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Navidad élfica — capítulo 1

Una pequeña criatura de ojos verdes, tan grandes como un par de pelotas de béisbol, de nariz puntiaguda y orejas de murciélago, caminaba lentamente entre dos largas mesas que se encontraban en aquella sala enorme de techo muy alto, tan grande como el Gran Comedor. En las paredes de piedra, además de estar apiladas las ollas y las sartenes, había varias guirnaldas y bolas doradas que decoraban la cocina de Hogwarts. También en la chimenea había una corona de ramas de abeto con coníferas.       Dobby llegó a una esquina donde la luz del fuego de la chimenea no alcanzaba y vio que allí, sumergida en la oscuridad, se encontraba Winky, la elfina doméstica, sentada con la cabeza reposando sobre sus huesudas rodillas. La elfina levantó la cabeza cuando notó la presencia de Dobby y sin más, llevó sus manos hacia una taza que estaba al lado de ella. De un sorbo terminó la cerveza de mantequilla que quedaba en el envase.         —Winky le ha dicho que quiere estar sola—susurró la elfina y después de unos segundos eructó.         —Dobby solo quiere que Winky esté feliz. Dobby se pone triste al ver a Winky así—confesó el elfo y se acercó más a la elfina de ojos marrones—. Dobby quiere ayudar.         —¡Lárgate! ¡Winky no quiere la lástima de nadie, menos la de Dobby!—gritó Winky y se levantó pero tuvo que apoyarse en la pared porque se tambaleó.         —¡Es Navidad, Winky! Dobby y los demás elfos quieren estar con Winky.         —¡Winky quiere estar sola!         —Dobby tiene un regalo para Winky—dijo el elfo.         Winky miró a Dobby y sus ojos marrones relucieron.         —¿Un… un regalo para Winky?—preguntó.         Dobby asintió.         —Dobby le promete que no demorará, Dobby tiene algo que le va a encantar.         El elfo se dio media vuelta y fue corriendo hacia la puerta de la cocina. Pasó por en medio de las mesas de Sltytherin y Ravenclaw y luego llegó a la puerta. Salió de la cocina y en un instante volvió a entrar con un paquete en las pequeñas manitas de largos dedos. Cuando volvió a estar frente a la elfina, ésta miraba con curiosidad el paquete.         —Dobby y los demás elfos conseguimos esto para Winky. Se lo pedimos al profesor Dumbledore y él muy amablemente le dio esto a Dobby, para Winky—dijo Dobby y le entregó el paquete a la elfina. Winky recibió el regalo y lo admiró por un momento.         —Dobby cree que Winky quiere abrirlo ya, ¡Winky tiene que abrirlo!—le dijo Dobby.         Winky sonrió tímidamente y rompió el papel que envolvía el presente. Cuando la elfina comenzó a darse cuenta de lo que era el regalo, fue derrumbándose poco a poco y al estar sentada en el suelo, con el portarretratos en las manos, miró a Dobby y empezó a llorar.         Mientras ambos elfos se abrazaban y Dobby consolaba a Winky, la fotografía de Bartemius Crouch se movía ligeramente. La mirada del antiguo amo de Winky era seria y tal como era su comportamiento, intachable, era su presentación: la perfecta raya de su peinado y el impecable terno que vestía.         —Winky no sabe qué decir. Winky está muy agradecida con Dobby y espera que Dobby pueda disculparle por lo que Winky le dijo—susurró la elfina y dejó de abrazar al elfo para tomar con sus manos el portarretratos que contenía la fotografía de su antiguo amo.         —Dobby perdona a Winky y Dobby sabía que a Winky le gustaría mucho el regalo. Dobby está feliz porque Winky está sonriendo y a Dobby le gusta la sonrisa de Winky—dijo el elfo y sus mejillas adquirieron un leve rubor.         —Gracias Dobby—expresó la elfina sollozando—. Winky nunca había recibido un regalo antes. El amo Crouch siempre estaba muy ocupado en el Ministerio y la señora enfermaba muy seguido porque siempre andaba preocupada por el amo Barty Jr. Ella no tenía tiempo para preocuparse de Winky, ¡Winky tenía que cuidar de la señora y de la familia Crouch!—exclamó la elfina pero luego su mirada cambió y Dobby vio en su rostro una mueca de horror—. ¡Winky ha hablado mal de sus amos! ¡Winky es mala!—dijo y sus ojos recorrieron la cocina hasta ver la taza que estaba al lado de ella. —¡Winky es mala, mala!—gritó mientras se golpeaba con la taza que había recogido.       La elfina continuó pegándose en la cabeza hasta que Dobby por fin pudo quitarle la taza de las manos.       —¡Dobby no quiere que Winky se lastime! ¡Winky tiene que estar feliz, hoy es Navidad!       —Lo siento—masculló la elfina mientras miraba sus pies, porque mantenía la cabeza hacia abajo en muestra de arrepentimiento—. Winky está muy agradecida—dijo después de levantar la cabeza y mirar a Dobby.        —Dobby se siente feliz de escuchar a Winky decir eso. Dobby está feliz por ver a Winky así, contenta, pero aún hay algo más.        —¿Qué es lo que Dobby quiere decir?—preguntó Winky.         —Dobby quiere que Winky vaya con él a un lugar. Dobby sabe que a Winky le gustará mucho la sorpresa que le tenemos para ella.         Winky aún tenía los ojos llorosos y no tenía palabras para responderle a Dobby, pero el brillo de sus ojos y la leve sonrisa bajo su gran nariz, mostraba la plena felicidad que la elfina sentía en ese momento.         —Winky acepta ir con Dobby—susurró la elfina y mantuvo su sonrisa.         Dobby tomó la mano de Winky y ambos empezaron a correr a través de la cocina. La pequeña elfina llevaba en la mano que tenía libre la fotografía del señor Crouch y mientras corría, su faldita se ondeaba. Uno de todos los gorros que Dobby tenía en la cabeza se cayó cuando ya estaban por llegar a la puerta, pero al elfo no le importó y siguió avanzando.         Cuando salieron de la cocina y cerraron la puerta, la perilla desapareció de la pintura del frutero gigantesco y ésta volvió a ser lo que pretendía ser, una pintura, en vez de la entrada a la cocina del colegio de magia y hechicería.         —Alwyn cree que a Winky le ha gustado el regalo que todos le hemos hecho—dijo una vocecilla que sobresaltó a Winky.        El elfo doméstico que se encontraba afuera, esperando a Dobby y a Winky, era un poco más alto que Dobby y su nariz era ganchuda, sus orejas de murciélago paradas y usaba un delantal con el escudo del colegio. Sus enormes ojos azules observaron a Winky y luego la fotografía que sostenía la elfina.         —Winky está preocupada, ¿a dónde irá Winky con Dobby y Alwyn?         —Dobby no puede decirle nada a Winky—dijo el elfo y sonrió tímidamente.         —¿Por qué Winky está preocupada?—preguntó Alwyn.         —Winky tiene miedo de que los alumnos puedan verla y que vean a Dobby y a Alwyn también.         —¡Oh!—exclamó Alwyn—. Winky no tiene por qué preocuparse. Winky debe saber que la mayoría de los alumnos están en sus casas, pasando las vacaciones de Navidad con sus familias—le explicó el elfo amablemente y luego agregó mirando a Dobby—: Será mejor que ya nos vayamos.         —Dobby piensa exactamente lo mismo—señaló el elfo.         