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El Regalo — capítulo 1
Los clásicos cuentos que me contaban de niño siempre comenzaban con el "Había una vez…" y terminaban con el "Vivieron felices por siempre". Al principio, ese final tan simple me resultaba agradable, pues en verdad creía que después del dolor y sufrimiento, habría un final feliz, y este sería eterno. Pero apenas comencé a crecer, el "Vivieron felices por siempre" comenzó a perder su significado. Los cuentos de Navidad eran más especiales.
El hecho de que mi familia estuviera destrozada e incompleta, me hacía creer que el "Vivieron felices por siempre" nunca vendría. Estos meses tras la derrota de Quién-ustedes-saben habían sido una mezcla de esperanza y melancolía en el mundo mágico. Los magos no sabían si festejar la paz, o llorar las pérdidas. Yo tampoco sabía qué hacer.
Era veinticuatro de diciembre, cuando entré dando un portazo a Cabeza de Puerco. Esa noche yo quería estar solo. Olvidarme de todo. Siempre he sido así de impulsivo. No había un mejor lugar en Hogsmeade para hacer eso, que el sucio y polvoroso pub en manos de Abertforth. El viejo me recibió con una mirada desaprobatoria, y no me quitó los ojos de encima.
-Siempre tengo la mala suerte de encontrarme con el héroe en apuros.- me dijo, después de un rato en silencio. Solté un bufido.- Nunca tengo el derecho de encontrarme con el mediocre de la historia.
-Te encuentras frente al mediocre de la historia.- le espeté, de malhumor. Me sonrió con desgana, y me puso con brusquedad una botella de cerveza de mantequilla frente a la cara. Tomé un profundo sorbo, mientras el calor de la bebida me reconfortaba la garganta. Afuera hacía un frío horroroso, y nevaba con tanta fuerza que lo único que se veía en el horizonte era blanco. Esos helados copos de hielo que se colocaban sobre los árboles, pintándolo todo de blanco.
-¿No deberías estar con tu familia, Weasley?- me cuestionó, aún mirándome con esos ojos azules, que me recordaron al profesor Dumbledore, de alguna manera. Suspiré, con un gemido desganado.- ¿Pelea?
-Quizás.- mascullé por toda respuesta. Fruncí el ceño y bebí un sorbo más. Abertforth comenzó a reír socarronamente, y levanté la vista.- ¿Cuál es la gracia?
-Chico, con ese cerebro podrías ser mortífago.- bromeó. Dio un largo suspiro, antes de volver a fijar sus atentos ojos sobre los míos.- Hombre, creo que me veré en la necesidad de contarte un cuento de Navidad.- lo miré de soslayo, sin creer lo que acababa de decir. Su voz y su sonrisa me recordaron al profesor Dumblendore, y supuse que él y su hermano Abertforth tenían más en común de lo que yo creía. No me negué ni acepté semejante rareza, y un tipo de intuición me dijo que era una situación curiosa ver al cascarrabias de Abertforth contando un cuento de Navidad. -Así es, chico, te contaré lo que me sucedió la Navidad pasada. A ver sí así despiertas de esa amargura en la que estás perdido y te das cuenta que estás siendo un estúpido.- masculló, duramente. Arrastró una silla de madera, y se sentó sobre ella, sin quitarme los de encima en ningún momento. -Ponte cómodo, hijo, que esto va para largo.
Fruncí el ceño, y pensé que era la mayor locura que había hecho en toda mi vida, y muy por dentro sabía que había hecho locuras peores. Mi cerebro me brindó el recuerdo de Hermione, y cualquier sombra de alegría desapareció completamente de mi rostro. Bajé la mirada, pesimista, mientras Abertforth iniciaba su relato.
