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Historia 64310 — capítulo 4

Capítulo 4*— En el expresso.*

Llegó el primero de Septiembre, y la expectación de Jamie crecía más y más. Las últimas semanas había llegado al punto de volverse insoportable. Preguntaba miles de cosas, y desde un mes antes, ya tenía todo listo. No veía el momento de coger sus cosas, y marcharse a Londres, a tomar el tren que le llevaría a Hogwarts.

Pero sabía que no podía hacerlo porque, uno, no sabía cómo llegar a Londres y dos, no tenía forma de cargar a su lechuza y todas sus cosas, sin usar magia. Por eso, se había quedado ahí, observando sus maletas, mientras se arreglaba las medias, y vigilaba que su falda no estuviera rota de ningún lado. Lo último que quería era perder el tiempo en nimiedades como esas.

Nymphadora, que en ese momento cursaría su último año, se concentraba en cambiar repetidas veces su aspecto. Cabello amarillo con bordes negros, cambiando sus ojos a los de un gato, brillantes y amarillos. Además de haciéndose un poco más delgada que el día anterior. Nymphadora no sería Prefecta, y la verdad es que su prima confesaba preferir estar así, no era muy amante de las reglas, además de que era un trabajo aburrido y pesado.

Jamie sabía que su prima quería ser Aurora, y ella estaba completamente feliz por eso, y muy de acuerdo. Era un trabajo increíble, que suponía, su padre había tenido. Así que Nymphadora, ese año estaría estudiando para ir a la Academia de Aurores, y las probabilidades de que se fuera de casa en verano, eran muy grandes. Ella no quería dejar de verla.

Pero esa idea no abrumaba su mente mientras seguía observando que nada le faltara, que su varita estuviera bien, su lechuza en su jaula… Parecía un torbellino que recogía y recorría el mismo lugar una y otra vez. Andrómeda, que revisaba los últimos detalles para partir a Londres, se preguntaba cómo era posible que su sobrina fuera tan meticulosa.

Después de muchas vueltas, varios gritos y regaños, los cuatro estaban sobre el carro de Ted Tonks, listos para marcharse. Nymphadora y Jamie estaban atrás, charlando de música, algunos detalles y el hecho de que no la podrían pasar juntas la ida a la escuela. Jamie entendía que su prima tenía amigos, pero el que la dejara botada así… Le dolía. Simplemente sonrió y asintió. Quizás se encontraría con alguien y así no iría sola.

Andrómeda y Ted estaban en silencio, sumidos en sus pensamientos. El tiempo había pasado muy rápido para ellos. A penas diez años atrás, había tenido a Jamie siendo un bebé, sola y abandonada a su suerte. La habían cuidado y alimentado como si fuera su propia hija. Andrómeda no dejaba de verla por el espejo retrovisor, viendo todos sus gestos y rasgos. Era su hija, no podía negarlo, aunque ella no le hubiera dado vida, era como si eso hubiera pasado.

En una mirada silenciosa, Ted y Andrómeda se fijaron en Jamie, la cual estaba muy risueña viendo a su prima cambiando su nariz, sus ojos y cabello a la vez. Era algo difícil, pero muy entretenido de ver. Ted y Andrómeda sonrieron al momento en que la chica se fijo en sus miradas y les sonrió, de una forma dulce y encantadora. Sus tíos no hicieron más que regresarle la sonrisa, esperando lo mejor para su sobrina.

Jamie bajo del auto, sin esperar a que su tío se estacionara correctamente, y corrió en dirección a la cajuela, desesperada por la tardanza de Ted Tonks. El hombre simplemente soltó una risa socarrona, mientras ayudaba a las chicas a bajar sus cosas del carro. Nymphadora estaba igual de quejosa que Jamie.

—Papá, por Merlín, ¿podrías ser más rápido? —se quejó la chica, mientras observaba a su alrededor, notando la mirada de varios muggles sobre su cabello rosa chillón—. He quedado de llegar temprano, y te estás tardando un siglo en esto.

