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¿Y los regalos? — capítulo 1

¿ Y LOS REGALOS ?

Algo romperse hizo eco en la habitación, despertando a Harry de su sueño ligero. Estaba seguro que había soñado algo con Umbridge; como que era aplastada por un centauro tamaño gigante. No hace mucho que se había acostado: habían preparado los regalos, y eso había sido un arduo trabajo para todos los adultos. Ginny, a su lado, se revolvió incómoda pero no despertó. El mago la zarandeó con suavidad para que reaccionara.

            ― ¿Ginny? ¿Oíste eso? ―susurró.

            La pelirroja no contestó. No lo hizo al menos, hasta que alguien alto y delgado irrumpió en la habitación.

            ― ¡Harry! ―farfulló Ron, prendiendo la luz y revelando el color rosado palo del dormitorio ― ¿Oíste lo que yo oí?

            Su pelo rojo estaba disparado y tenía una mancha desaliva en la mejilla. Tras él apareció Hermione, con cara de preocupación y cabello muy enmarañado. En ese momento, Ginny se enderezó con el ceño fruncido, un poco harta.

            ― ¿Qué pasa aquí? ―inquirió con voz ronca. Estaba cansada; se había pasado el día entero porque, al día siguiente, llegarían sus padres a almorzar, con el resto de los Weasley.

            ―Ron ha oído algo que yo oí también ―explicó Harry colocándose los lentes que estaban sobre la mesa de noche.

            ―Creo que ha venido de la sala―dijo Hermione mordiéndose el labio y mirando hacia atrás, como si temiera que, de pronto, apareciera un Santa Claus asesino.

            Harry y Ginny se levantaron y se prepararon, tomando sus varitas.

            ―Quizá algún vagabundo entró a robar ―razonó Harry prendiendo la luz de la punta de su varita e iluminando el pasillo de la casa Potter.

            Hermione y Ron habían ido con sus hijos a pasar la Navidad con ellos, y habían estado durmiendo en la habitación contigua.

            Con cuidado, empezaron a bajar la escalera.

―Harry, tenemos luz eléctrica. ¿No sería más fácil que la encendieras antes que nos Ron se tropiece y caigamos todos? ―preguntó Ginny.

            ―Claro, tienes razón ―con un movimiento de la varita, la sala quedó iluminada.          Continuaron bajando y observaron el lugar durante unos segundos, hasta que todos dieron un grito ahogado, comprendiendo lo que había sucedido.

            ― ¿Y los regalos? ―masculló Hermione, cubriéndose la boca con ambas manos.

            De los más de treinta regalos que habían estado amontonados en el árbol de Navidad, no había rastro de ellos. Ni siquiera una cinta o un trozo de papel. Era como si jamás hubiesen existido.

            ― ¿Quién diablos habrá sido? ―preguntó Harry, acercándose a las ventanas y mirándolas. No había nada que indicara que habían irrumpido en la casa. Pero, a veces, con magia podían borrarse todos los rastros.

―Definitivamente, no fue un muggle ―concluyó Ron. Se puso las manos en el estómago ―. Ginny, ¿queda de ese pie de frutas que cocinaste?

            ―Creo que fuiste tú el que se lo comió todo.

            ―Ah, cierto. Bien, ¿qué haremos? Hemos preparado esta noche con mucho tiempo de anticipación; no podemos dejar a los demás sin regalos. Ni a nosotros mismos.

            Harry asintió, cruzándose de brazos.

            ―Lo más importante, chicos, es que esto ha sido un robo ―recordó Hermione haciendo un gesto petulante con la mano. Ginny asintió con fervor ―. Hay que averiguar quién fue.

            ―Pero primero debemos recuperar los regalos ―contradijo Ron.

            ―No podemos recuperar los regalos si no sabemos quién se los robó ―terció Ginny rodando los ojos.

            ―Así que, antes de averiguar quién fue el que robó, debemos conseguir nuevos regalos ―suspiró Harry.

            No era que le importara lo material, con los Dursley se había acostumbrado a ser muy sencillo. Pero en esos tiempos, siendo padre de tres hijos, le gustaba darles todo lo que necesitaran, fuera tangible o no. Y esa no iba a ser la Navidad en que se permitiría dejar a sus hijos con las manos cruzadas.

            ―No podemos conseguir regalos a esta hora ―dijo Ginny tocándole el brazo a su esposo con cariño.

            ―No, tienes razón… ―carraspeó y miró a Ron, quien comprendió su mensaje.

            ―Claro, no hay nada abierto a esta hora ―corroboró.

            ― ¡No! ―saltó Hermione, entendiéndolo todo.

            ― ¡Shh! No hablen tan alto, no podemos despertar a los niños, sino se enterarán de lo que ha ocurrido y no podremos hacer nada… ―solicitó la pelirroja haciendo un excesivo movimiento de manos.

            ―Miren, nos han robado… ¿por qué no podremos robar nosotros también? ―preguntó Ron como si fuera lo más normal del mundo.

            Hermione bufó.

            ―No pensé esto de ti, Ron. De ti tampoco, Harry.

            ―Tú lo hiciste cuando acompañamos a Harry a destruir Horrocruxes ―se defendió Ron.

            ―Pero yo dejaba el dinero, ¡siempre pagué!

