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La cárcel de tu corazón (Dranny) — capítulo 2

Su vida acabada, desecha y envuelta en otra. A su regreso, nada más que eso podía ofrecer. Estaba sentado en medio de la calle, sintiéndose como un inútil. Había estado presos por delitos que no había cometido a ciencia cierta. Pero Dumbledore ya estaba muerto para desmentirlo, Severus Snape seguramente estaba moribundo en alguna parte.

Ya no quedaba nada que rescatar. Todo se había acabado y la historia tenía que continuar. Caminó fuera de aquella calle, sin rumbo específico. Incapaz siquiera de pensar hacia dónde ir. No importaba. Ni que un auto lo arrollara. El amor de su vida, en poco tiempo... ya lo había cambiado. Ya había decidido que su vida juntos había terminado.

Y no podía ser peor que eso. Nada podría.

Se detuvo bajo la luz intermitente de un poste que estaba por extinguirse. Alzó su varita y acabó con la angustiante sensación parpadeante, de que había hecho todo mal y no lo había considerado antes.

Sonrió en el silencio de la fría brisa, la fría luz ya había desaparecido y los vidrios rotos lo bañaban.

La mentira era como un prisma. En sus múltiples caras, veía la distorsión del mundo. La distorsión de la realidad. Su realidad.

— Ya no queda más que buscar aquí. Será mejor que me vaya ahora mismo, no soportaría saber que incluso ella me ha olvidado.

Caminó nuevamente sin rumbo, por calles y aceras. Miró a su alrededor, parejas y más parejas en actitudes románticas. Nada podría consolar la sensación de un corazón moribundo, que se había ido al inframundo.

Una taberna vieja, fue su rescate. La sensación de que allí podía apaciguar sus penas, con la sed de destruir su garganta. De destruir su hígado y su páncreas. De solamente reventar su alma con un par de lágrimas secas.

— Dos, por favor.

Ni importaba siquiera que fuera una taberna muggle. Allí podía morir, como la escoria que era. Como la escoria que todos ellos juntos, eran. Podía brindar por ella, a su salud. Sin embargo, temía darle mala suerte con ello.

— Gracias... Weasley. Gracias por todo lo que has hecho. Sin duda has actuado fenomenal esta vez. Pero ya me lo temía, nada dura tanto estando separado.

El silencio otorgaba y la prisión destrozaba. Sueños y más sueños. Pero qué... ¡Él no soñaba! Siquiera imaginaba. Solamente había creído en algo, como siempre...

Y se había destruido. Como siempre.

  • Gracias por todo lo que has hecho de mí y por mí.

Dejó de beber cuando ya su razonamiento no funcionaba suficientemente. Con una sonrisa suave, dejaba el dinero en la mesa y se preguntaba dónde más iba a despilfarrarlo. De todas formas, él tenía mucho y podía hacer lo que quisiera con él. ¡Adiós hijos que cuidar y sueños que consentir!

Adiós regalos que traer y cumpleaños que recordar. Adiós aniversarios y disculpas que otorgar.

Adiós a nada.