Sesentona y buenota — capítulo 2
Se levantó de la cama, muy confundida. No sabía dónde carajo tenía la cabeza. Quizá entre una de las axilas de Rodlphus. Miró con atención, el condenado no despertaba y ella...ella bueno, otro día de lo mismo. Ya entendía por qué Snape era tan encabronadamente molesto. Con ese aburrimiento que estaba pasando, cualquiera se ponía molesto. Pero no iba a hacer ricas galletitas, un fin de semana. ¡Ah! Extrañaba cuando podía aniquilar, cuando podía acabar con los muggles y con los magos de sangre sucia y traidores. Pero no. Ahora era ama de casa y sin diversión. — Rodolphus, por amor a dios...levántate de esa cama. Maldita sea. Pareces una maldita sábana. El hombre parpadeó, frotándose el rostro con una mano y miró a su esposa. Desnuda. ¿Por qué habían decidido dormir desnudos, para empezar? — Bea espero que no se te de por mirarte en un espejo, al menos no hoy. Arqueó una ceja y lo miró de mala gana. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué se le hacía tan gracioso al respecto? Trataba de no sonreír... —¿¡Qué!? — Tú y un pedazo de pared vieja, no se comparan. Creo que tienes más arrugas de las que necesitas. Bea. ¡Arrugas! ¿Cómo que arrugas? Se levantó de la cama y se miró en el espejo de la cómoda. ¡Miles de ellas! Arrugada por todas partes. ¡Podría gritar, pero aún tenía clase! Se encogió en la cama, sintiéndose como Albus Dumbledore. ¿Por qué no había muerto? ¿Por qué? Porque sin duda alguna, le esperaba tortura peor que solo morir en manos de los imbéciles de la orden o de aquellos que quisieran matarla. ¡Ja! Como si pudieran conseguirlo fácilmente. Sonrió y se dijo que de morir, iba a hacerlo ahogada en cremas rejuvenecedoras muggles que había estado leyendo en viejos periódicos y revistas, cuando había acabado con casas enteras. Los magos podrían revertir la edad, pero no ponerle un alto total a la muerte. Comenzaba a estresarse al respecto. Ella no iba a terminar como una pésima versión de Minerva. Ella era una mujer hermosa. Ella no tendría arrugas. Así cumpliera sesenta años, al día siguiente. Y si a Cissy se le ocurría realizar una fiesta, ella sería la primera en matarla. Estaba segura de que harían una fiesta por su cumpleaños. Odiaba los malditos cumpleaños. Y justo cuando debió morir y dejar de cumplir... Continuó viva. — Oh vamos, Bea... todos envejecemos. Incluso yo. — Tú mejor no deberías hablar, si no quieres que te corte la lengua en dos. ¡Sobretodo los hombres, que no se arrugan! Ustedes son como unos malditos demonios. El sexo los mantiene lisos. — Pues deberías practicarlo entonces. — Iré a casa de Snape y estoy segura de que puedo joderlo. Supongo que a ti no te importará que duerma con él. El pobre tiene tanto tiempo sin estrenarse, que ya comienza a añejarse. — ¡Snape! ¿Qué podría tener ese pedazo de grasa, que pueda gustarte? Hizo un gesto con la mano, simulando el tamaño de su pantalón y Rodolphus negó con la cabeza, sentado en la cama. — Estás comenzando a enloquecer. Sonrió, relamiéndose los labios. Severus, a él podía obligarlo a tener sexo y asfixiarlo hasta matarlo. ¿Por qué no? ¿Qué iba a hacer al respecto? ¿Defenderse? Como si pudiera derrotarla con solo un hechizo. Matarla, necesitaba o pisarla como una cucaracha o regresar al pasado y evitar su nacimiento. Nada podría acabar con ella. Excepto la maldita edad y las malditas arrugas de mierda. Negó una vez más y se dijo que un buen movimiento con Snape, sería su cura para su envejecimiento prematuro. Si podía verse ya como Minerva. — Si tú no me das lo que me corresponde por derecho, voy y lo busco en otro lugar. Es sencillo, Rodo... Sevie me dará el sexo que tanto anhelo. Y lo haremos muchas veces. En esta casa, incluso. Había sacado un viejo estuche y Rodolphus miró dentro. — ¿Maquillaje, Bea? — Se lo robé a un par de muggles que maté. Tienen lindo aspecto. Lo único de ellos que celebro. — Ni que te escondas en una capa de invisibilidad, dejarás de envejecer. — Y voy a castrarte y dejarte sin poder sentar por mucho tiempo, Rodolphus. — Cuando envejecen, las mujeres se tornan agresivas. Menopáusicas también. — ¡Ah! Ese era el calor que sentí anoche. Creí que era tu miembro rogándome por hacerlo entrar entre mis piernas. El pobre coincide conmigo. Sexo, sexo... No iba a envejecer, así tuviera que probar curas "milagrosas". No iba a perder su belleza y encanto. O la que le quedaba desde que había salido de Azkaban. Cissy no iba a superarla. Tenía que "maquillarse"