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El hombre de rojo — capítulo 1

Muchacho, recuerdo que cuando la gran guerra comenzó tu tío y yo estábamos viviendo en un apartamento londinense; éramos los típicos chicos de pueblo que habían decidido ir a la gran ciudad a hacer dinero y un nombre para presumir. Dirigíamos «El Caldero Chorreante». Hoy en día es un lugarcito bastante popular; algún día te lo voy a mostrar cuando visitemos la ciudad. Teníamos unos ocho meses administrando el local cuando la oficina de reclutamiento nos llamó; yo llegué a la revisión médica luciendo una venda que me cubría la pierna rota causada por la mordida de un hipogrifo, aunque hasta donde el examinador muggle supo la herida me la hice en un accidente industrial cuando una caldera explotó. Tu tío por otro lado era fuerte como un centauro y tenía la espalda ancha de un buey, se ganó un pasaje de ida a tierra de nadie en Alemania con una bayoneta de regalo. Yo, me quedé solo en Londres con una pierna rota y nada de dinero por causa del racionamiento; habría sido una locura quedarse ahí, por eso vendí el local y regresé a mi pueblo natal, Hogsmeade.

Al llegar allá me quedé a vivir en casa de tus abuelos; regresar a la casa materna después de haberte ido es como una derrota y tus abuelos me miraron como si lo que gastaron criándome hubiera sido un desperdicio ¡Más te vale que tú no tengas que hacer eso! Para no sentirme como un parasito busqué trabajo por ahí, conseguí oficio en un viejo local mugroso y de fachada gris; quedaba en el último rincón del pueblo y sólo era frecuentado por la gente más rara de este mundo. Las nevadas decembrinas habían cubierto enteramente el tejado del edificio, pero lejos de darle el aire pintoresco y navideño que tenía el resto del pueblo más bien era un ambiente deprimente. La fachada era de tablones de madera descolorida y las ventanas gritaban a vivas voces su mala calidad, sobre la entrada colgaba el grotesco anuncio que rezaba «Cabeza de Puerco». El dueño era un hombre que se veía algo cascarrabias pero de hecho bastante simpático; se llama Aberthof o Aberforth Dumbledore, no lo recuerdo. Me contrató por un salario bastante decente y me dejó a cargo de atender la barra y cuidar el lugar cuando él no estuviera. Yo era un cojo y esa era una oportunidad de oro con todos los racionamientos que el gobierno nos estaba poniendo por aquella época. Así que en diciembre de 1915 me convertí en gerente del local, listo para atender a toda la gente que había ido a pasar las navidades al pueblo.

Llevaba poco más de un mes trabajando en aquel tugurio cuando ese tipo apareció, despedía un olor que sólo puedo describir como una mezcla entre pescado podrido y el almizcle de un dragón en celo. Su caminar era lento y se jorobaba por el peso de un enorme costal de lona que siempre cargaba sobre su hombro derecho. Su traje aparentaba haber sido en un tiempo distante de un rojo sangre pero al momento de poner pie en la posada la mugre le había hecho tomar un tono casi indescriptible, aunque creo que aun se podría calificar de rojo. Recuerdo aun el sonido raspante de las botas de nieve contra el piso de madera del local, el constante meneo de su enorme cabeza de un lado a otro y ese endemoniado aroma que siempre impregnaba todo lo que tuviese cerca. Viéndome como el único encargado del lugar se me acercó, y entonces me dedicó una sonrisa con sus dientes sucios y amarillentos enmarcados por una larga barba blanca. De un tirón puso su enorme costal sobre la barra y dejó sus intenciones bastante claras, quería rentar la habitación de arriba hasta navidad. Yo le dije que tendría que esperar al dueño porque la verdad no tenía ni idea de si la habitación de arriba se estaba usando para algo.

