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En familia — capítulo 1
Sentado y en silencio, miraba el pequeño paquete que sostenía entre sus manos. ¿Por qué seguía haciendo caso a su abuela? No merecía la pena pasarlo tan mal, solo para… Negó con la cabeza, molesto por sus propios pensamientos y miró el corredor. Magos y brujas de diferentes edades y nacionalidades, paseaban por aquel triste lugar.
Suspiró volviendo la vista a su regalo. Siempre les regalaba lo mismo. Año tras año, una y otra vez, regresaba con lo mismo. Una foto. Una maldita foto, para intentar que ellos recordaran. Pero nunca lo hacían y él se sentía fatal y muy triste.
Su abuela hacía todo lo que podía por tratar de animarle y él valoraba el esfuerzo, pero aún así… Apartó los ojos del alegre envoltorio de color dorado y lazo rojo, que cubría la foto y volvió a recorrer el pasillo con la vista.
Habían adornado las paredes, como cada año, con motivos navideños. Espumillones de diferentes colores por doquier. Un pino natural, apostado en cada una de las puertas de entrada del ala. Pequeñas figuras, que se balanceaban colgadas de las paredes y que cada vez que alguien pasaba por su lado, lanzaban diminutos chorros de copos de nieve o purpurina. Había algunas incluso, que se ponían a cantar villancicos. Siempre en un volumen muy bajo, pero el suficiente para conseguir entristecerle.
Nunca le habían gustado las navidades. No solo por el hecho de que sus padres, no estuvieran con él, sino porque al vivir con su abuela, ella siempre invitaba a su grupo de amigas a casa. Imaginaos a un pobre chico, rodeado de ancianitas con ganas de bailar. Neville sonrió recordándolas.
—Hola, joven.
Neville alzó la vista, sorprendido por que alguien se hubiera fijado en él.
—Profesor Lockhart —dejó el regalo sobre la silla y se levantó por educación—. ¿Cómo se encuentra hoy?
—¿Profesor? Ja, ja, chico... —rió—. Me sigue haciendo mucha gracia, que me llames profesor.
La visión de Lochkart se desenfocó y Neville se apresuró a hablar de algo.
—¿Se ha terminado el libro que le dejé? —preguntó consiguiendo que el hombre le mirara.
—Ah… Sí… Bueno, no lo he terminado. Aún no… En realidad, el tema de las plantas… No me entusiasma demasiado, lo siento.
—No pida disculpas —sonrió Neville—. De acuerdo… ¿qué tipo de libro le gustaría leer?
—Oh, eh… —Lockhart se llevó una mano a la cabeza y se atusó el pelo rubio. No había perdido su tono rubio bebé, pero su rostro, parecía haber envejecido veinte años en tan solo cinco—. ¿Tienes alguno de acción? Tengo la impresión, de que me gustará leer algo sobre magos venciendo a seres sobrenaturales o algo por el estilo… ¿Crees que tendrás algo así?
Neville se carcajeó. Lockhart, aun con los recuerdos totalmente borrados, seguía teniendo ese aire de aventurero.
—Claro, profesor. No dude que encontraré algo a su medida. La próxima vez que venga, se lo traigo.
—Gracias, hijo… —Giró la cabeza hacia atrás y con los ojos muy abiertos, miró a una enfermera que se dirigía hacia ellos—. Vas a tener que disculparme —susurró acercándose mucho a Neville—, pero me he escapado de mi baño y mucho me temo, que me han encontrado… —Volvió a mirar a la mujer y retorció las manos—. Creo que será mejor que siga mi camino joven. Encantado de haber charlado. ¡Adiós!
Con rápidas zancadas, el mago se alejó del chico, aunque no dejaba de mirar por encima del hombro para ver si le seguían. Neville sonrió y saludó a la enfermera cuando pasó por su lado.
—¡Gilderoy, vuelva aquí! ¿Acaso quiere apestar cuando vengan a verle? —dijo la mujer, apresurándose para alcanzarle.
—¡Nunca! —exclamó justo antes de echar a correr.
Neville les miró salir por la puerta y volvió a sentarse. Le dio unas vueltas al regalo aún con la sonrisa en la cara. Entonces, la puerta de su derecha se abrió. Sus ojos se quedaron clavados en un punto del suelo.
—Hijo…
Era su abuela. Neville suspiró y asintió. No estaba preparado para entrar. Había pensado que sí lo estaría, pero se había engañado a sí mismo. Levantó la cabeza y la miró.
Había dejado el sombrero del pájaro en casa y lo había sustituido por uno más navideño. En un ala llevaba una enorme cabeza de reno, con astas incluidas. Lo que Neville no entendía, era cómo una mujer de su edad, podía llegar a soportar semejante peso en el cuello.
Se puso en pie y soltó todo el aire que le quedaba. Como todos los años en navidad, su abuela se habría encargado de alegrar la habitación de sus padres y de vestirles con algún atuendo navideño.
Ella lo desconocía, pero en una ocasión, durante uno de aquellos pequeños y fugaces momentos de lucidez de su madre, ésta le confesó que le parecía ridículo que les pusiera un sombrero de Santa Claus o una nariz de Rudolf. Neville, más feliz que nunca al oírle decir aquello, se echó a reír, pero antes de que pudiera responderle nada coherente, su madre ya se había ido. Encerrada en sí misma una vez más.
Sacudió la cabeza, y se llevó una mano a los ojos para restregárselos. No, definitivamente, aquellas navidades no distarían mucho de las anteriores. Por mucho que su abuela intentara alegrar la habitación y el aspecto físico de sus padres, el hecho de que ellos no pudieran disfrutarlo como el resto del mundo mágico, no cambiaba.
Nadie llegaría con el regalo acertado para ellos, simplemente, porque ese regalo no era posible, no existía. Sus padres, habían dejado de vivir en el mundo humano, para permanecer en su propio mundo. Al menos, Neville esperaba que allá donde estuvieran, tal vez encerrados en esa pequeña zona de su mente, se encontraran unidos; que el permanecer juntos en la misma habitación, les ayudaba a no perderse el uno al otro y los recuerdos que tenían de los dos, no hubieran caído en el olvido absoluto.
Recuerdos que no incluían a su hijo Neville. Un chico de 17 años, que en ocasiones, seguía necesitando unos padres. Seguía necesitando el consejo de los adultos a la hora de las grandes decisiones.
Solía ir a hablar con su madre, y se quedaba con ella durante horas, contándole cosas sobre su día a día. Sobre sus planes de futuro. Que estaba pensando estudiar Herbología muy seriamente y que su mayor meta e ilusión en la vida, era ser profesor de ésta materia en Hogwarts. Pero ella nunca le respondería. No le animaría como hacían el resto de las madres.
Era en navidades, cuando más echaba en falta esas palabras de cariño y apoyo. Con todo el mundo celebrando la unión familiar, él sentía más que nunca esa falta. Intentaba permanecer entero y aguantar las fiestas de su abuela, pero lo único que deseaba, era poder perderse también. Saltarse aquella época y visitar a sus padres sin ningún adorno, ni zalamería. Solos, sus padres y él.
—Cariño —sintió la mano de su abuela en el hombro—, creo que deberías entrar ya. Te están esperando…
Neville alzó las cejas, sorprendido. ¿Por qué había dicho que le esperaban? Ella nunca hablaba de ese modo sobre sus padres. No les trataba como si pudieran reconocerle. No sabiendo lo mal que lo pasaba en aquellas fechas. Por nada del mundo se burlaría de él así.
—Abuela, ¿qué…?
—Entra. Te llevarás una grata sorpresa… —su abuela sonrió, algo extraño en ella.