Slytherin. Aún así, es divertido.
—¡Qué horror! ¿No te molesta la actitud del profesor? —Nymphadora asintió, como si aquello fuera demasiado.
—¡Es horrible! Pero ni modo que agarre la varita y lo convierta en sapo, ¿verdad? —susurró a su prima. Jamie río.
—No perderías nada con intentarlo…—miró el cielo y Nymphadora fingió un rostro escandalizado— ¿Qué tal si no quedo en las casa de mis padres? ¿Qué tal si me expulsan? Ya sabes que soy muy traviesa y… —preguntó después de unos segundos de silencio. Nymphadora la despeinó.
—No pienses eso Jamie —Nym le sonrió—, a pesar de que eres muy traviesa, no eres lo suficiente como para que te expulsen. Si lo que dice mi madre, no eres tan traviesa como tú padre.
Jamie escuchó lo último un poco extrañada. Suspiró y le sonrió a Nymphadora a punto de decir algo pero, salieron sus tíos y les dieron dinero para comprar los libros, las túnicas y la varita. En cuanto su tío les recordó dónde se verían, olvido lo que quería preguntarle a Nymphadora.
Ambas caminaban por las calles y lo primero que comprarían serían los libros, ya que quedaban más cerca. Jamie admiraba las vitrinas mientras veía a muchos niños de su edad y algunos más grandes, junto a sus padres, todos hablaban emocionados, se saludaban viejos amigos. El callejón era un río de alegría.
Entrando a la librería, Nymphadora se separó de ella para buscar los libros que ella necesitaría para su último curso, dejando a Jamie buscar sus propios libros.
La librería era pequeña y estaba llena de gente, pero por suerte donde estaban sus libros había menor cantidad de personas. Tomó los dos primeros tomos que necesitaría, pero antes de poder alcanzar el tercer tomo, una mano lo tomó. Ella se volteó, lista para reclamarle a aquel que osaba quitarle su libro, pero cuando vio al chico se quedó casi muda. Tenía ojos castaños y era muy pecoso, de cabello pelirrojo y se veía muchísimo más grande que ella.
—¿Lo ibas a tomar? —Jamie parpadeo y asintió, intentando pronunciar palabra pero simplemente su timidez se lo impidió—. Bueno, creo que Ron no necesita esto —dijo el chico y se lo entregó en la mano.
—Gracias —alcanzó a decir y el chico le respondió con una sonrisa y se fue. Jamie se sorprendió por el extraño parecido que tenía con el chico de sus sueños.
Cuando salió de la librería vio a su prima que daba vueltas como loca, buscándola, y la reprimenda que le dio cuando la encontró, fue divertida. Siguieron su camino hasta Madame Malkins, donde Jamie se topó con dos niñas de su edad, que compraban sus túnicas, pero no les quiso hablar, por pena, quizás. Ambas eran morenas y eran muy parecidas, aunque una tenía el pelo negro suelto y la otra lo tenía sujeto en una coleta, hablaban muy animadamente como sorprendidas de algo en especifico, pero la bruja no la dejaba oír de que charlaban. Al salir sólo le quedaba dinero para comprarse su varita.
El camino hasta Ollivanders fue tranquilo, porque sus tíos ya habían terminado de comprar, lo único que faltaba era la mascota de Jamie, la cual no se decidía entre un gato o una lechuza. Le gustaban ambos animales, y sabía que una lechuza era muy útil, pero un gato era una mascota hermosa.
Al fin llegaron a la tienda, y sus tíos y prima la dejaron sola, porque ella debía comprar su varita, pues era algo muy personal. Entró después de un chico rubio, que lucía algo molesto e incomodo, aunque fascinado con su varita, iba acompañado de su padre, un hombre alto y rubio que se le quedó mirando con altivez y una elegancia hiriente, a lo que ella respondió con una sonrisa torcida, de esas que usaba para que su tía le dijera que era la misma sonrisa de Sirius, pues era una sonrisa entre burlona y pícara, dejando al hombre helado de la impresión.
Jamie entró a la tienda, que se encontraba sumergida en una pequeña oscuridad. Observó con curiosidad los miles de estantes que descansaban con cajitas dentro, algunas muy desordenadas. No había nadie ahí, y se acercó lentamente hasta el escritorio y cuando se iba a asomar para observar, un hombre delgado y con unos ojos grises penetrantes le miró, y sus labios se curvaron en una extraña sonrisa.
