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¿Y los regalos? — capítulo 2
¿ Y LOS REGALOS ?
Parte II
― ¿Qué es esto? ―preguntó Ron, subiéndose encima de una máquina amarilla con ruedas y un manubrio― ¿Es uno de esos coches muggles? ―miró a Hermione que estaba a su lado, analizando una grabadora de último modelo ― ¿Crees que le guste a Hugo?
―Ron, eso es una cortadora de pasto, y no, no le va a gustar a Hugo, a menos que quieras que la use cuando esté castigado.
El pelirrojo miró el objeto con aceptación, pensando que sería un regalo muy original. Lo señaló con la varita…. haciendo que partiera a toda velocidad y se estrellara contra un aparador de taladros. Uno estuvo a punto de caerle en la cabeza a Harry.
― ¡Ron, eres estúpido! ―le espetó Ginny, volviendo las cosas a su lugar.
― ¡Lo siento! ¡Se escapó solo! ―explicó Ron, guardando la varita en su pantalón y alzando las manos.
Continuaron registrando la tienda durante unos cuantos minutos, hasta que Harry se hartó.
―Miren, mi tío trabajó con taladros, y estoy seguro que jamás quise uno. Ni tampoco una cortadora de pasto o una… ¿llave inglesa? La grabadora, tal vez. Dudley tuvo una. ¡Pero no! No, esto está mal. Hay que ir a una juguetería.
Hermione dio un respingo.
― ¿Y qué es lo que yo dije primero? ¿Es que soy la única que me escucha?
―Sí, Hermione ―contestaron su esposo, Harry y Ginny al unísono.
Salieron del lugar y caminaron, temblando de frío, quedando clavados hasta las pantorrillas en la nieve, a la juguetería que estaba calle arriba.
Nuevamente, Hermione se encargó de desactivar la alarma. Harry apagó las cámaras, Ginny hizo desaparecer la puerta para entrar sin problemas, y Ron, con su desiluminador, se encargó de que todos tuvieran suficiente luz a su lado para buscar los regalos.
Ya estando allí, la situación fue mucho más fácil: había muñecas y peluches por doquier, autos a control remoto, masas moldeables, sets de armamento de guerra, peluquería, belleza, medicina, cocina, de costura, pistas de carrera… Eran demasiadas cosas, y terminaron por "comprar" de todo un poco.
― ¿Este horno cocina de verdad? ―preguntó Ginny observando el interior de una caja pequeña ―Usa pilas. Mi padre estaría fascinado.
―Tal vez eso podamos darle a papá ―farfulló su hermano frunciendo el ceño, como si estuviera en la duda de si era una buena idea o no.
―Tienes razón ―replicó la pelirroja ―. Hay que llevarlo.
Hermione se quedó fascinada mirando unos juegos de mesa de cultura mundial.
― ¿Qué te parece si le llevo esto a Rose? ―le preguntó a Harry, quien se había puesto a jugar con un Tetris.
―Siempre quise tener uno de estos ―comentó con anhelo ―. Y, bueno, todo lo que sea aburrido le va a gustar a Rose, Hermione. Se parece bastante a ti.
― ¡Harry! ―le dio un golpe en la cabeza, aunque risueña.
Sintieron que estaban listos cuando dieron las cinco de la mañana, pero no se marcharon sin sacar cien pliegos de papel para regalo. Hermione adaptó un bolso de juguete, con el encantamiento de extensión indetectable, para que pudieran guardar todo y no andarse paseando por la calle sospechosamente con diez bolsas de juguete cada uno.
Desapareciendo juntos, regresaron a la casa de los Potter. Entraron con sigilo. De buena gana, se habrían ido a dormir un rato, pero el problema no acababa allí. Debían envolver los regalos y colocarles los nombres. Con magia fue fácil, pero a Hermione era a la única que le quedaban bien empaquetados, por lo que dieron las seis y media cuando el árbol de Navidad, por fin, quedó rodeado de hermosas cajas de regalos.
―Uf, quedé exhausto ―se quejó Ron dejándose caer en el sillón como un mártir.
―Mejor quédate callado ―le advirtió Hermione. Estaba ojerosa y parecía de mal humor.
― ¡Silencio! ―farfulló Lily colocándose un dedo ante los labios ― Creo que suben a descansar la hora y media que les queda para dormir.
Rieron maliciosamente, en silencio. Y, luego, los cinco niños aguardaron a que dieran las ocho de la mañana, para darles la sorpresa a sus padres.
Cinco minutos antes de que se cumpliera la hora, acarrearon los regalos abajo otra vez, para dejarlos ordenados y vistosos.
―Ya, Albus ―dijo James con voz de mando ―. Tú eres el menor, así que debes ir a despertar a nuestros padres.
― ¡Yo no soy el menor! Lily tiene que ir.
―Yo soy más madura que tú ―se defendió ella, con altivez.
―Ya, no peleemos ―ordenó Rose, alzando los brazos para hacer presencia ―. Gritemos todos desde acá, a la cuenta de tres. Uno… dos… ¡Tres!
― ¡Papá, mamá, los regalos!