            ―Podemos hacer lo mismo ahora ―apoyó Ginny, sentándose en un sillón ―. No es necesario que robemos, podemos pagar también.

            Harry dudó.

            ―El problema es que el Callejón Diagon, Hogsmeade y todas los lugares de tiendas mágicas, están protegidos por encantamientos también, y nos pillarán. Lo que menos necesitamos es ir a parar a Azkaban por esto.

            ― ¿No ven? Es una mala idea ―insistió Hermione, comenzando a pasear por la sala ―. Tal vez podamos cocinar algo… no sé, algún pastel y se lo damos como regalo…

            ―Mejor que cocine Ginny ―farfulló Ron, mirando hacia el techo.

            ― ¡Gracias, querido! ―ironizó su esposa, lanzándole una mirada asesina ― O podemos darle algo que tenga valor para nosotros. No sé, Harry tiene ese reloj…

            ―No voy a regalar mi reloj aún. Se lo daré a James cuando cumpla los diecisiete ―se negó Harry.

            ―Entonces no sé. ¡Propongan ideas ustedes!

            ―Podemos ir a una tienda muggle ―ideó Ginny ― Congelamos las alarmas y las cámaras. Nadie sabrá que estuvimos allí y podremos hacer nuestro trabajo tranquilos.

            ―Excelente idea, hermana. También podremos no pagar. Ninguno de nosotros tiene dinero muggle.

            ―Yo sí, Ron ―respondió Hermione con antipatía.

            ―Estamos perdiendo tiempo ―dijo Harry ―. Miren la hora, son las tres de la mañana, y a las ocho se querrán levantar a mirar sus regalos. Tenemos que hacer algo ya.

            ―Pongámonos nuestras túnicas y ya está. Como ya no nos queda la capa de Harry, podremos desilusionarnos ―replicó Ron con una sonrisa ―. ¿No que habíamos dicho que esta Navidad tenía que ser la mejor de todas?

            ―Y tienes razón ―Ginny, se reincorporó ―. Vamos, arreglémonos y vamos por esos regalos.

            En fila india subieron, haciendo el menor ruido posible. Se calzaron las zapatillas, se colocaron gruesas túnicas de viaje y volvieron a bajar, asegurándose que no los descubrieran los niños.

            ―Dejemos todo bien cerrado, antes que nos roben el árbol también ―dijo Harry ―. Por cierto, oí que algo se había quebrado. No veo nada en el suelo.

            ―Yo tampoco ―corroboró Ron, echando un vistazo a su alrededor.

            Salieron de la casa con sigilo, se desilusionaron unos a otros para poder camuflarse con el entorno, y desaparecieron.

            Mientras tanto, en la sala, James, Hugo y Albus se sacaron la capa invisible de encima. Estaban tras el sillón largo.

            ―Pensé que papá iría a buscar su capa ―dijo Albus tragando saliva ―, menos mal que tu padre dio otra idea ―miró a Hugo con cara de alivio.

            James se paró y recogió los trozos de plato que había quebrado para dar alarma a sus padres.

            ―Al menos nuestro plan funcionó ―sonrió ―. Vamos a avisarles a las chicas. Esto será divertido.

            ―Ya lo creo ―farfulló Hugo ―. Por cierto… ¿no tienes algo para comer? Muero de hambre.

            Tras hacerse unos emparedados, subieron a la pieza de las chicas, donde habían escondido todos los regalos. Parecía una selva de cajas amontonadas, de todos los colores.

            ― ¿Y? ―dijo Rose.

― ¿Ha funcionado? ―preguntó Lily con los ojos brillantes de emoción.

            ―Ha ido de maravillas ―contestó James guiñándole un ojo a ambas niñas.

            ―¡Nos van a comprar regalos muggles! ¿Lo pueden creer? ―dijo Hugo emocionado. Se parecía mucho a su abuelo cuando oía la palabra "muggle".

            ―Ya quiero ver la cara de nuestros padres cuando se enteren que hemos sido nosotros.

            ―¿"Nosotros"? ―preguntó Rose arqueando las cejas, asemejándose letalmente a su madre.

            ―No seas así, Ro ―dijo Lily con el ceño fruncido ―, nosotras también hemos ayudado.

            ―¡Ese es el espíritu Potter! ―Exclamó James alzando el puño derecho con fuerza ― Teníamos que darles su merecido. Últimamente andan fanatizados con los regalos, sobre todo papá…  ―dijo con voz solemne.

―Exacto, ese no es el espíritu Navideño que debemos tener. Hasta nosotros, que somos más inmaduros, sabemos de lo que realmente se trata ―reprochó Hugo seriamente ― ¿No habrá chocolate por ahí?

            ―No ―contestó Rose ―. Los he palpado y ninguno tiene aspecto de ser un chocolate. Y acabas de comer. Te pareces a un cerdo... o a papá.

            Suspiraron.

            ―¿Qué tal una guerra de almohadas? ―dijo Albus, arrancando la que tenía Rose debajo de su espalda.

 ―Bien, bien… ―dijo Ron, mirando la solitaria calle de Londres, de postes de luz titilantes. Todos estaban temblando de frío y castañeaban los dientes―¿A qué tienda entramos primero?

            ―Eso es lo que tendremos que buscar… ―farfulló Ginny observando la infinita cantidad de tiendas que se divisaban calle abajo.

            Sería una larga noche… y estaba comenzando a nevar otra vez.