—No apures a tu padre, Nymphadora —regañó Andrómeda, ayudando a su marido a bajar las cosas y colocarlas en los carritos—. Jamie, ¿dónde está Nox?

—Aquí lo tengo —la chica alzó la jaula, donde la lechuza ululaba sin descanso, fascinada—. Tía, si te quiero enviar una carta, ¿puedo mandar a Nox?

—Claro—se empezó a reír la mujer, mientras les apuraba. Ya se estaba haciendo tarde y debían tomar el tren.

Los cuatro comenzaron a caminar al andén nueve, dónde se cruzarían, para así llegar al andén nueve y tres cuartos. Desde que Jamie cumplió los seis años, pudo ver a su prima cruzando aquel portal, y después, admirar el tren que les llevaría a Hogwarts. Y siempre deseó subir aquel expreso, conocer el colegio, y al fin, después de tanto tiempo, podría hacerlo.

Nymphadora fue la primera en hacer aquel viaje, y Jamie la observó, esperando no olvidar nada de lo que tenía que hacer. Espero unos instantes, y la mano de su tío sobre su hombro, fue el gesto que necesitó para lanzarse contra el muro. La sensación de vacío se hizo presente, pues su mente le dijo que cerrara los ojos ante el inminente impacto, pero para su fortuna, tan sólo cruzó, como si la pared nunca hubiera existido.

Sus ojos grises se fijaron en su prima, y a continuación, en todo el bullicio del andén. El expreso de Hogwarts se lucía frente a ella, rodeado de alumnos de todas las edades, acompañados de padres, tíos, abuelos y otros adultos. Algunos discutían con sus padres, otros tantos buscaban a sus amigos, y varios no se alejaban de sus padres. Pronto aparecieron a su lado sus tíos, que le sonrieron de forma cómplice.

—¿Lista para esta nueva aventura, Jamie? —la pregunta resonó en su cabeza. No era que no estuviera lista, era que se sentía nerviosa y ansiosa. ¿Y si no hacia amigos? ¿Y si no era tan buena en magia? ¿Y si fracasaba y la regresaban a casa? ¿Y si…? La cabeza de Jamie comenzó a dar vueltas, y con nerviosismo miró a sus tíos. Ellos eran a los últimos a quienes querría defraudar.

—¡Claro que estoy lista! —mintió, inflando el pecho con orgullo—. Soy Jamie Black, después de todo.

Eso fue suficiente para ella. Era una mentira tan convincente, que hasta ella se la creyó. Su tío le guiño un ojo, y la hizo llevar sus cosas hasta el tren. En el camino, Jamie observaba a los chicos que ahí se encontraban aglomerados. Un aire mágico se respiraba por encima del vapor, y el entusiasmo de los estudiantes era tan contagioso.

—Jamie, recuerda que si necesitas algo, puedes acceder a las lechuzas del colegio —su tío le acarició el cabello, con gesto gentil, lo que Jamie agradeció en silencio—. Y por favor, necesito que me hagas un favor —se detuvieron y Jamie lo miró, dudosa, mientras él se inclinaba para que quedaran a la altura. La mirada de su tío era seria.

—Claro tío, sabes que puedes confiar en mí.

—Quiero que intentes no hablar mucho sobre tu padre —Jamie se quedó muda. ¿Qué? —. Sé que no es algo que deba de pedirte, pero cuando crezcas comprenderás esto. Si alguien te pregunta con él, di que fue un muggle, ¿lo harías?

—¡¿Por qué me pides esto?! —chilló la chica, en voz baja, con sus ojos grises brillando. Ted hizo una pequeña mueca, y siguió dándole palmadas en los hombros.

—No es algo que te pueda explicar ahora Jamie —Ted suspiró—. Todo a su debido tiempo, ¿podrías entenderme?

La niña miró el suelo, tensa. ¿No hablar de su padre? ¿Por qué? Asintió levemente, y lo miró a los ojos. ¿Se atrevería a decirlo? No, la verdad era que no. Se acercó a su tío y lo abrazó, aunque la idea de olvidar a su padre en el colegio… era demasiada.

