¿El cuarteto dorado? — capítulo 29
El plazo de tiempo se acababa. Voldemort hacía unos minutos que había dejado bien claras sus intenciones de atacar Hogwarts si no le entregaban a Harry.
El chico estaba asustado y confuso. No quería entregarse a Voldemort, pero lo haría, lo haría si con ello salvaba todas las vidas que en ese momento peligraban. Por otra parte, los recuerdos del pensadero lo habían dejado sin palabras; tanto que casi se odiaba a sí mismo por haber sido tan injusto con Snape.
Sabía perfectamente que su padre, su padrino y Remus, la habían estado haciendo la vida imposible en Hogwarts, pero lo que nunca se hubiese llegado a imaginar era que aquel hombre, con su aspecto intimidante y su fachada de hombre duro y malvado, había sido capaz de amar tanto a su madre como para dar la vida por ella. Como para jugárselo todo.
Tampoco podía creerse del todo que Dumbledore menospreciase su vida, tal vez solo lo mostraba así ante Snape para que no le cogiese tanto cariño, además, sabía que el anciano había hecho todo lo posible por salvarle, de una manera o de otra, con un fin o con otro, pero si estaba vivo era gracias a él, y si con ello iba a salvar vidas, se lo agradecía.
Ahora entendía el por qué le había pedido que lo mirase a los ojos antes de morir, y se apiadó de él. Solo era u hombre enamorado, que había roto todas las barreras posibles por alguien que nunca le correspondió, y eso lo convertía en un hombre grande, digno de ser reconocido para siempre. Aunque si él moría, todos esos recuerdos morirían con él, y nadie se enteraría nunca de la verdad. De todas formas, dudaba que Snape quisiese que todo el mundo mágico se enterase de que era un héroe, creía adivinar que lo único que a él le importaba era que, estuviera donde estuviese Lily, lo viese y se lo agradeciese.
Suspiró. Estaba solo en el vestíbulo del castillo, necesitaba estarlo. Eran los últimos minutos de su vida, porque había decidido entregarse, había decidido sacrificarse a sí mismo. No había otra alternativa, porque dejar que todos murieran por él, no lo era. Además, si quería destruir a Voldemort, tenía que destruirse a sí mismo. "Ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro siga con vida". La profecía era clara. Su misión había acabado en ese mismo instante. Ahora solo quedaba esperar a la muerte y confiar en que otro sería capaz de acabar con Voldemort por él.
Se levantó decidido, entre las ruinas y los escombros de lo que algún día fue su hogar, pero justo cuando iba a dar el primer paso, sintió dos presencias en forma de agitada respiración a sus espaldas. No le hacía falta girarse para saber que eran Ron y Hermione. En el fondo agradecía el tener la oportunidad de despedirse de ellos.
-¿Te vas?- se escuchó la apenada voz de Hermione.
-No tengo otro remedio- respondió Harry, sintiéndose sin fuerzas todavía para girare y mirarlos a la cara directamente.
-Te vamos a echar de menos- se escuchó también la afligida voz de Ron- Sin saber muy bien cómo, Harry acabó preso entre un triple abrazo. Siempre habían sido tres, siempre lo había hecho todo juntos, y ahora, separarse de ellos para enfrentarse solo a su destino, le daba miedo. Pero aquella tarea la iba a emprender solo, porque era como debía de ser, como estaba escrito, y no podía hacer nada por cambiarlo, simplemente tenía que hacerlo, aunque le disgustase o le aterrase.