Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← En familia · de

En familia — capítulo 2

Neville asintió. Dio unas vueltas más al paquete, y resopló antes de seguir a su abuela. No entendía a qué venían el entusiasmo y la felicidad en ella. Alzó la cabeza y no pudo evitar sonreír una vez más, al ver que por la puerta de acceso al pasillo, entraba la enfermera, guiando al profesor Lockhart del brazo. El mago llevaba la cabeza gacha y se dejaba conducir por la mujer. Tenía aspecto de ser un preso al que escoltaban de nuevo a su celda. Neville esperó hasta que llegaron a su lado y miró con las cejas alzadas al hombre.

*—*Ánimo, profesor. No puede ser tan malo ese baño, ¿no?

—Me encanta bañarme —dijo con expresión infantil—. La enfermera Doris, aquí presente —le lanzó una sonrisa coqueta a la mujer—, hace aparecer unos peces, ¡que me hacen cosquillas en los pies! Gilderoy, comenzó a reír de forma escandalosa, hasta doblarse por la mitad y cuando al fin cesó las risotadas, se quedó mirando a Neville con expresión distraída.

—Y si le gusta bañarse… ¿Por qué huía?

—¿Huir? La enfermera, ha venido a buscarme como todos los días, hallándome en pleno paseo. No sé de qué me hablas, chico —se puso serio súbitamente. —Oh, discúlpeme profesor. He debido equivocarme de persona… —se llevó una mano a la frente golpeándose—. ¡Ya ve! Tengo recordadora, ¡pero nunca consigo recordar nada! —¿Tienes una recordadora? ¿Puedo verla? —se separó de la enfermera para acercarse. —Claro, siempre la llevo en el bolsillo… —Lockhart abrió mucho los ojos, emocionado. Neville bajó la voz y miró a la enfermera con las cejas levantadas—. ¿Cree que …? —Adelante —se encogió de hombros, sin importarle la alegría de su paciente.

—Bien… Un momento… —rebuscó en el bolsillo del pantalón que su abuela había encantado, para que tuviera más fondo. Y cuando al fin la encontró, sonrió:— Tenga, profesor —dijo moviendo la bola transparente frente al mago. En un segundo, una nube rojiza invadió el centro—. ¿Lo ve? Algo he olvidado, pero no sé qué es… Creo que ya no la necesito y estaría encantado de confiársela a usted. Neville la dejó sobre la palma y Gilderoy, con una temblorosa mano la tomó. Por su expresión, parecía a punto de llorar. Entonces, el oscuro interior se aclaró y quedó puro como el agua. —Al parecer, no tiene usted nada desatendido en estos momentos —dijo Neville. De un brinco, que sorprendió incluso a la enfermera Doris, Lockhart se lanzó al cuello de Neville y le dio un fuerte abrazo. El chico se lo devolvió con una sonrisa y miró a la mujer, tratando de disculparse por entretenerles. —Gracias, hijo… Muchas gracias. No te quepa duda alguna, de que siempre recordaré este gesto. Siempre —le brillaban los ojos de emoción—. Pero yo no tengo nada para ti… —No tiene que darme nada… —dijo ruborizándose. Pero entonces, se le ocurrió algo—. Aunque… Otro día, me pasaré por su habitación y me dedica una de esas miles de fotografías que tiene, ¿de acuerdo? —el hombre asintió sin poder hablar. —Vamos, Gilderoy. Es hora del baño —la enfermera tiró de él y se lo llevó hacia el otro lado.

Neville les miró marchar.

Se daba cuenta de que estaba retrasando el momento de entrar en la habitación. ¿Por qué seguía haciéndolo? Todos los años igual y al final, tampoco era para tanto… Cada año, iban y pasaban un rato con sus padres. Pero él, prefería mil veces ir cualquier otro día. "Cualquiera antes que en Nochebuena". Suspiró.