-Fue la Navidad más fría de toda mi vida. -comenzó Abertforth-O al menos eso creía cada Navidad: cada Noche Buena resultaba más fría que la pasada. Cabeza de Puerco estaba vacío. Recuerdo que a las nueve de la noche, un reloj sonó indicando la hora, dando doce campanadas…Fueron doce, exactamente, y fue hasta la doceava, cuando las luces se fueron en su totalidad. Recuerdo que maldije entre dientes, y busqué mi varita para hacer volver la luz. Pero mis ojos estaban completamente ciegos, a excepción de la lejana luz del árbol navideño que se encontraba en la calle principal de Hogsmeade. Mis manos tentaban frenéticamente las cosas entre la oscuridad, sin encontrar nada que me brindara luz. Había estado tan ocupado en el asunto de la oscuridad, que no me había percatado el hecho de las campanadas había seguido, y nunca se había apagado. Había sido un sonido constante, y justo cuando lo noté, las luces se encendieron súbitamente. No parecía haber nada diferente, a excepción de…una carta con mi nombre escrito con una caligrafía pulcra y estilizada. No tuve tiempo ni de preguntarme de quién era o que diría, yo soy de los que hacen las cosas sin rodeos. Latomé, y la leí. ¿Y sabes qué decía?- me preguntó. Yo negué con la cabeza. Con un movimiento de su varita, Abertforth hizo aparecer una pedazo de papel, y me pregunté sí era el mismo que el de su relato. Lo confirmé cuando empezó a leer.- "Querido Abertforth, está Navidad quiero hacerte tres regalos. Sí aceptas estos tres regalos, podré otorgarte un regalo supremo y perfecto que te dará lo que siempre has querido. Cada hora, a la doceava campanada del reloj, prepara a tu corazón para penetrar una nueva aventura, que terminará entregándote el regalo. Un regalo por cada hora. Tres regalos te darán un regalo final. Mucha suerte. Albus."
Dobló la carta, y enarcó una seca con escepticismo. Parecía que aún no captaba lo que decía esa carta entregada un año atrás. Supuse, que a Abertforth no le había hecho mucha gracia recibir semejante mensaje. Aún así, no dije nada. Hasta que Abertforth dijo algo que me impresionó.
-Creí que Albus estaba loco. Y más por el hecho, que la Navidad pasada, él ya estaba muerto. ¡Imagínate recibir la carta de un muerto! - me espetó, mirándome a los ojos. Le devolví una sorprendida mirada, mientras el corazón se me aceleraba ligeramente. ¿Muerto? ¿Sí estaba muerto, entonces…? - Estuve a punto de echar la maldita carta al fuego, pero algo me hizo contenerme. Estuve una hora entera tachando a Albus de demente y quejándome de su rareza. Siempre había sido así. ¡Mira que asustarme enviándome una carta cuando se suponía que había muerto!Supuse que era una broma de mal gusto…y a las diez en punto, escuché las campanadas iniciar. Una campanada, y creí que no sucedería nada y a la doceava no sucedió nada. Suspiré de alivio, y entonces…pasó. Las luces se volvieron a ir, y de nuevo, quedé perdido en la oscuridad. Maldije mi mala suerte y escuché como la puerta se abría con un chirrido, dejando entrar al frío. Apreté mi varita, y me preparé para atacar, agudizando mi oído y escuchando atentamente cualquier tipo de ruido. De nuevo, no noté que las campanadas seguían escuchándose, y otra vez, apenas lo noté, las luces volvieron…dejándome Cabeza de Puerco igual de vacío que antes, sin ningún cambio.
-¿Ningún cambio?- pregunté decepcionado. Abertforth negó la cabeza. Fingí indiferencia nuevamente.
-Ningún cambio por el momento, muchacho.- continuó Abertforth, encogiéndose modestamente de los hombros.- Chico, ¿recuerdas la noche de la Batalla de Hogwarts?-asentí en silencio ante su pregunta, cuestionándome por dentro el porqué de semejante recuerdo. Claro que lo recordaba, Harry, Hermione y yo habíamos aparecido en medio de la calle de Hogsmeade, activando un encantamiento maullido, pues habíamos roto el toque de queda. Gracias a Abertforth nos habíamos logrado salvar por un pelo de un par de mortifagos estúpidos.- Pues, después de haberme decepcionado como tú lo acabas de hacer.- abrí la boca para interrumpirlo, pero me lanzó una mirada severa que me obligó a callar.-Me senté a limpiar un vaso, al mismo tiempo que un sentimiento amargoso aparecía en mi corazón. Jamás lo admitiría pero… yo esperaba un milagro navideño. Y tras esas doce campanadas, no había sucedido nada fantástico.Me amargué, claro. Y entonces, hijo, llegaste tú.
Miré anonadado al viejo Abertforth, y pregunté sí no estaría comenzando a decir esas locuras por la edad… ¡yo no había estado la Navidad pasada en Hogsmeade! Estaba en casa de Bill y Fleur, con el encendedor de Dumbledore,sintiéndome culpable por haber…abandonado a mis amigos.
