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¿El cuarteto dorado? — capítulo 31

Los cristales de los ventanales del Gran Comedor bañaban el suelo embaldosado; el barullo se hizo en un momento ensordecedor por parte de algunos, mientras que otros se quedaron parados, sin respiración alguna, sin saber si lo que acababa de pasar era producto de su imaginación o la propia realidad.

Hacía solo media hora que habían dado a Harry por muerto, solo media hora, y ahora los papeles estaban extrañamente invertidos.  En ese momento era Voldemort el que acababa de caer. Para siempre. El desconcierto era normal, al igual que la desconfianza. ¿De verdad se había acabado todo? ¿De verdad aquello era un "vivieron felices y comieron perdices"?

Para muchos la victoria era agridulce. Se habían librado del gran peso de la maldad, pero el precio que habían pagado era el de la vida de un familiar, el de la de un amigo…

Draco jugaba nerviosamente con su varita en la mano. Una capa de lágrimas de impedía ver con claridad las cosas y las formas se distorsionaban, alargándose a causa de la humedad. Los párpados le pesaban a causa del cansancio y el llanto. Solo quería salir de allí.

Su memoria reprodujo por enésima vez la imagen de aquel haz de luz verde cruzando el comedor, perdido, que no iba hacia ningún lugar en concreto… Hasta que encontró el pecho de su madre.

Se encontraba arrodillado frente a su cadáver, al cual no se había podido acercar hasta que no acabó el duelo entre Voldemort y Harry. Con sumo cariño le cerró los párpados, para ocultar sus ojos carentes de vida. Suspiró y sollozó, ignorando el dolor que le causaban algunos cristales clavados en su ya magullada piel. Lloraba como un niño pequeño cuando una mano grande y fría se posó sobre su hombro. A Draco no le hizo falta girarse para saber quién era. El odio lo invadió y se puso de pie de un salto, dándole un fuerte puñetazo a la cara de su padre, quien perdió el equilibrio, desprevenido ante tal ataque. Sin embargo, no hizo nada por defenderse, sino que Lucius Malfoy observó a su hijo, con una mezcla de sentimientos pintados en la cara.

Fruto de la desesperación, o no sabía exactamente de qué. Draco comenzó a gritarle con todo el odio del que fue capaz a ese hombre, sin importarle que pudiesen escucharle y tomarlo por loco. Le gritó todo lo que sentía en su interior, todo lo que se había estado callando desde hacía mucho tiempo.

-¡Esto es culpa tuya! ¡Todas nuestras desgracias, absolutamente todas han sido provocadas por tu avaricia, por tu idiotez! ¡Solo tenías una labor, solo una, que era protegernos y ni siquiera fuiste capaz de eso! ¡Ella y yo- gritó señalando el cuerpo sin vida de Narcissa a sus pies- hemos sufrido por tu culpa! ¡Hemos hecho cosas que odiamos porque tú nos metiste en ello!- dejó de gritar para pronunciar con un peligroso susurro la última frase- Tú la has llevado a la muerte y deberías ser tú el que ocupase su lugar.

El hombre bajó la cabeza ante su hijo. Draco jamás lo había visto tan desliñado ni tan débil. Presentaba un aspecto frágil, como si se fuese a romper en cualquier momento. Su larga melena rubia, ahora más blanquecina estaba llena de nudos y despeinada. Una barba de varios días poblaba su rostro, envejeciéndolo, las ojeras casi invadían sus mejillas, una de ellas con un corte en plena emanación de sangre. Pero no le importaba, en ese momento, a Draco no le importaba nada de lo que le pudiese pasar a aquél malnacido, solo quería llevarse de allí a su madre, hacerle un entierro digno y recordarla todos los días de su vida como la heroína que para él había sido.

Recordaría su última conversación para siempre. Recordaría sus palabras de fuerza, de ánimo, de sabiduría. Recordaría su mirada llena de amor, recordaría cada detalle de su rostro, cada sonrisa.

Cuando dejó de gritar, Draco sintió la respiración acelerada, pero se sintió bien, se sintió sumamente bien cuando vio a Lucius dar la vuelta y marcharse, solo, como siempre debería haber estado. Lo odiaba, y le deseaba cualquier mal en ese mismo instante. Lo consideraba el culpable de todo. Más culpable incluso que al propio Voldemort.

De pronto, Draco se sintió derrotado, sin fuerzas para seguir moviéndose o hablar, de modo que volvió a dejarse caer en el suelo, de rodillas y a espaldas de su madre. No sabía si podía volver a mirarla, no sabía si soportaría ver su rostro sin vida de nuevo. Las lágrimas todavía seguían corriendo por su rostro de forma descontrolada. Y allí, en el suelo del Gran Comedor, o de lo que quedaba de él, no pudo hacer más que resoplar, suspirar, llorar y lamentarse por la enorme pérdida que acababa de sufrir.

Si todo hubiese sido diferente, si Narcissa solo hubiese estado dos metros más allá del rumbo de aquel maleficio… Ella todavía seguiría allí.


Sí, me he puesto melancólica con este capítulo, pero no he podido evitarlo U.u' También sé que he tardado mucho en actualizar (como siempre) pero bueno, hoy por fin lo he hecho y espero como mínimo volver a hacerlo en Pascuas. A ver si acabo en poco tiempo el fic, que ya le quedan muy poquitos caps :)

Muchos besos y hasta la próxima.