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¿El cuarteto dorado? — capítulo 26

Ron se encontraba inmovilizado en el suelo de lo que parecía un embarcadero. El cielo nublado de la noche daba un aspecto desolador a todo lo que había a su alrededor, y tenía miedo. Mucho miedo.

Miedo porque una serpiente rectaba a su alrededor y parecía hambrienta. Miedo porque por más que luchaba no era capaz de mover un solo músculo. Terror porque no sabía nada de sus hermanos, de Hermione, de Harry, ni siquiera de Draco. No sabía nada de nadie, y dudaba que nadie supiera nada de él.

Escuchaba a dos personas susurrar cerca de él. Una era Voldemort y la otra Snape. Aquel maldito y sucio traidor… No entendía del todo bien qué era lo que estaban diciendo, pero debería ser algo importante, porque la voz de ambos estaba teñida de algo que parecía preocupación. Pero poco a poco, Ron se percató que la voz de Snape se iba tiñendo de terror hasta que, asustado, escuchó que decía claramente:

-No… Señor, no puede hacer eso.

-Necesito la varita.- Ron sintió arcadas ante la voz que Voldemort arrastraba, haciendo que pareciese casi el siseo de una serpiente furiosa. Después, escuchó como el Señor de las Tinieblas, susurraba algo en parsel y, el basilisco que hasta hacía dos segundos rodaba por su alrededor, acudía a su llamada y obedecía.

Escuchó un golpe seco contra las paredes del embarcadero y el grito de agónico dolor de Severus Snape. Había llegado su final pero, por si cabía alguna duda de que eso fuese así, un hilo de sangre que no era suya corrió hasta delante de sus ojos, como una pequeña serpiente roja y siniestra advirtiendo de que algo malo iba a pasar.

El corazón de Ron comenzó a latir de nuevo mucho más rápido, pero estaba inmovilizado y tumbado boca abajo en el suelo. No podía hacer otra cosa que esperar su fatídico final.


Hermione y Harry corrían desesperado hacia el embarcadero del lago, Harry había tenido una visión mientras corría hacia la Sala de los Menesteres con respecto a Ron y no era nada alentadora. Entonces había ido corriendo hacia el exterior del castillo, y de camino se encontró con Draco y Hermione.

No había podido ir en busca de la maldita diadema, pero su amigo era mucho más importante que aquel maldito Horrocrux. Tenía que luchar por ello, pero las personas a las que amaba eran mucho más importantes para él que todo aquello, por eso no dudó en dejar de lado sus obligaciones.

Por otra parte, Hermione corría con lágrimas en los ojos ¿y si habían llegado demasiado tarde? ¿Y si ya había sucedido lo peor? Se le encogía el corazón solo de pensarlo, y el frío de la muerte la atacaba con un látigo feroz en el alma. Aquello era terrible, horrible, una auténtica pesadilla.


Draco llegó a la Sala de los Menesteres. Estaba llena de trastos y trastos. Sería difícil encontrar la diadema, pero no imposible.

No le había dado tiempo a avisar a Harry que si él iba a rescatar a Ron, él iría a intentar destruir el maldito Horrocrux. Pero daba igual, Draco sabía que Harry sentiría algo cuando esta estuviese rota. Tenían que ganar espacio al tiempo que amenazaba con hundirlos.

Draco comenzó a caminar por entre los montones de trastos raros e inútiles en su mayoría. Definitivamente, no sabía por dónde narices empezar a buscarla.

Estaba caminando tranquilo cuando, de repente, escuchó que un montón de trastos se caían a sus espaldas, seguidos de un quejido de voz masculina que conocía perfectamente. Se giró con la varita en alto dispuesto a defenderse.

Tal y como había predicho, dos gordos muy conocidos para él doblaron una esquina y lo miraron con una sonrisa es la cara. Estúpidos. Después de tanto tiempo aún no habían escarmentado en que él era mil veces más poderoso que ellos dos juntos. Con lo que tenía que tener cuidado era con que no le lanzasen ninguna maldición imperdonable.

-¿Qué buscas aquí?- escupió Crabbe.

-Quién sabe. Lo que yo tendría seguro si fuese tú es que no puedes impedirme que lo coja.

-Eso ya lo veremos. ¡Cruccio!

Draco no se había equivocado. Ambos eran sumamente tontos. No necesitó moverse para que la maldición pasase a más de un metro a su derecha, destrozando una repisa llena de objetos de metal mohoso y corroído.

-¡Desmaius!- gritó Draco, acertando directamente sobre el pecho del gordinflón, que cayó con un ruido sordo al suelo, justo al lado de Goyle, quien lo miró asustado. Draco, que lo conocía bien, sabía perfectamente que ahora que se veía solo contra él, estaba asustado, pero eso no era bueno. Podía llevarlo a aluna tontería, y ambos podrían salir malparados de ella.