—Ya la estaba esperando —le sonrío el hombre mientras se paseaba por los miles de estantes—. Tiene los ojos de su padre, pero con esa ráfaga de azul de su madre —Jamie se sorprendió y antes de poder formular la pregunta el hombre la vio—. Claro que los conocí. He conocido a mucha gente y déjame decirte que tu madre era muy similar a ti, aunque tiene todo el porte gallardo de tu padre, oh sí. Tienes la sangre de los Black.
—¿En verdad los conoció? —Preguntó la chica mientras el anciano comenzaba a tomar una cinta métrica, listo para medirla. Jamie le observó con curiosidad e intriga. Las medidas iban desde su cabeza hasta sus pies, de sus brazos hasta sus hombros, y la cinta métrica se movía por sí sola.
—¡Pero qué olvidadizo soy! ¿Con qué mano escribes? —Jamie estuvo a punto de hablar, pero se quedó callada, al ver como el anciano daba vueltas, como intentando recordar algo importante. Fue su mirada velada la que le obligó a reaccionar.
—I-izquierda —murmuró señalando su mano izquierda y el hombre se quedó bastante sorprendido, aunque algo en sus ojos le dijo que lo sospechaba.
—Vaya, hay muy pocos magos en el mundo que usan la izquierda —dijo y se perdió detrás de algunos estantes. Cuando volvió estaba lleno de cajitas alargadas y saco de entre todas, una varita con toda la delicadeza del mundo, entregándosela a Jamie. La chica la sujetó pero antes de sacudirla o hacer algún movimiento, se le fue arrebatada.
—Recuerdo el día en que tus padres vinieron… —comenzó a hablar mientras le entregaba otra—. Tu madre lucía bastante asustada, ya que era hija de muggles, fue muy fácil encontrar su varita —Ollivander le tendió una quinta varita a Jamie, la cual prestaba mucha atención— Abedul, treinta y cuatro centímetros, núcleo de nervio de corazón de dragón, ideal para encantamientos —observó Ollivander mientras hacía entrega de la octava varita. Calíope estaba tan fascinada con aquel dato que hizo todo lo posible por memorizarlo. Quería preguntar ahora sobre su padre, pero Ollivander la interrumpió.
—Espero, realmente espero, que esta sea la varita indicada —murmuró con un aire de misticismo propio de algún adivino, le tendió la varita, de aspecto frágil pero bastante larga- Roble, treinta y cinco punto cinco centímetros, pluma de cola de fénix —Jamie la sujeto con su dedo índice y pulgar, con miedo de que se fuera a romper, pero se dio cuenta que la varita, apesar de su aspecto frágil, era de un material duro y suave al tacto.
La acomodó mejor en su mano, y justo cuando hizo esto, de la punta salieron miles de chispas con tonalidades azules y violetas. Ollivander exclamó encantado y tomo la varita, mirándola con ensoñación—. Al fin encontró a su dueña —Jamie sonrió sorprendida y vio como el anciano la guardaba en una cajita con delicadeza y dulzura, como si fuera un bebé—. Esta varita ha pasado mucho tiempo encerrada, esperando a su dueño.
—¿Cuál es el precio? —preguntó la chica escarbando en sus bolsillos. El hombre le entregó la caja y miró hacía el techo.
—Son veinte galeones y tres sickles —Calíope tendió las monedas en la mano del hombre y se despidió, con un suave: "Hasta Luego", y salió, buscando con la mirada a sus tíos y prima.
Los encontró con una jaula, de dónde se podría apreciar a una pequeña lechuza dormida. Su pelaje era café, con motas blancas. Tenía un aspecto afable y además, lucía tan pequeña. Abrió un ojo oscuro, observándola y comenzó a ulular. La niña corrió veloz y ágil hasta sus tíos, pero tropezó en el camino con un chico, el cual la ayudo a levantarse, pero a penas y se vieron los rostros, eso a Jamie no le importaba mucho.
Una vez estuvo cerca de sus tíos estos le informaron (con intromisiones de Nymphadora), que aquella lechuza sería su mascota. La pequeña lechuza acercaba su pico a la mano de Jamie.
Durante el camino a casa, estuvo pensando en miles de nombres, mirando a su lechuza, intentando encontrar la respuesta. Lo miraba atentamente, era tan extraño, tan activo…
—¡Ya sé! —Jamie alzó la jaula—. Su nombre será Nox, que significa noche.
—Es un lindo nombre, Jamie —Andrómeda se había girado para verla.
—Las lechuzas sirven de mucho Jamie, mi padre quería darte un gato pero le dije que no te serviría de nada.
—Gracias Nym.