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El hombre de rojo — capítulo 2
Chirriaba el piso de madera ante las ansias destructivas de la multitud, que se abalanzaba al interior del cuarto; pero el gentío se echó para atrás ante el poder abrumador que era la peste que despedía aquel lugar. Nadie había entrado a la habitación desde la llegada del inquilino y el aroma conjunto de todas las noches que había estado retozando entre aquellos muros era algo para lo que ningún hombre o bestia se encontraba preparado. Algunos maldijeron, otros tantos echaron a correr al baño con intenciones de exorcizar ese mal junto al contenido del estómago; la pobre señora Tudipié terminó vomitando sobre las personas que tenía más próximas al no poder moverse con libertad entre la densa multitud. El aroma vigoroso, que inicialmente hizo que la muchedumbre emprendiera la retirada estratégica, no fue un obstáculo durante mucho tiempo; Dumbledore se puso la varita sobre la nariz y tras un toque se aventuro al interior de esa morada con hedor infernal. Buscó bajo la cama, dentro del armario, detrás de todos los muebles y por la chimenea, pero no había señal alguna de a donde había ido a parar el inquilino. Frustrado al no haber concretado la venganza por haber remodelado su querido local, Dumbledore empezó a llamarme a mí a gritos.
Tras una primera reacción adversa al entrar al sitio, me coloqué el brazo con fuerza sobre mi nariz tratando de respirar por la boca. Compartía la confusión de mi jefe pues desde que vi subir al inquilino no había vuelto a tener señales de él en el piso inferior, era imposible que saliera sin ser visto pues su aroma a almizcle de dragón lo habría delatado. Escudriñamos toda la habitación sin tener la menor señal del individuo más que su penetrante aroma y la chimenea que ahora se encontraba junto a la cama. Finalmente di con algo que se encontraba soportando la pata de un escritorio; era un largo rollo de pergamino fruto de la unión de otros más pequeños. El escrito completo estaba en una letra apresurada y se dividía en dos columnas; la izquierda estaba encabezada por la palabra "Kötü" mientras que la derecha decía "Iyi". Escudriñé cada columna e identifiqué los nombres de todos en el pueblo, en la segunda columna reconocí mi propio nombre por lo que temeroso lancé el grito a la multitud que se encontraba afuera: «¡¿Qué significa iyi?!». Al día de hoy aun no sé quien fue el que me contestó del otro lado: «¡Significa buenos! ¡Es turco!».
Al desconocer el hechizo usado por Dumbledore me vi obligado a salir afuera para respirar de vez en cuando; pues aun aspirando por la boca el ambiente adentro se encontraba demasiado viciado. Finalmente, maldiciendo, nos dimos por vencidos y de un tirón mi jefe abrió la ventana para dejar salir toda la peste. En ese momento los cascabeles retumbaron sobre nosotros y todos nos agolpamos sobe la ventana para alargar el cuello hacia el cielo. Sobre los tejados de Hogsmeade volaba un trineo halado por renos mientras desde lo alto una fuerte risa resonaba predicando las bondades del jo y del jojo. Riéndonos de nuestra propia torpeza todos sentimos que el alma nos volvía al cuerpo; es un sentimiento curioso en verdad muchacho, uno se alegra de su propio despiste. Cuando bajamos las escaleras lo hicimos tranquilos y avergonzados, pues en ese momento pensábamos que estuvimos al borde de matar al viejo y bueno de San Nicolás.
Tu tío regresó de la guerra la navidad de 1917, me encontró completamente recuperado; pero creo que al «Cabeza de Puerco» no le gusta estar mucho tiempo sin un cojo entre sus filas pues al llegar lo hizo sosteniéndose sobre una muleta; un recordatorio contante de un trozo de metralla alemana que los médicos nunca le pudieron sacar. Le dieron un empleo como ayudante adjunto que era necesario pues, desde que me había recuperado, el viejo Dumbledore no había tenido reparos en ponerme más trabajo. Una de las primeras tareas que tuvo fue la de acomodar la vieja habitación de San Nicolás; lo primero en la lista, claro está, fue dejarla sin su chimenea navideña. Pasé un rato dando vueltas alrededor de ella pues quería ingeniármelas para trasladarla al salón principal; pero ya sabes como es tu tío, a la menor oportunidad sacó su varita e hizo volar por los aires media chimenea. Furioso por su desmaña y dispuesto a romperle la otra pierna, comencé a sermonear al veterano de guerra. Pero él no me prestaba atención. Finalmente señaló algo sumamente extraño en la chimenea destruida. Era un espacio de unos cincuenta centímetros entre el fondo de la chimenea y la pared real de la habitación, no parecía tener razón de ser dentro del diseño de la estructura. Por ello, agitando la varita, retiré los ladrillos que quedaban y lo que vi casi hizo que me cayera al suelo de la impresión.
Los cabellos que quedaban de lo que una vez fue una larga barba blanca salían cual alambres de la cara demacrada. Las fauces abiertas dejaban ver una dentadura blanca y limpia que contrastaba con todo el resto de la figura. Se encontraba envuelto en un abrigo de fino terciopelo rojo y sobre la cabeza llevaba un gorro puntiagudo con una borla en la punta. De los ojos poco quedaba pues las cuencas no eran más que posos de una substancia viscosa y maloliente en la que se identificaban larvas de mosca. La famosa barriga había servido de alimento a cualquier cantidad de hongos e insectos carroñeros que la habían abierto y volcado su contenido en los escasos centímetros que separaban el fondo falso de la verdadera pared. Habían emparedado a San Nicolás.
Por eso es que cada nochebuena muevo el sofá para bloquear la chimenea y duermo con la varita bajo la almohada, tu tío aun mantiene al alcance el rifle de la gran guerra que guarda en el armario de su habitación a la espera de intrusos de fin de año. Casi nunca duermo esas noches y siento un profundo escalofrío cuando escucho a los renos posándose sobre el tejado de las casa vecinas. Trato de no pensar en ello pero no puedo dormir; me aterra pensar en quien es el que aun reparte los regalos.