Su tía y tío se despedían de ella y su prima, agitando sus manos y viendo como lentamente, el tren tomaba marcha, guiándolos a un nuevo lugar. Cuando ya fue imposible ver a sus tíos. Jamie miró a su prima, la cual sonreía, entusiasmada.

—Bueno Jamie, supongo que te dejo aquí. Voy con mis amigas —y se fue, dejándola sola. Jamie la vio irse, caminando entre la gente, y la siguió, pues aún tenía que encontrar un compartimiento. No se quedaría afuera todo el día.

Mientras caminaba, un chico rubio chocó contra ella, junto con otros dos muchachos gordos y grandes, con aspecto de gorilas.

—¡Fíjate por donde caminas! —le gritó, mientras recogía su maleta pequeña. Los niños ni se voltearon a verla. Indignada, abrió el compartimiento que tenía a lado, y se dio cuenta de que no estaba vacío.

Un chico de cabello negro azabache, despeinado y con gafas, discutía con otro, pelirrojo, con orejas grandes y muchísimas pecas en el rostro. En cuanto la vieron, se quedaron callados, observándola.

—Disculpen —murmuró, un poco sorprendida—. ¿Puedo sentarme aquí? El tren va lleno y… no quería importunarlos así —se disculpó, casi bajando la cabeza, por la vergüenza de haber entrado así.

—No te preocupes, adelante —el de cabello azabache le sonrió tranquilamente y ella le regresó la sonrisa, sentándose a lado del pelirrojo. Acomodó sus cosas y dejo la jaula de su lechuza y su maleta en la parte de arriba, siendo ayudada por el chico pelirrojo. Se volvió a sentar y se dio cuenta de algo. No se había presentado. Chasqueó la lengua.

—¡Que descortés soy! Mi nombre es Jamie Black —extendió su mano hacía los dos niños—. ¿Y ustedes son?

—Mi nombre es Ron Weasley —el pelirrojo, le regresó el saludo—. Y esta es mi rata Scabbers.

—Yo soy Harry Potter, un gusto —Jamie reaccionó de forma lenta. El chico parecía un poco tímido, pero simpático. De pronto, su mente ordenó las palabras, y abrió sus ojos, sorprendida.

—No lo puedo creer, ¿Harry Potter? —estaba por asaltarlo con preguntas, pero optó por quedarse callada—. Nunca pensé que conocería a Harry Potter.

—¡Yo tampoco! —exclamó Ron, entusiasmado. Harry sonrió un poco también.

—Perdona que exclamara tan alto tu nombre, Harry —se disculpó.

—No te preocupes, supongo que es normal. ¿Ya conocías Hogwarts?

Y con esas sencillas preguntas, los tres se enfrascaron en una larga conversación, sobre quidditch, enseñándole a Harry sobre el mundo mágico. Ron y Jamie se contradecían a veces, confundiendo más a Harry, pero finalmente, en una especie de pacto silencioso, se ponían de acuerdo una vez más, y le explicaban a Harry las cosas.

Jamie no podía creer que él, el niño que vivió, supiera tan poco sobre el mundo mágico. ¡Su mundo! Con tanta gente que lo conocía, que sabía de él. Ella se había criado conociendo su historia y hazañas.

Al poco tiempo, el carrito de los dulces se acercó hasta su compartimiento, y tanto Jamie como Harry se abalanzaron a comprar dulces. Mientras que Jamie fue más selectiva, Harry compró todos y cada uno de los dulces, pues no los conocía, y no sabía cuál comer.

—¿Gustas? —Jamie le extendió una de sus empanadas a Ron, el cual, nervioso, la negó, mientras sacaba un sándwich. Jamie sonrió, como si aquella actitud se le hiciera simpática. Se acomodó de piernas cruzadas sobre el asiento.

—Mi madre me ha dado estos sándwiches… tengo cinco hermanos, ya saben —los otros dos asintieron.

—Pero si quieres, puedes tomar de mis dulces —Harry le enseñó todos, de una forma bastante comprensiva—. No creo poder acabármelos todos.

De nuevo, mientras comían, comenzaron a charlar sobre sus familias (principalmente Ron), y de cómo vivían. Tanto Harry como Jamie estaban admirados.