Solo tendría que aguantar allí dentro un rato. Fingiría que era feliz delante de sus padres, que le gustaban las navidades y las repetitivas anécdotas que su abuela les contaba y después, podría marcharse a casa. Fantaseó pensando el tiempo que pasaría en su pequeño invernadero. Ese que tras mucho insistir, había conseguido que su abuela accediera a construir en el jardín trasero de la casa. Un invernadero donde solía pasar horas y horas, cuidando de sus plantas, regándolas, trasplantándolas y dándoles los cuidados que necesitaban. Miró la puerta que había quedado entreabierta. Era extraño que no se oyera la áspera voz de su abuela, hablándole a su hijo a gritos o cantando alguna de las canciones que tanto le gustaban. Avanzó hacia la puerta con el regalo en la mano, y la empujó suavemente. Cambió automáticamente la expresión y puso en su boca, lo que pensó sería una sonrisa casual y agradable. Pero un fogonazo de luz, le recibió al empujar la puerta y la sonrisa se transformó en una mueca, dejándole clavado en el lugar. Con una mano en el pomo de la puerta, y el regalo levantado en el aire. Sacudió la cabeza atontado, pestañeando con fuerza para despejarse. Mas solo consiguió que su sorpresa aumentara.

—Feliz navidad, Nev… —una chica rubia, con un vestido verde de flecos, se acercó a él para abrazarle y besarle la mejilla—. Aunque, técnicamente… aún no es navidad —llevaba una enorme cámara de fotos colgada al cuello y sonreía divertida. —Luna… —Neville recibió el beso y el abrazo, pero no fue capaz de devolvérselos— . ¿Qué…? ¿Qué hacéis…? —balbuceó sin conseguir preguntar nada coherente. Cuando su abuela le dijo que debía entrar porque le estaban esperando, no imaginaba que todos estarían allí. Sus amigos del colegio, se habían acordado de él. Clavó los ojos en su abuela, quien también sonreía emocionada. —Feliz navidad, cariño —le dijo con voz amable.

— Técnicamente…

*—*Lo sé, querida, lo has dicho cinco veces ya… —refunfuñó la señora Longbottom.

Neville sonrió y se dejó guiar por Luna hacia dentro.

Exceptuando a Harry, nunca había hablado con nadie acerca de sus padres. Obviamente, al haber pertenecido al E. D., todos conocían la situación en que se encontraba el matrimonio Longbottom, pero suponía que por respeto, nadie se había atrevido a hablar del tema con él.

Pero verlos allí juntos y sonriéndole, fue un choque de sentimientos. Se quedó mudo por la sorpresa, pero sus ojos mostraban todo la emoción que estaba sintiendo en ese momento. Les miró uno por uno.

Eran sus mejores amigos. Aquellos junto a los que había peleado, por la libertad del mundo mágico.

Harry, de la mano de Ginny; ambos vestidos con uno de los famosos jerseys de la Señora Weasley. Ron junto a Hermione, sonriendo emocionados y también con jerseys de manufactura Weasley. Y Luna, guiándole como siempre. Su vista se dirigió por último a sus padres, que se encontraban en el centro del grupo, sentados en sus sillas de ruedas.

Estaban como siempre, observando al chico nuevo que acababa de entrar, pero que nunca llegaban a reconocer.

*—*Ponte aquí, Neville —le indicó Luna, situándole detrás de sus padres, entre Ginny y Hermione—. Y ahora, una foto para el recuerdo…

Luna se alejó unos pasos y con una floritura de su varita hizo aparecer un curioso trípode donde apoyar la cámara. Regresó rápidamente, para agacharse entre los Señores Longbottom.

—**¿Sabéis que los Amidílows, suelen rondar cerca de las cámaras para emborronar las fotos?

Todos giraron la cabeza pasmados, para mirar a Luna, quien resultó ser la única que mantuvo la sonrisa en el rostro. La Señora Longbottom, rumió algo sobre una habitación vacía en aquel ala, y todos estallaron en carcajadas. La chica no comprendió por qué habían reído después de que se hiciera la foto, pero no le importó. Se levantó y se acercó a la cámara.

— ¿Por qué soy la única que mira al frente? —dijo mirando la imagen en movimiento—. ¿Tengo algo en el pelo? ¿Es un Lortap? Esta mañana he descubierto uno que…

*—*Tu pelo está perfecto, Luna… —aclaró Ginny, acercándose a ella para mirar la impresión.

Uno a uno, se fueron pasando la imagen y Neville, les observó a todos reír. Se sentó en una silla y le concedió a Hermione, el detalle de hacer aparecer más para los otros. Estando su abuela presente, no le apetecía meter la pata y que se pusiera a clamar al cielo.