Los tres elfos empezaron su travesía. Caminaron pegados a las antiguas paredes y la luz de la luna que entraba por las ventanas del colegio hacía que se proyectaran las sombras de los tres elfos en el suelo y en las paredes. Siguieron caminando muy pegados a las paredes que estaban cubiertas por varios retratos y algunos de los personajes de las pinturas se detenían a observar con curiosidad a las tres pequeñas criaturas que transitaban por la noche a hurtadillas, mientras que otros simplemente les gritaban, como una corpulenta mujer que les gritó algo realmente desagradable, que hizo temblar a Winky. Cuando los pequeños elfos escucharon unos pasos, se ocultaron tras las armaduras y luego de esperar unos minutos, volvieron a retomar el viaje.         —Winky preferiría regresar. Winky está muy agradecida por lo que Dobby y Alwyn hacen, pero Winky tiene sueño.         —Sueño es el que tiene el joven amigo del señor Harry Potter, el señor Weasley—dijo Dobby—. Cada noche que Dobby va a ordenar la habitación del señor Harry Potter, su amigo ronca fuertemente—contó el elfo—. A veces Dobby coloca sus dedos cerca de la pecosa nariz del señor Weasley y le da cosquillas cuando respira y bota el aire por la nariz—dijo y rió tímidamente cubriéndose la boca con sus manos.         —¿Quién ha ido a ordenar la sala común de Gryffindor esta noche, Dobby?—preguntó Alwyn con curiosidad.         —Dobby no sabe—respondió el elfo         —¡Alwyn no iría jamás! Alwyn siente terror en tan solo pensar encontrarse una de esas prendas que están escondidas entre los muebles. No, no… ¡Alwyn nunca iría!—exclamó el elfo y se cruzó de brazos.         —Dobby cree que Alwyn hace mucho ruido—susurró Dobby un poco molesto por lo que Alwyn había comentado—. Alwyn debe de callarse—dijo Dobby y siguió andando.         —¡Winky cree saber a dónde Alwyn y Dobby quieren llevarla!—exclamó la elfina—. Pero Winky no entiende por qué.         Ni Dobby ni Alwyn dijeron nada así que pasaron por delante de una escalera, que tenía las barandas decoradas con guirnaldas, y que conducía al vestíbulo.         —¡Winky tiene miedo de estar aquí! ¡Winky no sabe si esto es Navidad o Halloween!—exclamó preocupada la elfina y se apegó más a Dobby.         —Dobby promete a Winky que no le pasará nada malo, ¡Winky estará muy feliz en unos minutos!         Cuando llegaron a las mazmorras, los tres elfos sintieron el inquietante frío que hacía allí y notaron el perturbador silencio que era acompañado por una sutil luz verdosa, proveniente del lago negro, que se encontraba sobre ellos.         —Alwyn cree que tenemos un problema, Dobby… ¡la contraseña!         Dobby miró preocupado a Alwyn pero una pequeña risita lo distrajo. La pequeña elfina que estaba un poco alejada de ambos elfos reía tímidamente mientras abrazaba el retrato de su antiguo amo.         —¿Qué es lo que le pasa a Winky?—preguntó Dobby.         —Winky simplemente se ríe porque ni a Alwyn ni a Dobby se les ocurrió aparecerse en el lugar donde querían llevar a Winky—dijo la elfina.         —¡Winky tiene razón!—señaló Dobby y se llevó las manos a la cabeza.        Después, Dobby tomó a la elfina de la mano que no sujetaba el portarretratos, luego Alwyn sujetó la otra mano de Dobby y finalmente se escuchó un «¡crac!» y los tres elfos desaparecieron.         Después de haberse entregado a la oscuridad por menos de un segundo, los tres elfos pisaron el suelo nuevamente y los tres, agarrados de las manos, se hallaron en una habitación inmersa en la oscuridad. Winky notó que allí había otros elfos domésticos, porque se dio cuenta que varios pares de ojos rodeaban a un pequeño niño de primer año, que se encontraba sentado en su cama, observando a los tres elfos domésticos que habían aparecido.         —¿Es ella?—preguntó el niño de once años.