― ¡Es hora de abrir los regalos, vengan a verlos!
― ¡El árbol está rebosante! ¡Es genial!
En fila, y a paso lento, bajaron las dos brujas y los dos magos, con el fin de acompañar a sus hijos en la apertura de los obsequios. Estaban aún medio dormidos. Hermione, por supuesto, fue la primera en reaccionar ante lo que tenía ante sus ojos. Eso le quitó todo rastro de sueño.
― ¿No les parece… que hay como el doble de los regalos que dejamos esta mañana? ―masculló entre dientes.
― ¡Miren! ¡Los regalos! ―saltó James, con felicidad sobreactuada.
Harry limpió los lentes antes de creer lo que veía.
―Se parecen a los anteriores… son los mismos papeles dorados, verdes y rojos ―respondió Ginny, como una ventrílocua.
― ¡Eh! ―dijo Ron, quebrando toda discreción ― ¿Qué no eran menos regalos? ¡Estos son los mismos que teníamos!
Entonces, al ver la reacción de sus padres, los niños se largaron a reír con descontrol. A esa altura, la claridad del día había invadido la sala.
― ¿Qué sucede aquí? ―gruñó Harry imponiéndose ante sus tres hijos ― ¿Qué hiciste, James?
― ¿Y por qué señalas a mí? ¡Lily fue la de la idea!
― ¡No me culpes a mí! ―le mandó un manotazo en la cabeza a su hermano.
― ¡Basta!
Todos creyeron que había sido Hermione la que había pegado el grito, pero fue su copia en miniatura quien había alzado la voz. Nuevamente, estaba con esa pose de niña pacificadora.
―Todos tuvimos esta idea ―aclaró con dignidad.
―Sí, queríamos esconderles los regalos ―admitió Hugo con una amplia sonrisa en la cara ―. Estaban demasiado preocupados por obsequiarnos cosas, y sólo queríamos algo en familia.
Ron sacó la varita y abrió los ojos amenazadoramente.
―Ahora van a saber lo que es bueno, enanos.
― ¡Ron! ―esa vez sí había sido su esposa ― No lo hagas ―se aproximó hacia los cinco niños ―. Explíquennos por qué lo hicieron.
―Lo acabamos de hacer ―contestó Rose, mirando a su madre con extrañeza ―. Ustedes estaban preocupados por los regalos. Queríamos que se relajaran…
― ¡¿Relajarnos?! ―Chilló Ginny con la cara colorada.
― ¡Pensamos que habían entrado a robar!―refunfuñó Harry.
―Pero sólo fuimos nosotros. Escondimos los paquetes en la habitación de las chicas. Sólo queríamos darles una lección ―dijo Lily como si fuera algo sin importancia.
―No es gracioso ―continuó Harry, con el ceño fruncido.
―Sí es gracioso ―contradijo Albus ―. ¿No ven? A eso vamos, siguen preocupados porque creyeron que habían robado los regalos. ¿Y qué? ¡Estamos juntos!
―Albus y sus palabras rosas― se burló James ―. Pero tiene razón. Por eso lo hicimos. Lo hicimos con buenas intenciones, aunque parezca lo contrario.
Los cuatro padres se miraron y se quedaron pensando unos momentos. Estaban admitiendo que lo niños estaban en la razón.
―Lo sentimos si tuvieron que ir a comprarnos nuevas cosas ―dijo Rose con dulzura ―. Pero, ¿a que no lo pasaron bien?
―Lo pasamos excelente. Tan bien, Rose, que te prohibiré leer tus libros de Runas Antiguas ―resopló su papá.
― No, eso no, Ron. Debe seguir estudiando ―desacordó Hermione ―. Entendemos. No serán castigados, pero…
― ¿Ah, no? ―dijo Ginny con voz peligrosa.
―Tendrán que ustedes ir a devolver los regalos que sacamos de la juguetería ―continuó Harry, impertérrito, aunque con una sonrisa irónica en los labios.
― ¿QUÉ? ― saltaron todos, observando a sus padres con disgusto.
―Es eso o algo peor. Elijan ―repuso Ginny con severidad.
Ante la mirada de la pelirroja, nadie se negó.
― ¿Podemos ver todos los regalos, no? ― preguntó Lily, pestañeando varias veces seguidas.
Los mayores estuvieron de acuerdo, y se sentaron junto a sus hijos, rendidos, pero finalmente contentos. ¿Qué mejor que tener a unos hijos desinteresados y divertidos? No podían pedir más que eso.
― ¿Y para qué quiero un horno en miniatura? ―inquirió Rose mirando el primer paquete que había tomado.
― ¡Ah! ―Ron se lo arrebató ― Eso no es tuyo. Es de tu abuelo.
Ese fue el único obsequio que dejaron aparte. Los niños se encargaron, como les correspondía, de colocar los juguetes en el bolso que Hermione había encantado. Más tarde, y antes que llegara el resto de la familia, tendrían que encargarse de vivir su propia odisea, y devolver todas esas muñecas, pelotas y juegos electrónicos, a la tienda.
¡Qué forma de comenzar el día! No era la ideal, pero estaban en familia. Además, era Navidad.