—Después de mí, esta Ginny, la única mujer de la familia —y Ron hizo una pequeña mueca—. ¿Y ustedes?

—Yo no tengo hermanos y vivo con mis tíos y mi primo Dudley —Harry se encogió de hombros. Parecía no tener ganas de hablar sobre él. Ron se fijo en Jamie.

—Oh, yo igual vivo con mis tíos, y mi prima —sonrió, tranquilamente—. Mis tíos son magos, y mi prima también.

—¿Qué paso con tus padres? —Harry le preguntó, con interés. Jamie puso cara de preocupación. Tarde o temprano tendría que decirlo.

—Fallecieron, cuando la guerra —Harry pareció entender y rápidamente cambiaron el tema. Agradeció el gesto de ambos, y que no hicieran más preguntas, además por lo que sabía, debía ser un tema delicado para Harry también. Sin embargo, una interrupción más, se hizo presente.

Un fuerte ruido en la puerta, provocado por la entrada de un muchacho con cara redonda, y un poco asustado, hizo que los tres desviaran su atención hacía el recién llegado.

—Disculpen, ¿no han visto a un sapo por aquí? —los tres negaron, y el chico puso una cara aún más afligida—. Bueno, gracias. —cuando cerró la puerta, los tres se miraron.

—Pobre chico, perder tu sapo debe ser horrible —Ron rió por el comentario de Jamie.

—Yo me moriría de la vergüenza, los sapos son feos y horribles —Ron dio un mordisco a su chocolate—. Aunque bien, yo traje a Scabbers, así que mejor me quedo callado.

Tanto Harry como Jamie fijaron la vista en el animalillo, que seguía dormido. A Jamie le dieron ganas de picarlo, para ver si seguía vivo o no.

—Miren, George me enseñó un hechizo para volverla amarilla —lo vieron escarbar entre sus cosas—. Espero que así se vuelva un poco más interesante —al sacar su varita, Jamie puso una cara extraña al ver como se salían los pelos de unicornio. Harry creyó que la chica le leía el pensamiento: debía ser horrible tener que usar las cosas de sus hermanos, y no tener una varita propia.

Cuando Ron estaba por hacer el hechizo, otro ruido se produjo y la puerta se volvió a abrir, dando a la vista a una chica con cara de sabelotodo y una mata enorme de cabello. Venía con el chico del sapo.

—¿Alguno ha visto a un sapo? Neville perdió el suyo —los tres, una vez más, negaron.

—No hemos visto ningún sapo —Ron se quejó, aún sujetando su varita, sin embargo la niña ya ni le prestaba atención. Sin permiso, entró y señaló su varita.

—¿Estás haciendo magia? Vamos a verlo —Harry y Jamie intercambiaron miradas confusas. ¿Quién era esa chica y que se creía llegando así como así? A Jamie pareció no agradarle mucho.

Ron dijo su hechizo, y nada sucedió. Scabbers seguía siendo gris, y pronto la chica comenzó un parloteo, que la mente de Jamie omitió, para evitar ningún problema. Sin embargo, cuando escuchó la presentación puso cara de extrañeza. ¿Qué clase de niña era esa?

—Soy Ron Weasley —Ron parecía molesto e incomodo.

—Jamie Black —murmuró, sin ganas de contestarle a la muchacha. Hermione la miró curiosa, como si supiera algo que ella no, pero desvió su atención hacía Harry.

—Harry Potter — y lo inevitable ocurrió. Otro parloteo largo, que dejo tanto a Jamie como a Ron fuera de la conversación. ¿Qué clase de niña se aprendía todos los libros del colegio? La respuesta era obvia y estúpida: ella.

Finalmente se fue, no sin antes lanzarle otra mirada a Jamie, la cual puso cara de circunstancia, ignorándola. ¿Por qué se le había quedado mirando tan raro? Se tocó la cara, pensando que quizás le había salido algo, y Ron y Harry sólo la vieron.

—¿Te pasa algo?

