Sesentona y buenota — capítulo 3
Esa mañana, había decidido que tenía que remodelar esa absurda habitación. Telarañas como lámparas, tan viejas como su marido. No. Ella era mayor. Tonterías, muchas tonterías pasaban por su cabeza, desde que estaba envejeciendo. Miró con odio, las sábanas de su cama. ¿Por qué le había agradecido a Narcisa, por ellas? Eran ¡feísimas! Inspiró y tiró de ellas, sonriendo con malicia. Quizá podía cortarlas y hacerle una casita a una mascota que se comprara o que robara. Mientras trataba de pensar con qué carajo iba a recubir su cama, su esposo la llamaba desde el piso inferior. Desde la cocina. El desayuno estaba preparado. Recién hecho. Miró con cierta incomodidad, a lo que le habían servido. ¿Solo una rebanada de pan y tocino? ¿Qué era, un hámster? — Como estás envejeciendo, no quiero que termines infartada y llena de gracia. ¿Crees que es bueno lidiar con una vieja gorda? ¿¡Vieja gorda!? Por menos que eso, asesinaba a muggles. A él ya podía darle una patada al culo y mandarlo fuera de la casa. Cambiaría las cerraduras mágicamente y solo ella sabría la combinación. De todas formas, no necesitaba salir. Total que, ya estaba vieja y sin su señor por esos lares. Miró a su esposo, quien sonreía. ¡Si ella tenía hambre, iba a comer como una morsa y no importaba. Iba a estar allí, comiendo hasta cansarse!. Hasta que ya no pudiera meter nada dentro de su boca y vomitara por la cantidad de comida que había ingerido. Y luego se tragaría su propio vómito, si tuviera que ser necesario. — ¿Y crees que yo solo como esto, Rodolphus?— se quejó abiertamente, mientras el hombre sonreía suavemente— te reto a que te comas las cagadas de mi primito Black. Seguro eso sabría mejor que esta comida para hámsters. Rodolphus no contestó, mientras ella miraba su plato de jamón, de huevos y tocino. Con pan tostado y un trozo de naranja. Típico desayuno inglés que ella iba a comer de igual forma. Le gustara a él o no. De lo contrario, iba a morir de hambre. No aceptaría tal humillación. No de su marido. Ni que fuera una bebé que necesitaba de su atención. No era una bebé vieja. Y no necesitaba de papilla y de pañales, para sobrevivir. No aún. Miró a su esposo y con un movimiento ágil de su mano, le dio la vuelta a los platos y terminó con el suyo en su puesto. Rodolphus se quejó, pero ella ya había comenzado a comerse sus huevos. Si quería ser una vieja ballena, pues iba a serlo. Y nadie la detendría. Menos la edad.