Draco buscó una salida de allí mirando a su alrededor y, como si la suerte por una vez se hubiese puesto de su lado, vio una corona puesta sobre un busto de porcelana, perfecto, precioso, con los rasgos de Rowena Ravenclaw. ¿Quién fue tan tonto de dejar la corona tan a la vista? Tal vez en el pasado aquello había estado expuesto en algún sitio…

Goyle también se dio cuenta de que la diadema estaba allí, y no hacía falta ser un lince para saber que alguien lo habían mandado a por ella, para que no la destruyesen.

Fuera como fuese, tenía que conseguirla antes que el inútil de Goyle o sí que estarían perdidos. Pero no iba a ser fácil.

Ambos chicos corrieron hasta el busto, pero Draco era más delgado y más atlético, por lo que corría bastante más rápido que Goyle, quien, además de estar a más distancia, parecía ahogarse por el esfuerzo. Pero Draco sabía que aquello no acababa ahí, por lo que se preparó para cualquier ataque.

Con la fría diadema en la mano, colocó la varita justo delante de su cuerpo, dispuesto a defenderse de cualquier ataque, pero sin decidirse a atacar él primero. No quería encenderla mecha.

Goyle lanzó un hechizo, y Draco, en un acto reflejo, colocó delante de sí un escudo protector. Pero la maldición no llegó nunca a él, porque no iba dirigida a él, sino al montón de papeles y madera que estaban a su derecha. De pronto todo empezó a arder, y Draco supo que si no salía de allí pronto, los tres morirían carbonizados.

Ambos chicos comenzaron a correr asustados, Draco porque aquello le había pillado por sorpresa, y Goyle porque no se esperaba que el fuego fuese a propagarse de semejante manera. Era un completo inútil.

Corriendo a través de toda la Sala, a veces Draco se percataba de que se estaba alejando de la entrada, por lo que tenía que redireccionar su trayectoria, pero era difícil, porque muchos de los caminos que llegaban a la entrada ya eran pasto de las llamas.

Draco encontró más allá un par de escobas voladoras, e incapaz de dejar al que había sido su amigo allí, le lanzó una a él. Ambos subieron a ellas y comenzaron a volar por el techo de la sala, buscando un lugar por el que salir.

Mientras sobrevolaban todo, Draco se dio cuenta de que en ese momento solo había una manera de destruir el puñetero Horrocrux, de modo que lo lanzó sin pensárselo dos veces a las llamas que ya habían devorado más de media sala.

Con lo que no contaba, era que en cuanto la lanzase y se destruyese, llamas que parecían vivas, y con los preocupantes rasgos de Voldemort, iban a expandirse por todos lados.

Draco sentía el calor abrasador sobre su espalda, y las gotas de sudor recorriendo todo su cuerpo, estaba demasiado cerca de la muerte cuando, no muy lejos, divisó un boquete en la pared: la salida. Sin pensárselo, aceleró lo máximo que pudo hacia ella y Goyle, que lo seguía desde cerca, lo imitó.

Draco salió limpiamente por la puerta, que se cerró tras ellos, que Goyle se dio con la parte trasera de la escoba contra el borde de la misma, haciendo que la escoba se le escapase y él cayese dolorosamente al suelo desde una altura de unos dos metros. Pero al menos estaban vivos.

Vivos. De repente un chorro de agua fría atravesó a Draco de cabeza a pies. Crabbe se había quedado dentro.

Goyle y él se miraron, ahora ya no tenían nada por lo que luchar entre ellos, más bien había algo que los unía: la muerte de su amigo.

Goyle corrió hacia la puerta de la Sala de los Menesteres, o al menos hasta el fragmento de pared donde debería estar y comenzó a aporrearla, pero nada. La Sala estaba destruida, no volvería a abrirse nunca y, lo peor, se había tragado a una persona.

Draco bajó la cabeza abatido, mientras los gritos de desesperación de Goyle y los fuertes porrazos que le daba a la pared mostraban la gran desesperación a la que todos estaban sometidos aquella noche.

La batalla había comenzado, y esa, esperaba Draco, que fuese la única muerte inocente de alguien cercano a él.

HOLA :)

¿QUÉ OS HA PARECIDO LA MUERTE DE CRABBE? ¿TRÁGICA? ¿ABURRIDA? A MÍ ME HA DADO BASTANTE PENA, PERO BUENO, EN EL FONDO SABÍAMOS QUE ELLOS DOS NO ERAN NINGÚN RIVAL PARA DRACO. Y ¿QUÉ PENSÁIS SOBRE RON? ¿CRÉEIS QUE LLEGARÁN A TIEMPO DE SALVARLO? ¿SI? ¿NO? LA RESPUESTA A TODO ESTA EN EL PRÓXIMO CAP ^^

BESOS.