—No, es sólo que la chica me ha mirado raro —se rasco la mejilla, y sonrió—. Dijo que quería estar en Gryffindor, ¿no es así? Todo lo que dijo, no lo entendí.

—Cualquiera que sea la casa donde me quede —Ron lanzó su varita a su baúl—, espero que ella no este.

—Vamos, tampoco es para tanto —Jamie estiró sus piernas—. Se ve un poco pasota. A lo mejor se le quita.

—¿Para tanto? ¡Es…! No hay palabras para describirla —Harry reía, las caras de Ron y sus disgustos eran cómicos.

—¿En qué casa están tus hermanos? —Harry aprovechó a preguntar, y Jamie lo miró con interés, mientras Ron respondía de inmediato.

—Gryffindor. Todos en mi familia han estado ahí —tomó otro chocolate—. Mis padres también estuvieron ahí, así que no sería sorpresa si estoy en Gryffindor —Harry miró a Jamie, preparando su pregunta.

—¿Y tú familia?

—Mi prima y mi tío estuvieron en Hufflepuff —Jamie pensó en que, decir que su padre era mago, no mataría a nadie—. Mi padre en Gryffindor y mi madre en Ravenclaw.

—Tuviste familia regada por casi todas las casa —Ron había hablado, bastante interesado.

—Es cierto, aunque yo no sé en qué casa podría quedar —se llevó un dulce a la boca—. Mi prima dice que los inútiles están e Hufflepuff. A mí eso me parece falso, muchos grandes magos salieron de ahí.

—Quizás yo esté en esa casa —murmuró Harry, y Jamie saltó, lista para decirle que eso era imposible, pero Ron se le adelantó.

—¿Cómo podría estar ahí el que venció Al-Que-No-Debe-Ser-Nombrado? Sería una estafa.

Harry sonrió, agradecido por el gesto. Sin darse cuenta, Jamie se permitió perderse en sus pensamientos, mientras observaba a la rata, que seguía durmiendo pacíficamente. La verdad es que se veía muy vieja,

—Mi hermano Bill trabaja en Gringotts, y Charlie esta en Rumania, con dragones —Jamie regresó de su ensoñación.

—¿Dragones? ¡Eso debe ser fantástico! —exclamó emocionada.

—¡Lo es! —Ron sonreía, y un poco de color se asomó en sus mejillas—. Lo único malo son las quemaduras, pero es un trabajo excitante.

Hubo un silencio cómodo, interrumpido solo por el sonido del tren moviéndose y de los chicos comiendo. Nox, la lechuza de Jamie se había quedado dormida.

—Y Jamie, ¿cuál es tú equipo favorito de quidditch? —Ron le preguntó, después de aquel silencio. La chica parpadeó, pensándolo.

—La verdad es que mi tío es el que ama el quidditch —confesó—. Pero, me ha contagiado el gusto por los Halcones de Falmouth. ¿Y a ti Harry? —el chico se ruborizó, y desvió su mirada.

—La verdad es que no sé bien qué es el quidditch —Ron adquirió una posición decidida, y comenzó a hablar sobre quidditch. Le contó todo lo que sabía, con intervenciones de Jamie, que buscaba la mejor forma de explicarle el juego.

La charla fue larga, pero una vez más, la puerta se abrió. Jamie no sabía por qué toda la gente abría esa puerta. Ya se estaba cansando.

Parados frente a ellos estaba, el mismo chico rubio, con los gorilas, que le habían golpeado. Jamie frunció el ceño, y el rubio comenzó a hablar, arrastrando las palabras, dirigiéndose a Harry.

—Todos en el tren han dicho que Harry Potter esta en este compartimiento —el rubio se acercó aún más. Jamie tuvo que moverse para ver mejor la situación—. ¿Es eso cierto?

—Sí —Harry lucía serio, y bastante decidido. Los otros chicos parecían los guardaespaldas del más delgado. El rubio pareció darse cuenta de que los tres miraban a sus guardaespaldas.

—Este es Crabbe, y él es Goyle —sonrió, como si estuviera presumiendo un perro. Su sonrisa se le hacía tan falsa a Jamie—. Y yo soy Malfoy, Draco Malfoy.