El viejo Dumbledore era y creo que sigue siendo bastante descuidado, le importó un reverendo pepino que el hombre oliera como corral de dragón marino; con tal de que pagara a tiempo sus cuotas habría dejado que el piso de arriba lo rentaran un centauro como baño personal. Es un poco como tu tío o como tú, siempre está con la cabeza en las nubes; como ahora por ejemplo, que no dejas de mirarte los zapatos ¡Reacciona! Te estoy tratando de contar una historia ¿Dónde me quedé? Si, era 1915 cuando ese hombre decidió tomar la «Cabeza de Puerco» como nueva residencia. Siempre se levantaba muy temprano y se iba al pueblo cargando su gran costal y no regresaba sino hasta el medio día para almorzar. Siempre lo mismo, una cerveza de mantequilla y un plato grande de cocido de ciervo. Mientras comía le escuchaba murmurar cosas en un idioma que creo que era turco; entre un bocado de comida y otro miraba a la gente a su alrededor y anotaba rápidamente algo en un pergamino. Al principio no teníamos mayor problema con él que sus pocos modales en la mesa y el aroma a almizcle reptiliano; pero pronto se presentaron las quejas.

Primero fue la señora Tudipié, se quejó de que el hombre de rojo se quedaba todas las mañanas en frente de su local. Agitaba su cabeza de un lado a otro, le dedicaba miradas demenciales a los transeúntes y escribía algo en un pergamino mientras susurraba jerigonzas en turco. Según ella le estaba espantando a la clientela, así que yo como su posadero tenía que hacer algo. Yo no era el dueño de «Cabeza de Puerco» así que me desentendí. Pero luego recibí a un grupo de vecinos de la calle Woodcroft; llegaron furibundos diciendo que el hombre se había pasado hasta altas horas de la noche merodeando por sus casas y espiando por las ventanas hasta dejarlas empañadas con su aliento. Lo que más les alteró fue el olor inconfundible a él, ese almizcle rancio con el que perfumó toda la calle a su paso. Esas son sólo las que recuerdo pero sé que recibí decenas de quejas sobre ese hombre en lo que duró diciembre; la gente creía que era un criminal, un pervertido o alguna clase de monstruo. Pero como yo no era el dueño de la habitación que rentaba, no podía hacer nada.

La solución la colocó el propio Dumbledore, un día llegó de un viaje y me llamó a gritos. Yo salí corriendo y lo vi señalando el techo del local con una expresión de furia al mismo tiempo que gritaba «¡¿Qué carajo es eso?!». Yo miré para arriba y vi que del piso superior salía una chimenea humante. Con los ojos abiertos como platos no pude hacer nada sino contestar que no tenía la menor idea. Al parecer el inquilino de rojo se las había ingeniado para instalar una chimenea en su habitación sin que nadie se diera cuenta de que lo había hecho. Si una cosa no le gusta a Dumbledore es que se metan con su local, le tomó treinta minutos reunir a una multitud de vecinos enojados dispuestos a arrancarle la cabeza al hombre de rojo ahora que contaban con el consentimiento de su posadero. Así solucionábamos las cosas en aquellos días, la justicia de la muchedumbre.

Recuerdo como recién había caído la noche ese veinticuatro de diciembre, una suave nevada empezaba a caer sobre el pueblo y los perros callejeros aullaban de frío; fue entonces cuando la multitud furiosa entró en estampida al local. Aun se sentía en el aire el aroma a almizcle y pescado podrido cuando toda esa gente empezó a subir las escaleras con las varitas en mano, dispuestos a convertir a ese hombre en sapo sólo para tener el placer de destriparlo de un pisotón. Al frente de todos iba Dumbledore que, como si se tratara de una simple ceremonia y no de un intento genuino de lograr algo, giró la perilla. El cerrojo hizo un sonido y no se abrió, sonriente como si esa fuera una licencia para usar la violencia Dumbledore se echó a un lado. La multitud, a patadas, echó abajo la puerta.