La tarde transcurrió aprisa con todos ellos. Charlaron de los planes que cada uno tenía y de lo que habían hecho desde que derrotaron al señor Tenebroso. Neville escuchó como los tres amigos narraban una vez más, las aventuras que habían vivido saltándose el último curso. Aventuras que aunque ahora les parecían emocionantes, en aquel momento, realmente les hicieron temer por sus vidas.

En un momento dado, Ron sacó del bolsillo el desiluminador de Dumbledore, y jugando con las luces del dormitorio, representó el momento en que escuchó la voz de su querida Hermione, llamándole. Neville, divertido por las expresiones del pelirrojo y los golpes alegres que ella le propinaba, rió sin parar y cuando giró la cabeza para mirar a su madre, se dio cuenta de que ésta le estaba mirando fijamente.

Observó los ojos ella y su risa cesó. Ronald seguía con su charla y todos reían, ajenos al instante en el que la madre y el hijo, habían conectado. El chico no se podía mover. Solo miraba sus ojos, tratando de descubrir algo de vida en ellos, algo de reconocimiento.

Tras aquella corta espera, que a él le pareció eterna, Alice Longbottom abrió la boca y su voz sonó angelical para Neville.

*—*Hijo… —los ojos del chico se llenaron de lágrimas con aquella inocente palabra—. Neville… alegra esa cara... No estás solo, cielo. Ellos son tu familia ahora…

Neville asintió y levantó una mano para acariciar las manos de su madre. Lágrimas de alegría recorrían sus mejillas, cuando giró la cabeza para mirar a su padre. Pero éste observaba distraído a Luna, que había comenzado a bailar una extraña danza, para atrapar algún ser cuyo nombre, Neville no llegó a escuchar.

Regresó la vista a su madre, pero ya se había ido. Sus ojos volvían a parecer distraídos, lejanos, ausentes... Apartó la mano de las suyas lentamente para no alterarla, y se secó las saladas lágrimas. Pestañeó con fuerza mirando a Luna, que en ese momento retorcía los brazos en el aire, imitando un molino.

Su madre tenía razón. Nunca estaría solo, si conservaba amigos como ellos. Siempre se tendrían los unos a los otros, para apoyarse y ayudarse en lo que fuera. Las amistades así, nunca se perdían.

Cuando una enfermera llegó a la habitación para indicarles que ya se había pasado el tiempo de las visitas, uno a uno, los chicos se despidieron de los padres de Neville y de su abuela. Esperó a cada uno de ellos apostado en la puerta, para agradecerles una vez más la visita y cuando solo quedó Luna, la abrazó como había hecho con los demás.

— No ha estado nada mal mi baile, ¿verdad? —dijo sonriendo y ladeando la cabeza.

— Eh… No, Luna… —negó él, recordando sus aspavientos epilépticos. Si en aquel momento la hubiera visto algún sanador, le habría concedido una cita urgente— . ¿Puedes repetir a qué ser espantabas con él? No recuerdo el nombre…

— Oh… A un Periatidus… —asintió ella con expresión divertida—. Pero tranquilo. Dudo que te vayas a cruzar con alguno…

—**¿Por qué? —curioseó el chico.

Los motivos y explicaciones que daba Luna, solían ser en extremo divertidos.

*—*Porque no existen… —Luna se encogió de hombros y seguido murmuró:— Pero no digas nada o creerán que todos los seres que nombro, son imaginaciones mías…

Neville frunció la frente confuso y ella volvió a abrazarle para poder susurrar en oído y que la abuela no les oyera.

*—*Creí oportuno distraerles, para que no os interrumpieran…

Se alejó de su oído y se miraron a los ojos. Neville se había vuelto a quedar sin palabras. ¿Luna había visto cómo su madre le hablaba? Creía haber sido el único en percatarse del breve instante…

Asintió, agradecido de corazón y besó en la mejilla a su amiga.

— Gracias, Luna… Por ser siempre tú misma.

— Feliz Navidad, Nev. Aunque, técnicamente…

—**… aún no es navidad, no…

Sonrió antes de que ella se diera la vuelta y se marchara, moviendo los brazos por el corredor como un molino, espantando Periatidus.