Ron, que estaba sentado a su lado, tosió, ocultando una risa. Malfoy le miró, muy disgustado. Jamie rodó los ojos, con una sonrisa torcida en los labios, y también recibió una dosis de veneno en esa mirada.

—¿Les parece gracioso? No tengo porque preguntar sus nombres —miró el cabello de Jamie, y sus ojos—. Tú debes ser una hija de muggles —Jamie no dijo nada, tan sólo lo miró de mala forma, irritada—. Y tú, debes ser un Weasley. Ese cabello y esas pecas. Sólo los Weasley tienen más hijos de los que pueden mantener.

Ron estaba de pie, indignado, y lanzando chispas de los ojos. El único que lucía un poco más tranquilo, era Harry. Malfoy miró a Harry, ignorando a los otros dos.

—Muy pronto te darás cuenta de la baja calidad que hay en el mundo —le extendió la mano—. No querrás ser amigo de la clase indebida, ¿no?

—Creo que ya me di cuenta quién es el equivocado aquí —Harry respondió con frialdad—. Gracias.

Jamie le aplaudió aquel gesto a Harry. ¿Cómo se atrevía aquel muchacho a tratarlos de esa manera? A la vez que Malfoy adquiría un tono rosado en las mejillas.

—Yo sería más cuidadoso si fuera tú, Potter —escupió, con falsa tranquilidad—. A menos de que seas más amable, irás por el mismo camino que tus padres. Ellos tampoco sabían lo que era bueno.

Ahora los tres estaban de pie, y fue que los gorilas de Malfoy vieron un poco de peligro. Ron estaba aún más rojo que su propio cabello, y se puso enfrente, mientras Jamie terminaba detrás de ellos.

—¡Repite lo que has dicho!

—¿Quieres pelear, eh? —Malfoy lo miró burlón. Ya se avecinaba una tormenta, y Jamie notó que ella estaba de más en esa situación. Si se peleaban, ¿qué tal si los regañaban? Eso sería malo, ¡ni siquiera habían llegado a Hogwarts y ya se estaban metiendo en líos! Abrió la boca, como para advertirles a los otros dos, que mejor no se metieran en problemas, pero de su boca salieron las palabras erróneas:

—Lárgate de aquí, Malfoy —en un ataque de valor, lo dijo. Malfoy le dirigió una mirada de desprecio, ante lo cual Jamie alzó más la mirada. Las miradas grises se enfrentaron con odio—. Si no quieres que le hable a alguien para que te vayas.

Harry y Ron la miraban, curiosos ante aquella provocación, aunque pareció obvio que Malfoy y sus grandulones no se iban a apartar así como así. Malfoy soltó una risa molesta.

—Yo no me quiero ir—se cruzó de brazos, mirando a Calíope—. No eres nadie para decirme qué hacer, sangre sucia. Además parece que aún tienen comida —Crabbe acercó su gigantesca mano hasta los dulces, y sin previo aviso, comenzó a chillar de dolor. Scabbers, la rata de Ron, le había mordido la mano, y los tres chicos salieron huyendo, mientras la rata se estrellaba contra un cristal.

Se quedaron un minuto en silencio, y luego soltaron carcajadas. No podían creer lo que acababa de pasar, y la verdad era que había sido muy divertido.

—¡No puedo creerlo! Se ha vuelto a dormir —Ron tenía a su rata, agarrada de la cola.

—Al menos nos ha salvado —Harry sonreía ampliamente. Y sin previo aviso, la puerta se volvió a abrir. Hermione Granger les miraba disgustada.

—No me digan que se estaban peleando —ni siquiera los dejo hablar—. Más les vale que no se metan en problemas, y ya cámbiense, estamos por llegar a Hogwarts.

Y se fue. Jamie se sentía aún más confundida al ver a Hermione, era una chica un tanto extraña, y parecía estar al tanto de lo que hacían. Miró el cielo que se comenzaba a oscurecer, y en silencio, sacó sus cosas, encaminándose a algún sitio donde cambiarse.