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La cárcel de tu corazón (Dranny) — capítulo 3
Se quedó dormido, en posición fetal, en un hotel. No quería regresar a casa y recordarle que ella le pertenecía. Que era su esposa. Estaba claro para él que terminaba sobrando. Que ella era su ex esposa y no tenía sentido reclamar el puesto que ya le habían quitado. Se sentía mareado, cansado. Había bebido hasta olvidarse de su nombre. Hasta olvidarse de su rostro en su cabeza. Incluso hasta olvidarse de la calle y del número de la puerta en la que vivían.
Pero lo sabía. Traería consecuencias nefastas. Trató de moverse en la cama, pero el dolor de cabeza ya resultaba inmenso. Resultaba desesperante.
Se llevó las manos a la cabeza. Caminar le haría bien, si lograba ponerse de pie. Y eso hizo, al cabo de unos minutos, sintiendo incontrolables arcadas. Terribles náuseas.
¿Por qué su vida se había hecho añicos, desde que había terminado preso? Un crimen que no había cometido y aún así; estaba pagando las consecuencias de ello.
Era la primera vez que se sentía de esa forma, por una mujer.
— Weasley...maldita seas. maldita mujer— suspiró, mientras intentaba no vomitarse en el inodoro. Se sentía como un animal, como un viejo perro.
Pero estaba seguro que dentro de aquella casa, alguien tenía que sentir remordimiento.
— ¿Ginny? ¿Por qué no vienes a la cama?
Un hombre alto, de cabello negro y de redondas gafas, la miraba desde la cama. Permanecía ella, mirando a través de la ventana. La nieve no tardaría en caer, el viento azotaba con tanta fuerza.
— No puedo dormir, Harry.
Harry Potter, el nuevo esposo de Ginny Weasley, no dijo nada y suspiró. Podía pretender que lo comprendía, pero estaba mintiendo categóricamente. Su mejor amiga, de hecho, se había casado con su peor enemigo. También. Pero creía que estaba muerto. Había caído tras las rejas y una vez dentro; ya no iba a salir de allí.
Y ella quería rehacer su vida. Pero por más que lo intentaba, su nombre seguía vivo en su memoria. Y en sus sentimientos.
¿Para qué negarlo? Harry no tenía mayores problemas con eso. Lo sabía. Sabía que tenía que esperarla, que tenía que entender que antes de él, ya había un hombre dentro de aquella cama.
Se preguntaba si alguna vez saldría de ella.
— Muy bien. Solo no...tardes mucho. No es bueno pasar horas sin dormir, Ginny.
¿Podría estar muerto? ¿Y si se había equivocado y aquel hombre seguía con vida? ¿Qué podría hacer para remediarlo? Una vez casada, una vez él enterado...
Nada cambiaría.
— Maldita seas, mujer de mierda— dijo, mientras caminaba por aquellas calles de quién sabía donde y por qué motivos. Solo caminar. Necesitaba desgastar sus pies, hasta que se quejaran abiertamente.
Como ella jamás lo hizo. ¿Por qué si la hacía feliz, ella se volvía en su contra? ¿Por qué la amaba incondicionalmente; aunque terminara reaccionando de la forma en que había visto?
Bueno. Si estaba preso, asumió que podía hacer una nueva vida y sin él.
Pero nunca se lo había preguntado. Quizá no se habría negado. Pero al menos se lo habría consultado. Se sentía traicionado. Quizá ese hombre ya la hacía más feliz. Quizá ese hombre le daba todo eso que él no y todo terminaba como debía ser. Si la vida terminaba quitándole algo que consideraba importante, quizá ella no era para él.
Quizá esa vida no era para él.
Y de doler, seguía doliendo. Seguiría doliendo hasta que se acostumbrara a no sentir dolor.
— Mira, solitario...— escuchó a un lado. Varios hombres de mal aspecto, lo rodearon. Parecían dispuestos a robarlo, herirlo, lo que fuera que quisieran hacer en su contra.
— Apártense.— dijo, con autoridad y uno de ellos rió.
— ¿Y qué vas a hacer? De casualidad puedes caminar sin caer al suelo.
— No saben de lo que soy capaz.
Los hombres sonrieron. Rieron.
— Veamos de cuánto comemos con este miserable.
Pero no lo conocían. Hábilmente, sustrajo su varita y antes de que lo tocaran, los hombres no sabían qué los había golpeado. Se había sentido como una ráfaga de viento cortante.
Lo miraron, mientras él sonreía como desquiciado. Fuera de sí. No tenía idea de nada.
Huyeron. Atemorizados.
Haría lo mismo con aquel que había acabado con su familia. Con la unidad en su familia.
— Ginny ¿te sientes bien?
— No. Harry. Me iré a dormir al cuarto de Lily. Necesito pensar.
¿Se podía quejar? No no tenía por qué quejarse. Además, había aceptado las condiciones de aquel matrimonio. Sabía que Ginny sentiría cosas, antes de amarlo completamente.
Y tenía que ser paciente.
— ¿Qué es lo que quiere, señor?
— Quiero un trago, el más fuerte que tenga. Cualquiera de ellos.
Más bebida. Hasta vomitarse en el inodoro. Cualquier cosa no se comparaba con lo que sentía en ese preciso momento.
Iría. Lo buscaría y mataría. ¿Qué mejor solución que vencer o morir?