-¿Yo…?
-Sí, tú.- dijo, con gran confianza en sus palabras. Cualquiera creería que decía la verdad.
-No, yo…-comencé, sintiéndome como un loquero lidiando con su paciente.
-Chico, llegaron tú, Potter y Granger a la calle principal de Hogsmeade, activando el encantamiento maullido. Aparecieron dementores, y Potter les lanzó un Patronus. Yo los salvé de los motífagos haciéndoles creer que yo había hecho ese hechizo, y los alojé aquí, para después hablarles de mi hermano y finalmente ayudarlos a entrar a Hogwarts por un túnel secreto.-afirmó, con severidad. Se le veía totalmente convencido de sus palabras. Sentí lástima por él, y no supe que decir.
-Eh…-tartamudeé.- Creo que…eso sucedió en mayo, ¿no?
-No, chico, no entiendes.- insistió.- Eso realmente sucedió en mayo…pero el veinticuatro de diciembre del año pasado, yo viví eso mismo. Fue como si estuviera viendo una película, siendo simplemente testigo de cómo pasó todo eso. Me vi a mi mismo salvándoles el pellejo, y luego ayudándolos a escapar… en ese momento no lo entendí, pero…estaba viendo el futuro. ¡Imagina a mi hermano muerto prediciéndome el futuro, ya fallecido! ¿Cómo podía eso ser?
-Pero, ¿cómo puede eso ser posible?- pregunté, sorprendido. No recordaba haber oído hablar de un caso tan peculiar de adivinación, ni siquiera en Hogwarts. ¡Y mucho menos, realizado por un muerto!
-No lo sé.- corroboró Abertforth. Se frotó la barbilla con pereza.- No lo sé. Pero sé que pasó. Cuando todo hubo terminado, desapareciendo sus figuras como volutas de polvo, me puse a pensar en qué demonios había sucedido.- aseguró, mirándome atentamente.- Aunque jamás lo admitiría, y sé que ahora lo hago, me entusiasmé con la idea de que esa aventura pudiera haber sido mi "milagro navideño"- dibujo unas comillas en el aire, con expresión divertida.- Sentía decepción, pues esperaba algo más "increíble" de parte de Albus que una extraña visión, pero estaba feliz de que al menos hubiera sucedido algo. No entendía que parte de esa visión pudiera haber sido el famoso regalo prometido para esa hora, pero… en fin. Te confesaré que fue hasta varios meses después que entendí cuál era el regalo. Era el Regalo del Futuro. El regalo de creer en un futuro.
-Un momento.- lo interrumpí, apenas captando el detalle.- ¿No era entonces, un regalo material, sino algo más…sentimental?
-Así es, mi joven amigo. Era el regalo de tener un motivo por el cual vivir…cuando en mayo escuche el encantamiento maullido activado, y sentí el frío de los dementores…Simplemente, supe que había seguido vivo hasta entonces por algo. Y ese algo, era llevarlos a Hogwarts a destruir el mal. ¿Cómo puede un muerto seguir haciendo milagros después de fallecido? Creí que me estaba volviendo loco, hombre. Se me puso la piel de gallina, al darme cuenta que todas esas cosas que me estaban sucediendo, cosas que veía y oía, eran producto de un muerto. ¡De mí hermano muerto!- repitió, como si temiera no hacerse entender bien. Me estremecí.- ¿¡Quién me había dejado la carta?! ¡Solo se me ocurrió una posibilidad…!¡Un fantasma!
-Un fantasma…-repetí, con el corazón bruscamente acelerado. El fantasma del profesor Dumbledore. Aún quedaban dos regalos, y el regalo final. La duda me carcomía: necesitaba saber cuáles serían los regalos siguientes.
-Y que fantasma, Weasley...El segundo regalo fue intenso y doloroso…Pero el tercer regalo, Weasley fue el mejor. Pero las cosas buenas se obtienen tras un proceso cruel y duro.- me aseguró, bajando su voz hasta convertirla en un susurro.
-¿Cuál fue el segundo regalo?- me atreví a preguntar, con el corazón en el puño, acelerado como el de un colibrí.- ¿Qué pasó con el tercero?
- Te lo contaré todo, Weasley…No comas ansias. Pero, ¿Qué me dirías, sí te digo que el tercer regalo estuvo a punto de matarme?